Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 9. Sadie
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9. Sadie

Sadie

—Tenemos que dejar las naves —dijo Arturo—.

Volar sobre la copa de los árboles solo servirá para llamar la atención de los drones y los humanos.

Naga nos ha escondido muy bien, así que aquí estarán más seguras que en cualquier otro sitio.

Me gustaría saber un poco mejor qué hay entre nosotros y la ciudad antes de probar a caminar hasta ella.

Centinela, ¿qué te parecería subirte a un árbol?

Me animé mientras movía el brazo detrás de mi asiento para sacar mi línea de luz portátil, la radio y la pistola destructora.

—¡Estupendo! —exclamé—. ¡Mejor que estupendo!

—Bien —dijo Arturo—. Mira a ver si puedes llegar lo bastante alto para ver qué nos espera de camino a la ciudad. Los demás te cubriremos.

—¡Recibido!

Me sujeté la línea de luz a la muñeca y la pistola y la radio al cinturón.

Quizá debería haber sentido que estaban sacrificándome, que Arturo sin duda estaba enviando a la integrante del equipo de menor importancia y categoría para que investigara.

Pero eso significaba que podría explorar el bosque antes que todos los demás, y parecía una buena forma de distraerme y no pensar en el hecho de que corríamos peligro mortal y no teníamos forma de volver a casa.

Abrí la cabina de mi nave, salí y observé los árboles que tenía alrededor. El suelo estaba repleto de ramas y palos caídos, cubierto por un lecho de hojas blandas. Con un poco de suerte, si caía, sería sobre lo segundo y no lo primero.

Apunté la línea de luz hacia una rama gruesa que había a solo tres metros de altura sobre el suelo de la hondonada y la activé con la otra mano, lo que fijó una gruesa cuerda de luz roja anaranjada a la rama.

Esperé un momento y luego tiré fuerte de la línea para ver si la rama reaccionaba, pero parecía estable.

Bastaría. Trepé por la luz, que ya se había vuelto física y más robusta que cualquier cuerda, y me icé a la rama. Mis compañeros de escuadrón habían bajado de sus naves allí abajo y me observaban con sus pistolas destructoras en la mano.

Me puse de pie en la rama y anduve poniendo un pie muy pegado al anterior hasta que mi rama pasó cerca de otra grande y ascendente.

Muy despacio, transferí mi peso a esa rama nueva.

La corteza era sorprendentemente blanda: mis pies se hundían un poco y dejaban marca.

Se descascarillaba y los trocitos cayeron oscilando mientras avanzaba.

—¿Todo despejado por ahí arriba? —preguntó Arturo levantando la voz.

Me detuve y miré alrededor por el bosque, ya lo bastante arriba como para ver más allá de la hondonada. Llegaba poca luz desde el sol poniente, pero todo estaba quieto. Tanto que asustaba un poco.

—Lo único que veo son más árboles —dije por la radio, para no gritar. Que yo no viese ningún asentamiento de humanos no significaba que no pudiera haberlo justo al límite de mi campo visual—. Voy a subir más.

Disparé la línea de luz hacia delante para enganchar una de las ramas más gruesas del dosel arbóreo e intenté estabilizarme a medida que la rama que pisaba fue haciéndose más estrecha, hasta que al final ya no se veía bajo la suela de mis botas.

Fui de rama en rama y seguí ascendiendo, hasta que la que tenía debajo se combó bajo mi peso.

Tenía la línea de luz bien sujeta a otra rama por encima, de forma que, si la mía se partía, pudiera balancearme hasta un lugar seguro en vez de precipitarme a mi muerte.

Debía de estar ya a unos veinte metros de altura y las hojas empezaban a abundar mucho, rozándome el pelo y haciéndome cosquillas en la cara.

—Sadie —dijo Arturo por radio—, ¿estás bien?

—¡Sí! —respondí.

Una ráfaga de viento sacudió las hojas a mi alrededor y me echó el pelo hacia atrás. Deseé haberme traído alguna bandana para recogérmelo. Llegué a una mata de hojas que se agitaban a lo loco cerca de la cima del dosel y las aparté con una mano, agarrando todavía la línea de luz con la otra.

Mi cara emergió a través de la copa del árbol y por fin pude verlo todo.

El sol parecía estar poniéndose a mi espalda, tiñendo el cielo de un tono violeta claro.

Pendía allí inmóvil, como en estasis, aunque supuse que en realidad era el planeta el que estaba retenido por él, como si fuese una madre sujetándole la cara a su hijo para obligarlo a mirarla a los ojos, y pensarlo solo sirvió para reforzar mi opinión de que el sol de aquel planeta era siniestro que no veas.

El bosque denso se extendía hasta la orilla de un ancho río, a lo largo del cual había algún tipo de tierra de labranza que evidenciaba la presencia humana en la zona. No alcanzaba a distinguir qué era lo que cultivaban, pero desde luego no estaban haciéndolo en cubas.

El terreno ascendía al otro lado del río y el frondoso bosque se alzaba con él como una colcha extendida sobre las rodillas de una abuela.

Lejos a mi derecha, coronando una gran colina, una enorme muralla de piedra sobresalía de los árboles y rodeaba lo que debía de ser la ciudad humana, con montañas al fondo.

La forma oscura de esas montañas se fundía con el anochecer, a excepción de sus cimas nevadas.

Incluso a aquella distancia se notaba que la ciudad era gigantesca.

Unas banderas diminutas ondeaban sobre la muralla, con una gran variedad de colores.

Lo habíamos encontrado. Un bastión de la humanidad. El hogar de otros supervivientes como nosotros. Y yo era la primera que lo veía.

Sonreí de oreja a oreja.

—Tengo la ciudad a la vista —dije a Anfi—. Está al otro lado de un río con cultivos en la orilla. No veo ningún otro asentamiento grande entre nosotros y nuestro destino, pero el río está parcialmente tapado por árboles, así que no llego a verlo todo.

—Recibido, Centinela —respondió Arturo—. Bien hecho. ¿Ves alguna defensa? ¿Naves enemigas?

—Solo la muralla de la ciudad.

Alcé la mirada al cielo de color lavanda.

El campo de escombros apenas era visible desde allí, solo como una vaga neblina en la atmósfera.

Al otro lado de las montañas, en la parte más oscura del horizonte, las estrellas salpicaban el añil del ocaso.

Las estrellas no eran visibles desde la superficie de Detritus, ni mucho menos desde las cavernas de debajo, pero pedir deseos al verlas era una antigua práctica humana y, de niña, yo los pedía al imaginar la idea de las estrellas, de aquellas numerosas lucecitas brillantes que sabía que estaban allí aunque no las viera, minúsculas esperanzas en la inmensa oscuridad.

Ese día divisé una estrella y deseé que se honrara a nuestros camaradas caídos. No había llegado a conocerlos bien, pero habían muerto por nuestro fracaso en protegerlos. Aunque era evidente que habíamos actuado a partir de información errónea, también lo era que no habíamos estado a la altura.

Justo en vertical, una sola y refulgente estrella brillaba en el cielo púrpura, sin otras visibles a su alrededor. Tenía que ser la estación espacial, vigilando la ciudad desde arriba.

—Veo la base de la Supremacía —dije por radio—, pero ninguna nave. Si vuelan por debajo del cinturón de escombros, es a demasiada altura para ser visibles.

—Muy bien —respondió Arturo—, ya puedes bajar. Prepararemos las provisiones y saldremos a pie.

Fijé mi línea de luz a una rama robusta y descendí en rápel hasta el suelo del bosque.

Mis ojos tardaron un momento en adaptarse de nuevo a la penumbra.

Los demás ya estaban reuniendo raciones de viaje y armas cortas, metiéndolo todo en las mochilas donde irían las babosas mientras caminábamos.

Volví a subir a mi nave para sacar a Nanay y mi mochila cuando una voz femenina habló a través del comunicador del caza.

—¿Están ustedes ahí? —preguntó.

Nos quedamos todos inmóviles. La voz hablaba en inglés, aunque sonaba un poco mecánica, como si lo hiciera a través de un dispositivo intérprete.

—Eso venía por el hipercomunicador —dijo Alanik—. Bob lo ha transmitido a nuestras naves.

—¿Están ustedes ahí? —repitió la voz—. Discúlpenme, no querría molestar, pero intento ponerme en contacto con los intrusos que han llegado antes en este ciclo.

Arturo se asomó hacia fuera de su cabina abierta.

—Si contesto, ¿podrán rastrearnos? —preguntó a Alanik levantando la voz.

—No más que antes —dijo ella—. Si tienen a algún citónico, ya pueden captarnos a los taynix y a mí. Si solo están transmitiendo mediante una comubabosa, no serán capaces de localizarlos. En todo caso, contestar no les proporcionará ninguna información que no tengan ya.

Todos los demás nos acercamos y nos apiñamos alrededor de la nave de Arturo.

—¿Hay alguien? —preguntó la voz—. ¿Están ahí?

Arturo titubeó un momento antes de responder por el micro de sus auriculares.

—Hola. ¿Puedo pedirle que se identifique?

—Es evidente que puede —dijo la voz—. De hecho, acaba de hacerlo. Me llamo Ivy. Mi programa intérprete indica que habla usted en inglés. Me resulta sorprendente.

Estrellas, ya estaba averiguando cosas sobre nosotros. ¿Qué podíamos deducir nosotros sobre ella? Ivy sonaba a nombre humano, no alienígena.

—¿Quiénes son ustedes, si me permiten la pregunta? —dijo Ivy.

—No estoy dispuesto a identificarme ante alguien que ha atacado a mi equipo sin previo aviso —repuso Arturo.

—Ustedes han devuelto el ataque —dijo la voz—, con lo que supongo que estamos empatados en ese frente. De nada.

¿Cómo que «de nada»? Quise decirles algo a los demás, pero lo único que se me ocurría era: «¿Qué tirdas está pasando aquí?», que no iba a ser una frase muy productiva en esos momentos.

Y Arturo pensaría que no sabía tener la boca cerrada cuando era importante.

—Ha matado a miembros de mi equipo —dijo Arturo sin alterar la entonación— usando drones sin piloto. No me parece a mí que estemos empatados.

—Los drones también eran miembros de mi equipo —replicó la voz.