Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 8. Arturo #2
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8. Arturo #2

—Más o menos es eso, sí —dijo Nedd.

¡Estrellas! Tenía que sacar a mi gente de aquel desastre, pero, si no podíamos combatir y no podíamos hipersaltar, en realidad no nos habíamos salvado al escondernos en el planeta.

Si no queríamos fundar nuestra propia colonia arbórea y pasar el resto de la vida en aquel bosque, solo habíamos retrasado lo inevitable.

—Si esperamos el tiempo suficiente, Jorgen enviará ayuda —dije—.

Aunque la mandará a la misma emboscada que hemos encontrado nosotros.

—Seguramente destinaría un contingente mayor, pero, sin datos sobre nuestra desaparición, no sería lo bastante grande—.

Ángel, ¿sería posible que Bob o tú enviarais una comunicación citónica a Jorgen para explicarle a qué nos enfrentamos aquí?

—Imposible —respondió Alanik—. Este planeta es raro. Aquí puedo usar mis poderes, pero es como si la galaxia fuera del campo inhibidor hubiera desaparecido. Estamos atrapados en una especie de burbuja.

Sí que era raro, y yo no terminaba de entenderlo. Investigar el campo inhibidor formaba parte de nuestra misión, y no estábamos haciendo ningún progreso en ese frente.

La otra mitad del cometido de nuestro equipo era establecer relaciones diplomáticas con los humanos de Infortunio, pero habíamos perdido a la mayoría de nuestras representantes y ya no las tenía todas conmigo de que fuera seguro anunciar nuestra presencia a los habitantes del planeta, no después de haber malinterpretado tan a fondo la situación allí.

Habíamos estado en apuros graves otras veces, pero aquel daba una sensación distinta.

Me costó un momento comprender por qué.

Era porque entonces había estado Jorgen al mando. Yo no había tenido que tomar las decisiones durante la guerra. Lo había seguido a él.

Decir aquello en voz alta sería como reconocer que no era un buen líder, que no tenía lo necesario para guiar a mi equipo a través de aquello.

E, incluso si fuese verdad, sería una idea malísima decírselo a los demás.

Si quería que confiaran en mí, tenía que hacerlo yo primero.

Ese día ya habíamos perdido a cinco miembros de nuestro equipo.

Tendría que hacer todo lo posible para evitar que todo se derrumbara más.

—Si determináramos que la situación es segura —dije a Suki, que flotaba sobre su plataforma dentro de mi cabina—, ¿estarías preparada para establecer contacto diplomático?

La kitsen me miró como si me faltara un tornillo, y luego repuso:

—Jefe de escuadrón, soy xenoantropóloga. Mi función en el equipo diplomático era la de consejera. Diría que la mayor parte de mi experiencia de campo ha sido el tiempo que he pasado con vosotros.

Ya me lo había temido. Suki podría ayudarnos como consultora, pero, incluso si no era mucho riesgo revelarnos a los humanos de Infortunio, íbamos a tener que hablar nosotros.

—Nedd —dije por radio—, ¿sabes a qué distancia puede estar la ciudad humana?

—Hay un núcleo de actividad radiofónica a trece kilómetros —respondió él—, con el suficiente tráfico para indicar que es una ciudad.

—¿De qué clase de tráfico radiofónico hablamos? —pregunté.

Nedd se quedó callado, supuse que escuchando lo que decían.

—Previsiones meteorológicas. Algunas cifras… que podrían ser resultados deportivos.

—Suena a civilización —dijo Alanik.

—Investigar esa ciudad es nuestra mejor opción —afirmé—.

Dejaremos aquí las naves y, cuando queramos volver, o bien hipersaltaremos, o bien seguiremos la señal de sus balizas.

De momento, creo que nos conviene disfrazarnos usando las ilusiones de Hoid y echar un vistazo por la ciudad.

Averiguar si los humanos son conscientes de esa fuerza que nos ha atacado y si parece seguro abordarlos.

—Parece un plan sabio —dijo Suki.

—Si vamos a llevarlo a cabo —advertí—, necesitaremos sigilo y sutileza.

—¡Eh, podemos ser sutiles! —exclamó Nedd—. ¿Te acuerdas de cuando conocimos a Alanik? Ahí fuimos sutiles que no veas.

—¿Ah, sí? —preguntó Alanik, como si aquella fuese su primera noticia de nuestra habilidad con el sigilo.

—¿No la acorralamos en una enfermería y la asustamos hasta que huyó? —pregunté.

—Eso hicisteis —confirmó Alanik.

—Me refería a después de eso —dijo Nedd—, cuando nos reunimos con ella en su planeta natal.

—¿Te refieres a cuando vuestro hipersalto atrajo la atención de los militares? —preguntó Gilaf—. Porque eso terminó en combate.

—Sí —dijo Nedd—. Me refería a esa vez.

—Luego estuvo cuando visitasteis a mi gente —intervino Suki—. Eso también atrajo atención y terminó en combate. Muy gordo. Con explosiones.

—Empiezo a ver una pauta —dijo Nedd—, con eso de los combates.

—¡Muy bien! —exclamé—. ¡De acuerdo, nadie de aquí ha conseguido espiar a nadie nunca!

Pero sí que luchamos contra un imperio galáctico opresor y contra un puñado de inteligencias artificiales con superpoderes divinos y ganamos, así que tampoco es que no tengamos experiencia en hacer cosas imposibles.

—Diría que esto es significativamente menos imposible —dijo Suki.

—Gracias —contesté. Hice acopio de valor.

Mi equipo necesitaba mi liderazgo, así que debía sonar confiado, aunque no lo estuviera—.

Por eso le asignaron esta misión al Escuadrón Cielo.

Porque todos tenemos experiencia en meternos en situaciones demenciales y que todo salga mal y lograr salir de ellas.

Jorgen tenía fe en que podemos conseguirlo, y yo también la tengo.