Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 8. Arturo
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8. Arturo

Arturo

Mi visión tardó un momento en adaptarse a la penumbra.

Estábamos rodeados de árboles y sus copas nos resguardaban del sol, que brillaba entre las ramas en un ángulo bajo y proyectaba un patrón de luces y sombras en el suelo boscoso.

Las hojas, anchas y de cinco puntas, oscilaban con desenfreno en lo alto y la luz revelaba sus enormes redes de nervios.

Nuestras lanzas de luz iluminaban la corteza entre púrpura y marrón de sus troncos, del color de una magulladura de las feas.

Naga nos había teleportado con gran destreza entre los árboles al interior de una hondonada, para que nuestras naves no quedaran a la vista.

A mis sensores de proximidad les costaba obtener lecturas válidas con mi nave a una elevación inferior que la tierra que la rodeaba.

No sabía si habíamos hipersaltado muy lejos, ni cuánto podría costarles a los drones llegar hasta allí si lograban rastrearnos.

—Nedder —dije por radio—, ¿tenemos enemigos llegando?

Si la fuerza de la Supremacía tenía a algún citónico pleno, podría precisar nuestra posición y perseguirnos mediante un hipersalto. Si solo estaban utilizando a los taynix para controlar sus naves dron, quizá hubiéramos escapado.

Nedd se quedó callado un momento.

—No estoy captando nada —dijo—. Aunque puede que les lleve un tiempo alcanzarnos. ¿Deberíamos seguir moviéndonos?

La pregunta era si podíamos seguir moviéndonos. En el bosque había el suficiente espacio para utilizar los controles de maniobra en hangar de nuestros propulsores y avanzar con movimientos muy concienzudos, pero sería un proceso lento, quizá incluso más que caminar.

—Creo que nos tocará quedarnos aquí —respondí—. Pero Bob debería estar preparado para solicitar otro hipersalto si las cosas se tuercen.

—Los drones enemigos podrían llegar en línea recta —dijo Alanik—. Ah, el alfiler intérprete me indica que te refieres a si las cosas salen mal. ¿Cómo es que vuestro idioma tiene un sesgo a favor de las cosas rectas?

Pues… no tenía respuesta para eso, de modo que hice caso omiso a la pregunta. Comprobé las lecturas atmosféricas de mi nave. Según mis sensores, el aire era respirable.

—Escanea la zona, Nedder.

—Enseguida —dijo Nedd.

Su nave de clase Dulo carecía de las sofisticadas capacidades de escaneo que tenían los cazas exploradores, pero sí que podía obtener algunos datos limitados sobre nuestra cercanía a la ciudad y al río que fluía cerca de ella.

—Suki —dije—, ¿las babosas y tú estáis bien ahí dentro?

—¡Estamos vivos! —exclamó Suki.

Supuse que, de momento, tampoco podía pedirse mucho más.

—Voy a sacaros —respondí—. Todos los demás, quedaos donde estáis.

—Esto… ¿Anfi? —intervino Sadie—. ¿No debería apoyarte alguien?

—Eso —dijo Alanik—. Estos árboles son inquietantes.

—¿En serio? —repuso Sadie—. ¡Pero si tú te criaste en un árbol!

—Vivimos sobre los árboles —dijo Alanik—. Los árboles no crecen por encima de nosotros. Ni siquiera en las arboledas injertadas hay ejemplares tan enormes como estos. No está… bien.

—No sé yo —contestó Sadie—. Se parece un poco a estar en una caverna. Es como volver a casa.

Solo que las paredes de la caverna no se mecían al viento.

En todo caso, Sadie no iba errada sobre lo de llevar apoyo.

No tenía buena visibilidad a la sombra de los árboles y no sabía muy bien lo que iba a encontrar.

Metí la mano detrás del asiento, en el baúl de carga, saqué una línea de luz portátil y una pistola destructora y comprobé que funcionaran.

—Ángel, quédate junto a tu nave y cúbreme mientras saco a Suki y las babosas.

—Recibido, Anfi —dijo Alanik y, a mi izquierda, la cubierta de su nave se abrió.

Yo levanté también la mía y me sorprendió la opresiva oleada de calor que cayó sobre mí. Aquella parte del planeta era muy húmeda, el aire denso. Me quité la máscara de vuelo y me asaltó una peste a descomposición, con un matiz de algo parecido a la canela.

—Te tengo cubierto —dijo Alanik, que no había bajado de su cabina, pero tenía su pistola destructora apuntada en mi dirección.

Descendí de mi nave y noté que las botas se me hundían en el suelo blando del fondo de la hondonada.

La corteza medio podrida se deshizo bajo mis pisadas hacia lo que quedaba de la Oradora .

El suelo estaba compuesto sobre todo de restos de madera de color violeta marronáceo, sueltos y mullidos, como si los árboles hubieran mudado la piel.

Los crujidos resonaron por el bosque cuando el viento dobló las ramas de los árboles.

Gimieron como si les doliera algo, y más pedazos de corteza cayeron por el aire y se engancharon en las curvas de las ramas o terminaron reposando en el suelo del bosque.

Las hojas escaseaban en las ramas más bajas, pero tuve que rodear troncos de árbol y saltar ramas caídas.

Si teníamos que recorrer mucha distancia así, quizá sería más fácil subir a las primeras ramas, que se retorcían y se enredaban unas con otras.

Podríamos caminar por ellas como sobre barras de gimnasia.

Llegué hasta la Oradora y encontré que el acceso lateral del fuselaje estaba abollado y era imposible de abrir, así que trepé y entré por el agujero donde había estado la cabina para luego abrirme paso por la puerta que daba a la zona de pasajeros.

Dentro estaba oscuro, así que activé la pequeña lanza de luz que llevaba sujeta a la muñeca.

El resplandor rojo anaranjado iluminó los cuerpos de Katri y Dasha, aún sujetas a sus asientos.

La cabeza de Dasha pendía en un ángulo antinatural, y Katri tenía una vara metálica atravesada en el costado.

La sangre se había acumulado en su asiento y también salpicaba todas las paredes y el techo, esparcida por los cambios bruscos de impulso antes del hipersalto.

Agradecí que llevaran puestas las máscaras de vuelo.

Les había fallado a las dos, y no soportaría contemplar sus rostros sin vida.

Suki apenas era visible, encogida entre Hoid y Vuelta, que se habían acurrucado a su alrededor, aunque no estaba muy seguro de si para consolarla o para protegerla.

—¿Estás herida? —le pregunté.

—Solo son magulladuras, creo —respondió ella, estirando el brazo para soltar las correas que la sujetaban al asiento, aunque las babosas estaban en medio.

—Eh —dije a los taynix, y fui hacia ellos. Pasé la mano por los pinchos azules de Vuelta y luego por los multicolores de Hoid—. No pasa nada. Ya podéis soltarla.

—Nada —dijo Vuelta, aflojando la presión sobre Suki.

—Soltarla —trinó Hoid, y frotó el hocico en mi mano extendida.

Puse a Vuelta y a Hoid en mis hombros, donde se apretaron más contra mi cuello de lo que resultaba cómodo, sobre todo con aquel calor. Liberé la plataforma flotante de Suki, que estaba sujeta al lado de su diminuto asiento, mientras ella se quitaba las correas.

—Vamos —dije—. Irás en mi nave mientras pensamos qué vamos a hacer.

Suki lanzó una última y larga mirada a los cadáveres de Dasha y Katri antes de subir a su disco y seguirme flotando fuera de los restos de la nave.

Luego lo tuvo más fácil que yo para regresar a mi caza.

Fue por delante, esquivando unas pocas ramas bajas mientras yo recorría con paso trabajoso el suelo blando hasta mi cabina.

—Todo despejado —informé por radio al llegar.

Dejé a Hoid y a Vuelta en la hamaca con Naga. La malla amenazaba con estallar, pero las babosas se acurrucaron unas junto a otras, demasiado contentas de seguir con vida como para preocuparse por lo apretadas que estaban.

—Nedder —dije—, ¿qué has averiguado?

—Aún hay drones patrullando encima de nosotros —respondió él—. Pero están en la atmósfera superior. Si salimos volando sobre la copa de los árboles, lo más seguro es que nos detecten.

—Pero, si no vuelan directos hacia nosotros —dije—, seguramente es que no saben dónde estamos. ¿Se te ocurre dónde puede estar la base de la Supremacía?

—He escaneado buscando piedra de pendiente por los alrededores. —Esa función del sensor servía para localizar naves derribadas con la baliza rota, pero también captaría aeródromos enemigos—. No encuentro ninguna concentración en el planeta.

—Entonces, la información que teníamos puede ser correcta —respondí—. La gente de aquí no tiene tecnología espacial.

—¿Y por qué hay tantos drones patrullando la atmósfera? —preguntó Gilaf.

—Quizá sepan que la Supremacía ha caído —dije—, y estaban preparados para un posible ataque.

—Estaban esperándonos —afirmó Sadie—. Pensaban que vendríamos a destruirlos, ahora que su bando ha perdido la guerra.

—Es la única explicación que se me ocurre —asentí.

Pero aquella fuerza de la Supremacía estaba sorprendentemente bien preparada, para ser un grupo que llevaba un siglo sin combatir y no podía llevar más de un par de semanas suponiendo que nos presentaríamos allí.

—Ángel, ¿captas alguna actividad citónica?

—Nada —dijo Alanik—. Solo las señales de hipercomunicador que reciben las naves patrulleras. Unas pocas vuelan por debajo del campo inhibidor.

—¿Puedes estimar de dónde vienen sus instrucciones? —pregunté.

—No —respondió ella—. El origen debe de estar oculto por el inhibidor.

Di un cabezazo contra el respaldo de mi asiento.

—Si pueden dar órdenes a sus drones dentro del campo, significa que sus taynix conocen los códigos del inhibidor.

—Ese código no era una secuencia numérica ni nada parecido, sino una impresión citónica única que permitía a sus taynix usar sus capacidades dentro del campo inhibidor y se lo impedía a todos los demás—.

Eso les da una ventaja tremenda. Combinada con su superioridad numérica, hace imposible que los derrotemos a base de fuerza, incluso si pudiéramos localizar su base.

—La he encontrado —dijo Nedd—. Los sensores indican que hay una gran estación espacial orbitando el planeta, encima de la ciudad.

—Muy bien —respondí—. Resumiendo, no podemos atacarlos directamente y no podemos dejarlos atrás en la zona inhibida. Sus drones nos derribarían antes de poder trazar un rumbo entre los escombros y escapar.