7. Arturo #3
Fui hacia la Oradora y le clavé mi lanza de luz en la parte delantera del fuselaje, justo por detrás de la cabina destrozada. Aceleré en dirección al planeta, trazando un rumbo entre los últimos escombros que nos separaban de la atmósfera propiamente dicha.
—Suki, informe de situación —pedí.
—¡Sigo viva! —exclamó ella, y su voz sonó a mucho más volumen que antes. Tenía traje de vuelo y máscara protectora, al menos, aunque le servirían de poco si la nave seguía desintegrándose.
—¿Hay más supervivientes a bordo?
—Difícil saberlo —respondió Suki—. Dasha y Katri están inconscientes y… ¡Oh!
Eso no había sonado bien.
—¿Oh?
—No, jefe de escuadrón —dijo Suki en voz baja—. Las otras diplomáticas no han sobrevivido.
—Tú aguanta —le pedí—. ¿Sabes algo de los taynix?
—Ambos viven —dijo Suki—. Estamos acurrucados juntos.
—Acurrucados juntos —repitió Naga en tono triste.
—Aguanta —insistí.
Por las estrellas, teníamos que aguantar todos. Vi en mis monitores cómo los drones enemigos se acumulaban a mi cola y cómo mi propio escuadrón se formaba detrás de mí, manteniéndome el ritmo.
—Naga —dije—, necesitamos ese hipersalto.
—Hipersalto —trinó ella, temblando de ansia.
—¡Ángel! —exclamé—. ¿Qué se cuenta Bob? ¿Puede contactar con los zapadores para iniciar el hipersalto?
—Aún estamos afectados por el campo inhibidor —respondió Alanik—. Hasta que hayamos… ¡Ya está! ¡Estamos fuera! Bob está solicitando el hipersalto ahora mismo.
Estrellas. Por lo menos, eso aún era posible.
—No podemos saltar fuera del planeta —dijo Alanik—. No percibo nada fuera del campo inhibidor.
En esos momentos, me valía cualquier sitio que no fuese donde estábamos.
—Diles a Bob y a Naga que apunten el hipersalto tan cerca de la ciudad humana como sea posible —ordené.
Se lo habría pedido yo mismo a Naga, pero no parecía el mejor momento para depender de su capacidad de comprenderme sin una conexión mental.
Y, de todos modos, si Naga obtenía permiso para hipersaltar ya mismo, dejaríamos atrás a todo el mundo excepto a la Oradora —.
Cuando llegue la autorización, quiero a todo el mundo conectado con lanza de luz y yo daré la orden de saltar.
Nuestra mejor posibilidad era escondernos y confiar en que ningún citónico que hubiera cerca fuese capaz de captar nuestro punto preciso de llegada.
—Recibido —dijo Alanik.
—¡Ciudad! —exclamó Naga. Si no comprendía mis palabras, Alanik se encargaría de que comprendiera mi intención.
—Cerca —dije—. Escondernos.
—Escondernos cerca —respondió Naga, y esperé que entre Alanik y yo hubiéramos logrado una comunicación efectiva.
—¡Anfi, a tu derecha! —gritó Nedd mientras el fuego de destructor avanzaba hacia mí.
Lancé mi nave en una secuencia Barrett. Por las estrellas, daba igual hacia dónde fuésemos ya. Lo único que podíamos hacer era seguir juntos, seguir por delante del enemigo, seguir vivos.
—Más naves entrantes —informó Nedd.
No las veía en mis monitores, así que amplié el campo y ahí estaban. Más naves. Siempre más naves. ¿Tantos efectivos podía necesitar de verdad un contingente pequeño, aislado, novato y tirdoso de la Supremacía?
—¿Órdenes? —preguntó Alanik.
—Tiempo —dije—. Volad a la defensiva, proteged a Suki y ganad tiempo.
—¡Recibido! —contestó Sadie.
Gilaf y ella iniciaron una danza de maniobras evasivas, disparando en la dirección general de las naves enemigas para mantenerlas ocupadas. Alanik siguió a mi cola, justo detrás del alerón de la Oradora , preparada para protegernos si venían problemas.
Me nivelé, dejando de aproximarme a la superficie del planeta.
No sabíamos muy bien qué nos esperaba allí abajo.
Los registros de la Supremacía indicaban que no eran un pueblo con capacidad espacial, pero saltaba a la vista que no todo allí era lo que parecía, así que tampoco podía garantizar que no tuvieran algún tipo de armamento antiaéreo que pudiese derribarnos del cielo.
Surcamos la atmósfera, ya densa a nuestro alrededor, y noté la resistencia del aire contra lo que quedaba de la Oradora .
—Suki, ¿cómo lo llevas? —pregunté.
—¡No le haría ascos a un rescate rápido, jefe de escuadrón!
Estrellas, ni ella ni nadie.
Una nave enemiga aceleró a mi derecha, disparando hacia Alanik, y entonces Sadie quebró por delante de ella y recibió un impacto o dos en su escudo, pero la apartó de nosotros.
—¡Bob dice que tenemos autorizado el salto! —exclamó Alanik.
—¡Autorizado! —trinó Naga—. ¡Salto!
—Aún no —le dije—. ¡Conectaos todos! —grité por radio.
Alanik ya tenía su red de luz en contacto con la Oradora antes de oír mi orden.
Gilaf alcanzó el ala izquierda de Alanik con su lanza de luz y Sadie llegó como una exhalación por mi derecha y se enganchó a la parte inferior de mi fuselaje.
Mi nave tembló cuando tiraron de ella desde tantas direcciones.
—¡Apagad los propulsores! —grité. Si no lo hacíamos y Naga nos teleportaba a algún espacio cerrado, nos estrellaríamos al instante—. ¡Vamos, Naga!
—¡Vamos! —respondió Naga.
Entonces el planeta que teníamos debajo desapareció y, de pronto, mi nave se precipitó a la oscuridad.