Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 7. Arturo #2
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7. Arturo #2

No pude soportarlo más. Sí, salir disparado hacia la Oradora significaría llevar a esos cazas derechos hacia ella, pero, si me quedaba allí, Alanik y Gilaf tendrían que enfrentarse solos a una cantidad desconocida de naves entrantes.

Comprobé mis monitores de proximidad y analicé los escombros que había entre Alanik y yo.

Tracé una ruta directa, usé la lanza de luz para pivotar en torno a una última roca y me catapulté en dirección a la Oradora y Alanik.

Sobrecargué propulsores y dejé a los dos drones a mi estela.

No les costaría mucho cambiar de rumbo y alcanzarme, pero tenía que llegar junto a Alanik antes de que la superasen del todo.

Alanik y la Oradora seguían volando en dirección al planeta y desaceleré cuando estuve cerca, pero aun así pasé de largo mientras perdía velocidad, preparándome para un combate aéreo.

Sabía que eran demasiadas naves enemigas para enfrentarme a ellas yo solo, pero cuantas más atrajera yo, menos atacarían a Alanik y a la Oradora mientras se apresuraban hacia el límite del campo inhibidor.

Había seis drones viniendo hacia nosotros y otros tres más atrás, si Sadie no se había ocupado del suyo. Estrellas, llevaba un rato callada. Por una vez, no me gustó su silencio.

—Centinela, informe de situación.

—¡Objetivo eliminado! —exclamó Sadie—. Voy hacia ti. Pero llevas dos enemigos a cola. ¿Quieres que los distraiga?

No me hacía ninguna gracia dejarla atrás para que se quedara atrapada entre las naves de las que había huido y las que venían hacia nosotros desde el lado del planeta.

—Negativo. Todas las naves, volad hacia la superficie.

Nuestra velocidad quedaría limitada cuando entrásemos del todo en la atmósfera, pero era el único sitio donde quizá podríamos escapar de aquellos drones.

—Recibido, Anfi —dijo Sadie—. Sigo hacia ti.

Gilaf me alcanzó y siguió volando delante de mí a la izquierda. Disparó sus destructores cuando las naves entrantes se aproximaron y yo lo imité, creando unos hilos de fuego para mantener las naves apartadas de la Oradora .

—Ya casi estoy —dijo Sadie.

Dos drones nos dispararon directamente a Gilaf y a mí. Recibí otro impacto en el escudo antes de tener que esquivar para no perderlo del todo.

—Anfi —dijo Nedd—, tenemos atacantes nuevos arriba y abajo.

Así era. Las otras cuatro naves se habían dividido en parejas, dos por encima de nosotros y dos por debajo. Sumadas a las dos de cola, venían ya hacia nosotros desde cuatro direcciones distintas, y solo nos quedaban cuatro naves para defendernos de ellas.

Siempre habíamos luchado en inferioridad numérica, y siempre habíamos tenido que superar en habilidad a los krells para proteger a nuestra gente.

Pero nunca habíamos tenido que hacerlo siendo tan pocos y sin manera de pedir refuerzos en nuestra ayuda.

Si Gilaf y yo abandonábamos nuestra posición delante de la Oradora , las diplomáticas quedarían expuestas.

—Ángel, Centinela —dije—, ¿podéis proteger la Oradora de esas naves?

—Ya casi he llegado —respondió Sadie.

—Me ocupo —dijo Alanik, aunque no sonaba muy confiada. Por lo general era una persona lo bastante sensata como para pedir ayuda si la necesitaba, pero en esos momentos debía de saber que no había ayuda disponible.

—Ángel, ¿cuánto falta para llegar al final del inhibidor? —pregunté.

—Ni idea —dijo ella—. No podré saberlo hasta que lo rebasemos.

El planeta iba creciendo por debajo de nosotros y ya casi llenaba mi campo visual.

Me concentré en la nave enemiga que me tenía en su punto de mira.

Crucé disparos con ella, cada vez más cerca.

Si utilizaba mi PMI, dejaría a mis compañeros en la estacada mientras me retiraba para reactivar mi escudo, pero las defensas krells eran mucho mejores que las nuestras y costaba un tirdoso horror derribar sus naves sin anularles antes los escudos.

—Se me escaparon —dijo Alanik—. Son demasiados.

—¡Anfi! —gritó Nedd—. ¡A tus seis por abajo!

Vi la nave en mi monitor, quebrando bruscamente hacia arriba, en dirección a la Oradora .

Parecía que se habían dado cuenta de que estábamos protegiendo la nave diplomática, porque estaban evitándonos a los demás y lanzándose directos hacia ella.

Hice un giro Imban. Mi nave trazó una forma de medialuna, con el morro pivotando ciento ochenta grados y la cola rotando detrás de mí.

Salí del giro justo a tiempo de ver cómo el dron que llegaba desde abajo acababa con los escudos de la Oradora .

Abrí fuego, pero el enemigo ya estaba acribillando a la Oradora y la explosión abrió un gran boquete en su parte delantera.

—¡No! —grité, dando un puñetazo en el borde del panel de control.

La Oradora descendió fuera de rumbo cuando sus propulsores se desactivaron y dejaron de impulsar la nave hacia delante.

—¿Jefe de escuadrón? —casi chilló la voz de Suki por la radio.

Ay, estrellas. Había gente viva allí dentro, aunque era imposible que Hurón no hubiera muerto, dado que la cabina de la Oradora había pasado a ser una concavidad hueca.

—Suki —dije, intentando que no se me notara la desesperación en el tono—. ¿Qué situación tienes?

—¡Pésima! —exclamó ella—. Nuestra cabina está despresurizada y la nave parece volar fuera de control.

Estaba quedándose muy corta. La Oradora descendía sin propulsión lo bastante cerca del planeta como para que la gravedad estuviese a punto de apoderarse de ella.

Cuanto más deprisa cayera, antes deberíamos dejar atrás el campo inhibidor y teleportar a los supervivientes lejos de los restos de la nave.

Pero si esos drones nos asesinaban a todos antes, ni siquiera tendríamos la oportunidad de intentar el rescate.

—Escuadrón Cielo —dije por radio—, voy a engancharme con la Oradora y huir hacia el planeta. Protegednos e intentad no quedaros atrás.