Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 7. Arturo
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7. Arturo

Arturo

Tirda. Tirda. No habíamos perdido a gente así desde la guerra.

Y ni siquiera estábamos atacando aquella posición, pero no había una frecuencia de radio mediante la que llamar, no había forma de comunicarnos con los pilotos de esos drones.

Podrían estar en otro planeta, si sus babosas tenían los códigos para usar los hipercomunicadores dentro del campo inhibidor.

No comprendía cómo nos habían encontrado tan deprisa ni por qué nos habían tendido una emboscada.

Aquello era como en los tiempos anteriores a nuestra victoria en la guerra, cuando las naves krells nos perseguían implacables, intentando empujarnos bajo tierra y mantenernos allí, cuando nunca sabíamos cuántas iban a venir ni por qué estaban tan empeñadas en exterminarnos.

—Jefe de escuadrón —dijo Suki—, no querría interrumpir nada, pero quería indagar si tienes un plan.

Estrellas, ¿tenía un plan? Acababan de derribar a nuestros dos exploradores y, como no hiciéramos algo rápido, íbamos a sufrir todos el mismo destino.

Nuestro cometido más importante era proteger a las diplomáticas.

Era evidente que habíamos llegado mal preparados, pero nada en la información que teníamos nos había advertido de aquella arremetida.

—Escuadrón Cielo —dije—, descended hacia el planeta.

Eliminad esas naves si podéis, pero, si no, dejadlas atrás.

Cuando lleguemos al otro lado de la zona inhibida, Bob podrá solicitar un hipersalto.

Pero, incluso si no podemos irnos del planeta, tenemos que poner tierra de por medio entre ellos y nosotros.

—Escondernos y reagruparnos. Era la única salida que veía—.

Cubrid a la Oradora . Oradora , maniobras evasivas.

Haremos lo posible por quitártelos de encima.

—Recibido, Anfi —respondió Hurón.

El piloto maniobró la Oradora en torno a la roca, con Sadie colocada a un lado y Alanik al otro. Gilaf ocupó la posición delantera y abrió fuego de destructor para mantener despejado el camino hacia delante. Yo me situé en la retaguardia, con un ojo echado hacia nuestra cola.

—¡Anfi! —gritó Alanik—. ¡Mira arriba!

Descendió fuego de destructor hacia mí y estuvo a punto de alcanzarme en el ala izquierda antes de que me lanzara en picado.

Una bandada de pájaros se lanzó desde la roca uniéndose a mí, imitando mi rumbo de vuelo como si mi nave fuese una de ellos.

No quería dispararles, pero tampoco podría permitirme salvarles la vida si se interponían entre mi nave y el enemigo.

El dron descendió tras de mí, sin dejar de disparar.

Me escoré a un lado, esquivando por los pelos un impacto en los escudos.

Alanik siguió a la nave y sus disparos acabaron con algunas aves.

Lo que quedaba de la bandada se dispersó mientras Alanik acababa con los escudos del caza enemigo y acertaba un último y letal impacto.

—Anfi —dijo Nedd—, otras seis naves están convergiendo hacia nuestra posición.

Estrellas, no teníamos forma de saber cuántos drones acechaban en los escombros que quedaban entre nosotros y el final del campo inhibidor.

O bien nos habían visto venir muy de lejos, o bien ya estaban destinados allí de antes.

Era casi como si la Supremacía hubiera esperado un ataque.

Aquellos operativos debían de tener algún modo de comunicarse con sus mandos de la Supremacía, quizá saliendo entre los escombros para enviar mensajes fuera del campo inhibidor.

Debían de saber que la Supremacía había caído y esperaban que en algún momento llegásemos también a por su puesto de avanzada.

Si la FDD lo hubiera sabido, Jorgen habría enviado un contingente entero de escuadrones para acabar con cualquier resto de amenaza.

Pero, como no lo sabía, solo nos había enviado a nosotros.

La Oradora avanzaba hacia el planeta y la seguí, sin dejar de observar los drones enemigos que llegaban.

No parecían prestarle más atención a la Oradora que al resto de nuestras naves, así que aquello no era un ataque directo contra nuestro equipo diplomático.

Pero eso significaba que querían matarnos a todos por igual y que, hasta que consiguiéramos librarnos del inhibidor, estábamos atrapados allí.

Tres cazas enemigos se separaron del grupo principal y nos flanquearon para cortarnos la huida mientras las otras tres volaban directas hacia nosotros.

—¡Enemigo a las nueve en punto! —exclamé—. Centinela, Espíritu, fijad rumbo para interceptar. Ángel, mantén la posición. Hay más naves justo delante.

Aceleré y me situé junto al ala izquierda de la Oradora , listo para atacar si algún enemigo la ponía en su punto de mira.

Pero, por las estrellas, así teníamos solo dos cazas para lidiar con el hostigamiento y a Alanik en solitario para librarse de las tres naves que nos esperaban delante…

y eso, suponiendo que no hubiera ninguna más escondida entre los escombros como la que había acabado con Llamarada.

—No somos suficientes —dije, con el comunicador apagado para que solo Naga pudiera oírme.

—¡Suficientes! —trinó ella en tono apenado.

Sadie y Gilaf se enfrentaron a las naves que llegaban y los destructores llenaron el aire de muerte. Sadie anuló el escudo de un dron, Gilaf terminó de destruirlo y envió sus restos precipitándose de morro hacia abajo. Se centraron en otra nave, pero la tercera viró y se propulsó hacia la Oradora .

Me situé entre nuestra nave diplomática y ese caza que venía y abrí fuego de cobertura para Sadie y Gilaf.

—¡Anfi! —gritó Alanik por radio—. ¡Esas naves de delante han dado un rodeo! ¡Van a por la Oradora desde las tres en punto!

Tirda. La Oradora estaba desprotegida por ese lado. No había mucho que pudiéramos hacer al respecto, estando tan limitados en número.

—¡Ya vuelvo! —exclamó Sadie.

Utilizó su lanza de luz para pivotar en torno a un escombro, tan pequeño que desestabilizó su órbita al hacerlo, y lo soltó en el momento justo para enviarlo volando hacia la nave enemiga justo mientras Gilaf terminaba de agotar sus escudos.

El choque resultante proyectó esquirlas de piedra y metal en todas las direcciones.

—Cuatro naves más —dije.

El tercer dron del grupo de Sadie y Gilaf llegó hasta mí y rodé para esquivar sus destructores. En vez de perseguirme, viró hacia la Oradora .

—¡Hurón, estás rodeado! —grité. Aquello no funcionaba.

Iban a derribarnos uno a uno hasta que no quedara nada.

Nuestra única posibilidad era hipersaltar cuando descendiéramos más en la atmósfera—.

Oradora , a toda velocidad hacia el planeta.

Cuando nos liberemos del inhibidor, solicitaremos un hipersalto.

No estaba muy seguro de que fuéramos a ser capaces, porque había mucho en aquel planeta que no era lo que parecía, pero intentarlo era lo mejor que podíamos hacer.

—Recibido, Anfi —dijo Hurón.

Pisó a fondo para serpentear entre los escombros. No podía sobrecargar los propulsores sin arriesgarse a que algún pedazo grande atravesara sus escudos, pero al menos estaba recorriendo distancia.

—Ángel, ve con la Oradora —ordené—. Necesitamos sacar a Bob del campo para pedir el hipersalto.

—Hecho —respondió Alanik.

Di media vuelta haciendo un vuelco sobre ala y quebré por debajo de la trayectoria de la Oradora para espantar a las naves sobre las que me había advertido Alanik. Disparé mis destructores, no apuntando a esas naves en concreto, sino proporcionando fuego de cobertura.

Salió bien. Las dos naves vinieron hacia mí, dando tiempo a la Oradora y a Alanik a dejarnos atrás y, con un poco de suerte, a abandonar el campo inhibidor. Quizá no lograran salir del planeta después de eso, pero al menos se alejarían un poco mientras averiguábamos qué narices sucedía allí.

Seguí disparando a los cazas enemigos y los perseguí rodeando un pedazo de escombro que superaba en tamaño a la Plataforma Primaria, con una viga metálica asomando por el lado que quizá en otro tiempo había sido la esquina de un edificio grande.

Las naves se revolvieron contra mí y recibí un impacto en los escudos.

Usé la lanza de luz para hacer un giro rápido de noventa grados y arranqué de cuajo un trozo del edificio.

Mis ConGravs mitigaron la inercia, y entonces se interrumpieron de sopetón y mi cuerpo golpeó el lado de la cabina de mi caza.

Naga dio un chillido en su hamaca, al lado de mi asiento.

—Lo siento, amiga —dije mientras ejecutaba un tonel volado para evitar el fuego de las dos naves, que aceleraban rodeando el escombro a mi cola, todavía en persecución frenética.

—¡Anfi! —exclamó Alanik—. ¡Más naves por delante!

—¡Ángel, esquiva! —gritó Gilaf por el comunicador.

Si acudía en ayuda de Alanik para proteger la Oradora , llevaría conmigo a los dos drones.

—Espíritu, Centinela, ¿podéis apoyar a Ángel?

—Todavía no —respondió Sadie—. Tengo que quitarme a este último…

—Voy yo —la interrumpió Gilaf.

Miré mis monitores. Gilaf tenía unos escombros por delante, pero ya avanzaba en dirección a Alanik.

Sadie llevaba una nave a cola y parecía estar haciendo lo mismo que yo: procurar no llevarla hacia los demás.

Había un límite a la cantidad de naves de las que podíamos ocuparnos por persona sin que nos abrumaran.

Distinguí la nave de Alanik plantada bien firme justo delante de la Oradora e imaginé a las diplomáticas dentro de su nave, incapaces de protegerse a sí mismas, teniendo que depender de nosotros para sobrevivir.

Un dron de los que me perseguían quebró a un lado y aceleró, sin duda con intención de apartarme y restringir mi capacidad de movimiento.

Hice una tijera gemela para evitar sus disparos.

—¡Anfi! —gritó Alanik—. ¡Le han dado a la Oradora !