Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 6. Arturo
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6. Arturo

Arturo

—Tengo un impacto en los escudos —dijo Subrayado—. Por las estrellas, son un montón.

Podían darnos tres veces en el escudo antes de tener que reactivarlo, pero no era buena señal que Subrayado hubiera recibido un impacto tan rápido.

—¿Tenéis contacto visual con las naves? —pregunté.

Llamarada me interrumpió.

—Anfi, son numerosas naves dron krells, justo delante, viniendo hacia nosotros. Debían de estar escondidas detrás de los escombros, o las habríamos visto.

—¿Cómo era eso de que no nos dispararían? —preguntó Nedd.

—¡Sabía que tendría que haber practicado los insultos a sus entrañas! —exclamó Sadie.

¿Drones krells? Eran las naves contra las que habíamos estado combatiendo durante años en Detritus.

Utilizaban hipercomunicadores para funcionar: sus pilotos estaban a salvo en una pegabina de alguna instalación de la Supremacía, enviando instrucciones a sus naves deshabitadas mediante la comunicación citónica.

Pero la Supremacía estaba derrotada. Sus fuerzas armadas o bien se habían rendido, o bien estaban aisladas en sus propios planetas.

Los taynix habían escapado de ellos en masa y ya no le proporcionaban ningún servicio de hipersalto o hipercomunicación a nuestro enemigo.

Esos cazas no deberían tener acceso a capacidades citónicas dentro de un inhibidor de origen natural.

Además, incluso si de algún modo lograsen superar el inhibidor, deberían haber perdido el acceso a los taynix que se habían encargado de sus comunicaciones hasta el final de la guerra.

Sus naves no deberían funcionar. Y, en todo caso, ¿por qué un puesto de avanzada que llevaba más de un siglo sin entrar en combate estaba dispuesto a abrir fuego contra nosotros nada más vernos?

—¿Anfi? —dijo Llamarada.

Vale, sí. Todo aquello sería irrelevante si nos derribaban.

—Escuadrón Montaraz, maniobras evasivas —ordené—. Escuadrón Cielo, destruid esos drones. Nedder, ¿qué posición recomiendas?

—Si están escondidos a lo largo del borde del campo de escombro, nos interesa que vengan ellos a nosotros —dijo Nedd—. No sabemos cuántos refuerzos tienen acechando ahí fuera y no queremos que nos superen en número.

—Ya estamos volviendo —informó Llamarada—. ¡Tirda!

Otra andanada de fuego de destructor cruzó los escombros hacia nosotros. La sugerencia de Nedd era acertada, pero no podía quedarme quieto mientras derribaban a mis exploradores del cielo. Su armamento era mucho menos potente que el nuestro. Nos correspondía a nosotros protegerlos.

—¡Mi escudo ha caído! —gritó Subrayado.

—Centinela, Espíritu, avanzad hacia esas naves —ordené.

Sadie salió disparada hacia delante y Gilaf se apresuró a perseguirla.

Pero, tirda, no llevábamos un contingente lo bastante numeroso como para enfrentarnos a aquella muchedumbre de cazas enemigos y proteger la Oradora .

Se suponía que aquello era un planeta pacífico, no una emboscada.

De no ser por el inhibidor, habría ordenado un hipersalto para sacarnos a todos de allí, pero el lugar más cercano desde el que podíamos hipersaltar a casa estaba a horas de recorrido de vuelta por el campo de escombros.

Las naves krells irían acabando con nosotros desde atrás mientras huíamos.

Sabía que debía quedarme con la Oradora .

El transporte diplomático tenía unos escudos muy sólidos, pero no iba armado, así que corría incluso más peligro que los exploradores.

Si me marchaba a por el enemigo, dejaría expuesta la nave diplomática.

Y, como compañera de ala mía, lo normal sería que Alanik también se quedara atrás, pero entonces solo tendríamos dos cazas enfrentándose a una cantidad indeterminada de krells.

—¿Anfi? —dijo Alanik por radio, sin moverse, esperando mis indicaciones.

—Protegeremos la Oradora —respondí—. Es nuestra misión.

Me situé delante de la Oradora , dispuesto a defenderla si el enemigo se acercaba. Pero, tirda, me destrozaba tener que esperar allí mientras mis compañeros volaban al ardor de la batalla.

Las aves se habían dispersado, asustadas por el fuego del destructor, y habían ido a refugiarse a las rocas más cercanas.

Ya alcanzaba a ver los drones, zigzagueando entre pedazos de escombro.

Si nuestras naves eran esbeltas y aerodinámicas, las suyas eran bulbosas y redondeadas, arrastrando cables tras la cola.

Nuestras cabinas estaban cubiertas por techos transparentes, pero sus naves no tripuladas eran negras y opacas.

Dos de ellas aceleraron hacia Subrayado y Llamarada mientras los exploradores huían en nuestra dirección.

Tirda, estaban llevando los drones directamente hacia nuestra nave diplomática.

Pero, si no regresaban para que pudiéramos ayudarlos, seguirían superados en número y en armamento.

—Hurón —dije—, pon unos cuantos escombros entre esas naves y tú. Y, si tienes una roca grande detrás, a Alanik y a mí nos será más fácil cubriros.

—Recibido —respondió Hurón, y propulsó la Oradora hacia una roca helada que tendría unos cuarenta metros de alto y casi otros tantos de ancho.

Alanik y yo tomamos posición cerca de la roca, encarados hacia las naves entrantes. Observé el monitor para comprobar que no hubiera más cazas acercándose a nuestra cola, pero parecían venir todas desde la dirección del planeta.

—Nedder —dije—, ¿cuántas naves enemigas son?

En general, esa pregunta se la habría hecho a los exploradores, con sus monitores de largo alcance, pero era evidente que Llamarada y Subrayado estaban muy ocupados.

Subrayado tendría que cortar la energía de sus propulsores para reactivar el escudo, cosa que no podría hacer con el enemigo tan pegado a la cola.

—Cantidad desconocida —respondió Nedd—. Es difícil saber cuántas naves más se esconden en las rocas, sobre todo si es probable que algunos de los objetos móviles sean pájaros. Pero cuento una docena como mínimo, la mayoría a unos minutos de distancia.

Estrellas. Una docena de krells. Y nosotros solo éramos cuatro cazas, dos naves exploradoras y un transporte que debíamos proteger a toda costa. Por lo menos, si el enemigo llegaba en oleadas, podríamos acabar con las primeras naves antes de que las demás nos abrumaran.

—¡Tirda, Subrayado, bajo y acercándose! —gritó Llamarada mientras el fuego de destructor se abría camino hacia la nave de su compañero desde abajo.

Tanto Sadie como Gilaf dispararon contra la nave enemiga con sus propios destructores, pero ya era demasiado tarde. Sin escudo, la nave de Subrayado quedó hecha trizas, esquirlas metálicas que se dispersaron en espiral entre el polvo.

—¡Espíritu, cúbreme! —pidió Sadie.

Se arrojó en picado hacia el caza enemigo y activó su PMI, un pulso electromagnético que anulaba los escudos, pero que solo funcionaba muy de cerca. Tras ella, Gilaf apuntó al dron y lo derribó.

Los restos de la nave de Subrayado destellaron a la luz del sol. Me obligué a apartar la mirada. Quise hablar con Llamarada, preguntarle si estaba bien. Su nave seguía intacta, haciendo una tijera gemela para esquivar a sus perseguidores.

Pero por supuesto que no estaba bien. Subrayado y ella habían pasado años volando juntos. Siempre lo había tenido ahí, al otro lado de la radio, y ahora ya no estaba.

Y eso había sucedido bajo mi mando. Estrellas, y como no hiciera algo, Subrayado no iba a ser el único.

—Vienen más naves —dijo Llamarada, y su voz sonó temblorosa pero resuelta.

—Espíritu, ayuda a Llamarada —ordené—. Centinela, repliégate a mi posición.

Sadie tenía que dejar de volar y conservar la energía para reactivar sus escudos, pero no iba a hacerlo en espacio abierto con tantas naves convergiendo sobre nosotros.

Llamarada alcanzó la posición de Gilaf y atrapó un escombro cercano con su lanza de luz, enganchando su nave a él para virar en ángulo muy cerrado a su alrededor y encararse hacia el enemigo.

Otros dos drones se abalanzaron sobre ella de inmediato, y Llamarada los acribilló con sus destructores.

Gilaf llegó con su Dulo para darle fuego de cobertura mientras Llamarada ejecutaba un tonel volado y evitaba con destreza las naves enemigas.

El caza de Sadie rodeó la roca tras la que se ocultaba la Oradora .

Se detuvo cerca de nosotros y vaciló, mientras su escudo absorbía energía del propulsor y los sistemas de maniobra para reactivarse.

Había conseguido escapar de la escaramuza sin perseguidores, pero entonces llegó una tercera nave que se unió a los dos cazas enemigos que acosaban a Gilaf y Llamarada.

—Voy en su auxilio —dije—. Centinela, ayuda a Ángel a proteger la Oradora .

Activé mis propulsores y aceleré hacia la lucha sin esperar respuesta. Había más naves de camino, pero Sadie debería tener tiempo de reactivar su escudo antes de que llegaran.

Rodeé un escombro y pasé disparado junto a Gilaf y Llamarada para embestir hacia la tercera nave. Disparé una ráfaga con mis destructores y la nave se escoró de lado, en dirección a la roca tras la que estaba escondida la Oradora .

Tirda. No había pretendido desviar la nave hacia allí.

—Ángel, Centinela, tenéis un dron yendo hacia vosotras. Espíritu, Llamarada, ¿os bastáis aquí?

—Llamarada tiene problemas —dijo Nedd.

Enganché un pedazo de escombro con mi lanza de luz y lo utilicé como ancla para girar mi nave.

El caza al que había espantado estaba acercándose a Alanik, pero Sadie ya tenía su escudo reactivado y estaba lista para apoyarla.

El dron abrió fuego sobre Sadie, que quebró a un lado y aguantó la andanada detrás de un escombro.

La piedra y el hielo llenaron el aire, haciéndola invisible para mí.

—Centinela, ¿estás bien? —pregunté.

—¿Estás bien? —repitió Naga.

Bajé la mano y le rasqué los pinchos azules. Los taynix nos consideraban a todos como su familia. Se preocupaban tanto como nosotros cuando nuestros amigos corrían peligro.

—¡Sigo aquí! —contestó Sadie, pero ya no sonaba alegre. Sonaba aterrada.

—Podemos con ellos —dijo Nedd, aunque él también parecía agitado.

Me encaré hacia Llamarada y Gilaf y liberé mi lanza de luz para catapultarme en su dirección.

—Los escudos de Llamarada han caído —añadió Nedd—. Tirda, Espíritu, ¿podemos…?

Gilaf no necesitó más indicaciones. Ya estaba persiguiendo a la nave que acosaba a Llamarada.

La exploradora pasó volando junto a mí, hacia tres enormes trozos de hielo tras los que podía cobijarse para reactivar sus escudos.

Gilaf y yo concentramos los disparos en las naves enemigas, obligándolas a esquivar en vez de perseguirla a ella.

—¡Llamarada, cuidado! —gritó Nedd.

Miré mis monitores justo a tiempo de ver cómo emergía fuego de destructor de la acumulación de hielo y destrozaba la roca que Llamarada estaba usando para escudarse. Otra nave salió de su escondrijo y pilló a Llamarada desprevenida, con su escudo aún caído.

—¡Llamarada, vete de ahí! —exclamé.

Pero, incluso antes de acabar la frase, su nave ya estaba partida en dos y estrellándose contra la roca tras la que había intentado refugiarse.

El caza enemigo siguió volando, directo hacia nosotros.