Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 5. Arturo #3
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5. Arturo #3

—Subrayado, ¿qué ves? —preguntó Llamarada.

Subrayado no respondió de inmediato. Cuando rebasé un cascote más pequeño, mi propio monitor de proximidad pitó, advirtiéndome de que un objeto venía directo hacia mí. Aparecieron más en el monitor, separándose de cascotes por todo nuestro alrededor, como una nube.

—Separaos —ordené—. Solo maniobras defensivas. No disparéis si no os disparan.

—Recibido, Anfi —dijo Gilaf.

—¡Tirda! —exclamó Nedd—. ¿Qué son esas cosas?

Empecé a ver la que se aproximaba a mí, derecha hacia el morro de mi nave. Descendí para evitar la colisión. Su sombra pasó por encima de mi cubierta.

—Son aves —dijo Subrayado—. Tirda, ¿cómo es que hay pájaros tan arriba?

Sí que era un ave, mayor que las que habíamos visto en el planeta kitsen.

Larga como mi brazo, de alas esbeltas y puntiagudas que se extendían al menos cuatro metros de lado a lado.

Su cuerpo era negro, pero tenía unas franjas de plumaje amarillo en la cara que parecían unos ojos enormes.

Otros dos ejemplares llegaron volando junto al primero y se lanzaron en picado hacia mí, como si quisieran ver mejor mi nave.

—Por las estrellas —dijo Sadie—. ¿Tienen siquiera la atmósfera suficiente aquí arriba para volar?

—No la hay —respondió Nedd—. ¿Cómo estarán haciéndolo?

Las aves aleteaban, pero había algo en el movimiento que parecía desincronizado con el flujo del cuerpo. Avanzaban por el aire con un serpenteo extraño, moviendo las plumas de la cola para cambiar de dirección.

—Fascinante —dijo Suki—. Deben de estar usando piedras de pendiente.

Algunas aves consumen gravilla como parte de su proceso digestivo.

Me imagino que estas, de algún modo, consumieron piedra de pendiente y ahora la utilizan para propulsarse en el espacio.

Pero aquí no hay atmósfera para que respiren.

¿Tendrán alguna forma de almacenar oxígeno que les permite aventurarse tan lejos de la superficie?

—Pájaros espaciales —susurró Sadie—. Qué pasada.

—Supongo que no será posible que capturemos un espécimen, ¿verdad? —preguntó Suki.

—Cae fuera de los parámetros de la misión —dije—. No os enfrentéis a las aves. Creo que solo tienen curiosidad.

—Yo también la tendría —respondió Sadie—. Si los humanos de aquí no han salido al espacio, puede que estas aves nunca hubieran visto una nave.

—Pero ¿por qué querrían volar tan alto? —preguntó Alanik.

—¿Habrá algún tipo de alimento en los escombros? —sugirió Katri—. ¿Algas creciendo en los cristales de hielo?

Nedd gimió.

—¿Por qué siempre han de ser algas? ¿No tienen un planeta entero lleno de otras cosas para comer?

—Probablemente es donde encontraron piedra de pendiente —dije.

El extraño mineral que desafiaba la gravedad y utilizábamos en nuestras naves se creaba en la ninguna-parte, aunque yo no comprendía muy bien cómo. Si las rocas que nos rodeaban habían pasado por la ninguna-parte, era posible que fuesen ricas en él.

—No hay manera de saberlo sin más investigación —dijo Suki—. Tomo nota para que se estudie con más detalle en otra expedición.

—Continuad hacia el final del campo de escombros —ordené por radio—. Y… procurad evitar las colisiones.

—¿Te refieres a que no quieres pájaros gigantes en el conducto del propulsor? —preguntó Katri.

—Cada cual tiene sus manías —respondí.

Lo más probable sería que un ave quedara hecha papilla si impactaba contra mi caza, pero no sabía lo denso que era su cuerpo. No podía arriesgarme a que alguna de nuestras naves sufriera daños.

Retomamos el rumbo, ganamos velocidad y no tardamos en dejar atrás a las aves, pero entonces mis monitores destellaron, indicándome que teníamos otra bandada delante.

Estábamos a menos de diez minutos del final del cinturón de escombros, sin tener ni idea de cuánto más se extendía el campo inhibidor hacia abajo.

La nueva bandada de pájaros pasó por encima de mí y pude echar un breve vistazo a sus garras, encogidas bajo su oscuro plumaje.

—¡Eh, Espíritu! —exclamó Sadie—. ¡Están siguiéndote! ¡Igual creen que eres su madre!

—Tu madre sí que cree que es tu madre —dijo Gilaf.

Ay, estrellas, ojalá aquellas aves no estuvieran intentando adoptarnos. Seguro que Sadie querría llevarse la bandada entera a casa.

—¿Algún consejo para lidiar con ellas, Suki? —pregunté.

—Si la nave se acercara lo suficiente, podría estudiar mejor ese plumaje y…

—Ni de milagro —la interrumpió Hurón.

—Comprendo tu ansia de conocimiento, Suki —dije—, pero lo prioritario es vuestra seguridad.

—¡Están siguiéndote, Espíritu! —insistió Sadie—. ¡Tienes tu propia bandada!

Era verdad. Aunque Gilaf estaba dejándolos atrás muy deprisa, los pájaros se congregaban en formaciones a nuestra estela.

—¿Será que les gusta la perturbación en el aire? —dijo Suki—. ¿O será por el calor de los propulsores? Tengo que apuntar estas cosas.

—¿Estamos seguros de que no nos consideran unos depredadores y están congregándose para ahuyentarnos? —pregunté.

—No estamos seguros de nada, jefe de escuadrón —respondió Suki—. Eso es lo bonito de la investigación original.

Yo prefería aprender de los libros. Rodeé los grupos de aves, intentando seguir las inconsistentes trayectorias de mi equipo mientras esquivaban también a las criaturas.

—Anfi —dijo Llamarada—, tengo algo en los monitores.

—¿Más pájaros? —pregunté.

—No —dijo ella—. Algo más grande.

—¿Un pájaro enorme? —aventuró Sadie.

—No es un ave —confirmó Subrayado—. Por las estrellas, es un…

El fuego de destructor destelló contra un cascote que había cerca del final del campo y lo envió en espiral hacia arriba, directo al rumbo de vuelo de Sadie.

Su caza esquivó la roca, que se movía despacio, pero llegaron más disparos mientras las naves enemigas cobraban forma en mis monitores.

Por las estrellas, ¿cómo era que no las habíamos visto al escanear la zona?

¿Habían estado escondidas entre los escombros?

Y, si los humanos de allí no habían salido al espacio, ¿quién narices estaba atacándonos?