5. Arturo #2
—¡No vamos a hablar nosotros! —le recordé. Estrellas, debería haber abierto un canal privado para regañarla, pero ya estaba metido hasta el cuello—. Nuestro papel aquí consiste en estar muy callados, ¿recuerdas?
Sadie no respondió, cosa que quise pensar que sí que lo recordaba.
Siguió sin pasar nada.
Miré la hamaca instalada en el lado izquierdo de mi asiento.
—¿Hipersaltamos? —pregunté a Naga.
—¡Hipersaltamos! —respondió ella.
Pero no lo hicimos. Naga levantó la bulbosa cabeza amarilla, indicando que quería que le rascara la barbilla. Obedecí.
—¿Alanik? —llamé—. ¿Cómo va Bob? ¿Alguna novedad?
—¡Novedad! —trinó Bob por radio. El cuerpo de ingeniería había sujetado pequeños micrófonos a las hamacas de las babosas para que pudiéramos oírlas durante el vuelo.
—Esa es toda la información que tengo —dijo Alanik.
Cómo no. Suspiré otra vez.
—Bueno, ¿qué? —dijo Nedd—. ¿Os sabéis algún chiste gracioso?
Debería haberle dicho que no era momento de contar chistes, pero al parecer teníamos tantos momentos que valían para cualquier cosa.
—Tu madre sí que es un chiste gracioso —contestó Gilaf.
—Muy bueno, Espíritu —dijo Nedd, usando el identificador que Gilaf había elegido para sí mismo. Por supuesto, era Nedd quien había enseñado a Gilaf lo que eran los chistes de «tu madre» para ayudar a integrarlo en el equipo.
—¿Ah, sí? —preguntó Alanik—. Sigo sin comprender qué gracia tiene ese chiste.
—La tiene —le aseguró Nedd—. Créeme. Los chistes de «tu madre» son un clásico.
—Tu madre sí que es un clásico —dijo Gilaf.
—¿Vamos a tener que oír esto durante todo el viaje? —pregunté.
—Tu madre sí que es todo un viaje —replicó Gilaf.
—Gilaf no está guardando mucho silencio —dijo Sadie.
—Tu madre sí que guarda silencio —añadió Gilaf.
—De verdad que no lo pillo —dijo Alanik.
—Yo que tú me alegraría —le dije.
—Tu madre sí que se alegraría —respondió Gilaf.
—Vaya —dijo Nedd—. Ese último no ha funcionado tanto, no sé muy bien por qué.
—Tu madre sí que…
Nos ahorramos tener que oír el final del chiste gracias a que el hangar desapareció y de pronto estábamos flotando en un cielo negro lleno de estrellas.
—… no sabe muy bien por qué —dijo Gilaf.
Vaya, no nos lo habíamos ahorrado por mucho tiempo.
Habíamos emergido al borde de un cinturón de escombros, unos pedazos enormes de roca que orbitaban a solo unos kilómetros de distancia.
Al contrario que las plataformas que rodeaban Detritus, construidas siglos atrás por manos humanas, aquel conjunto de piedra y polvo parecía natural.
Si nuestras plataformas circundaban el planeta, impidiendo verlo desde fuera, aquel campo era menos denso, sus rocas estaban más separadas y parecía más fácil de atravesar, al mostrarnos el planeta de abajo.
Desde allí, la superficie era de un tono púrpura grisáceo moteado, pero era difícil saber cuánto de ese color era el propio planeta y cuánto llegaba filtrado por el cinturón de polvo.
—Ángel —dije, llamando a Alanik por su identificador de vuelo—, ¿percibes el campo inhibidor?
—Estamos justo en su límite —respondió ella—. Naga nos ha acercado todo lo que ha podido. Cuando entremos, ya no podré utilizar mis poderes, ni tampoco los taynix.
—¿Alguna información sobre su fuente?
Todo dato que Alanik pudiera reunir allí fuera podría ayudarnos a saber dónde buscar cuando hubiéramos entrado en el campo.
—Ninguna —dijo ella—. Ese campo inhibidor parece… liso. Impenetrable. No sé por qué está aquí ni qué lo genera. Si hay una zona sin inhibir alrededor del planeta, no la capto desde aquí, pero quizá sabremos más cuando lleguemos a ella.
Eso esperaba, o íbamos camino de fracasar en una parte importante de nuestra misión.
—Escuadrón Montaraz —dije—, ¿detectáis alguna amenaza en los escombros?
—Negativo, Anfi —respondió Llamarada—. Parece todo despejado.
—¿Dónde querréis que paremos para hacer vuestra próxima comprobación? —pregunté.
—Podemos escanear mientras volamos, pero no tenemos buenas lecturas del planeta en sí por culpa de la interferencia de los escombros. Me gustaría parar a uno o dos kilómetros del cinturón por el otro lado, para tener algo de cobertura mientras decidimos la mejor aproximación, si te parece bien.
—Recibido —dije—. Todas las naves, proceded hacia el planeta. Vamos despacio y con cuidado. Así tardaremos unas horas en atravesar el cinturón, pero no quiero ver ninguna nave estampada en una roca.
—Recibido, Anfi —respondió Llamarada, y Hurón hizo lo mismo.
—Escuadrón Montaraz, vais en cabeza —ordené—.
Escuadrón Cielo, formación de estrella en torno a la Oradora .
—No teníamos las suficientes naves para hacer una formación de estrella como era debido, pero mi escuadrón rodeó la nave diplomática de todos modos, con Alanik al frente, Gilaf y Sadie a ambos lados y yo en la retaguardia.
Desde allí tenía en mi campo visual a la unidad entera—.
Nedder, traza el rumbo óptimo hacia el planeta.
—Recibido, Anfi —dijo Nedd—. Ya estaba en ello.
Avanzamos hacia Infortunio y cruzamos sin problemas la primera capa de escombros.
El polvo era fino, casi invisible a nuestro alrededor, aunque formaba una neblina en torno a los mayores fragmentos de piedra orbital en la distancia.
Los pedazos de roca y hielo giraban despacio alrededor del planeta.
Nuestra formación voló con facilidad entre ellos, pero, en el instante en que los superamos, aparecieron otros por delante.
Nedd envió el rumbo más despejado a nuestros sistemas de navegación y así logramos alcanzar velocidades de combate espacial.
—A este ritmo, llegaremos al final del cinturón de escombros en dos horas —dijo Llamarada.
—Bien —respondí—. Que nadie se distraiga.
Nuestras naves bordearon una roca tan enorme como los árboles de tamaño ciudad que flotaban en la atmósfera de ReAlba.
La miré a través de mi cubierta, enorme sobre nosotros.
Si los habitantes de Infortunio tuvieran capacidad espacial, podrían haber construido una estación en ella, muy similar a la Plataforma Primaria.
Al pasar en vuelo rasante por el lado de la roca, vi que asomaba algo de la piedra: una viga metálica con forma de hache.
—Atención todo el mundo —dije—. Echadle un vistazo a esto.
Reduje la velocidad para verlo mejor mientras el resto de mi formación daba la vuelta.
La viga era sin duda de fabricación humana.
Las había visto parecidas en nuestras instalaciones, e incluso en algunas de las estructuras más altas dentro de las inmensas cavernas bajo la superficie de Detritus.
Por encima de la viga, también encajado en la roca, había más metal, tan deformado y retorcido que era imposible saber qué función había tenido.
—Esto… ¿Anfi? —dijo Sadie—. ¿Estamos seguros de que Infortunio no ha explotado?
—La información que obraba en poder de la Supremacía indica que el campo de escombros es anterior al actual asentamiento humano —dijo Dasha—.
Tiene un aspecto parecido al de los escombros que se cuelan en la ninguna-parte, así que puede que en algún momento hubiera un portal dimensional en este planeta.
Ya habíamos encontrado portales a la ninguna-parte.
Aunque los citónicos podían hipersaltar a través de esa dimensión desde cualquier lugar no inhibido, la única forma de ir a la ninguna-parte y quedarse allí era cruzando alguna de las misteriosas puertas situadas a lo largo y ancho de la galaxia.
Eran más un peligro que otra cosa, de todos modos.
Mucha gente que entraba ya nunca lograba salir de nuevo.
—Tiene más pinta de que un planeta explotó y los pedazos quedaron capturados por la gravedad de Infortunio —dijo Nedd, y, a la vista de los escombros, no iba muy errado.
—Haría falta una cantidad de energía tremenda para volar un planeta en pedazos —dijo Suki—. Me huele más a colisión entre cuerpos planetarios, por rarísimas que sean esas cosas.
—Bueno, algo pasó aquí, eso seguro —dije—. Pero no forma parte de nuestra misión averiguar qué fue, a no ser que esté relacionado con este extraño campo inhibidor. Retomemos la formación y sigamos adelante.
Volamos durante las siguientes dos horas en un muy bienvenido silencio relativo, libre de chistes de «tu madre» y de los estallidos intermitentes de Sadie.
El planeta fue creciendo a medida que nos aproximábamos, y su superficie dejó de estar tan oculta por la roca y los escombros.
Sus zonas moteadas seguían teñidas de un tono púrpura grisáceo incluso tras dejar atrás el campo de polvo en su mayoría, aunque los océanos del hemisferio sur empezaban a parecer más azules.
—Eh, Anfi —llamó Subrayado por el canal general—. Tengo movimiento en mi monitor de proximidad, a las tres en punto.
Miré mi propio monitor en la dirección que había indicado.
—Tenemos movimiento por todas partes —respondí—. Hay un montón de escombros rodando ahí fuera.
—Yo también lo he visto —dijo Llamarada—. Creo que es escombro suelto desgajándose de las rocas grandes.
—¿Muy cerca? —pregunté.
—Como a un kilómetro —respondió Subrayado—. Pero no se movía como una piedra. Ha rodeado un escombro, como si fuese una nave.
—Subrayado y yo iremos a comprobarlo —dijo Llamarada, y las dos naves exploradoras viraron en esa dirección.
—Alanik, ¿hay actividad citónica? —pregunté.
—Aún estamos dentro del campo inhibidor. No puedo captar nada.
—¡Eh, ahí está! —exclamó Sadie.
Esa vez lo vi yo también. El puntito apareció en mi monitor al lado de uno de los cascotes más enormes y luego desapareció de nuevo, como si hubiera despegado de la roca y luego aterrizado en ella.
—¿Qué tirdas es eso?
—Todas las naves, formación amplia de barrido —ordené.
El objeto parecía demasiado pequeño para ser una nave tripulada, y todos los drones pilotados en remoto que habíamos encontrado tenían más o menos el tamaño de nuestros cazas. Teníamos que determinar qué era aquello y si suponía o no una amenaza.
—Tengo línea visual con el objeto —dijo Subrayado por el comunicador—. Tirda, ¿qué es esa cosa?