5. Arturo
Arturo
A la mañana siguiente, el equipo de Infortunio se reunió en el hangar de la Plataforma Primaria para los últimos preparativos de vuelo.
El protocolo operativo nos obligaba a hacer muchísimas comprobaciones y repetirlas antes de las misiones.
Era mejor duplicar el trabajo en tierra que tener luego, en el vacío del espacio, un problema que habría podido evitarse.
El escuadrón fue llegando y oí que Gilaf soltaba chistes como si aquello fuese solo otro vuelo experimental con los nuevos taynix, mientras Sadie llegaba a su nave con paso animado.
Suki me saludó levantando el puño mientras llegaba con Dasha y Katri.
Ese día llevaba un traje de vuelo diminuto, ribeteado con pelo blanco que supuse que no procedería de un kitsen.
Alanik habló un momento en voz baja con Gilaf en su idioma, sin que sus alfileres tradujesen.
Gilaf pilotaría el Dulo biplaza con Nedd, que había llegado antes que nadie y ya estaba en el asiento del copiloto, repasando la información sobre Infortunio que nos había enviado el Alto Mando.
Alanik pilotaba una nave cedida por el ejército UrDail cuyos controles eran un poco distintos de los nuestros, aunque era evidente que el diseño había experimentado una influencia mutua siglos atrás, cuando los UrDail y los humanos eran aliados.
Sus naves iban equipadas con redes de luz en vez de lanzas, así que proyectaban una matriz entrecruzada de luz dura en vez de un solo rayo.
Eran útiles para atrapar naves u otros objetos en pleno vuelo, pero no tanto para hacer virajes cerrados alrededor de obstáculos.
Alanik me vio y vino dando zancadas mientras activaba su alfiler intérprete. El departamento diplomático les había proporcionado a Gilaf y a ella unos alfileres nuevos para aquella misión, que llevaban cargados los idiomas que encontraríamos en Infortunio.
Hice acopio de valor. No importaba lo preciosa ni intimidante que fuese Alanik. Yo era su jefe de escuadrón e iba a comportarme como un profesional.
—¿Serás mi compañero de ala en esta misión? —preguntó en inglés.
Tenía menos acento a cada día que pasaba, y también estaba mejorando en los matices del uso.
Yo llevaba un tiempo intentando aprender su idioma diciendo frases a un alfiler y repitiendo su traducción en voz alta, pero erraba más que acertaba, y no me atrevía a quedar en ridículo probando delante de Alanik para que me corrigiera.
—Sí —dije. Alanik era mi compañera de ala desde que asumí el mando del Escuadrón Cielo, aunque, estrellas, a veces seguirle el ritmo era todo un reto—. Sadie y Gilaf volarán juntos, así que tú y yo…
—Pero eres el responsable de esta misión —me interrumpió Alanik—. Tendrás que permanecer con la nave de transporte para garantizar la seguridad de las diplomáticas, ¿sí?
Ah. Ya entendía dónde quería llegar.
—Si tienes que alejarte para estudiar la actividad citónica de la zona, iré contigo —dije—. Nedd puede encargarse de proteger a las diplomáticas mientras tú y yo exploramos.
—¿Y crees que es la mejor forma de ocupar tu tiempo? —preguntó ella en inglés—. ¿Como comandante nuestro?
Titubeé, dudando qué responder. Alanik siempre parecía dispuesta a que pasáramos tiempo juntos, y pasábamos mucho, tanto por asuntos profesionales como por amistad.
Pero la cosa nunca había pasado de esa amistad, y yo no estaba seguro de si era porque ella no quería que lo hiciera o porque yo era un tirdoso horror comunicándole que eso era lo que quería.
—Vas a necesitar que alguien te cubra las espaldas —respondí—. Confío en Nedd para mantener a salvo al resto del equipo y llamarnos para que volvamos si hace falta.
Lo único que conseguiría quedándome de guardia mientras Alanik se marchaba a investigar un extraño fenómeno mágico sería distraerme, sobre todo si me tocaba vigilar a una gente que ni siquiera tenía cazas estelares.
—Muy bien —dijo Alanik, y no sonó ni complacida ni disgustada por el desarrollo de los acontecimientos, solo tan absolutamente ilegible como siempre.
Volvió con paso tranquilo hacia su nave y yo intenté sin éxito no mirarla embobado mientras se iba.
Siempre quedaba como un idiota con Alanik, sobre todo cuando intentaba impresionarla.
Me parecía una tarea imposible, como una linterna intentando impresionar al sol.
Por eso nunca conseguía preguntarle sin rodeos a Alanik si tenía interés en que nuestra relación evolucionara, porque era demasiado buena para mí en todos los aspectos.
Me sentía idiota por plantearme siquiera que mereciese sus atenciones románticas.
El personal de tierra terminó de revisar mi nave y subí a hacer las comprobaciones que le correspondían al piloto antes de dirigirme al grupo por el canal general. Éramos solo siete naves: un transporte diplomático, dos naves exploradoras y los cuatro cazas de mi escuadrón.
—Atención, todas las naves —dije por la radio—. Confirmad.
— Oradora I , preparada —respondió Hurón.
La Oradora I era nuestra nave diplomática de pasajeros, y la única de su modelo en nuestro equipo.
—Montaraz Uno, preparada —respondió una voz femenina.
Era Llamarada, la jefa del Escuadrón Montaraz y nuestra principal piloto exploradora en aquella misión.
Su escuadrón tenía sus propias hiperbabosas, Guapi y Canción, y el cuidador de esta segunda la había equipado con un chalequito que tenía su nombre bordado en el lateral, pero no iban a participar en la misión porque ya llevábamos a Naga y a Vuelta.
—Montaraz Tres, preparado —intervino una voz de hombre.
Subrayado era el compañero de ala de Llamarada.
Llevaban ya un tiempo volando juntos y tenían fama de localizar las naves enemigas con precisión.
Si en Infortunio había alguna amenaza, Llamarada y Subrayado nos darían el aviso.
Ambos pilotaban naves de clase Val, considerablemente menos armadas que las clase Sigo que llevábamos Sadie y yo, pero mucho mejor equipadas para la vigilancia de largo alcance.
—Cielo Tres, preparada —dijo Alanik.
Yo era Cielo Uno y Alanik era mi compañera de ala, pero la designación de Cielo Dos se reservaba para el jefe de escuadrón asistente, que en esos momentos compartía Cielo Cinco con Gilaf.
Alanik llevaba a Bob en su caza. No había parecido alegrarse mucho por ello, lo cual era comprensible, aunque el taynix sería igual de comandante suyo si volara en otra nave.
—Cielo Cuatro, preparada —dijo Sadie.
Se las ingenió para sonar entusiasmada incluso en algo tan rutinario.
Antes la había oído parlotear sobre lo emocionada que estaba por ver un río.
¡Con árboles! Cosas que, eso sí, no abundaban nada en Detritus.
Sadie llevaba a Nanay en su caza, por si encontrábamos a algún citónico en nuestras investigaciones y necesitábamos protegernos.
—Cielo Cinco, preparado —concluyó Gilaf.
Nedd y él iban en la elegante nave de clase Dulo, acompañados por Plam y Mimitos, los taynix conmocionador y explosivo de nuestro equipo. Con un poco de suerte, no nos harían falta en aquella misión, pero el protocolo de la FDD dictaba que lleváramos siempre una babosa de cada tipo, por si acaso.
—Todas las naves —dije—, conectaos por lanza de luz.
Proyecté mi lanza de luz hacia la nave de Alanik, ella se puso en contacto con la de Gilaf por el borde de su red de luz y por todo el hangar las naves hicieron lo mismo hasta que todas estuvieron tocándose mediante nuestros rayos de luz dura.
Las hiperbabosas solo podían llevar nuestras naves consigo si estaban conectadas entre sí, y por suerte el contacto de la luz dura bastaba.
La Oradora I no tenía lanza de luz propia, pero Subrayado la enganchó para que no se quedara atrás.
—Muy bien —dije a Naga, que estaba reclinada en su hamaca junto a mi asiento—. Estamos listos para hipersaltar.
Alanik ya le había proporcionado a Naga las coordenadas de nuestro destino.
Podría haberme molestado en presentar el papeleo para programar un hipersalto ese día, pero quería probar el sistema nuevo de esperar a que Bob nos diera permiso.
Iba a llevarnos un poco más de tiempo, pero no quería probar el método por primera vez estando bajo fuego enemigo.
—¡Hipersaltar! —exclamó Naga.
Y entonces, esperamos. El hipersalto sería instantáneo, por supuesto, pero el permiso de nuestros amos zapadores no iba a serlo. Tabaleé con los dedos en el panel, esperando nervioso a medida que pasaban los minutos.
—Cómo tardan los zapadores —dijo Subrayado por el comunicador.
—Pero aún vamos a desaparecer de un sitio de la galaxia y aparecer en otro, ¿no? —respondió Sadie—. ¿En serio vamos a quejarnos de que el viaje interestelar pueda llevarnos hasta treinta minutos?
—Sí que es bastante increíble que siquiera podamos hacerlo —reconocí—, aunque el tratado lo vuelva más lento.
—¡Escuchad! ¿Creéis que sería buen momento para practicar nuevos insultos que lanzarles a nuestros enemigos?
Suspiré. Ese era justo el motivo por el que no había querido a Sadie en la misión. Sabía que lo hacía con buena intención, pero aquello no era lo que quería oír que anunciase en abierto por la radio, con exploradores y diplomáticas escuchando.
—Hay gente de mi pueblo que lo hace antes de la batalla —respondió Suki—. Dicen que es para intimidar más, pero no me parece demasiado práctico si el enemigo no puede oírte.
—¡Puedes intimidarlo en espíritu! —exclamó Sadie—. Empezaré yo.
—Mejor no, Centinela —intervine, utilizando el identificador de Sadie—. No vamos a entrar en combate. Esto es una misión diplomática.
—¡Muy cierto! Pero entonces… ¿queréis que alardeemos de nuestras alucinantes gestas diplomáticas? La semana pasada conseguí que Arturo me diera su tarta de queso con solo hablarle. Es impresionante, ¿a que sí?
—Te la di para que dejaras de hablar —dije.
—¿Lo veis? —insistió Sadie—. Está claro que fue un éxito diplomático. ¡Cuidado, humanos de Infortunio! ¡Vamos a… hablaros tan educadamente que tendréis que contestarnos!
—¡Contestarnos! —repitió Naga a mi lado.