4. Sadie #2
—Encantada de conoceros —dijo Suki. Hablaba inglés con una especie de acento alegre que, por insensible que fuese pensarlo, era objetivamente adorable—.
Y, celebrando nuestra próxima aventura de reunirnos con otro grupo de vuestra gente, es un placer para mí ofreceros una delicia procedente de vuestras raíces ancestrales.
Vuestros antepasados reservaban esta comida para las ocasiones más solemnes.
—Suki entrelazó las manos en gesto reverente—.
Consumirla juntos es un ritual de unión y camaradería.
La llamaban… —Hizo una pausa teatral—. La llamaban pizza.
En Detritus teníamos una comida llamada pizza.
Venía a ser una tortita de algas, y desde luego no se parecía a lo que estaban preparando los kitsen.
Infortunio era una colonia humana, similar a la nuestra, así que me pregunté si su pizza tendría ese aspecto o si también se habrían visto obligados a hacerla a partir de algas.
Un cocinero kitsen utilizó un mando a distancia diminuto para hacer levitar las bandejas que sostenían las pizzas y llevarlas flotando a la mesa más grande de todas.
—¿Qué es eso? —preguntó Alanik, señalando la sustancia blanca rezumante que había sobre la pizza.
—Es queso de cabra —dijo Suki—. Un alimento tradicional humano, adoptado por mi pueblo durante la ocupación. Pero, dado que vuestra gente no ingiere leche, os hemos preparado una alternativa.
Señaló otra bandeja flotante. Aquella pizza tenía un glaseado verde espolvoreado sobre la salsa roja, y me pregunté de qué estaría hecho. La mayoría de los alimentos UrDail eran frutas y verduras que no nos hacían daño a los demás.
Alanik, todavía mirando el queso con cara de asco, murmuró:
—Gracias por ser tan considerados.
—¿Me dejarás probar un trozo de esa? —pedí a Alanik.
Ella me observó con una mirada gélida. Quizá no debería habérselo pedido… pero quería averiguar a qué sabía.
—Por supuesto —dijo ella—. Y yo… rechazaré probar la tuya, aunque espero que te guste.
No sonaba muy esperanzada. Gilaf se encogió de hombros a su lado.
—Yo sí que probaría un poquito del queso ese.
Alanik lo miró como si aquello fuese lo más repulsivo que hubiera oído jamás.
—¿Qué pasa? —dijo él—. Hay que probarlo todo, aunque sea una vez.
—¿Hay alguna cosa especial que tengamos que hacer antes de comer? —preguntó Arturo a Suki.
—Los antiguos humanos tenían el ritual de pronunciar palabras de gratitud antes de tomar una comida juntos —dijo la kitsen—.
Permitidme proclamar que nunca habría esperado encontrar a unos humanos tan honorables y acogedores, y que agradezco la oportunidad de aprender sobre vuestra cultura contemporánea y conoceros como amigos míos.
Era una forma agradable de decir que había esperado que conquistáramos a su pueblo, como más o menos habían hecho nuestros antepasados con todas las especies que habían ido encontrando por la galaxia.
Una kitsen recorrió la pizza subida a una minúscula bicicleta con ruedas serradas y la cortó en porciones, pequeñas para los kitsen y mayores para nosotros, y entonces nos amontonamos alrededor de la mesa y nos servimos las porciones en platos.
Dasha y Katri repartieron tiras de alga y setas entre las babosas y nos sentamos todos alrededor de la gran mesa redonda con los taynix masticando en el centro.
Suki vino con nosotros y dejó su disco flotando junto al hombro de Arturo, con su pequeñísimo plato de pizza delante.
—¡Por la Estrella Polar! —exclamó Nedd con la boca llena—. ¡Esto está buenísimo!
Tenía razón. El queso era más blando de lo que parecía, pero la sabrosa salsa roja lo complementaba de maravilla.
Desde luego, sabía mejor que cualquier cosa hecha de algas, que era lo más fácil de cultivar en las cavernas de Detritus.
Hasta la pizza UrDail estaba buena: la salsa verde sabía a frutos secos y chocaba un poco, distinta a cualquier cosa que hubiera probado en la vida, pero para bien.
—¿Qué te parece el queso, Gilaf? —pregunté.
Gilaf tenía un trozo de pizza con queso medio metido en la boca, y masticó con cara pensativa.
—No está mal —dijo en inglés.
Tenía mucho acento y no se sabía muchas palabras.
Tanto Alanik como él hablaban mandarín fluido, pero yo solo sabía decir cuatro cosas en ese idioma de cuando vivía en casa, no las suficientes para comunicarme.
Me había criado hablando sobre todo en yeongiano, pero por desgracia era la única del escuadrón que lo dominaba.
Una figura alta en uniforme blanco entró en la sala, y todos nos volvimos. Era el almirante, Jorgen Weight, nuestro anterior jefe de escuadrón, con Babosa Explosiva sobre el hombro.
Por las estrellas, no me habían dicho que el almirante se presentaría allí. Antes volaba a sus órdenes, así que no debería intimidarme, pero, siendo sincera, ya me intimidaba incluso entonces. Todo el mundo se puso de pie y Arturo, como comandante de nuestra misión, hizo el saludo militar.
Jorgen nos observó un momento.
—Descansen —dijo.
Volvimos a sentarnos. Había algo raro en la expresión del almirante, como si estuviera conteniendo la risa, y su voz sonaba congestionada y tenía un tono extraño, como el de una mujer con un catarro muy serio.
—Hum, señor —dijo Arturo—, no esperábamos que viniera. ¿Se… encuentra bien?
—¡Encuentra bien! —exclamó la babosa desde el hombro del almirante, aunque su tono tampoco encajaba. Las babosas explosivas tenían la voz más grave de todos los taynix, pero aquella era intermedia.
—¡Estupendo! —respondió Jorgen.
Nunca lo había oído tan animado. Y esa vez su voz había sonado como la de una mujer cuyo catarro ya empezaba a mejorar.
—Muy bien —dijo Arturo—, ¿qué pasa aquí?
Jorgen soltó una risita, en una voz tan aguda que era desconcertante.
Tanto Arturo como Nedd se levantaron de nuevo, encarados hacia Jorgen como si pudiera ser un enemigo con un disfraz holográfico, pero tirda, ya ni siquiera teníamos enemigos, ¿verdad?
Jorgen levantó las manos en gesto de rendición, todavía riendo.
—Esperad, esperad, puedo explicarlo —dijo, y su voz ya sonaba sana del todo, y desde luego nada masculina. De hecho, la reconocí.
—¿FM? —pregunté.
—Quita la ilusión —dijo Jorgen.
De pronto su cuerpo cambió también, revelando a FM, una excompañera mía de escuadrón que había pasado a liderar el departamento diplomático de la FDD.
Tenía el pelo rubio corto, la piel clara y era más o menos igual de alta que Jorgen.
La babosa de su hombro cambió también, sustituyendo las franjas negras de Babosa Explosiva por un arcoíris de pinchos de colores que descendían por el lomo de su cuerpo marfileño.
—Imitas fatal a Jorgen —dijo Arturo.
—Ya —respondió FM—. Tendría que haberme esforzado más con la voz. Pero quería enseñaros el resultado de nuestra investigación más reciente con los taynix. De la manera más ridícula posible, al parecer.
Parpadeé mirando la babosa.
—¿Eso lo ha hecho el taynix?
—¡Aja! —respondió FM—. ¡Enséñaselo otra vez, Hoid! ¡Pon la ilusión!
—¡Hoid! —trinó la babosa, y de pronto FM parecía Jorgen de nuevo.
Ahora que sabía que era falso, tenía que reconocer que el aspecto era de lo más realista.
La imagen de la piel y los rasgos de Jorgen se movía de forma realista con las expresiones faciales de FM.
Parecía Jorgen intentando imitar a FM, aunque, si no los conociera a los dos, seguramente no habría captado las diferencias.
—¿Es una babosa holográfica? —preguntó Arturo.
La FDD había encontrado tecnología holográfica capaz de disfrazar cuerpos enteros, pero nuestro cuerpo de ingeniería no había descubierto la forma de reproducir un holograma tan avanzado, así que teníamos su uso limitado al par de dispositivos funcionales con los que contábamos.
Pero, si los taynix arcoíris tenían el mismo efecto, podríamos usar ilusiones a diestro y siniestro.
—Los llamamos babosas ilusorias —dijo FM con su propia voz—, pero sí, más o menos. Hoid os acompañará a vuestra misión.
—¡Hoid! —trinaron las otras babosas desde la mesa, cantando en armonía.
—Es buen nombre —dijo Hurón.
Y sí que le encajaba bien, sí: Hoid era un vagabundo de la mitología de la antigua Tierra que practicaba la ilusión, recorría las estrellas y aparecía en los lugares más insospechados.
—¡Nombre! —flauteó Hoid, meneando los pinchos con alegría.