4. Sadie
Sadie
Esa tarde, antes de la cena de despedida, Gilaf llamó a la puerta de mi barracón y metió la cabeza por el marco.
—He visto que estás en la convocatoria de la misión —dijo en UrDail mientras su pin iba traduciendo—. Así Arturo no será el responsable de tu tristeza.
—¡Nada de tristeza! —exclamé.
Me había pillado estudiando opciones de vestuario.
Como pilotos, nuestro guardarropa venía a tener solo dos cosas: trajes de vuelo para volar y mono para…
vale, no para monear, pero sí para todo lo que no fuese volar.
Que también podía ser hacer el mono, si a una le apetecía.
Yo compensaba esa triste falta de variedad mediante los accesorios.
Tampoco tenía muchas opciones, solo las cosas que me había traído de casa o de las que había conseguido apropiarme allí arriba.
Tenía unas horquillas planas para sujetarme el pelo hacia atrás bajo el casco de vuelo, y eran adecuadamente relucientes, aunque no de colores tan vivos como me habría gustado.
Pero en esa ocasión hurgué en mi caja de pañuelos y saqué uno amarillo brillante que contrastaba bien con mi pelo azul.
Lo enrollé para formar una tira, me envolví la coronilla con él, me lo até detrás del cuello y pasé el pelo por dentro.
Luego me resalté los ojos con un lápiz de kohl.
Las joyas estaban prohibidas en la cabina, y de todas formas tampoco tenía muchas, pero el delineador de ojos no se consideraba un riesgo.
—Vale —dije, ajustándome un poco la diadema improvisada—. Estoy preparada.
—Bien —respondió Gilaf—. Al parecer, el equipo diplomático va a darnos de cenar. Entre ellos hay una xenoantropóloga que compartirá la antigua cocina de vuestros ancestros.
Cuando nuestros antepasados se estrellaron en Detritus, la Supremacía ya había destruido la mayoría de nuestras naves originales y matado a todos los mandos de la Flota Desafiante.
En consecuencia, habíamos perdido muchísimo conocimiento sobre nuestra historia.
Algunos pueblos alienígenas que habíamos conocido sabían más sobre la antigua Tierra que nosotros, de los tiempos en que la humanidad había conquistado sus planetas.
—Eso de la comida antigua no suena muy apetecible —dije—. Pero seguro que la comida en sí no será antigua, ¿verdad? Será solo la receta.
—Si no la quieres, ya me como yo tu parte —respondió Gilaf.
—Ah, no, no, a mí me da igual si la cocina antigua es estiércol de rata putrefacto —le aseguré—. Pienso probarlo igual.
—¿Eso es una exquisitez para tu gente?
—Qué va —dije—. Ni siquiera en las cavernas yeongianas.
Yo había crecido en las zonas agrícolas bajo la superficie de Detritus, donde cultivábamos algas y otros alimentos en cubas bajo luces de espectro completo. Comíamos un poco mejor que el ciudadano medio, ya que también cultivábamos las especialidades que solo la gente rica podía permitirse.
Gilaf y yo bajamos por los estrechos pasillos de la Plataforma Primaria hacia las salas de reunión de los escuadrones.
Sabía que aquel lugar estaba construido pensando más en la funcionalidad que en el diseño, pero los humanos antiguos podrían haber usado un poquito más de color.
¡Era una plataforma gigantesca en el cielo!
Por lo menos, podrían haber pintado cosas guais del espacio en las paredes.
Yo no era artista, pero me pregunté si nuestro escuadrón podría solicitar un poco de pintura para hacerlo nosotros mismos.
Estábamos en la división de fuerzas especiales, al fin y al cabo.
Nuestros barracones deberían tener un aspecto un poco más especial.
Llegamos a la sala de reuniones y vimos una congregación de taynix apelotonados en una de las mesas redondas.
Nanay ya estaba allí, acurrucada con Naga y Mimitos, el taynix explosivo rojo y negro de nuestro escuadrón.
En el borde de la mesa estaba Bob, nuestro taynix de comunicaciones violeta y naranja.
Me acerqué para rascar a Bob a lo largo de los pinchos y al instante me interrumpió Plam, el taynix aturdidor, que rodó hasta mí y se frotó con mi mano.
Su cuerpo entero era de un profundo color entre azul y negro que titilaba con destellos iridiscentes.
Las oleadas que emitía Plam no afectaban a la materia inorgánica, pero dejaban inconscientes a las personas, así que, además de brillar como un campeón, ese taynix era un malote de mucho cuidado.
Un malote al que le gustaba que lo rascaran bajo la barbilla, o donde estaría su barbilla si tuviese mandíbula.
Gilaf fue con Alanik, que esperaba al otro lado de la sala junto a las dos sillas que había colocado allí, hechas de ramas de árbol entretejidas.
Todo el resto de la decoración era de plástico o cromo, pero Alanik había traído sillas especiales para que su hermano y ella estuvieran más cómodos, más como en casa.
Era una cosa tan extraordinaria que me tenía embobada.
Contra la pared del fondo había varios kitsen flotando sobre discos de pendiente encima de una mesa baja, usando diminutos molinillos de pimienta eléctricos para espolvorear copos de una sustancia roja sobre bandejas de comida.
Al igual que los UrDail, los kitsen eran una especie que se había aliado con nosotros en la lucha contra la Supremacía.
Medían solo un palmo de alto y parecían zorros que caminaban sobre dos patas y llevaban unas túnicas pequeñitas monísimas o a veces exoesqueletos de batalla, pero, según el reciente cursillo de sensibilización que nos habían dado, no teníamos que llamarlos zorros, ni mirarlos embobados soltando un «Oooh» tras otro, ni decirles lo adorables que eran.
Ese día iba a costarme el doble, porque la mitad llevaban unos delantales diminutos para que no se les mancharan las túnicas ni el pelaje mientras cocinaban.
La comida que estaban preparando parecía unas tortitas enormes y esponjosas untadas de una pasta roja y cubiertas de una sustancia rezumante.
Olía a pan horneado y a algo ácido que no había crecido en ninguna cuba para algas.
Las tortitas tenían el triple de diámetro que la altura de los kitsen, así que estaban usando sus discos del tamaño de cuencos para desplazarse sobre la comida mientras trabajaban.
—¿Qué es eso? —pregunté al llegar por detrás de Nedd y Arturo, que estaban sentados a una mesa con otras tres personas que no reconocí.
—Algo que huele de maravilla —dijo Nedd, retorciéndose en su silla para dedicarme una amplia sonrisa.
Llevaba una prótesis en el brazo izquierdo, sujeta justo por debajo del bíceps, que seguía bastante definido incluso después del accidente.
Había visto a Nedd en el gimnasio haciendo ejercicios de resistencia en el brazo herido con grandes bandas elásticas en vez de pesas, y puede que me quedara mirando un poquito más de tiempo del que era socialmente apropiado.
¡Como para no babear, sobre todo cuando estaba sin camisa y todo sudado!
—Sadie —dijo Arturo, haciendo un gesto hacia el otro lado de la mesa—, este es Hurón, el piloto de la nave de pasajeros que llevará a nuestras representantes. Y ellas son las integrantes humanas de nuestro equipo diplomático, Dasha Farion y Katri Amsel. Os presento a Sadie Chay.
Las dos diplomáticas estiraron el brazo por encima de la mesa para estrecharme la mano mientras Hurón, también humano, se reclinaba y observaba.
Katri era una mujer robusta de pelo oscuro y Dasha era delgada y larguirucha, con el pelo claro recogido en una gruesa trenza a su espalda.
En la mesa reposaba Vuelta, una hiperbabosa del equipo diplomático, y Hurón estaba acariciándole los pinchos distraído con el dorso de la mano.
—El Escuadrón Montaraz no ha podido venir —dijo Arturo— porque hoy tenían misión, pero también nos acompañarán dos pilotos suyos.
—Tengo entendido que vuestro escuadrón será el que nos mantenga a salvo durante esta excursión —nos dijo Katri.
—Vuestra seguridad es lo más importante para nosotros —respondió Arturo—. Intentaremos no molestaros, pero también espero que hagáis caso a nuestras recomendaciones cuando estemos en territorio desconocido.
—¿Te refieres a que no querrás que vayamos por ahí sin escolta entre los humanos nuevos? —preguntó Katri con una sonrisa traviesa—. ¿No sabes que es justo lo que hacemos en el cuerpo diplomático para divertirnos?
Dasha pareció alarmarse por el sarcasmo, como si Arturo pudiera no pillarlo.
—Eh —intervino Nedd—, pues si empezáis un conflicto galáctico, nuestro equipo podrá dedicarse a lo que hacemos para divertirnos: dispararle a todo lo que se menea.
Dasha negó con la cabeza tan fuerte que la punta de su trenza latigueó de un lado a otro como la cola de una leona.
—Todos haremos lo posible por evitar problemas —dijo—. Va a ser un acercamiento pacífico y cuidadoso. No hará falta disparar a nada.
—Iremos con precaución —le aseguró Arturo a Dasha—. Nada de combates. Nada de incidentes galácticos. Mi equipo es bueno en lo suyo y os mantendrá a salvo.
—Esto va a ser una risa continua —dijo Katri.
—¡Risa continua! —repitió Vuelta.
—No vamos por las risas —insistió Dasha—. Esta es una misión diplomática muy importante para…
Katri sonrió durante todo el sermón de Dasha, como si la verdadera diversión de aquel encargo fuese pinchar a la otra diplomática, y Hurón estaba observándolo todo como si le resultara de lo más entretenido.
Me cayeron bien al instante.
Una kitsen vestida con una túnica de terciopelo verde sobre su pelaje gris llegó flotando sobre su disco de pendiente.
—¿Conocéis todos a Suki? —preguntó Dasha—. Es una xenoantropóloga que lleva un tiempo trabajando con el cuerpo diplomático. Es experta en culturas alienígenas, incluida la nuestra.