3. Sadie #2
Seguía rumiando aquello mientras salía del simulador y dejaba a Nanay en la sala de babosas para que comiera.
Mi hiperbabosa copiloto, Pilluela, estaba de permiso en las cavernas que se extendían bajo la superficie de Detritus, donde se había asentado la mayor parte de nuestra población para evitar que la Supremacía nos aniquilara.
La echaba de menos, pero, mientras nuestra división diplomática pulía los detalles de nuestro tratado con los taynix, habían acordado que a las babosas se les deberían permitir repatriaciones largas y, por tanto, no se podían asignar a ninguno de nosotros de manera permanente.
Yo no sabía a qué se dedicaba una babosa cuando estaba de permiso, pero me imaginaba a Pilluela reunida con centenares de otras babosas, todas trinando sus pequeñas melodías, comiendo setas y durmiendo gordas y contentas, aunque no fuese del todo así como lo describían los biólogos.
Tenía sentido que las babosas quisieran pasar tiempo en casa, dado que ellas aún la tenían.
Nosotros, en cambio, estábamos preparándonos para sacar a nuestra gente del planeta y retomar nuestra anterior vida nómada.
O quizá estábamos trabajando en la manera de terraformar Detritus, salir de las cavernas y vivir al aire libre.
Era difícil saberlo. A veces pensaba que necesitábamos un equipo de biólogos para decirnos cuál debería ser nuestro hábitat natural, ahora que ya no estábamos atrapados en cavernas y teníamos literalmente la galaxia entera para explorar.
Iba de camino al gimnasio para quitarme el mono de piloto y ponerme los pantalones cortos de ejercicio reglamentarios cuando vi que se me acercaba Arturo, con la expresión muy seria. Se había cortado hacía poco el pelo oscuro y rizado, y eso hacía que pareciera incluso menos accesible.
—Sadie —dijo—, ¿podemos hablar un minuto?
Me animé, esperando que hubiera venido a decirme que mi aviso de misión se había traspapelado y todo era un gran error.
—Claro —respondí—. He oído que convocan al escuadrón, pero no se me ha notificado.
—De eso quería hablarte —dijo él, apoyándose en la pared del pasillo—. Solo voy a llevarme a unos pocos pilotos.
No era un malentendido, entonces. Si Arturo no se llevaba al escuadrón entero, tenía sentido que yo fuese la última elección.
—Lo entiendo y… —empecé a decir, pero Arturo me interrumpió.
—Jorgen me ha sugerido llevarte a ti —dijo—. Pero tengo mis reparos.
Pues… no tenía ni idea de cómo reaccionar a aquello. Por una parte, ¡el almirante en persona me había propuesto para la misión! Pero, por otra…
—¿Reparos?
Arturo suspiró.
—Voy a ser sincero contigo. Nuestra misión es comprobar una extraña perturbación citónica, cosa que será sobre todo trabajo de Alanik, y también acompañar a unas representantes que van a contactar con otro asentamiento humano.
Cuando el equipo esté con las diplomáticas, tenemos que callar y guardarles las espaldas mientras ellos se ocupan de hablar.
Así que necesito a pilotos que sepan tener la boca cerrada.
Ah. Había supuesto que Arturo iba a dejarme atrás porque no había hecho nada que me distinguiera, pero al parecer sí que lo había hecho, y no para bien.
—¿Crees que hablo demasiado?
—No es solo por la cantidad de palabras —respondió Arturo—.
No siempre eres la persona más consciente de lo que pasa a tu alrededor.
Eres una piloto buenísima. Me alegro de tenerte en mi escuadrón.
Confiaría en que me cubras las espaldas en cualquier combate.
Pero si aterrizamos en el planeta y tenemos que hacer de equipo de seguridad en tierra a unas diplomáticas en una situación política delicada…
—Prefieres llevar a pilotos que no hagan preguntas —dije.
—Sí.
Arturo parecía aliviado de que lo hubiera dicho yo, para no tener que hacerlo él. Se suponía que, como mi oficial al mando, Arturo debía decirme lo que estaba haciendo mal. Pero saltaba a la vista que no era su parte favorita del trabajo.
Casi habría preferido que me dejara en casa sin decirme por qué. Ahora iba a pasarme el día entero reproduciendo en mi mente todas las palabras que había pronunciado jamás en su presencia.
—Entonces, no iré con vosotros.
—Jorgen quiere que te lleve —repitió él—. Pero necesito saber que puedes ser discreta y ceñirte a la misión.
Aquella conversación estaba dándome latigazo cervical. ¿Estaba invitada… pero solo si aceptaba no hablar mucho?
—Puedo hacerlo —me apresuré a contestar—. Ya hemos estado en situaciones políticas complicadas y nunca la he fastidiado.
—Eso es verdad —dijo Arturo—, pero últimamente estás…
—¿Más escandalosa? —sugerí.
—Más enérgica —matizó él—. Cuando entraste en el escuadrón, te parecía bien no destacar mucho. A lo mejor es porque ahora el equipo es más pequeño, pero me da la impresión de que estás más cómoda haciendo preguntas y siendo… bueno, sí, más escandalosa.
Yo sabía exactamente qué era lo que había cambiado.
Que nuestro equipo se había dividido. Una de mis antiguas compañeras estaba muy lejos, trabajando para el nuevo equipo de exploración de la FDD, viajando por toda la galaxia y visitando planetas emocionantes todos los días.
Otra excompañera había pasado a dirigir el cuerpo diplomático, y también viajaba a planetas nuevos y conocía a gente alienígena interesante.
Nuestro anterior jefe de escuadrón era el tirdoso almirante de la FDD.
Yo quería distinguirme al igual que habían hecho ellos, así que había estado poniéndole más ganas.
Pero, por lo visto, lo único que me habían ganado mis esfuerzos era una reputación de ser poco profesional. Una parte de mí se preguntó si Arturo debería dejarme en casa, pero el resto de mi ser anhelaba con desespero conocer a aquellos otros humanos y ver cómo era su vida.
Aunque no tuviera permitido hablar con ellos.
—Puedo estar callada —dije—. Si me llevas, prometo que no hablaré cuando no me corresponda.
Arturo asintió.
—Muy bien. Voy a reenviarte los datos de la misión a tu tableta de datos para que puedas prepararte. Salimos mañana por la mañana, y esta noche nos reunimos con los exploradores y el equipo diplomático para una cena de despedida.
—No lamentarás llevarme —dije.
—Con eso cuento —respondió él, y se marchó, dejándome fuera de los vestuarios.
Reboté unas cuantas veces sobre los talones. Aunque Arturo no quisiera llevarme, estaba dándome una oportunidad.
Tenía que aprovecharla.