3. Sadie
Sadie
Tenía la nave enemiga krell en el punto de mira.
Mi dedo flotaba sobre el botón de mi destructor mientras la nave serpenteaba por delante de mí.
Gilaf estaba atrayendo su atención para que yo pudiera concentrarme del todo en apuntar, mientras Alanik vigilaba mi cola para que no tuviera que preocuparme de que otros cazas acabaran con mis escudos.
—Asaré tus entrañas sobre una llama viva —dije a aquella nave.
—Me parece que los drones no tienen entrañas, Sadie —puntualizó Alanik—, dado que no están pilotados.
Tenía sentido. El dron sería más o menos del mismo tamaño que mi nave, pero, mientras que mi caza tenía un fuselaje aerodinámico y alas triangulares, la nave enemiga se parecía más a una medusa con tentáculos agitándose por detrás.
Pese a su aspecto más orgánico, no estaba viva, y su piloto estaba en algún lugar muy alejado, maniobrando y disparando en remoto.
—¡Asaré tu matriz de energía sobre una llama viva! —Aquello no terminaba de sonar bien—. ¡Y luego les daré de comer los restos a… a una horda de cachorritos hambrientos!
No, desde luego no sonaba bien. Mi excompañera de escuadrón Spensa me había enseñado a arrojar insultos y promesas violentas a mis enemigos, pero, por muchas cosas creativas que amenazara con hacerles a sus entrañas, no estaba a la altura de su oratoria, ni de lejísimos.
La mayoría de las veces ni siquiera los insultos me salían como era debido.
—¿Qué es un cachorrito? —preguntó Alanik.
—Una vez vi una foto de uno —dijo Gilaf—. Es como un mono gordo, pero con los dientes más puntiagudos.
Mantuve el objetivo firme y ya estaba casi lista para disparar cuando la nave enemiga quebró por debajo del casco de Gilaf, hizo un tonel y regresó hacia mí con una ráfaga de fuego de destructor. Detuve la mano sobre la esfera de control. Respiré hondo y pulsé el gatillo.
Y fallé. Mi disparo de destructor salió desviado y se perdió en el olvido.
La nave enemiga activó sus propulsores y se abalanzó hacia mí, dejando atrás a Gilaf.
Alanik me cubrió de las otras naves entrantes mientras aquella me rociaba de fuego de destructor, así que cambié a maniobras evasivas.
Pero no lo bastante rápido: la nave acabó con mis escudos e hizo un último disparo.
Mi caza explotó.
Morí.
Me desinflé en mi asiento mientras Alanik reiniciaba la simulación.
—Por las estrellas, esta vez pensaba que era mío.
—Y debería haberlo sido. Sí, el dron se movía.
Sí, mi disparo tenía que ser increíblemente preciso.
Pero, como se habían marchado tantos miembros de nuestro escuadrón, teníamos una vacante de piloto con la que contábamos que nunca fallara el tiro—.
Nunca voy a ser nuestra francotiradora disparando así.
—Disparando así —repitió Nanay desde el suelo de mi pegabina.
Me agaché para acariciar a la babosa azul en paralelo a sus largos pinchos verdes. Nanay era la taynix inhibidora del escuadrón.
—Todo el mundo falla alguna vez —dijo Gilaf, saliendo de su propia cabina de pega para meter la cara a través de mi cubierta holográfica.
Alanik y él eran hermanos, UrDail del planeta ReAlba.
La imagen de la cabina chisporroteó alrededor de su cara y los restos de mi escudo proyectaban un resplandor azul eléctrico en su brillante pelo blanco y las protuberancias de hueso que asomaban de la piel violeta de sus pómulos.
A la luz holográfica, su pelo parecía casi tan azul como el mío, que también tenía un color destellante y llamativo, regalo de mi ascendencia yeongiana.
Gilaf me observó.
—Parece que te vendría bien animarte. ¿Quieres que te cuente un chiste?
Hablaba en el rítmico idioma UrDail, pero un alfiler que llevaba en el mono de piloto traducía sus palabras al inglés.
—No —dijo Alanik desde su pegabina.
Gilaf puso cara de confundido.
—A los humanos os gustan los chistes, ¿sí?
—Claro —dije—. ¿A los UrDail no os gustan?
—¡No os gustan! —trinó Nanay.
—Los de Gilaf no —respondió Alanik.
—Pues yo quiero oírlo —dije.
—¿Te sabes el del mono que se cayó del árbol? —preguntó Gilaf.
Negué con la cabeza.
—Se precipitó.
Gilaf me sonrió, como esperando que me riera. Los árboles de ReAlba medían kilómetros y flotaban en la atmósfera de su planeta gigante gaseoso. Si un mono caía de uno de esos árboles, se precipitaría a una distancia increíble, y la imagen de su terror no me resultaba especialmente divertida.
Alanik suspiró.
—En UrDail, la palabra «precipitó» es homófona con un tono de verde, el que tiene una especie de mono muy común.
Intenté asimilar aquello, pero me distraje imaginando un mono verde. Nunca había visto monos en la vida real, pero…
—¿Vuestros monos son verdes?
—Pues claro —dijo Gilaf—. ¿De qué color son los vuestros?
—Marrones, creo. ¿O puede que negros?
Gilaf negó con la cabeza.
—Ah, ahora entiendo por qué no te ha hecho gracia el chiste.
—A mí tampoco me ha hecho gracia —dijo Alanik.
—Claro —respondió Gilaf—, porque no tienes sentido del humor.
—¡Todo bien! —exclamé—. Tu chiste ha funcionado. Me noto mucho más animada.
Gilaf no parecía muy convencido, como era de esperar. No había sonado muy animada, ni tampoco lo estaba, en realidad.
—Pensaba que los humanos sonreíais cuando sentíais ánimo —dijo Gilaf.
Forcé una sonrisa y me señalé la boca con el dedo.
—¿Lo ves? ¡Ya sonrío! —Al ver que Gilaf seguía pareciendo incrédulo, añadí—: ¿A que es impresionante que haya fallado tres de cuatro disparos? ¡Tiene que ser un récord o algo! ¡A lo mejor, si sigo practicando, conseguiré fallar incluso más!
—Mejor así —dijo Gilaf, y su cara se retiró fuera del holograma.
Estaba bastante segura de que Gilaf había pillado mi sarcasmo y estaba respondiendo con el suyo propio, pero a veces era difícil saber si nos entendíamos. Aun así, ese falso entusiasmo hizo que me sintiera un poquito mejor.
—¿Queréis que probemos otra vez? —preguntó Alanik.
Activó la simulación desde el principio y me quedé mirando la nave enemiga en la lejanía, que regresaba para provocarme.
—No —dije—. Creo que por hoy ya está bien.
Había suplicado a Alanik y Gilaf que practicaran conmigo para evitar oxidarnos, ya que no habíamos combatido mucho últimamente. En teoría, si el cuerpo diplomático hacía bien su trabajo, quizá ya no volveríamos a luchar nunca, lo cual sería estupendo. No me gustaba nada que me disparasen.
Pero no habían disuelto nuestra fuerza aérea, lo que significaba que la FDD aún anticipaba darnos uso.
Mi trabajo era estar preparada, así que tenía que buscar alguna forma de distinguirme.
Arturo era nuestro jefe de escuadrón. Nedd era su segundo al mando.
Alanik era citónica. Tenderete y Gatero eran los hermanos mayores del escuadrón.
Gilaf era el mejor en maniobras evasivas.
Por lo visto, tanto Alanik como él habían aprendido a volar participando en un deporte en UrDail que requería mucha esquiva.
Gilaf había prometido llevarme a ReAlba a ver un partido algún día, y como que me llamo Sadie que iba a hacerle cumplir su palabra.
Por mucho que me esforzara, incluso después de meses perteneciendo al Escuadrón Cielo, seguía siendo la chica nueva.
La inexperta. La inocente. La joven: la que menos edad tenía de todo el equipo, a mis diecisiete años y medio.
Tenía esas etiquetas tan pegadas que me daba miedo que aceptásemos reclutas nuevos y ni así pudiera quitármelas.
Necesitaba encontrar algo que se me diera bien, alguna forma de demostrar mi potencial.
Lo que significaba que más me valía seguir practicando, aunque se me diera fatal.
—¿Mañana a la misma hora? —propuse.
Alanik apagó las pegabinas y mi cubierta se disolvió en chispitas destellantes.
—Mañana no —dijo—. Estaremos de misión.
Erguí la espalda en mi asiento.
—¿Tenemos una misión?
En los últimos tiempos solo nos habíamos dedicado a escoltar a distintos diplomáticos en sus viajes a nuestros planetas aliados, pero incluso eso sería una distracción más que bienvenida.
—¿No te habías enterado? —preguntó Gilaf, y Alanik y él cruzaron la mirada.
¿No iban a convocarme con los demás? No estaba de permiso oficial ni nada por el estilo.
—¿Cuál es la misión? —pregunté.
—Vamos a uno de vuestros planetas humanos —dijo Gilaf—. Parece que hay algún fenómeno espacial raro que Alanik tiene que tantear con la mente.
—Es un campo inhibidor —replicó ella—. ¿Cómo iba a investigarlo si no es con la mente?
Se me atenazó el estómago y, de pronto, noté muy pesadas las tiras de alga crujientes que había comido.
—¿Y vais a ir a un planeta humano?
¡Estrellas, otra colonia humana! Me pregunté si su planeta sería un páramo árido rodeado de basura espacial, como Detritus, o si vivirían en un mundo con nubes y cielo y plantas verdes, como la antigua Tierra antes de su desaparición.
—¿Sin mí? —añadí.
—A lo mejor tu mensaje informativo se perdió, o algo —dijo Gilaf.
—Eso espero —respondí—, porque, como no vaya a la aventura de contactar con otros humanos, moriré.
—¡Moriré! —exclamó Nanay, enroscándose en mi tobillo.
—Será mejor que alguien informe a Arturo del descuido —dijo Gilaf—. No querrá ser el responsable de su muerte.
—No va a morir —dijo Alanik—. Era una hipérbole.
—¿Ah, sí? —repuse—. ¿Estás segura?
Alanik clavó la mirada en mí e hizo que me encogiera. Intimidaba incluso sin pretenderlo.
—Vale, sí que era una hipérbole —dije—. Pero me pondré triste.
—Arturo no querrá ser el responsable de su tristeza —se corrigió Gilaf.
Yo no estaba tan segura. El trabajo de Arturo consistía en obedecer órdenes y hacer lo que fuese mejor para el escuadrón. Me tocaba las narices pensar que lo mejor para el escuadrón pudiera ser dejarme a mí atrás, pero tal vez lo era.