2. Arturo #3
No nos interesaba en absoluto cabrearlos, dado que los zapadores eran unas inteligencias artificiales divinas que vivían en la ninguna-parte.
Y la ninguna-parte estaba conectada de algún modo con todos los puntos de nuestra dimensión a la vez, así que un citónico podía entrar allí y salir rebotado en cualquier lugar de la galaxia.
Pero hacerlo molestaba a los zapadores, y a veces provocaba que nos atacaran, así que habíamos establecido unas reglas para garantizar que la frecuencia de nuestros hipersaltos se mantuviera bajo unos niveles aceptables para los zapadores.
—¿También tenemos que presentar la solicitud si estamos en una parte remota de la galaxia? —pregunté—. ¿No estaremos lo bastante lejos de otros citónicos como para que no sea un problema?
—Da igual cuánta gente esté usando poderes en tu zona —dijo Jorgen—. Los zapadores habitan en el centro de una dimensión que trasciende el espacio-tiempo. Experimentan acumulativamente todos los hipersaltos a través de sus dominios.
Eso era… una lástima.
—Entonces, ¿cómo vamos a hipersaltar, si no podemos hacer la solicitud?
No me preocupaba mucho que no pudiéramos saltar hasta el planeta, pero preferiría tener una vía de escape si las cosas se torcían.
—Sí que podéis —contestó Jorgen—. Vuestras hiperbabosas pueden solicitar los saltos comunicándose con Bob, que será su oficial al mando durante esta misión.
Señaló al taynix violeta y naranja que estaba al lado de Babosa Explosiva.
—¡Bob! —trinó el taynix mientras arqueaba el lomo, y sus pinchos le cayeron sobre la frente como un flequillo.
—¿Estás diciéndome que esa comubabosa es el oficial superior de Naga? —pregunté—. ¿Que él decide cuándo podemos hipersaltar y cuándo no?
—Bob se comunicará con los zapadores y obtendrá su autorización para hipersaltar —aclaró Jorgen—.
Las hiperbabosas pueden saltar ellas solas siempre que quieran, porque tienen los medios para camuflarse en la ninguna-parte y no molestar a los zapadores.
Pero, si quieren llevar pasajeros en el hipersalto, deben consultarlo con Bob, que hará una solicitud a los zapadores.
—¿Y qué pasa con Alanik? —pregunté.
A diferencia de los taynix, que solo tenían un poder citónico por individuo, los citónicos plenos como Jorgen y Alanik podían acceder a todos los poderes, entre ellos la capacidad de hipersaltar, aunque Jorgen aún no la tenía dominada del todo.
—Alanik también está subordinada a Bob —dijo Jorgen.
Por las estrellas, seguro que iba a encantarle saberlo.
—El retraso entre vuestra solicitud y el permiso para saltar dependerá del tráfico en la galaxia —añadió Jorgen—. A veces os llegará el permiso en cuestión de minutos, pero puede retrasarse hasta media hora, y no podéis teleportaros si no lo habéis recibido.
—¿Ni aunque haya vidas en peligro?
El semblante de Jorgen se ensombreció.
—El tratado para los hipersaltos es entre los taynix y los zapadores —dijo—. Los taynix han acordado que proteger nuestro universo de la destrucción de los zapadores es más importante que la vida de cualquier persona individual.
—¡Persona individual! —convino Bob desde la esquina de la mesa.
—Si algún citónico incumple el tratado e hipersalta sin permiso —dijo Jorgen—, tendrá que responder ante la alianza.
Aún no tenemos establecidas las consecuencias de esa infracción, pero podrían incluir el aislamiento y la pérdida del uso de sus poderes.
Así que, de momento, por favor ocúpate de que los miembros de tu escuadrón cumplan las normas.
Cruzamos la mirada por encima del escritorio.
Jorgen sabía igual de bien que yo que no podía controlar lo que hiciera Alanik con sus poderes, incluso aunque teóricamente estuviera a mis órdenes, así que esperé que asimilara lo importante que era aquella alianza.
Por mi parte, me sentía mucho menos seguro pululando por la galaxia al saber que no podría sacar a mi gente rápido de un apuro si hacía falta.
—El departamento de investigación sobre los taynix ha estado trabajando en unos recursos que podrían seros útiles —prosiguió Jorgen—. Tu escuadrón está invitado a una cena de despedida esta noche, donde conoceréis a los equipos que van a acompañaros.
Había oído hablar de aquellas cenas, aunque aún no había asistido a ninguna. Desde que no nos convocaban mediante sirenas para luchar a cualquier hora del día o de la noche, la FDD estaba probando cosas nuevas para mejorar la moral.
—FM estará allí —dijo Jorgen— y te enseñará esos nuevos recursos en persona.
FM había pertenecido a nuestro escuadrón, aunque luego había pasado a estar al mando del cuerpo diplomático de la FDD.
—¿Cómo es que FM se dedica a enseñar investigaciones sobre babosas? —pregunté—. ¿No tiene nada más que hacer?
Jorgen sonrió.
—Esta la tiene muy emocionada.
Bastaba como motivo. Contemplé la imagen del planeta en el holoproyector.
La misión parecía bastante sencilla, pero había muchos factores desconocidos.
Muchas cosas que podían salir mal. Por eso Jorgen nos enviaba a nosotros, a su antiguo equipo, a las personas en quienes confiaba para que terminaran el trabajo incluso cuando no podía predecir qué habilidades o recursos iban a ser necesarios.
—No te fallaremos —le dije.
Y pretendía cumplir esa promesa.