2. Arturo
Arturo
Mi madre no envió a ningún piloto a buscarnos, ni se metió ella misma en la cabina de una nave para perseguirnos. Devolvimos los cazas sanos y salvos al personal de tierra y esperé a que mi madre me llamara por la radio portátil para decirme lo decepcionada que estaba. Esperé y esperé.
Pero cuando por fin llegó la llamada, no era de mi madre. Al otro lado de la línea estaba Rikolfr, el secretario del almirante Jorgen Weight.
—Anfi —dijo Rikolfr—, el almirante querría hablar contigo en su despacho dentro de treinta minutos.
—Allí estaré —le prometí, porque si el almirante de la Fuerza de Defensa Desafiante requería tu presencia, la respuesta siempre era sí.
Aun así, me pregunté qué debía de haberle dicho mi madre a Jorgen para hacer que me convocara. A Jorgen le daría igual que robara las naves de mi familia, así que temí que estuviera a punto de ascenderme.
Serpenteé por los laberínticos pasillos de la Plataforma Primaria hasta el despacho del almirante.
Mientras la asamblea discutía la manera de hacer más habitable la superficie de Detritus, los militares estábamos acuartelados en una antigua estación del cinturón de escombros, muy por encima de esa superficie.
El despacho de Jorgen era pequeño y sin ventanas, ocupado por un escritorio ancho y una mesa de reuniones.
No tenía puesta ninguna decoración, lo cual era o bien un reflejo de lo ocupado que había estado, o bien la imposición por alguna norma hermética de la FDD que solo él se había leído.
Lo encontré sentado tras su escritorio, moviendo la pantalla de una tableta de datos.
Su uniforme blanco de almirante estaba impoluto, bien entallado y contrastaba con su piel oscura y su pelo negro rizado.
Había dos taynix en la esquina del escritorio, uno violeta con los pinchos naranjas y otro rojo con los pinchos negros.
El violeta era una comubabosa, capaz de hipercomunicarse a lo largo y ancho del espacio galáctico, y el otro podía hacer estallar una oleada de cuchillas mentales que hacían trizas a la gente, así que Jorgen había tenido el buen juicio de llamarlo Babosa Explosiva.
A veces aún me extrañaba que unas criaturas que parecían tan abrazables pudieran ser tan poderosas.
La Supremacía había estado siglos imponiéndoles a los taynix lo que venían a ser trabajos forzados, utilizándolos para llevar sus comunicaciones y hacer hipersaltar sus naves por el espacio.
Comparado con eso, nosotros los habíamos descubierto hacía muy poco, y fue en buena parte gracias a las babosas que habíamos podido ganar la guerra.
Al contrario que la Supremacía, intentábamos tratar a los taynix como compañeros, no como herramientas.
Babosa Explosiva abrió la boca y mordisqueó unos papeles de la mesa de Jorgen. Él no pareció darse cuenta. Me acerqué y le hice el saludo militar, como correspondía al hallarme en presencia de mi oficial al mando.
—Descansa —dijo Jorgen. Titubeó un momento—. De ahora en adelante, puedes prescindir de las formalidades cuando estemos solos.
¡Gracias a la Estrella Polar! Jorgen era muy joven para el cargo de almirante, pero se conocía la normativa de la FDD al dedillo y solo recientemente había empezado a estar dispuesto a plantearse que quizá el manual no contuviera todas las reglas e indicaciones que pudiéramos necesitar.
Adquirir esa perspectiva solo requirió que desarrollara unos inexplicables poderes cósmicos y que nuestra civilización al completo se pusiera totalmente patas arriba.
—Si esto es por algo que te haya dicho mi madre… —empecé a decir, pero Jorgen movió una mano, indicándome que me sentara en la silla que había delante del escritorio.
—No es por eso —aclaró—. Aunque, si quieres un puesto en el Alto Mando, por supuesto que te ascenderé.
Mi madre salivaría si lo oyera.
—Espero que eso no se lo hayas dicho a ella.
Jorgen sonrió.
—Claro que no. Intuyo que no estás muy ansioso por dejar el escuadrón, ¿verdad?
—Nada ansioso.
—Me alegro —dijo Jorgen—, porque tengo un trabajo para el que necesito tu ayuda.
—¡Necesito tu ayuda! —convino Babosa Explosiva, en un trino de barítono más grave que el de otros taynix.
No debería entusiasmarme porque se me necesitara: si Jorgen tenía un trabajo para el Escuadrón Cielo, significaba que creía que teníamos que dispararle a alguien.
Durante el mes transcurrido desde el final de la guerra, sobre todo nos habían enviado en misiones de escolta, acompañando a representantes de la alianza a distintos planetas alienígenas.
Nuestra presencia en esos viajes era preventiva y simbólica…
y bastante aburrida, la verdad, pero ninguno de esos encargos nos los había hecho el almirante en persona.
—Estamos empezando a contactar con las otras reservas humanas —dijo Jorgen—. Pero hemos topado con un obstáculo.
Movió una mano hacia el holoproyector de su escritorio y una imagen se extendió por el aire que había entre nosotros; una acumulación esférica de roca, como una versión natural de las plataformas que rodeaban Detritus.
—¿Eso es un planeta donde hay otros humanos? —pregunté.
Habíamos conocido a muy pocos humanos de fuera de Detritus.
Las «reservas» que había establecido la Supremacía nos habían mantenido aislados a la vez que les permitían darse palmaditas en la espalda por haber aniquilado nuestra especie solo en su mayoría, no del todo.
Aún no sabíamos dónde estaban todas, pero sí que conocíamos la posición de unas cuantas, tan aisladas que los humanos de allí quizá ni siquiera estuviesen al tanto de que éramos libres.
—Sí —confirmó Jorgen—. Se llama Infortunio. Es un planeta pequeño en rotación sincrónica alrededor de una enana roja.
En la escuela nos habían enseñado lo que era la rotación sincrónica: cuando un planeta estaba lo bastante cerca de una estrella, su periodo de rotación podía sincronizarse con el de su órbita, de modo que siempre tenía el mismo lado encarado hacia la estrella.
En ese mundo no habría amaneceres ni anocheceres, sino que el sol mantendría una posición estática en el cielo, independientemente de dónde se estuviera en el planeta.
—Creemos que hay una gran ciudad humana en él —añadió Jorgen—, pero una perturbación citónica nos impide hipersaltar a través del cinturón de escombros y utilizar un hipercomunicador para establecer contacto.
—¿Un inhibidor? —pregunté.
Nuestro propio planeta estaba protegido por inhibidores que generaban los taynix de color azul y verde. Bloqueaban todos los poderes citónicos, como el hipersalto o la hipercomunicación.
—Pensamos que no es un inhibidor normal —dijo Jorgen—. Los escombros que rodean el planeta se parecen muchísimo a la materia física que se filtra de nuestro universo a la ninguna-parte.
—Ay, tirda —respondí.
La ninguna-parte era una dimensión paralela a la nuestra, por la que pasaban los citónicos al hipersaltar.
Pese a lo que sugería su nombre, distaba mucho de estar vacía.
Si alguno de los portales entre nuestra dimensión y la ninguna-parte se había abierto y enviado una cantidad de materia de la magnitud de un cinturón de escombros a nuestro lado…
—¿Los humanos de ese planeta siguen vivos?
—Eso creemos —dijo Jorgen.
Pulsó un botón del holoproyector que hizo aparecer un informe junto a otra representación tridimensional de un planeta.
El lado encarado hacia nosotros tenía un gran continente rodeado de océano.
Detritus no tenía grandes masas de agua, solo eriales de polvo y cascotes, por lo que siempre me sorprendía lo frecuente que era el agua superficial en otros planetas habitados.
—La información que robamos de la Supremacía durante la guerra —explicó Jorgen— menciona el cinturón de escombros y el campo inhibidor en torno a él.
No está creado por taynix, sino por algún tipo de perturbación citónica natural.
No puede apagarse, aunque solo afecta a la zona que rodea el planeta, no al planeta en sí.
Qué raro. No había oído hablar nunca de ninguna «perturbación citónica natural». ¿Y, para colmo, se aplicaba al espacio de alrededor del planeta, pero no a la superficie? Casi sonaba como una burbuja cósmica con el planeta atrapado en su interior.
—¿Y no deberíamos poder saltar directamente a la superficie, entonces? —pregunté—. ¿Aunque tengamos cerrado el espacio aéreo de encima?
—Deberíamos —confirmó Jorgen—. Pero no podemos, y no sabemos por qué.
Podría ser una de las razones por las que la Supremacía asignaba a los humanos de ese planeta un riesgo de huida muy bajo.
Además de estar encerrados dentro de algún tipo de inhibidor de origen natural, no tienen capacidades espaciales, no disponen de piedra de pendiente para alimentar naves y parecen ser pacíficos.
—Así que siguen atrapados allí —dije—, aunque la Supremacía ya no exista ni pueda retenerlos activamente.
—Eso creemos —confirmó Jorgen—. Vamos a enviar exploradores para volar a través de la perturbación, además de un equipo de diplomáticas que…
Ya sabía hacia dónde iba aquello. Era otra misión como guardaespaldas, esta vez entre un pueblo considerado pacífico y que ni siquiera tenía naves capaces de dispararnos.
—Nuestro trabajo es proteger al equipo diplomático —lo interrumpí.