1. Arturo #3
Nedd tenía un don para relajar a la gente.
Se hacía el tonto, siempre fingía ser demasiado idiota para comprender nada serio o doloroso.
En la escuela, yo siempre había sido el listo.
Desde luego, en mis tiempos de cadete creía saberlo todo, y Nedd se había adaptado a mi paso ocupando el papel que le dejé. La gente se lo creía a pies juntillas.
Antes tenía remordimientos por ello. Luego caí en la cuenta de que Nedd se hacía el tonto para evitar la responsabilidad, demostrando así que en realidad era el listo.
—¿Lo has aceptado? —le pregunté.
Las plataformas fueron pasando bajo nosotros como baldosas en el suelo de un pasillo.
—Aún no. ¿Crees que debería?
—Es una buena oportunidad.
—¿Tú te apuntarías? —me preguntó.
¿Y renunciar a volar?
—No —reconocí—. Por lo menos, si no tuviera otra alternativa.
—¿Te quedarías en el escuadrón? —preguntó Nedd—. ¿Aunque solo pudieras ir de copiloto?
—No creo que pudiera dejar seguir al escuadrón sin mí —dije—. ¿Quedarme en casa mientras mis amigos luchan? ¿Limitarme a mirar mientras los demás voláis hacia el peligro?
—En teoría, las luchas y el peligro ya han quedado atrás. La Supremacía ya no existe. No tenemos a nadie contra quien pelear.
Eso debería alegrarme. Y me alegraba que fuésemos libres, que por fin pudiéramos labrarnos nuestro propio destino en la galaxia, que ya no tuviéramos que volar a la batalla y perder a más seres queridos.
Pero también significaba que el tipo de vuelo que me encantaba, la emoción de un viraje bien ejecutado, el subidón del disparo perfecto del destructor, todo eso estaba quedándose obsoleto.
Como pilotos, antes éramos los miembros más venerados de la engrasada máquina de guerra de nuestra sociedad, pero ¿de qué servíamos en tiempos de paz?
Mucha gente con la que había volado se dedicaba ahora a construir cosas, descubrir cosas, guiar a nuestro pueblo hacia el futuro.
Antes mis habilidades eran las más esenciales para la supervivencia de la humanidad, pero afrontábamos una era en la que, a grandes rasgos, serían inútiles.
Nedd alzó un poco el morro de su nave y salió disparado por delante de mí. Ascendimos hacia las titilantes acumulaciones de estrellas. Me pregunté cuántas de ellas tendrían planetas con gente parecida a nosotros, intentando averiguar qué papel tenían en el universo.
—Yo me quedaría en el escuadrón —dije—. Incluso como copiloto. Puedes seguir practicando y en algún momento te reincorporaremos como piloto.
Quizá le bastara con la práctica. Si no, a lo mejor en algún momento podíamos modificar una nave para pilotarla a una mano. O tal vez algún planeta de la galaxia tuviera mejor tecnología prostética. Habíamos descubierto muchas cosas que no sabíamos antes, y quedaban muchas más por descubrir.
—Yo seguiría volando todo el tiempo que pudiera —añadí—. ¿Y tú? ¿Preferirías quedarte atrás?
Nedd guardó silencio, porque yo ya sabía la respuesta.
Detritus fue menguando debajo de nosotros y las plataformas individuales se fundieron en una deslizante masa de escombros.
—Si me quedo en el escuadrón —dijo Nedd—, tendrás que nombrar a otra persona como jefe de escuadrón asistente. No puedo estar al mando si no puedo volar.
—Eso no es verdad —respondí—. No hay ninguna normativa que impida que el copiloto supere en graduación al piloto de su nave. Hasta podría ser una ventaja. Que haya otra persona a los mandos te liberaría para prestar más atención al campo de batalla.
—Bien pensado —dijo él—. Igual tendrías que ir tú también de copiloto.
Cerré la boca. Me había metido yo solito en la trampa, y desde luego no iba a ir de paquete si podía evitarlo.
Seguimos ascendiendo en ángulo hacia la negrura, con el sol a nuestra cola. Cuanto más subíamos, menos anclado me sentía. Éramos solo dos puntitos en un inmenso mar de nada, mientras, debajo, el mundo seguía adelante sin nosotros.
—Me pensaré lo de sustituirte —dije—. Entretanto, vas a seguir como jefe de escuadrón asistente, copilotes o no.
—Vale —aceptó Nedd—. Me quedo.
Golpeé con la coronilla contra el reposacabezas. No había pretendido empujarlo a rechazar el trabajo de enlace.
—¿Estás seguro?
—Sí —dijo él—. Tienes razón. Cuando Jorgen encuentre algo a lo que haya que disparar, no querré quedarme en casa.
Sonaba convencido de que eso terminaría ocurriendo, de que nuestro pueblo no podría estar en paz para siempre.
Ese era el peligro de crecer bajo ataques constantes, sabiendo que el enemigo podía destruir toda tu civilización en cualquier momento.
Los dos habíamos nacido con un ojo puesto en el cielo, vigilando por si había peligro.
—Es la misma decisión que tomaría yo —dije—. Espero que sea la correcta.
Nedd se quedó callado un momento.
—¿Anfi?
—Dime.
—¿Crees que tu madre se enfadará aún más si nos quedamos un ratito volando?
—Puede —respondí—. Pero me da igual. Volaremos todo el tiempo que quieras.
—Gracias.
Nedd aceleró por encima de las plataformas, sin seguirlas muy de cerca, más o menos en paralelo a la curvatura del planeta.
Estábamos huyendo de lo inevitable. Íbamos a pasar a una nueva era, una era en la que, tarde o temprano, los dos terminaríamos en tierra.
Y pensaba huir todo el tiempo que pudiera.