Infortunio (Trilogía de la Brecha 1) 1. Arturo #2
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1. Arturo #2

Tracé un bucle Ahlstrom, alzando el morro de mi nave para luego cruzar mi propia estela en un picado vertical.

Hice el bucle un poco demasiado rápido y mis ConGravs se activaron y absorbieron la aceleración para reducir su impacto en mi cuerpo.

Si funcionaban demasiado tiempo, los ConGravs podían saturarse y entonces sentiría el efecto pleno de la inercia, que podía resultar en ceguera temporal, desmayos o incluso la muerte.

Esa vez sentí solo la presión de mi propio impulso durante un instante, antes de salir del bucle y retroceder hacia Nedd.

No fue difícil ponerlo en mi punto de mira, y eso que no era el mejor tirador del equipo.

Nedd interrumpió sus propulsores y dio vueltas sobre sí mismo con el morro apuntado hacia mí y la parte trasera de su nave oscilando un poco. Si me disparó, no dio en el blanco.

Apunté a Nedd y pulsé el botón de los destructores. La luz de mi panel brilló en amarillo. Le había dado.

Nedd activó sus propulsores y pasó volando por encima de mí. Su tiempo de reacción estaba aletargado, su trayectoria de vuelo zigzagueante. A decir verdad, era extraordinario que pudiera maniobrar así de bien, dado el poco tiempo que llevaba con la prótesis, pero si entraba en combate así, moriría.

Necesitaba más práctica. Solo pasaba eso.

Fui tras él entre dos enormes instalaciones metálicas, lo bastante grandes como para albergar una ciudad pequeña cada una.

Y quizá en el pasado albergaron ciudades.

Siglos antes de que nuestra gente hiciera el aterrizaje de emergencia en Detritus, buena parte de aquella basura espacial había estado habitada por humanos empeñados en conquistar la galaxia.

No intenté marcar a Nedd de nuevo. Me lancé hacia delante y lo rebasé para abrirme camino entre las capas más altas de escombros hasta que tuve a la vista el espacio vacío, moteado por millones de estrellas.

Teníamos el sol a nuestra cola y su luz dorada resplandecía en las hileras de plataformas rotatorias.

Cuánta negrura, cuánta nada. Antes de verse confinados en aquel planeta, nuestros antepasados habían vagado por el océano del espacio, volando siempre hacia delante sin una costa a la que regresar.

Yo siempre me había preguntado si lo hicieron por elección propia o si era porque, sencillamente, no tenían ningún sitio al que ir.

Perdimos la Tierra en la Tercera Guerra Humana, no por una invasión, sino porque desapareció sin más, y esa misma guerra acabó con buena parte de nuestra especie.

Tras nuestra derrota, el bando vencedor, una alianza alienígena conocida como la Supremacía, había confinado a la mayoría de los humanos supervivientes en «reservas» planetarias.

Aun así, habíamos sobrevivido para contraatacar. Y sabía que otros grupos de humanos habían encontrado mundos en los que vivir también. De niño, la idea de viajar por las estrellas me aterraba.

En tiempos más recientes, ya no era el extenso universo lo que me daba miedo, era la idea de que me dejaran atrás.

Destelló una alerta en mi monitor. Habíamos ascendido entre los escombros hasta acercarnos a una de las plataformas armamentísticas: baterías autónomas que disparaban a objetos no identificados y protegían el planeta de bombardeos. Nivelé mi nave para mantenerme bajo su alcance de fuego.

El caza de Nedd pasó disparado junto al mío, todavía ascendiendo.

—¡Nedder, baja aquí! —exclamé.

—¡Baja aquí! —convino Naga.

—Tranquilo —dijo Nedd.

Su nave vaciló, con el morro cabeceando mientras Nedd intentaba recuperar el control. Siguió aproximándose al alcance del armamento autónomo.

Quise dejar que se ocupara él, pero no podía correr ese riesgo. Ascendí, acelerando. Nedd logró bajar el morro, pero no en un ángulo suficiente como para estar seguros de que evitaría la zona de peligro sin rozarla.

Enganché la nave de Nedd con mi lanza de luz, un rayo de luz sólido que enlazó mi caza con el suyo, y descendí en picado, tirando de él para ponerlo a salvo.

—¡Anfi, cuidado! —gritó Nedd.

Un pedazo enorme de plataforma dañada apareció en mi camino y empezó a crecer muy deprisa a medida que me abalanzaba contra él.

Nedd escoró a derecha y me apartó del escombro antes de que chocara con el casco de mi nave.

Su viraje no había sido elegante, pero, de no haberlo hecho, mi caza podría haber sufrido daños, quizá incluso perdido un ala.

Nedd enderezó el rumbo, recuperando el control pleno.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—¡Bien! —exclamó Naga.

—Sí, bien —dijo Nedd—. ¿Y tú?

—Sí —respondí—. Gracias.

Llegué a oír la sonrisa en la voz de Nedd cuando dijo:

—¡Ojo dónde miras, que te quemas las pestañas!

Me gustó oírlo bromear así.

—Perdona, creía que ibas a…

—Lo sé —me interrumpió Nedd—. Tirda, soy más un lastre que otra cosa.

No era ese el mensaje que quería transmitirle.

—No pasa nada. Es solo que necesitas…

—Más práctica, lo sé. Pero no sé si podré volver a entrar en combate jamás. ¿Podemos parar?

—¿Parar de volar? —pregunté—. ¿O parar de hablar?

—Lo segundo, desde luego.

—Sí, vale.

Vi una alerta luminosa en mi panel de instrumentos, alguien que intentaba contactar conmigo por un canal privado.

El canal privado de mi familia.

Tirda.

—Eh, Anfi —dijo Nedd—, creo que te llama tu madre.

—Ya lo veo.

Podía no hacerle caso, pero entonces ella seguiría intentándolo y, si no contestaba, era posible que enviara a algún piloto de la empresa de transportes familiar a perseguirnos. Así que contesté.

—Anfisbena —dijo mi madre, ingeniándoselas para pronunciar mi identificador en el mismo tono que cuando me llamaba de pequeño usando mi nombre completo—. ¿Se puede saber qué haces con dos cazas estelares de la familia fuera del cinturón de escombros?

Pensé que, ya puestos, de perdidos al río.

—Estábamos sacando a pasear las naves.

—¿El que va contigo es Nedder?

—Sí, señora —dijo Nedd.

—¿Y está pilotando nuestro caza estelar con un brazo protésico?

—Sí, señora —repitió Nedd, pero capté la tensión en su voz.

Mi madre no necesitaba decir que no creía que fuese apto para el vuelo, ni tampoco iba a decirlo, al menos no con Nedd en la línea. Se guardaría ese sermón para más tarde, cuando me pillara a solas. Más me valía procurar que ese momento se retrasara bastante.

—Existen procedimientos para el uso de las naves de la familia —dijo mi madre—. Procedimientos que no has acatado.

—Es verdad —reconocí.

Hubo un silencio. Un silencio en el que, sin duda, mi madre estaba decidiendo si iba a abroncarme por temerario con Nedd presente.

—Dadles la vuelta a esos cazas y regresad al hangar —dijo.

—Recibido, Minerva —respondí, usando su antiguo identificador de su época en la FDD.

No le di la vuelta a mi caza, ni Nedd tampoco.

—¿Anfi? —dijo mi madre—. No veo que esas naves estén regresando.

—Busco el lugar más seguro para cambiar de dirección. No quiero arriesgar las naves.

Esperé a que mi madre me viese el farol, pero, en vez de eso, dijo:

—Tengo reunión con el almirante Weight esta tarde. Voy a consultarle sobre tu ascenso.

Apreté los dientes. Un ascenso en la FDD significaría inevitablemente entrar en el Alto Mando y renunciar a mis alas. No quería llegar tan alto que ya no pudiera volar.

Pero separarme de las naves era, por supuesto, el objetivo principal de mi madre para mi vida, sobre todo porque me quería y no quería que muriera.

—Estoy contento donde estoy. El escuadrón me necesita.

—Tu escuadrón se ha separado —replicó mi madre—. Casi todos tus contemporáneos han ascendido.

—Y yo he ascendido a jefe de escuadrón —dije—. El Escuadrón Cielo tiene miembros nuevos y estoy orgulloso de liderarlos.

—Miembros alienígenas —repuso mi madre.

Me ericé al oír la censura en su voz. Oficialmente, no debería oponerse a que volara con alienígenas, porque mis nuevos compañeros de escuadrón formaban parte de la alianza galáctica de especies que nos había ayudado a liberarnos de la Supremacía.

Pero los viejos prejuicios eran difíciles de eliminar.

Si mi madre no era capaz de aceptar que su hijo volara con alienígenas, desde luego no estaba preparada para saber lo íntimo que quería hacerme de una de ellos.

—Perdona, mamá, te entrecortas —dije, aunque no era verdad—. Deben de ser interferencias de alguna plataforma. Les damos la vuelta a estas naves ahora mis…

Apagué el canal a media palabra. Mi madre sería más que consciente de lo que acababa de hacer, pero al menos de ese modo tenía negación plausible.

—¿Quieres que demos media vuelta? —me preguntó Nedd.

—No. —La conversación con mi madre me había dado ganas de seguir volando y no regresar nunca—. ¿Tú quieres volver?

—Qué va. —Nedd calló un momento—. Jorgen me ha ofrecido un trabajo.

No me sorprendió, por mucho que me repateara. Nedd era un piloto excelente y mejor persona. Como almirante, a Jorgen le interesaba buscar algún puesto donde aprovecharlo.

—Ya tienes trabajo.

—Un trabajo en tierra —dijo Nedd—. En el Alto Mando.

Tenía sentido, pero, si Nedd lo aceptaba, aquella sería la última vez que pilotase un caza.

—¿Qué te ha ofrecido?

—Enlace de vuelo —respondió Nedd—. Sería el encargado de averiguar qué necesitan los pilotos para hacer mejor su trabajo e informar de ello al Alto Mando.

Qué cosas. En el pasado, la FDD había estado demasiado obsesionada con asegurar la supervivencia de la humanidad para preocuparse mucho por las necesidades de los pilotos individuales.

Ahora que estábamos nivelados y con un rumbo consistente, la nave de Nedd volaba firme y suave.

—Se te daría bien —dije.