1. Arturo
Arturo
T RES DÍAS ANTES
Estábamos entrando en una nueva era, decía mi madre.
Una era de libertad. Ya no estábamos atrapados en una roca perdida, ya no estábamos encarcelados por un imperio galáctico opresor, ya no vivíamos en una reserva como unos depredadores casi extinguidos pero, aun así, peligrosos.
Habíamos pasado a una era llena de posibilidades, en la que podríamos convertirnos en aquello que la humanidad siempre había estado destinada a ser.
Una nueva era en la que podía ganarse mucho dinero, porque, si no aprovechábamos la necesidad de infraestructura para el comercio interestelar que había surgido en la Fuerza de Defensa Desafiante, sin duda lo harían otros.
Era por eso por lo que estaban trasladando los cazas estelares de mi familia a una plataforma de atraque en el cinturón de escombros que rodeaba Detritus, nuestro planeta natal, para apoyar nuestra misión de cerrar acuerdos comerciales intergalácticos y sacar provecho así de la nueva libertad espacial de la humanidad.
—Tu madre va a matarte —dijo Nedd, escrutando tras de mí por la puerta del hangar privado.
Habíamos pasado con disimulo por detrás del personal de tierra, que estaba apiñado alrededor de una pantalla en la sala de descanso, viendo los mejores momentos del campeonato de cavabola de la noche anterior.
—¡Matarte! —repitió la babosa amarilla y azul cuya cabeza asomaba de mi mochila. Sería como mi antebrazo de larga y el doble de gruesa, con largas hileras de pinchos flexibles que se ondulaban por todo su lomo.
—Gracias por preocuparte, Naga —dije, rascándola por detrás del primer penacho de pinchos.
—¡Eh, que yo también estaba preocupado! —exclamó Nedd.
Cerró los dedos de su brazo protésico. Sobre el hombro llevaba otra babosa, un ejemplar negro del todo, pero con un brillo azul iridiscente.
Las babosas, también conocidas como los taynix, tenían poderosas capacidades citónicas.
El taynix de Nedd podía emitir una ola de impacto que aturdía a todo el mundo a su alrededor, y eso le había ganado el nombre de Plam.
El taynix observó con interés el movimiento de la prótesis mientras Nedd iba doblando los dedos de uno en uno.
Habían destruido el caza de Nedd durante la guerra por nuestra libertad, hacía solo unas semanas, y él había perdido el brazo hasta un poco por encima del codo.
Las articulaciones de la prótesis se doblaban y los dedos podían contraerse y relajarse.
Nedd manejaba la extremidad artificial mediante unos electrodos conectados a los nervios que le quedaban en el brazo superior, y había estado practicando a diario en un simulador de vuelo, tratando de mejorar su control.
La prótesis se mantenía firme y los movimientos de los dedos eran fluidos.
Pero nuestras cabinas de pega holográficas no eran lo mismo que pilotar auténticos cazas estelares. Vi que a Nedd le temblaba la mano biológica.
—¿Y solo estás preocupado por mí? —pregunté.
—Pues claro —dijo Nedd, aunque los dos sabíamos que era mentira. Su piel pálida estaba incluso más blanquecina que de costumbre—. Tu madre no va a guardarme rencor a mí. Soy un encanto de persona.
Yo era su hijo, sí, pero lo único que significaba eso era que se cabrearía el doble conmigo por estar corriendo ese riesgo con nuestros activos familiares. Se suponía que debía ser más responsable.
Sin embargo, al enterarme de que Nedd y yo coincidíamos en tener la tarde libre, no me lo pensé dos veces antes de pedirle a Naga que nos llevara hipersaltando al hangar de mi familia.
Según la nueva normativa para los hipersaltos de la Fuerza de Defensa Desafiante, el protocolo exigía hacer una solicitud formal de salto y esperar su aprobación, pero ni siquiera la categoría de mi madre como líder de la asamblea le concedía acceso a los registros de hipersalto, así que no sabría nada al respecto.
—A estas naves les falta mucho tiempo de vuelo —dije—. En cierto modo, estamos haciéndole un favor a mi madre al sacarlas a dar una vuelta.
—Ya lo creo —respondió Nedd—. Seguro que tu madre también lo verá así.
—¡También lo verá así! —repitió Plam.
Ay, los taynix. Qué optimistas eran siempre.
—Parece despejado —dije—. Vamos.
Nedd y yo corrimos hacia los dos cazas más alejados de la puerta.
Eran naves estelares de clase Fresa, monoplaza, famosas por su velocidad y su elegante diseño.
Subimos cada uno a una e hicimos la comprobación de sistemas.
El personal de tierra de mi familia mantenía las naves en estado óptimo y listas para volar sin previo aviso, así que solo tuvimos que revisar cuatro cosas rutinarias antes del despegue.
Activé la esclusa y vi cómo se cerraba la puerta que separaba las salas de mantenimiento, aislando al personal de tierra del hangar.
Sobre nuestras cabezas, el techo se deslizó para revelar las capas de plataformas en el cinturón que llenaba el cielo sobre Detritus, unos pedazos enormes de metal que nos impedían ver las estrellas.
—Todo preparado —dijo Nedd por radio.
—Adelante —respondí.
Activamos el anillo de pendiente de nuestras naves, que les permitía despegar en vertical de la plataforma de aterrizaje y flotar hacia la puerta abierta del hangar.
—¡Eh! —gritó una voz por la radio—. ¿Qué tirdas os creéis que estáis haciendo?
—¡Haciendo! —trinó Naga en tono alegre mientras salía de la mochila para ponerse al lado de mi asiento.
—¡Ah, hola! —respondí por el comunicador—. Perdonad, no quería molestaros. ¡Os he visto muy ocupados! Arturo Méndez, sacando las naves de la familia a un vuelo rutinario. Os las devolveremos antes de una hora.
—Recibido, Anfisbena —dijo la voz, utilizando mi identificador de vuelo, como se solía hacer por radio—. Pero no tenías ningún vuelo programado hoy. Las órdenes de tus padres son muy claras: si quieres sacar las naves, tienes que…
—¡No hace falta molestar a mis padres! —interrumpí—. Habremos vuelto antes de que los localicéis, de todos modos.
Esperaba que fuese cierto. Para evitar más discusiones, cambié mi canal de radio.
La puerta del hangar terminó de abrirse y empezó a deslizarse en sentido contrario cuando el personal de tierra anuló mis instrucciones.
Nedd y yo nos escabullimos con las naves antes de que la puerta se cerrara y nos quedamos flotando uno al lado del otro sobre el hangar, con los anillos de pendiente manteniéndonos allí arriba.
—Activa los propulsores —dije.
Salí disparado en paralelo al hangar, volando por el amplio espacio entre las capas del cinturón de escombros que orbitaba Detritus, como carne cultivada en cuba entre dos rebanadas de pan de alga. Nedd me siguió a mi ala, lento pero firme.
—Esto va bien —comenté.
—Sí —dijo él, aunque le noté la voz tensa—. Puedo despegar en línea recta. Prepara el confeti.
Pilotar un caza estelar requería un toque sorprendentemente fino, así que usar la prótesis no podía ser fácil.
En mi condición doble de amigo y jefe de escuadrón de Nedd, tenía que animarlo, presionarlo.
Nedd y yo habíamos volado juntos desde el día que entramos en la escuela de vuelo.
Con el tiempo, muchos pilotos nos habían dejado para entrar en el cuerpo diplomático o en la nueva división de exploración espacial de la FDD.
Jorgen Weight, nuestro anterior jefe de escuadrón, había pasado a ser el tirdoso almirante, a pesar de que tenía solo dieciocho años, como todo el resto de nosotros, y muchos de nuestros compañeros cadetes habían muerto durante la guerra.
Nedd y yo éramos los únicos pilotos que quedábamos del Escuadrón Cielo original, y no pensaba dejar atrás a mi colega. No si había manera de evitarlo.
Para defender su regreso pleno, íbamos a tener que demostrar que era capaz de volar en combate.
Esquivar escombros por el cinturón era un buen primer paso: las plataformas metálicas que orbitaban Detritus tenían un movimiento lento y predecible, con lo que eran unos obstáculos estables entre los que volar sin correr peligro de caer derribado del cielo.
—¿Preparado para maniobrar un poco? —pregunté.
—La verdad es que no —dijo Nedd.
Me dolía oírlo tan derrotado. Me había pasado semanas enteras acosando a la gente de ingeniería para que diseñaran una nave pensada específicamente para pilotarla con una sola mano, pero hasta el momento no lo habían considerado prioritario.
Yo solo era el líder de un escuadrón, aunque hacía poco nos hubieran reclasificado como «fuerzas especiales».
No lo bastante especiales como para facilitarnos la vida, por lo visto.
—Allá vamos —dije—. Intenta marcarme.
Cambié los destructores de mi nave a su función láser, que utilizábamos para practicar el tiro.
Así podíamos «dispararnos» entre nosotros sin provocar daños.
Nedd no dijo nada, pero al instante el monitor de mi caza destelló en verde, indicándome que había recibido un impacto en los escudos.
Cuando la luz fuese azul, significaría que esos escudos habían caído, y cuando fuese roja, que estaba muerto.
—Eso ha sido un golpe bajo —dije.
—Adecuado a tu estatura, me parece a mí.
—Como quieras.
Hice un tonel volado para alejarme de Nedd, luego viré hacia arriba en ángulo y pasé entre dos plataformas de la siguiente capa.
Rastreé a Nedd en mis monitores de proximidad.
Estaba quedándose rezagado y el morro de su nave cabeceaba errático mientras intentaba ascender.
Estábamos lo bastante altos en el cinturón de escombros como para que el arrastre atmosférico fuese casi inexistente, pero aun así a Nedd le costaba manejar su nave.
Yo no quería que me acusara de ponérselo fácil, y además tampoco estaría haciéndole ningún favor: si Nedd no lograba un control total del caza con la prótesis, no debería combatir.
Si lo ayudaba a hacer trampa, solo conseguiría que lo mataran.