Infortunio (Trilogía de la Brecha 1)
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Prólogo. Arturo
Prólogo
Arturo
Estaba cayendo.
Aquel planeta desconocido se extendía por debajo de mí, con sus cientos de miles de hectáreas de mortífero bosque en todas las direcciones, mientras me precipitaba hacia él sin más protección que la de mi traje de vuelo.
La superficie creció, como si se levantara a toda prisa para recibirme.
Podría haber sido hermosa, de no estar a punto de provocar mi muerte.
El viento me azotó la piel mientras la atmósfera se densificaba, ofreciendo más resistencia al paso de mi cuerpo.
El estómago se alojó en mi garganta y la adrenalina me inundó las venas.
Abracé fuerte a Naga, mi hiperbabosa, que estaba temblando muchísimo.
El campo inhibidor que rodeaba el planeta le impedía hipersaltar hasta que estuviéramos cerca del suelo, y entonces Naga podría pedir permiso para teleportarnos a un lugar seguro.
Si no recibía ese permiso, adiós muy buenas.
Mi equipo era incapaz de llegar hasta nosotros. Una cantidad inmensa de naves enemigas lo había ahuyentado hacia el bosque. Si yo moría, tendrían que quedarse allí, luchando para salvar la vida.
¡Estrellas, qué mal nos iba y qué rápido había sido todo!
No podía abrir la boca, no podía hablar, no podía ni chillar siquiera, excepto en mi mente, un silencioso gemido de terror mientras caía y caía y caía, aferrándome a Naga porque, si el viento se la llevaba de entre mis brazos, ya solo me esperaría una muerte rápida.
Comencé a distinguir la textura de los árboles.
Apenas nos quedaban unos segundos antes de internarnos en sus ramas y convertirnos en una fina pasta de sangre y corteza en descomposición.
El rostro de Alanik pasó fugaz por mi mente, y fue ella a quien más lamenté estar fallándole. Me dio vueltas la cabeza y temí desmayarme por el pánico y perderme los últimos momentos de mi vida.
Aunque Naga no podía oírme, le supliqué en silencio: «Dame otra oportunidad de encontrar una salida a esta situación. No me dejes morir aquí y abandonar a mi equipo».