Capítulo 36
Todo pasó exactamente como me esperaba. Bueno, o casi todo, porque hubo algo que me dejó un poco descolocada.
Cassian se puso como loco al enterarse de que le había engañado y dejado inconsciente para conseguir la prueba definitiva que los inculpaba en un delito, o en varios.
Aunque él dijera que no podían acusarles de nada, no era cierto. Se les acusaría de varias cosas, de hecho.
Entre ellas, de obstrucción a la justicia, de poner una denuncia falsa, de hacer gastar recursos del gobierno —como éramos nosotros— para llevar un caso falso y de alguna cosilla más.
Se puso tan tonto que al final se acercó a mí para encararse e incluso se atrevió a levantarme la mano. Ni llegó a rozarme. Antes siquiera de tocarme, estaba en el suelo, bocabajo, con los grilletes puestos.
Sullivan se puso en un estado parecido y fue Knox el que acabó engrilletándole a él.
Sarah me estaba dando una pena horrible. Era incapaz de dejar de llorar mientras miraba a nuestros compañeros, los mismos que se habían llevado a Jake, sacar a los otros dos de la casa.
Rachel, en cambio, no lloraba, pero en su cara se reflejaba el cabreo que tenía.
Un cabreo monumental. Tal era así que yo, desde que la conocía, y ya eran muchos años, jamás la había visto tan enfadada. Y la entendía, claro que la entendía, porque lo que le habían hecho a ella y a su hijo no tenía perdón de Dios.
Y por último estaba Tyler, que seguía sentado en la silla, totalmente alucinado. No se movía, no hablaba y apenas pestañeaba.
También entendía que estuviera en ese estado.
Porque enterarse de lo que habían hecho los que supuestamente eran sus amigos tenía que ser desolador y seguramente estaría destrozado y, a lo mejor, también pensando qué sería del grupo.
Me acerqué a Sarah y a Rachel y las abracé a ambas.
—Gracias por todo. Gracias por descubrirlo y acabar de abrirme los ojos. Si antes tenía claro que me iba a marchar, ahora lo tengo cristalino.
—Avísame cuando lo tengas todo resuelto con el abogado. Ya sabes que mi casa es tu casa. Andrew y tú podéis quedaros conmigo.
—No, usaré el dinero que me dejó mi abuela para comprar o alquilar algo. Menos mal que Jake nunca supo que existía; si no me habría quedado también sin él.
—Como quieras. Tú solo avísanos y Knox y yo te ayudaremos con lo que haga falta.
Asintió sonriendo.
—Voy a darle las gracias —dijo antes de dejarnos a Sarah y a mí e irse con Knox.
—¿Qué hice mal con ellos, Yelina? —me preguntó llorando.
—Tú no hiciste nada mal. De hecho, lo hiciste más que bien. Siempre estuviste para ellos, bueno, y para todos, yo incluida. Fue la fama, el éxito y el dinero lo que los perdió.
—Ojalá hubieran seguido tocando solo en el local. Serían pobres, pero felices.
—Ojalá hubiera sido así.
—Cuídate mucho, cariño. Y procura no sacar mucho el arma a pasear, que tienes mucho peligro tú.
—Lo intentaré, aunque no prometo nada.
Las dos nos echamos a reír antes de darnos un último abrazo.
Cuando nos separamos, le dije que, cuando Rachel se viniera a Washington, la acompañara y pasara una temporada con mis padres, como le habían pedido muchas veces.
Prometió pensarlo.
No sabía si acercarme a Tyler para decirle que me iba.
Dudé. Dudé mucho.
Pero finalmente decidí hablar con él por última vez. Bueno, o despedirme.
—¿Tyler?
Levantó la mirada que tenía fija en el suelo y clavó sus preciosos ojos verdes en mí.
Eran como dos esmeraldas brillantes, pero en esos momentos se parecían más a una tormenta en alta mar por la cantidad de emociones que pasaban por ellos.
—¿Te vas?
Asentí.
—Así es. Pasaremos por la oficina a dejar el informe y a que Cassian me firme el divorcio que traje preparado y después nos vamos a Washington.
—¿Ya lo traías preparado? ¿Eso quiere decir que tenías muy claro que nunca volverías con él?
—Me marché de aquí hace siete años con eso muy claro, Tyler. Nunca habría vuelto con él.
—¿Por qué? Yo pensé que le seguías queriendo.
—Puede que siempre quiera el recuerdo de cuando éramos niños y las cosas eran distintas. Pero cuando me marché de aquí, mi corazón no era suyo. Tardé en verlo, pero otra persona me lo robó poco a poco.
—Yelina…
Tragué saliva.
—Esta vez no puedes quejarte. Esta vez sí que me despido de todos.
—Yelina, yo… ayer…
No quería oír más, no podía oír nada más o, teniéndole allí delante por última vez, me derrumbaría. Así que le corté.
—No hace falta que digas nada. Todo quedó claro. Te deseo todo lo mejor, Tyler. Stella tiene mucha suerte; se lleva al mejor hombre y al mejor amigo.
Quise darle un abrazo; al menos quería llevarme eso, pero al ver que no decía nada y que tampoco hizo ni el amago de levantarse de la silla, me quedé con las ganas por no incomodarlo.
—Adiós.
Esa fue mi última palabra antes de darme la vuelta con los ojos aguados y salir del jardín para reunirme con Knox, que estaba al lado de Sarah esperándome para irnos.
—Yelina… —dijeron los dos a la vez al verme la cara.
—No digáis nada, por favor.
—Pero…
—Knox, no hay peros. Esto es lo que hay y ya. Vámonos. Quiero ir a la oficina, hacer lo último que me queda y largarme de aquí cagando leches.
Rachel nos acompañó al coche.
Y aunque estaba destrozada por dentro y con el corazón roto en mil pedazos, tuve que sonreír de verdad al verlos despedirse.
Knox, sin que Rachel se lo esperara, la cogió de la nuca, la acercó a él y le plantó un besazo que haría sonrojar al más liberal.
Ale, ahí lo llevas, amiga. Para que sepas cómo se las gastan los del FBI, para que veas que no se andan con medias tintas, le dije mentalmente mientras me montaba en el coche para darles unos minutos de intimidad.
Seis horas después entraba por la puerta de mi casa totalmente agotada.
Habíamos pasado por la oficina, como dije, para dar a los compañeros el informe completo de todo lo que habíamos ido descubriendo del caso.
También pasé por el cuarto en el que tenían a Cassian retenido.
La conversación fue dura, muy dura.
Al principio hubo gritos, insultos y recriminaciones por su parte. Por la mía, nada. No tenía nada que decirle.
Una vez que se desahogó, llegaron las palabras «perdón» y «lo siento» varias veces.
Me firmó el divorcio. A regañadientes, pero lo hizo.
Hablamos un poco más, ya desde la calma, y sorprendentemente nos despedimos llorando los dos con un abrazo.
No porque quedara algo entre nosotros, ni mucho menos, sino porque lloramos por aquellos niños que fuimos y que tanto se quisieron.
Ni siquiera deshice el equipaje.
Me di una ducha, me tomé un vaso de leche con una pastilla para el dolor de cabeza y me metí en la cama.
Con todas las emociones que tenía en el cuerpo, pensé que tardaría mucho más en coger el sueño. Pero no fue así. El cansancio pudo más que los nervios.
Abrí los ojos y lo primero que hice fue sonreír. O, más bien, echarme a reír al acordarme del sueño que acababa de tener.
Hacía ya un mes que habíamos vuelto de Nueva York y veinte días de Miami.
Sí, como me prometió Knox, habló con Sterling y consiguió que nos diera una semana de vacaciones.
Yo ni me enteré hasta el mismo momento en el que se presentó en mi casa y me dijo: haz la maleta, mete bikinis y poco más, que en tres horas sale el avión.
Pues allá que nos fuimos.
Y fue una semana maravillosa. Con sol, mar, mojitos —de esos hubo demasiados—, sin llamadas de trabajo y, sobre todo, tranquilidad y desconexión.
Y esa, sobre todo a mí, me hacía muchísima falta, porque desde que había vuelto tenía demasiados ratos malos pensando en Tyler. Me acordaba de él día y noche, más de lo que quería y desde luego más de lo que me convenía.
Justo había estado soñando que estábamos allí y que Knox se caía a la piscina del hotel en el que nos alojamos. Que sí, que lo había soñado, pero fue porque aún tenía ese recuerdo demasiado vivo en la cabeza, ya que pasó de verdad.
Llamaron al timbre y, cuando miré el reloj y vi que era domingo y apenas las ocho de la mañana, estuve a punto de coger el arma para pegarle un tiro a Knox, porque estaba convencida de que era él.
Tenía que serlo. No había otra persona con los huevos suficientes para presentarse en mi casa a esas horas y arriesgarse con ello a morir.
Pero cuando abrí la puerta me quedé perpleja. Porque mira tú por dónde, sí que había otro kamikaze capaz de romper mi paz, aunque a ese lo quería tanto que seguramente le habría perdonado la vida incluso aunque se empeñara en vivirla con otra.
—Hola, pequeña.
—¿Qué haces aquí, Tyler? Y ya de paso, ¿cómo sabes dónde vivo?
—A lo primero, si me dejas pasar, te lo cuento. Y lo segundo, ha sido Rachel la que me ha dado tu dirección.
Me retiré hacia atrás y le dejé pasar.
Esperaba que no viniera a darme ningún disgusto, pero, aunque así fuera, nunca le habría prohibido la entrada en mi casa.
Además, qué coño, estaba intrigada por saber por qué se había pegado un viaje de cuatro horas para venir a hablar conmigo.
—Si vienes a invitarme a tu boda, siento decirte que no podré ir, no tengo vacaciones —bromeé para intentar que no se me notara lo nerviosa que estaba.
Se me quedó mirando y primero puso los ojos en blanco, pero después soltó una risita.
—Pues que sepas que si tú no vienes, no me caso.
Cuando dijo eso, mi corazón se saltó al menos dos latidos y me faltó por unos segundos hasta el aire.
¿En serio había venido hasta mi casa para decirme que se casaba y encima me había dicho que no lo haría si yo no iba?
Joder, de verdad que si había venido a pedirme que fuera su madrina, le iba a tocar retrasarla.
Porque una de dos: o me daba un puto infarto en ese momento o le pegaba un tiro. No había más opciones.
—Mira, Tyler, si has venido a pedirme que sea tu madrina, podías haberte ahorrado el viaje. Porque eso no va a pasar. Lo siento, pero no —dije mientras le retiraba la mirada para que no viera el daño que me estaba haciendo aquella situación.
Dio dos pasos hacia mí, que eran justo los que nos separaban.
—¿La madrina? No, esa será Sarah. Tú serás la novia cuando llegue el momento.
Si me pinchan en ese instante, ni gota de sangre me habría salido, os lo prometo, porque no me quedé helada, me quedé petrificada.
—¿Qué… dices…? —me atreví a preguntar.
—Que he venido a decirte muchas cosas. Que te fuiste pensando que todo estaba dicho, pero no fue así, al menos por mi parte.
—No entiendo nada. Tú… Stella…
No me dejó seguir balbuceando, porque era lo que estaba haciendo, ya que hablar con normalidad no podía.
Dio el último paso que nos separaba, me agarró por la cintura y pegó su frente a la mía.
—Escúchame hasta el final, por favor. Y ya cuando acabe, me echas, me pegas un tiro y lo que tú quieras, pero déjame decirte lo que llevo años callando.
Madre mía… madre mía.
Ni contestarle pude de lo nerviosísima que estaba, solo asentí.
—Te quiero. Te quiero desde que éramos unos niños. Mi corazón siempre ha sido tuyo. Solo tuyo.
—Pero… Stella.
—Stella solo es una amiga. No estuve con ella. No pude. Sí que la llamé porque estaba muy dolido pensando que habías vuelto con Cassian. Pero no pude ni tocarla. No después de haberte tocado a ti.
—Tyler… —dije con los ojos llenos de lágrimas.
—Yelina, soy tuyo, siempre lo he sido. Te amo más que a nada ni a nadie en el mundo. He tardado en venir, pero no porque tuviera dudas, sino porque he vendido todo, he dejado todo. He venido para quedarme a tu lado. Si me dejas y quieres, claro.
—Yo…
Al oírme decir eso, noté cómo se tensaba, seguramente pensando que llegaba tarde o que yo no sentía lo mismo.
No podía permitir que ninguno de los dos sufriéramos más, así que saqué valentía, ni sé de dónde, y dije lo que tenía guardado dentro.
—Yo también te amo. Hace siete años me vine aquí, pero mi corazón se quedó en Nueva York, se quedó contigo. Tú me lo robaste poco a poco.
Sonrió. Sonrió contra mi boca mientras me abrazaba fuerte.
—Entonces, ¿vendrás a mi boda? ¿Serás mi mujer? —bromeó, o quizá no.
—Seré tu todo, como tú eres el mío.
No hubo más palabras, solo un beso.
Un beso en el que nos dijimos lo mucho que nos queríamos y con el que nos hicimos muchas promesas.
Promesas de vida.