Informe final: Estoy enamorada Capítulo 33
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Capítulo 33

Los primeros minutos montados en el coche, ninguno dijo nada.

Knox me dio el tiempo necesario para que digiriera todo lo que había pasado en las horas que habíamos estado en la casa.

—Yelina… —susurró al fin.

—Estoy bien.

—No me mientas, joder.

—Vale. Pues lo estaré. Ahora tenemos cosas más importantes que hacer. Mi mierda de vida sentimental puede quedarse en pausa hasta que volvamos a casa.

—Para mí que estés bien es lo más importante.

—Y lo estaré. Si me recuperé la otra vez, esta lo haré también.

—Es que no me lo creo, joder. Pienso que ha dicho eso de esa mujer para joder por lo dolido que estaba al ver cómo Cassian te ha besado.

Solté una risa seca.

—¿Dolido? Yo no lo he visto así. Es más, le he visto irse muy contento a su cita. Knox, nos equivocamos, ¿vale? Pensamos que sí que seguía sintiendo algo por mí. Pero no es así, puede que haya cariño, pero nada más.

—¿Y entonces lo de ayer?

—Pues lo de ayer fue un arrebato para quitarse esa espinita que tenía clavada dentro por no haberse podido meter entre mis bragas en el pasado.

—¿En serio piensas eso?

—No puedo pensar otra cosa. Es lo que ha sido y no hay más.

—Con lo bien que estábamos en Washington. Venir aquí ha sido un error —dijo consternado.

—No lo creas. Tú sí vas a sacar algo bueno de esto. Tú la miras, lo he visto, pero Rachel a ti también. Y cuando se separe de Jake, se va a venir a vivir a Washington. Así que espero que lo aproveches.

Sonrió de medio lado.

—Lo haré.

—Y yo también sacaré algo de esto. Otro fracaso a mis espaldas del segundo hombre del que me enamoro y un divorcio.

—¿Vas a hablar con Cassian del divorcio?

—Tengo los papeles en la maleta.

—¡¿Qué?!

—Tengo los papeles del divorcio redactados por un abogado desde hace más de cuatro años. Solo falta su firma. Y te aseguro que firmará. No solo cuando vea que renuncio absolutamente a todo, sino porque, si no lo hace, te juro que sí que le pegaré un tiro.

Knox se echó a reír al ver cómo juntaba las manos para dar más efusividad a mis palabras y las ponía en forma de pistola, moviéndolas como si disparara.

—Entonces con Tyler, nada…

—Nada de nada. Lo has visto tan claro como yo. Él seguramente acabará con esa chica y yo, pues me iré a casa, me lamentaré un tiempo y seguiré esperando encontrar a un hombre que me quiera, no mucho, sino bien.

Según decía eso último, mis ojos se aguaron, pero no permití que las lágrimas salieran.

Ya lloraría en mi casa, cuando estuviera sola, todo lo que tuviera que llorar mientras me lamentaba y me daba pena de mí misma.

Knox iba a decir algo más, pero no le dejé. No quería seguir hablando de Tyler, así que cambié de tema.

—Tenemos que intentar dejar zanjado hoy el tema del teléfono, llamar a Sterling con el informe final y terminar con esto mañana.

—¿Y cuál es tu informe final?

Que estoy enamorada como una idiota de un hombre que no siente por mí más que amistad, quise contestarle. En cambio, me lo callé y dije lo primero que se me ocurrió.

—Que son tres idiotas ambiciosos que mañana van a caer. Mañana van a terminar de joder sus vidas.

Y sí, lo dije con pena. Porque en verdad me daba mucha pena verlos terminar así.

Las siguientes horas, desde que llegamos al hotel hasta última hora de la tarde, fueron un no parar.

Revisamos los mensajes uno por uno, minuciosamente.

No nos saltamos ni un punto, ni una coma, ni una letra siquiera. Con ellos descargados en el portátil de Knox, miramos todo.

Todo lo que habían hablado y reído por la situación. Diciendo los nombres de los tres, delatándose así por completo.

Había que ser gilipollas, por no llamarles otra cosa peor, para reírse de una cosa así con lo seria que era. Reírse mientras Sarah y Rachel lloraban por ello.

Unos egoístas de mierda, eso es lo que eran.

—Estoy pensando una cosa —dijo Knox de pronto mientras daba un mordisco al bocadillo que habíamos pedido al servicio de habitaciones para cenar.

—¿El qué?

—Sabemos el día que supuestamente desapareció. Sabemos que Sullivan y Cassian están implicados y que, por los mensajes, todo ha sido idea del segundo.

—Así es. ¿Dónde quieres llegar?

Se quedó pensando unos segundos antes de soltar lo que le llevaba rondando la cabeza un rato.

—Que está escondido en algún sitio, eso está claro. Pero allí ha tenido que llegar de alguna manera y no creo que haya ido solo.

Ahí empecé a entender hasta dónde quería llegar.

—Sigue.

—Creo que Cassian o Sullivan lo llevaron a donde está escondido. Es lo más lógico para que no tuviera que usar su coche. Porque en transporte público es imposible que fuera, sería exponerse mucho, alguien podría haberlo reconocido.

—Si es así, y viendo el rastro de la ubicación del teléfono de ellos o del coche, podemos saber dónde está.

—Eso es.

—Joder, Knox, eres un puto genio.

—Lo sé, pero no me gusta presumir de ello —dijo riéndose, haciendo que yo riera también.

—Yo reviso el de Cassian y tú el de Sullivan. A ver si tenemos suerte y hay algún sitio raro al que fueran ese día.

—Venga, a ver si con suerte podemos darle las buenas noches o los buenos días a tu querido cuñado.

Como locos nos pusimos a revisar primero los teléfonos de los dos, pero no hubo mucha suerte.

En el de Cassian, su última ubicación marcaba ese día el estudio, donde o lo apagó o lo dejó allí intencionadamente.

Y en el de Sullivan sí que marcaba sus pasos de todo el día, pero después de salir del estudio había una parada en un bar cerca de su casa, luego en el supermercado, también en la calle paralela y, finalmente, en su casa.

Pero al mirar los registros del coche de ambos, en el de Sullivan había el mismo recorrido que en su teléfono. En el de Cassian, en cambio, había una dirección a la que fue al salir del estudio y antes de ir a casa.

—¿Esto dónde está?

—Al este, casi a las afueras de Nueva York. Desde aquí calculo que a unos cincuenta minutos.

—¿Y qué hay ahí? ¿Casas, pisos o qué?

Nada más ver la dirección, supe enseguida cuál era el lugar en el que estaba Jake. Un sitio que yo conocía muy bien.

—No, ahí viviendas no hay. Es un hotel. Pero no un hotel cualquiera. Es uno en el que no tienes que ver a nadie en recepción. Es un hotel para encuentros discretos.

—¿Para qué? —me preguntó frunciendo el ceño.

—Es un hotel al que vas a tener sexo y en el que nadie se entera de quién entra ni quién sale. Todo se hace de forma anónima y discreta. Se paga en efectivo a través de un cajetín sin ver la cara del dueño, del encargado o de quien sea que esté allí.

—El sitio perfecto para pasar totalmente desapercibido.

—Así es. Además, puedes llevar comida si quieres, porque las habitaciones tienen cocina, o pedir al servicio de habitaciones lo que quieras. Te lo dejan en un carrito en la puerta y ni ves quién te lo deja ni él a ti.

—O estás muy enterada del funcionamiento de los hoteles de Nueva York o ya has estado allí.

—Lo segundo. Hace años, cuando Cassian y yo estábamos juntos, antes de irnos a vivir a su casa, lo hicimos en la de su madre. Allí estábamos bien, pero había días que necesitábamos más intimidad.

—Normal en una pareja de jóvenes recién casados.

Asentí.

—Ellos ya empezaban a ser muy conocidos y la prensa los seguía. Así que fuimos allí muchas veces para que nadie nos molestara. Y Rachel y Jake también.

Dejé en el plato el medio sándwich que me quedaba y me levanté de la silla, cogiendo de paso el arnés con mi arma que había dejado colgado en el respaldo.

—¿Qué haces?

—Acabar con esto de una vez por todas.

Una hora después ya teníamos todo el operativo montado.

Varios de nuestros compañeros, a los que habíamos llamado de camino hacia allí, estaban con nosotros en la puerta.

Sterling, al que Knox también llamó de camino al hotel, estaba al tanto de todo. Y también informado de cuáles serían nuestros siguientes pasos.

Primero, entrar a por Jake, al que nuestros compañeros se llevarían de forma muy discreta a las dependencias del FBI en Nueva York.

Todo tenía que hacerse sin ruido para que nadie, y menos la prensa, se enterara. Y tampoco su hermano ni Sullivan, porque a por esos iríamos a la mañana siguiente.

El hotel tenía diez habitaciones en total.

Pero ya sabíamos, gracias al registro de entrada —en él no ponía nombres, pero sí cuándo se habían ocupado las habitaciones—, que Jake estaba en la número siete, ya que era la única que llevaba ocupada y no se había desalojado desde el día que él desapareció.

—¿Vamos?

—Vamos —le contesté a Knox.

—Chicos, atentos a nuestra salida. En cuanto aparezcamos, metedlo en el coche lo más rápido posible.

—Tranquilo, Ashford, estaremos muy atentos. Nadie sabrá que es él. Seremos rápidos.

Los dos asentimos y entramos sin demorarnos más.

Era tarde. Ya casi medianoche.

Por los pasillos del hotel no se oía ni el aleteo de una mosca. Seguramente en las habitaciones los que estaban tenían una buena juerga montada, pero al estar insonorizadas, fuera no se oía nada.

Knox, con su habilidad habitual, abrió la puerta de la habitación número siete.

Entramos despacio y sin hacer ruido.

Dentro había un olor a alcohol que tiraba para atrás y también un poco a basura. Jake estaba encima de la cama, dormido o inconsciente, eso aún no lo sabíamos.

Había platos encima de una mesa con restos de comida reseca, botellas de alcohol vacías en la mesa y también algunas por el suelo y, en la mesilla de noche, donde la única luz encendida de la habitación, se veía una cantidad grande de cocaína, o eso supusimos, en una bolsa.

Desde luego, sin provisiones no había estado, pensé con rabia, pena y asco a la vez.

Knox me miró y yo asentí. Me dejaba los honores de ser yo la que lo despertara para darle las buenas noches.

Con el arma en la mano me subí despacio a la cama y, con un giro rápido, me senté encima de Jake a horcajadas. Al notar mi peso, abrió los ojos de golpe.

Primero miró el arma con la que le apuntaba a la cabeza y luego me miró a mí. Al reconocerme, poco más y se le salen los ojos de las órbitas.

—Buenas noches, cuñado. Siento decirte que la fiesta ha llegado a su fin.

—¿Yelina?

—Que yo sepa, tu hermano y yo seguimos casados. Así que si te he llamado cuñado, no puedo ser otra más que Yelina, ¿no?

—¿Qué haces aquí? ¿Y por qué tienes un arma?

—He venido a rescatarte, todo el mundo está muy preocupado desde que desapareciste. Y lo del arma, pues es una amiguita que nos dan a los agentes del FBI para que no nos sintamos muy solos.

Oí cómo Knox tosía a mi espalda, escondiendo la risa.

—¿FBI?

—Sí, ya ves. Las vueltas que da la vida, ¿verdad? Yo, agente; tú, el mismo gilipollas de siempre. Los tres unos delincuentes que fingen una desaparición para sacar tajada y ganar dinero… En fin, son muchas cosas y no tenemos tiempo ahora para hablarlas.

—Nosotros no… —dijo a la vez que miraba de reojo el teléfono que estaba encima de la mesilla, al lado de la bolsa de coca.

—Ni te molestes en negarlo. El otro teléfono lo tengo yo y he visto todo, así que te aconsejo que no la jodas más de lo que ya la has hecho.

—¿Rachel?

Tuve que contenerme, Dios sabe que lo hice, para no darle una hostia.

—¿Ahora te preocupas por tu mujer? Hay que ser cabrones para hacerles pasar a ella y a tu madre por esto. Y a tu hijo ni lo nombres. Lo único que te mereces es que te pegue un tiro, de verdad que sí.

—¿Mi hermano…?

—De tu hermano y de tu amiguito me ocuparé mañana. Ahora te vas a levantar y a portarte bien o te juro que no me temblará el pulso y saldrás de aquí con la cara como un mapa.

Asintió con miedo y ni rechistó ni abrió la boca, ni siquiera cuando nuestros compañeros se lo llevaron en el coche.