Capítulo 32
Me puse en modo agente y empecé a trabajar con rapidez y eficacia.
Tenía que darme prisa en esa primera parte para luego tener más tiempo para registrar toda la habitación.
Cassian sería muchas cosas, pero de tonto no tenía ni un pelo y sabía que me costaría encontrar el teléfono si es que lo tenía allí, porque a la vista no lo dejaría. Lo tendría bien escondidito, eso seguro.
Lo primero que hice fue arrastrarle hasta el cabecero de la cama y, no sin esfuerzo, le quité toda la ropa, dejándole como su madre le trajo al mundo.
Tenía que pensar que sí que nos habíamos acostado, así que monté el escenario perfecto.
Cuando se despertara, no se acordaría de si habíamos hecho algo o no, pero con la coca que sabía que se había metido ya siendo tan temprano, porque así me lo habían dicho las pupilas de sus ojos, que más dilatadas no podían estar, era lo normal y él lo sabía.
Así que lo achacaría a eso y, al ver el estado en el que estaba la habitación y a él allí desnudo, pensaría que sí que habíamos pasado un buen rato.
Desperdigué su ropa por el suelo, revolví las sábanas todo lo que pude. Incluso de mi bolso saqué un tanga que había llevado para hacer todo más creíble y lo dejé tirado a un lado de su ropa.
Después de montar toda la escena no me paré. Empecé a buscar por todos los sitios que se me ocurrieron el teléfono.
Primero en los más evidentes.
Mesillas, cajones de la cómoda, el armario, debajo de la cama, encima y debajo de la mesa que tenía, entre los cojines del sofá que estaba en una esquina…
Nada. No había nada en ninguno de esos sitios.
Pasé al baño, lo revisé de arriba abajo y tampoco encontré nada allí.
Ya cuando empezaba a perder la esperanza y, mientras estaba parada en el centro de la habitación dando vueltas sobre mí misma, me quedé mirando la pared en la que estaba el cabecero de la cama y sonreí.
—No puede ser tan fácil. Joder, cómo no lo he pensado antes —me dije a mí misma.
Me subí en la cama de un salto y, poniéndome de puntillas, alargué la mano y con esfuerzo llegué al borde del marco del cuadro que estaba allí colgado.
Era un cuadro enorme con una foto de los tres en el primer concierto de verdad que dieron. El concierto con el que despegaron. Era enorme y llevaba allí colgado desde que compró la casa.
Que se me ocurriera mirar allí no fue casualidad, sino por un recuerdo que me vino a la mente mientras me quedaba pensando dónde más buscar.
En ese recuerdo, Cassian estaba subido encima de la cama como yo acababa de hacer y en el marco del cuadro estaba escondiendo una bolsa con cocaína.
Yo aquel día le vi hacerlo desde el baño, pero él a mí no me vio.
Mientras vivía allí, quise comprobar si fue algo puntual, así que un mes después lo miré y encontré una bolsa con pastillas. Por lo que concluí que ese era el sitio que usaba para esconder lo que no quería que nadie viera.
—Sí, joder, sí. Te tengo, capullo —dije cuando encontré el teléfono justo en el centro del cuadro.
Tenía que comprobar si aquel teléfono contenía algo que lo relacionara con la desaparición de Jake, así que me senté en la cama para revisarlo.
Era un móvil de lo más normal y, mientras lo encendía, esperé que no me pusiera demasiadas trabas para desbloquearlo.
La pantalla se iluminó y no salió ninguna clave de acceso.
Nada.
Ni pin, ni huella, ni patrón tenía puesto.
Desde luego, escribir canciones y cantar lo hacía como los ángeles, pero como criminal no valía para nada, pensé mientras ponía los ojos en blanco al ver lo tonto que era.
Que sí, que nosotros no tendríamos ningún impedimento en desbloquear el móvil si tuviera bloqueo. Bueno, nosotros no, porque allí no teníamos el equipo necesario para ello, pero cualquiera de nuestros compañeros o en la comisaría más cercana lo podría hacer sin problema.
Pero, vamos, que después de todo lo que habían tramado, qué menos que ponerle un bloqueo para ponérnoslo un poco difícil. Pues no. Ni eso.
Fui directa al registro de llamadas. Solo aparecía un número y todas iban al mismo. No había ninguna más.
Después entré en los mensajes y ahí ya se me escapó una risita.
Los teníamos. Pero bien.
Había mensajes, no muchos, pero sí los suficientes para demostrar lo que habían hecho, ya que todos estaban dirigidos a la misma persona. Eso se veía porque decía varias veces su nombre o ponía hermano.
Jake.
Él era el destinatario de todas las llamadas, porque el número de los mensajes era el mismo en el que también salía su nombre.
No me paré a leer ningún mensaje. Solo los pasé por encima.
Eso tenía que hacerlo con Knox y con calma.
Lo que sí busqué antes de marcharme fue si había un patrón en las llamadas y en los mensajes, porque si era así y Jake o Cassian se comunicaban a cualquier hora del día, eso podía ser un problema para que se dieran cuenta de que me había llevado el teléfono antes de que nosotros lo tuviéramos todo bien atado.
—Vaya, la suerte está de nuestro lado, Knox.
Y sí, sí que lo estaba.
Por la sencilla razón de que sí había un patrón.
Entre ellos se comunicaban cada dos días y siempre al anochecer. Primero con mensajes que cruzaban y luego con una llamada muy corta.
Se habían comunicado la noche anterior, así que no lo harían hasta el día siguiente al anochecer. Eso nos dejaba buen margen, ya que tendríamos toda la tarde y la noche de ese día. Y, si era necesario, todo el día siguiente.
Aunque estaba segura de que no necesitaríamos tanto tiempo.
Si nos poníamos a ello en cuanto nos largáramos de esa casa, cosa que iba a pasar en breve, antes de que acabara el día tendríamos todo listo para destapar el asunto y obligarles a decirnos dónde estaba Jake.
Me guardé el teléfono en el bolsillo delantero del pantalón, ya que mi bolso se había quedado en el jardín.
Cogí un papel y un boli de encima de la mesa e hice la última parte de mi plan.
Le escribí una nota para justificar mi ausencia cuando se despertara.
En ella le puse que mi jefe me había llamado y que tenía que ir a resolver un asunto, que nos veríamos al día siguiente.
Salí de la habitación sin mirar ni una sola vez más a Cassian, que seguía allí tan ricamente dormido por el golpe que le había dado.
Miré el reloj y vi que habían pasado dos horas y cuarto desde que nos habíamos subido a la habitación. Me había costado bastante encontrar el móvil, pero había sido el tiempo justo para que todo fuera más creíble.
Antes de salir al jardín, para rematar la escena, me descoloqué un poco la camiseta, la americana y me revolví el pelo.
Desde la puerta oí cómo Knox les preguntaba si creían que Jake podía haberse ido por voluntad propia con alguien.
—Pues yo no lo descarto. A lo mejor está tan perdido por todo lo que se ha metido y se sigue metiendo que ya ni sabe dónde está ni en qué día vive, y estará por ahí con alguna tía —contestó Rachel con amargura.
Dios, qué ganas tenía de que todo llegara a su fin.
Y no solo porque, después de lo que había pasado con Tyler, quisiera largarme a casa cuanto antes, que también, sino porque necesitaba que Rachel supiera la verdad de una vez por todas y pudiera seguir su vida lejos de toda la mierda que la rodeaba, como hice yo.
—No digas gilipolleces, Jake no se enreda con otras mujeres. Ya te tiene a ti —dijo Sullivan enfadado.
La carcajada de Rachel, una que no fue de alegría sino de total amargura, llenó el jardín.
—No me tomes por tonta, Sullivan, todos aquí sabemos cómo es mi marido. Y lo bien que se lo pasa en esas fiestecitas que os montáis.
—Eso es mentira.
—Aquí los únicos mentirosos que hay sois vosotros, que de vuestra boca no sale una verdad ni cuando estáis drogados perdidos.
—Otra mentira más que sale de tu boca. Nosotros no tomamos nada.
Otra carcajada más por parte de Rachel.
—Es increíble. ¿Cómo puedes decir algo así? Si ahora mismo vas puesto de coca hasta las cejas, igual que estaba Cassian. Sois lo peor.
—¡Basta! ¡No te voy a consentir que nos calumnies más!
Ya estaba dentro del jardín, justamente al lado de Knox, pero nadie se había percatado de mi presencia porque todos miraban con atención la discusión entre Rachel y Sullivan.
Discusión que ya se estaba saliendo de madre y que no solo les había alterado a ellos.
Knox estaba muy tenso y a un paso de echarse encima de Sullivan por gritarle a Rachel y partirle la boca. Pero, aunque se lo mereciera, no podía permitir que Knox tuviera problemas por darle su merecido.
Le agarré con fuerza del brazo para frenarle a la vez que hablaba para cortar aquello.
—¡Suficiente!
Todos giraron la cabeza hacia mí y Knox detuvo el paso al notar mi mano y oír mi voz.
Sullivan sonrió al ver mi aspecto y vi que sería la siguiente diana en la que centraría sus tonterías.
Perfecto.
Eso era lo que quería. Que dejara a Rachel en paz.
A mí me resbalaba cualquier cosa que me dijera.
—Vaya… mira a la agente Prescott. ¿Te lo has pasado bien en tu interrogatorio? —me dijo con sorna.
—De maravilla —le contesté con el mismo tono.
—¿Dónde está Cassian?
—Durmiendo. Y te aconsejo que vayas a hacer lo mismo. Te vendrá bien.
—¿Ahora vas a venir tú a decirme lo que tengo que hacer?
—Pues, si es necesario, sí. Y no quieras saber cómo voy a hacerlo —dije echándome la mano debajo de la americana para que viera mi intención de sacar el arma.
Levantó las dos manos riéndose.
—Tranquila, fiera.
Ni me molesté en contestarle.
—Knox, me ha llamado el jefe. Tenemos que ir a comprobar unas cosas. ¿Has terminado aquí?
Esa era la excusa que teníamos pactada de antemano si yo bajaba antes de que él se fuera.
—Sí, ya tengo toda la información que quería. Podemos irnos.
—Pues vámonos.
—Chicas, yo también me voy. Como he dicho, he quedado y ya voy tarde —dijo Tyler a Sarah y Rachel.
—¿Vendrás a cenar? Por avisar a Jenny, si tiene que dejar para ti —le preguntó Sarah.
—No lo creo. La comida se alargará hasta mañana. Ya me entiendes —contestó riéndose.
—Pásalo bien, tú que puedes, macho —le dijo Sullivan al pasar a su lado, a la vez que le daba una palmadita en el hombro.
—Lo haré, no lo dudes.
Esa última frase la dijo mientras buscaba mis ojos, algo que no le permití.
Una cosa era que me estuviera destrozando saber que se iba con otra mujer, que yo no había sido más que una muesca más en el cabecero de su cama y que le importaba una mierda, y otra muy distinta dejarle ver el daño que me estaba haciendo y lo utilizada que me sentía.
Ese dolor no iba a dejárselo ver ni a él ni a nadie.
Esta vez me lo tragaría sola, como ya había hecho otras veces, para no preocupar a los demás.
Los tres salimos de la casa casi a la vez. Nos despidió con un simple adiós, que contestamos de la misma manera. Él se marchó en su moto, esa a la que jamás volvería a subir, y Knox y yo nos fuimos en su coche.