Capítulo 29
Quince minutos después, los dos ya vestidos, nos sentamos a la mesa para dar buena cuenta del grandioso desayuno que Knox había pedido, que era incluso más exagerado de lo que fue el mío la mañana anterior.
Nos servimos varias cosas en los platos, un zumo de naranja y una buena taza de café.
—Venga, cuéntame qué has averiguado.
—Estuve revisando otra vez las cuentas bancarias.
—¿Por qué? Si ya habíamos visto que, quitando la de Tyler, que es el único que tiene un pastón, los demás tienen unas telarañas que ni las que lanza Spiderman.
—Pensé que, si Jake está en algún sitio escondido y desde sus teléfonos no se están comunicando con él, tienen que estar haciéndolo de otro modo.
Me quedé pensando unos segundos y enseguida vi hasta dónde quería llegar.
—¿Pensaste que podían tener otro teléfono para comunicarse con él? ¿Que compraron unos nuevos?
—Eso mismo.
—¿Los hay? —pregunté ansiosa.
—Efectivamente.
—¡Sí, joder, sí! ¡Los tenemos!
—No corras tanto, que todavía no tenemos una mierda.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo que no? Has dicho que tienen otros teléfonos. Ahí estarán las llamadas o los mensajes, ¿no?
—Eso creo. De momento es una suposición.
—Explícate —le pedí.
—Como sabemos, el teléfono de Jake, ese que tiene apagado desde que desapareció y que no sabemos dónde coño puede estar porque la última ubicación fue en el estudio, no lo ha vuelto a encender.
—Entonces él tiene uno de esos teléfonos que compraron, ¿no?
—Eso creo. Jake tendrá uno y Sullivan o Cassian el otro.
—Entonces solo tenemos que ver los registros.
—No hay registros.
Volví a fruncir el ceño.
—Son de prepago, ¿no?
—Así es. En la cuenta bancaria de Cassian hay un pago con tarjeta en un centro comercial donde compró dos teléfonos de prepago. Que hay que ser gilipollas para pagarlo así y que quede reflejado —dijo poniendo los ojos en blanco.
—Ese ha sido el fallo que estábamos buscando. El fallo que todos los criminales cometen inconscientemente, pensando que nunca les pillarían por eso.
—No pensarían que los investigaríamos. Ni se imaginan que podríamos pensar en ellos como sospechosos.
—Porque se creen mejor que nadie y porque su ambición y su desesperación por conseguir dinero no les deja ver más allá.
—Pues el tiro les va a salir por la culata, porque puede que lleven días ingresando un buen dinero, como esperaban, por las ventas de discos y de merchandising , pero eso se va a terminar. Y después no van a vender una mierda cuando el mundo se entere de lo que han hecho.
En esos momentos estaba cabreada, muy cabreada, porque dentro de mí hasta entonces había tenido una pequeña esperanza de que Knox y yo estuviéramos equivocados y de que esos tres descerebrados no hubieran sido capaces de hacer una cosa así.
Pero al parecer sí que lo habían hecho y solo nos faltaba tener esos teléfonos en las manos para poder demostrarlo.
—El teléfono que tienen o Sullivan o Cassian tiene que estar en la casa. De allí no han salido.
—Pues, si es así, tenemos que encontrarlo —dije convencida.
—Si pedimos una orden de registro, tardará, ya lo sabes.
—¿Se lo has contado a Sterling?
—No. Ayer, cuando hablé con él por la tarde, aún no había visto la compra con la tarjeta.
—Perfecto, porque no vamos a necesitar esa orden.
—¿No? —dijo mirándome con la ceja alzada.
—No. Si el teléfono está en la casa, como pensamos, yo lo encontraré.
—¿Y cómo vas a hacer eso? Porque de ella no salen. Y lo más lógico es que lo tengan en su habitación.
Solté una risita porque ya llevaba varios minutos trazando un plan en mi cabeza para conseguir ese puto teléfono y poder darles a todos la patada en el culo que se merecían.
—Es que se va a enterar.
—¿Qué?
—Que será él mismo el que me deje o, más bien, me lleve allí.
Se quedó pensando unos segundos qué era lo que quería decir y se llevó las manos a la cabeza.
—No me jodas, Yelina, ¿vas a tirártelo para poder entrar en su habitación?
—Eh… para, para. Yo he dicho que él me llevará allí, no que vaya a tirármelo. Eso es lo que él pensará que va a pasar. Pero mientras duerme, porque le dejaré KO antes, registraré toda la habitación.
Knox soltó el aire que estaba conteniendo.
—Joder, menos mal. Se me había puesto un mal cuerpo solo de pensarlo que no veas.
—Hay veces que me excedo en mi trabajo, pero tirarme a un sospechoso, por muy marido mío que sea, te aseguro que no será uno de esos excesos.
—Pero los demás estarán allí y verán que te vas con él.
Asentí, sabiendo lo que quería decir y en quién estaba pensando en esos momentos.
Yo también lo había hecho.
Había pensado que Tyler estaría allí presente y que tendría que verme irme con Cassian sin saber lo que me proponía o por qué lo hacía.
Me jodía tener que hacerlo así, y mucho.
Me fastidiaba tener que hacerle daño, porque se lo haría, de eso estaba segura, pero no había otra manera de acabar con toda la mierda en la que estaban metidos cuanto antes.
Lo que estaba claro es que no podía contarle lo que estaba pasando ni las sospechas que teníamos.
Eso no podría hacerlo hasta que estuviéramos seguros y tuviéramos el jodido teléfono en nuestro poder, ya que, si ahí había mensajes o llamadas, que esperaba que sí, sería la prueba definitiva para acabar con todo de una vez por todas.
Solo esperaba que confiara lo suficiente en mí y que cumpliera lo que le había pedido: que confiara en mí viera u oyera lo que fuera.
Porque, si no era así, me costaría mucho después que me perdonara.
—Lo sé. Si estás pensando en Tyler, yo también lo he hecho y solo espero que confíe en mí lo suficiente y que no saque conclusiones precipitadas antes de que pueda explicarle todo.
—Pues esperemos que así sea. Porque si no, por culpa del cabrón de Cassian, le perderás por segunda vez.
—No pienso perderle.
—Yo te ayudaré a que eso no pase —dijo dando por concluida la conversación, y yo asentí agradeciéndoselo con la mirada.
Salí del hotel convencida de que mi plan saldría bien, porque sí, tenía que salir bien.
Pero, a medida que nos fuimos acercando hasta la casa de Cassian, esa confianza en el plan que tenía se fue mermando cada minuto que pasaba.
Y no fue porque pensara que no sería capaz de encontrar el teléfono si estaba allí, no, eso no era lo que hizo que mis nervios aumentaran, porque sabía de sobra que podría hacerlo sin ningún problema.
Lo que me fue poniendo más nerviosa era pensar en lo que podría pensar Tyler al verme irme con Cassian, porque si conocía un poco a mi marido, y os aseguro que lo hacía, sabía de sobra que no se cortaría ni un pelo en dejarles claro a todos los presentes que precisamente a tomar el té no nos iríamos.
No. Él, como el arrogante y engreído que había sido siempre, les dejaría a todos saber que, gracias a lo irresistible que era y sacando pecho para dárselas de machito, con un chasquido de dedos y dos conversaciones, la tonta de su mujer había vuelto a caer en sus redes.
Pero, aunque estaba nerviosa, algo dentro de mí también me decía que, después de la tarde y la noche que habíamos pasado juntos Tyler y yo, en las que, aunque palabras no se dijeran, quería pensar que con nuestras miradas nos dijimos muchas cosas, él confiaría.
Por eso necesitaba creer que haría justo lo que le había pedido.
Knox aparcó el coche en el mismo sitio, justo enfrente de la puerta principal, como hicimos dos días atrás.
Él bajó primero y yo lo hice unos segundos después, justo cuando cogí aire y me dije a mí misma: «Entra, hazlo y lo demás lo solucionarás después».
Porque no puedes tener tan mala suerte o el destino no puede ser tan desgraciado de hacerte perder al hombre que quieres dos veces en la vida.
—¿Estás bien?
—Sí —dije mintiendo a medias.
—Yelina, si no estás segura, lo haremos de otra manera o esperaremos la orden de registro.
—Sabes que no hay otra manera, Knox. La orden, si es que nos la dan, y tengo dudas de que así sea porque no hay indicios suficientes, solo nuestras suposiciones, tardaría días en llegar.
—Lo sé.
—Y son días que no tenemos. El tiempo corre en nuestra contra. Pueden deshacerse del teléfono si tienen la más mínima sospecha de que los creemos sospechosos. O hacer que Jake aparezca mañana inventando cualquier milonga con la que, encima, queden de héroes.
—Estaría cojonudo que, encima, se llevaran ellos toda la gloria —dijo cabreado.
—Son capaces de eso y de más.
—Está bien, pero si dudas en cualquier momento, solo mírame y buscaremos otra solución.
Asentí.
—No dudaré, pero gracias por querer hacérmelo más fácil. ¿Tú harás lo que hemos hablado?
—Sí. Reuniré a todos los demás y haré como hicimos el primer día: preguntas en grupo. Algunas serán las mismas y otras me las iré inventando sobre la marcha. Sabes que carrete tengo de sobra para estar horas machacando a quien sea.
—Espero no tardar horas —dije resoplando.
—Si tardas mucho, fingiré que me has mandado un mensaje y me marcharé.
—Sí, porque si no, puede parecer que me estás esperando. Y si subo allí, es sin prisas por bajar, o eso tienen que pensar todos, o al menos Sullivan.
—A ese no lo perderé de vista.