Capítulo 28
Antes de abrir los ojos siquiera, lo primero que pasó fue que sonreí.
Sí, sonreí como hacía tiempo que no lo hacía, porque no solo sonreí con la boca, sino también con el corazón.
Giré un poco la cabeza y vi la penumbra que aún estaba instalada en la habitación. Solo había un poco de iluminación por el reflejo de la luna, que todavía estaba en todo lo alto.
Todo estaba en silencio.
Un silencio maravilloso que solo rompía el sonido de la respiración de Tyler, que estaba dormido a mi lado mientras me agarraba por la cintura con un brazo, a la vez que me tenía encajada contra su cuerpo.
Como si ese hubiera sido siempre mi lugar, como si hubiéramos nacido para encajar.
Me quedé mirándole unos segundos y mi sonrisa se hizo más amplia al ver lo tranquilo que parecía así dormido. Tenía el rostro totalmente relajado y, aun estando dormido, en la boca se le veía una pequeña sonrisa.
Miré el reloj de mi muñeca.
Las cinco de la mañana. Tarde para unas cosas, pero muy temprano para otras. Para mí había de las dos.
Tarde para volver a dormirme, ya que el trabajo me esperaba y ya no podía demorar más mi vuelta al hotel. Y pronto para levantarme sin cerrar los ojos unos minutos y recordar, antes de irme, cómo se habían dado las cosas para haber acabado en la cama de Tyler durmiendo a su lado.
Después de comer la lasaña, que por cierto estaba deliciosa, sacó también un tarro de helado del congelador, de chocolate con menta, que era el favorito de los dos, y nos sentamos en el sofá del salón a comerlo.
Entre cucharada y cucharada hubo muchas risas.
—Deja de reírte mientras comes, pequeña, que te estás poniendo perdida.
—No es verdad, no me he manchado —dije mirándome la camiseta.
—Aquí sí que tienes helado.
Alargó la mano para limpiarme una gota de helado que tenía en la barbilla y demostrarme que tenía razón.
—No soy la única que se mancha, tú también tienes helado fuera de la boca.
—Mentira.
Lo miré con una ceja alzada.
—Sí tienes.
Y para demostrárselo, alargué la mano y pasé dos de mis dedos por sus labios. No vi venir lo que hizo a continuación, que, lejos de no gustarme, me encantó y me hizo removerme en el sofá de lo caliente que me puse con ese gesto.
Abrió los labios y atrapó mis dedos entre ellos y chupó el helado que había recogido con ellos.
Lo siguiente que pasó fue inevitable.
Dejó el tarro de helado, que él mismo estaba sosteniendo, y las dos cucharas que estaban dentro encima de la mesa.
—Necesito saber a qué sabe el helado en tu boca además de en tus dedos —me susurró mientras acercaba su cara a la mía.
La contestación por mi parte fue acercarme todavía más y pasar mi lengua por sus labios.
—En tus labios sabe de maravilla.
No hubo más palabras. Un segundo después de eso nos estábamos besando.
Pero ese beso ya no fue como el primero. Ese ya fue hambriento; en ese nuestras bocas ya se conocían y no necesitaron la calma de la primera vez ni apareció la timidez.
En pocos segundos, el beso se volvió salvaje, pasional e hizo que los dos necesitáramos ir más allá.
Tyler me quitó la camiseta, yo a él la camisa. Después voló el resto de la ropa.
Necesitábamos conocer el cuerpo del otro. Nos acariciamos el uno al otro hasta que el deseo se hizo tan grande que ya no nos valió solo con eso.
—Agárrate. No consentiré que la primera vez que te haga mía sea en un sofá. Será en mi cama, esa en la que llevo años soñando tenerte.
No le contesté. No pude hacerlo. Entre lo ciega de deseo que estaba y lo abrumada que me dejó con esa confesión, que yo ya sabía que era así, pero una cosa era saberlo y otra oírselo decir, solo pude enroscar mis piernas a su cintura y dejarme llevar.
La delicadeza con la que me tumbó en la cama y la manera en la que me miró segundos después, como si fuera única en el mundo, me desarmó totalmente.
No hubo prisas por parte de ninguno de los dos.
Nos tomamos todo el tiempo necesario para besar, lamer y explorar nuestros cuerpos, grabando en nuestras memorias todos y cada uno de nuestros pliegues.
Tres orgasmos y decenas de jadeos después de eso, se tumbó encima de mí y con la rodilla me pidió que me abriera para recibirle.
—¿Estás segura? —me preguntó con miedo en la mirada.
No miedo a que le dijera que no, porque los dos sabíamos en ese momento que eso no podría pasar por el estado de excitación que teníamos, sino a que después me arrepintiera.
—Nunca he estado más segura en mi vida de nada. Hazlo. Hazme tuya.
Me sonrió.
Y esa sonrisa no se le borró de la cara mientras entraba en mi interior, lentamente, de una forma tan delicada que era casi hasta agónica, ya que tenerle dentro no era solo porque le deseara más de lo que había deseado nunca a ningún hombre, sino que era necesidad.
Necesidad de unirme al hombre del que estaba enamorada, por fin.
Porque sí, puede que hubiera tenido alguna duda, pero desde que nos habíamos besado cuando bajó de esa tarima, lo tuve clarísimo.
Estaba enamorada de él.
Y lo mejor o lo peor es que no era algo que hubiera surgido de repente, es que cuando me fui ya lo estaba, pero no supe o no quise verlo.
Después de esa primera vez, una maravillosa que se me quedaría grabada en la memoria para toda la vida, vinieron unas cuantas más.
No salimos de la cama desde que me llevó allí.
Pasamos la tarde entera enredados entre las sábanas. Besándonos, riéndonos, haciendo el amor lentamente y también, por qué no decirlo, follando salvajemente.
Porque sí, los dos teníamos ese lado tierno en el que sabíamos disfrutar con lentitud del otro, pero también ese lado más salvaje en el que lo dimos todo.
En el que probamos posturas imposibles, en el que lo hicimos contra la pared, contra los azulejos de la ducha, por la que pasamos al menos tres veces, y hasta en el suelo.
Ni siquiera cenamos, nos alimentamos el uno al otro durante horas.
Y no paramos hasta que, ya entrada la madrugada, el cansancio nos venció y nos quedamos dormidos uno en los brazos del otro.
Abrí los ojos y volví al presente. Miré el reloj.
Las cinco y cuarto.
Hora de irse, Yelina. El trabajo y el cotilla de Knox te esperan, me dije mientras, con mucha lentitud, intenté quitar la mano de Tyler de mi cintura.
—¿Dónde vas? —dijo sobresaltándome, porque no me esperaba que estuviera despierto.
—Tengo que trabajar.
Abrió los ojos un poco y giró la cabeza para mirar hacia la ventana.
—Pero si aún no ha amanecido.
Solté una risita.
—Pues ya llego tarde. Knox me esperaba ayer.
Alargó la mano y me apretó un poco más contra su cuerpo.
—Dame un beso de buenos días o no dejo que te levantes. Te secuestraré aquí todo el día.
—¿Me secuestrarás?
—Ajá…
—No puedo dejar que hagas eso —dije antes de lanzarme a sus labios.
Que por supuesto no se quedó solo en un beso.
Sino que fueron muchos más mientras hicimos el amor de nuevo.
Ya amanecía cuando salí del portal del edificio que había sido mi casa muchos años atrás.
Me monté en el taxi que había pedido nada más salir de la ducha mientras medio discutía con Tyler porque quería ser él quien me llevara al hotel.
Discusión que al final gané yo porque conseguí que se quedara en la cama descansando un rato más.
Nos despedimos en la puerta de su casa entre besos.
Ahí le pregunté si luego iría a casa de Cassian y me dijo que sí, que quería estar un rato con Rachel, porque los dos sabíamos que toda aquella situación la tenía al límite y llevaba días sin casi dormir.
Le dije entonces que allí nos veríamos, porque seguramente Knox y yo volveríamos a pasarnos para seguir preguntando algunas cosas.
Me bajé del taxi cansada, pero muy feliz.
Cuando entré en la habitación, como me esperaba, Knox ya estaba despierto, aunque no se había levantado de la cama, sino que estaba tumbado con un brazo detrás de la cabeza mirando al techo.
—No necesito preguntar qué tal te ha ido. Porque traes una cara de recién follada que te delata.
Puse los ojos en blanco y le lancé un cojín, que fue lo primero que pillé.
—Buenos días para ti también.
—Sí, buenos días y lo que tú quieras. Pero cuéntame qué tal. Porque no es solo la cara que traes, de que el teclista tiene manos de oro, es también esa sonrisa tuya de mujer más que satisfecha.
—Eres un cotilla.
—Eso no es nuevo.
—Pues no pienso contarte nada.
Soltó una carcajada.
—¿Quieres que te obligue?
—Inténtalo si puedes, valiente.
Se levantó de la cama de un salto y vino hacia mí con pasos rápidos.
—¿Qué vas a hacer?
—Lo que me has pedido. Obligarte —contestó riéndose.
—Knox…
No me dio tiempo a decir nada más. Se agachó y me cargó al hombro como si fuera un saco de patatas.
—Suéltame, gilipollas —dije riéndome cabeza abajo.
—¿Vas a hablar?
—No.
Me lanzó en la cama y se sentó a horcajadas encima de mí para impedirme moverme.
Lo vi. Vi en su mirada lo que pretendía hacer.
—No se te ocurra —le advertí.
—¿Vas a hablar?
—Que no, jodido maruja, no voy a contarte nada.
—Respuesta equivocada —dijo antes de empezar a hacerme cosquillas.
Era un capullo de manual. Sabía que no soportaba las cosquillas, sabía de sobra que con esa artimaña conseguiría hacer que me rindiera.
Y me rendí. Solo un minuto después, muerta de la risa, me rendí y le conté todo mientras nos quedamos tumbados en la cama.
—¿Y tú qué? ¿Has averiguado algo más?
—De hecho, sí, pero te lo cuento mientras desayunamos. Si no has cenado, estarás famélica. Voy a pedir un desayuno de campeones —dijo antes de que los dos nos levantáramos de la cama.