Capítulo 27
Al separarnos, los dos estábamos exactamente en el mismo estado.
Nuestras respiraciones estaban aceleradas. Y nuestros corazones latían desbocados.
El mío me lo notaba latir en el pecho y en el cuello, y el suyo sabía que estaba igual porque mi mano estaba apoyada en su pecho y notaba cómo los latidos iban a toda velocidad.
Apoyó su frente en la mía y apretó su cuerpo un poco más contra el mío, como si no quisiera que me separara, como si tuviera miedo a soltarme y perder no solo mi contacto, sino también a mí.
—Yelina…
—Tyler…
Los dos, a la vez, susurramos nuestros nombres sin saber qué más decir.
Los siguientes minutos nos quedamos así, en esa posición, respirando boca contra boca. Sintiendo cómo nuestros cuerpos se iban calmando poco a poco.
Tyler fue el primero en retirarse hacia atrás. Me miró a los ojos y después cerró los suyos, como si necesitara, haciendo eso, coger valor para hablar.
—¿Esto? No… Cassian…
—Esto… Solo tú y yo. Hoy lo demás se queda todo fuera. Hoy no existe ni KayJax, ni Cassian, ni la fama, ni el FBI. Hoy y ahora solo somos Yelina y Tyler.
Asintió.
Pero no solo asintió, sino que además sonrió. Sonrió de verdad.
—¿Y quiere solo Yelina ir a comer con solo Tyler?
Solté una risita.
—Sí, claro que sí.
—Bien, pues vamos.
Nos separamos del todo, o casi, porque Tyler entrelazó nuestros dedos y así caminamos entre la gente hasta que nos alejamos lo suficiente para poder hablar sin que el bullicio de las voces nos hiciera tener que alzar la voz para entendernos.
—¿Viniste en coche?
Negué.
—Vine en taxi. El coche que usamos es el de Knox.
—Bien, pues nos vamos en mi moto.
Alcé una ceja. ¿Su moto? Eso era nuevo, por eso me sorprendió. Porque, en el pasado, habíamos hablado muchas veces de motos. Es más, era uno de nuestros temas favoritos.
Tema en el que, cuando hablábamos, los demás nunca participaban porque solo a Tyler y a mí nos gustaban.
Bueno, más que gustarnos, nos encantaban. En el pasado, siendo críos, siempre fantaseamos con tener una moto, en concreto una Harley, que era la que más nos gustaba a ambos.
Pero, por circunstancias de la vida, yo nunca tuve el dinero suficiente para comprármela.
Sí, no os sorprendáis, porque podía tener un marido rico, pero eso nunca hizo que el dinero que ganara fuera de los dos. El dinero era suyo. A mí solo, hasta que pudiera trabajar de lo mío, me dio una tarjeta con límite para que viviera.
Y Tyler, aunque sí tenía dinero, pues no se la compró tampoco.
Me paré un segundo para mirarle y, al verme hacer eso, frunció el ceño extrañado.
—No me digas que tienes esa moto.
Soltó una risita.
—Si no quieres, no te lo digo. Pero mira al frente, allí la tienes y la puedes ver por ti misma.
Miré donde me estaba señalando y casi me caigo muerta allí mismo.
Sí que era una Harley, pero la más bonita que yo había visto en mi vida. Y no solo eso. Era exactamente como tantas veces habíamos hablado en el pasado.
Sin poder evitarlo, se me llenaron los ojos de lágrimas. Leches, que al final sí que se compró la moto de nuestros sueños y yo sin saberlo.
—Dios… es preciosa, Tyler.
—No tanto como tú, pero no está mal.
—Vamos —dije tirándole de la mano y echando a correr.
Mientras corríamos, él no dejaba de reírse al ver mi impaciencia y casi se queda sin respiración.
Cuando llegamos a la moto, la admiré, la acaricié y hasta dos lagrimones se me escaparon de la emoción.
Tyler sacó dos cascos de las maletas que llevaba. Uno suyo, totalmente personalizado, y el otro básico que, según me dijo, lo llevaba por si tenía que llevar a alguien así de improviso.
—¿Desde cuándo la tienes?
Carraspeó y me retiró la mirada.
—¿Tyler?
Resopló.
—Desde hace siete años. No me fui dos días a desconectar cuando fue tu cumpleaños, me fui a recogerla. Se pasaron cuatro meses montándola exactamente como yo quería, hasta dejarla tal y como está.
—Joder…
Mientras miraba la moto, una idea loca se me cruzó por la cabeza y no quise quedarme con la duda.
—¿Tu regalo iba a ser darme una vuelta en la moto?
Sonrió con tristeza en la mirada.
—No.
—Pero tenía que ver con ella, ¿verdad?
Asintió.
—¿Qué era?
—Qué más da, Yelina. Han pasado muchos años.
—A mí no me da igual, quiero saberlo.
Se lo pensó unos segundos, pero finalmente contestó la verdad.
—Te compré un casco personalizado como el mío y te iba a pedir que me acompañaras a hacer una ruta que me habían recomendado de dos días.
Dios mío, poco más y se me sale el corazón por la boca de la impresión.
—¿En serio? —dije con los ojos aguados.
—Sí. Pero, como he dicho, ya no importa. ¿Qué te apetece comer?
Suspiré mientras me aguantaba las lágrimas a la vez que decidía dejar el tema. A Tyler se le veía muy incómodo hablando de ello y no quise hacerle sentir peor de lo que debió de sentirse cuando vio que no iba a poder darme mi regalo porque me había largado.
—Me crie con Joy, ¿recuerdas? No hay nada que no me guste. Así que lo que quieras.
Sabía desde siempre que Tyler odiaba ir a restaurantes. Eso de que la gente le reconociera y no le dejaran comer tranquilo porque se acercaban a su mesa a pedir autógrafos, fotos o a cotillear, lo llevaba fatal.
Le vi pensar.
—¿Dónde ibas a comer tú?
—Solo en mi casa. Hoy no tenía ganas de estar con todos.
—Pues si quieres, y sé que estarás más a gusto allí, por mí está bien.
—¿No te importa?
Alcé una ceja.
—¿Qué pregunta es esa? Sabes de sobra que no me importa. He cambiado en algunas cosas. Pero en otras sigo siendo la misma Yelina de siempre. Esa a la que le gusta charlar mientras come y que prefiere, igual que tú, que desconocidos no la molesten.
—Perfecto. Pues vamos a mi casa. Sube.
Esperé a que montara él y me subí detrás. Me agarré a su cintura.
Arrancó y cerré los ojos para empaparme bien del sonido inconfundible que tenía la moto.
—Negaré esto si ciertas personas me preguntan, más que nada para no crear un conflicto en el que tendré que acabar sacando mi arma. Pero este sonido supera cualquier canción vuestra.
Soltó una carcajada.
—Sí, mejor guárdate ese comentario para ti. Si te oye alguien, puedes crear hasta un conflicto internacional.
—Vale, pero sabes que tengo razón.
—Luego, en casa, te toco una canción que he compuesto yo solo y comparamos.
—Perfecto. Venga, sal ya —dije impaciente.
Mientras duró el trayecto hasta su casa, ninguno de los dos dijo ni una sola palabra. Solo disfrutamos del aire que nos acariciaba la cara, del sonido de la moto al acelerar y de ese momento compartido que para nosotros tenía mucho significado y era especial.
Cuando tomó el camino hacia nuestro antiguo barrio, fruncí el ceño, extrañada, y me pregunté por qué estaríamos yendo allí. Pensé que lo mismo había tenido la misma idea que yo el día anterior e iba a coger unas hamburguesas.
Llegamos hasta el antiguo local en el que ensayaban y dio a un mando desde la moto para que se abriera la puerta.
Entró dentro con la moto y, cuando vi cómo estaba aquello, me quedé en shock .
Toda la pared estaba cubierta de fotos del grupo en conciertos, en el estudio grabando y también de todos juntos en casa, de aquella época en la que la fama aún no los había separado.
Pero no eran solo imágenes de ellos. También había fotos mías, de Rachel e incluso algunas de Andrew.
Y, además de todo aquello, había un teclado enorme que llamaba la atención nada más entrar.
—Aquí ensayas tú solo —dije afirmando.
—Así es. Deja el casco encima de la mesa. Vamos a casa.
—¿A casa?
—Yelina, hace años que vendí el piso que tú conocías. Ese que me compré cuando todo empezó y me mudé aquí.
—¿Aquí dónde?
—A nuestro edificio.
Por un momento creí que se me desencajaba la mandíbula de la sorpresa y que los ojos se me salían de las órbitas.
—No te sorprendas tanto. Sabes que nunca quise marcharme de este barrio. Ni de nuestra casa.
Eso era verdad. Le costó muchísimo marcharse de allí cuando todos lo hicieron. Eso fue justo un año después de morir sus padres en un accidente de coche.
No quería irse de la que había sido siempre su casa y en la que tenía sus recuerdos con sus padres. Pero Cassian, Jake y Sullivan, después de insistir hasta el aburrimiento, consiguieron que cediera.
Pero, al parecer, se arrepintió de haberlo hecho y, en cuanto había tenido la oportunidad, había comprado el edificio y había vuelto.
Cuando abrió la puerta de la que siempre había sido su casa, en la que yo había entrado mil veces en el pasado, me quedé pasmada porque apenas la reconocí.
Y no solo porque la decoración y la distribución eran totalmente distintas, sino porque había unido el piso de al lado y era el doble de grande de lo que era en el pasado.
La leche, si hasta tenía un jacuzzi en el baño principal de su habitación.
—Es una pasada, Tyler.
—Lo sé —contestó sonriendo—. Vamos a comer, anda —añadió tirando de mi mano hasta la cocina.
—¿Vas a pedir comida a domicilio?
—Oye, que tengo dos manos que saben hacer más cosas que tocar el teclado. Antes de ir a la graduación, cuando he venido esta mañana, he dejado hecha una lasaña que solo tenemos que calentar.
—¿Has hecho una lasaña? ¿Pero tú desde cuándo cocinas? Si no sabías ni freír un huevo.
—Desde que la mejor cocinera del mundo se marchó a otro estado y echaba tanto de menos sus comidas que hice varios cursos online a ver si era capaz de hacer algo decente.
—Cuando se lo cuente a Joy va a flipar. Siempre dijo que, si no existiera la comida a domicilio, morirías.
—Pues primero prueba la lasaña y luego, si eso, ya le cuentas qué tal se me da eso de cocinar.
Mientras calentaba la lasaña, hablamos de cosas neutrales, sin meternos en ningún charco que nos pudiera salpicar. No era el momento para hablar de ciertas cosas.
Hablamos de Joy, de mi padre. De cómo había llegado a ser agente del FBI y también de Andrew y de lo encantado que estaba con su teclado nuevo.