Informe final: Estoy enamorada Capítulo 26
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Capítulo 26

Cuando llegué, el campus estaba lleno de gente.

Yo no tenía que ocultarme, allí no me conocía nadie, pero estaba segura de que Tyler, si es que había venido, no iría a cara descubierta.

Seguro que se habría cuidado mucho de que nadie le reconociera. Su rostro era mundialmente conocido, aunque a él eso nunca le había gustado.

Nunca fue como Jake y Cassian.

A Tyler la fama siempre le dio igual. Él amaba la música y le habría dado lo mismo si nunca hubieran llegado a llenar estadios o vender millones de discos. Lo único que quiso siempre fue tocar.

Tocar con sus amigos, disfrutar de la música y, si tenían público, con que estuviéramos Rachel y yo siempre le pareció suficiente.

Paseé entre la gente, atenta a todos con los que me cruzaba.

Todo en ellos eran sonrisas.

Miradas de orgullo.

Abrazos de madres que estaban con la lagrimilla suelta y padres que tenían el pecho hinchado como los pavos.

Todos los chavales que estaban allí lucían su beca en el pecho con orgullo.

Todos estaban esperando a que dijeran su nombre para cerrar esa etapa de su vida y entrar en la siguiente.

Eso no era el caso de Tyler, ya que entrar en una vida de adulto lo hizo hacía muchos años y quizá en él no fue un problema porque, por su manera de ser, había sabido asumir la situación. Pero en los demás, ahora echando la vista atrás, había visto que sí lo fue.

Fueron niños jugando a ser mayores que se vieron con las manos llenas de dinero y envueltos en un mundo lleno de hienas en el que no todo el mundo es capaz de sobrevivir.

Di tres vueltas más y, cuando me fijé en el lugar más apartado, lo vi.

Estaba de espaldas a mí, pero aun así lo reconocí al instante.

Ni la gorra negra que llevaba, que le tapaba parte del pelo, ese que tenía largo hasta los hombros y que, como tantas veces, seguro que lo llevaba escondido debajo de ella, recogido en un moñete.

Ni tampoco fueron un problema para mí las gafas de sol grandes y negras que le tapaban esos ojos verdes tan bonitos que tenía.

Sonreí al pensar en cómo tantas veces les habían llamado, tanto en la prensa como en muchos de sus conciertos.

Los tres dioses griegos.

Y toda la gente tenía razón, porque era cierto que los tres eran guapísimos.

Cada uno tenía algo que llamaba la atención.

Cassian tenía un cuerpo de infarto y una cara con las facciones muy marcadas. Eso, sumado a su pelo negro y despeinado, como lo llevaba siempre, le daba ese aspecto de malote que atraía a las mujeres sin remedio.

Y si no, que me lo dijeran a mí, que me había tenido enganchada a él tantos años.

Jake, en cambio, era el lado opuesto a su hermano.

Él había heredado todo de Sarah y Cassian de su padre.

Era rubio, con los ojos azules y con una cara de niño a la que, aun con el paso de los años, no se le había quitado ese aspecto de querubín que tanto les gustaba a las fans.

Y por último estaba Tyler.

Era el más serio, eso solo en apariencia con los que no le conocían y con los que no tenía confianza, porque con los que sí, era sin lugar a duda el más divertido de todos.

Su aspecto no tenía nada que ver con el de los otros dos. Podía parecer que era el más simple.

Pero eso no era cierto.

Era el más guapo. Lo que pasaba era que, al no mostrarse tanto y por elección propia, siempre había pasado más desapercibido.

Su pelo castaño claro, ese que desde que tenía memoria llevaba largo, y los ojos verde esmeralda que tenía eran el conjunto perfecto para ser guapísimo. Pero no solo lo era por fuera; por dentro siempre lo había sido también y lo seguía siendo, ya que la fama no pudo con él ni le perdió.

Me acerqué con pasos lentos hasta llegar a su lado.

—Espero que cuando digan tu nombre y subas a la tarima sonrías, porque quiero tener la mejor foto de todas las que nadie te haya hecho nunca.

Al oírme hablarle, o mejor dicho, susurrarle al oído esas palabras, su cuerpo se tensó entero.

Se dio la vuelta con lentitud y me miró de arriba abajo como si necesitara cerciorarse de que era yo de verdad la que estaba allí.

—Cada vez que aparezco sin que te lo esperes, me miras como si fuera un fantasma. Voy a tener que empezar a cobrarte por desgastarme.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó muy serio, demasiado.

—He venido a pedirte un autógrafo —contesté con ironía.

—Yelina, ¿qué haces aquí? —repitió con la voz aún más seria.

Suspiré.

—¿Tú qué crees? He venido a verte graduarte.

—¿Por qué?

—Porque estoy muy orgullosa de ti. Porque quería venir. Porque no me parece bien que estés aquí solo. Y por varias razones más que no es el momento de explicarte.

—Pues no hacía falta que vinieras. Seguro que tenías muchas cosas más importantes que hacer, como ir a ver a Cassian, por ejemplo. Lleva desde ayer preguntando y mareándonos a todos con si sabemos dónde estás o cuándo ibas a volver.

Cerré los ojos y volví a suspirar.

—Para mí no hay nada en este momento más importante que estar aquí. Pero, si quieres que me vaya, me iré.

No me contestó al momento y eso me hizo pensar que haber ido había sido una mala idea.

Tragué saliva y forcé una sonrisa antes de dar un paso atrás.

—Siento haberte molestado. Enhorabuena por tus títulos —dije antes de darme la vuelta para marcharme.

Con un nudo en la garganta di un paso, dos, pero no llegué a dar el tercero porque una mano agarró la mía desde atrás y me frenó para que no siguiera.

Me paré, imposible no hacerlo.

Pero no me giré. No pude hacerlo.

—No te vayas —dijo en voz baja.

—Tyler…

—Quédate, por favor.

Me giré.

Me seguía mirando muy serio, pero también tenía algo en su mirada, algo que en todos los años en los que nos conocíamos nunca había visto.

Era una mezcla de tristeza y rendición.

Abrimos la boca a la vez para hablar, pero a ninguno nos dio tiempo a decir nada. Un hombre, supuse que sería un profesor, el rector o alguien relacionado con la universidad, que estaba en la tarima, pidió a los chicos que se acercaran porque el acto iba a empezar.

Forcé una sonrisa a la vez que bajaba la mirada para ver su mano, que seguía apretando la mía con fuerza.

—¿Esperarás?

Asentí.

Él también asintió y después se fue con el resto de compañeros a esperar a que le nombraran uno a uno para subir a dar la mano al hombre que les entregaba sus títulos.

El acto no duró ni quince minutos.

Y conseguí la foto. Esa que guardaría en mi teléfono como oro en paño.

Esperé a que Tyler bajara un poco apartada del resto de la gente. Sonreí al ver cómo varios profesores y compañeros se acercaban a él para darle la enhorabuena, creo que sin saber realmente ni quién era.

Unos le dieron la mano, otros unas palmadas en la espalda y los más prudentes le dedicaron una sonrisa y un asentimiento de cabeza.

Cuando llegó hasta mí, los dos nos quedamos cortados sin saber qué hacer.

—Enhorabuena —susurré después de varios segundos mirándonos.

—Gra… gracias.

Nos miramos varios segundos más, unos que parecieron interminables.

Y no lo pensé, porque si lo hubiera hecho, más seguramente no lo habría hecho. Sin darle oportunidad a que se apartara, hice lo que me pedía el cuerpo y el corazón en esos momentos.

Lo abracé.

Se quedó rígido los dos primeros segundos, pero él, o su cuerpo, se rindieron y al final me devolvió el abrazo.

—Estabas guapísimo ahí arriba, estoy muy orgullosa —susurré contra su cuello.

—Te he visto hacerme la foto.

—Ya te he dicho que te la iba a hacer —dije riendo.

—Siempre me gustó tu risa.

—A mí también la tuya. Deberías dejar que la gente la oyera más a menudo. Yo hace mucho que no la oía, la de verdad, y la he echado mucho de menos.

—No he tenido muchos motivos para reír.

Me separé un poco de su cuerpo, pero no le solté. Solo lo hice para poder mirarnos a los ojos.

—¿Y eso por qué?

Se encogió de hombros, pero no me contestó.

Seguimos mirándonos.

Ninguno de los dos pudo, o no quiso, retirar la mirada.

Nos quedamos enganchados el uno al otro. El resto de la gente que nos rodeaba desapareció.

Y hasta todos los sonidos de risas, conversaciones y coches también desaparecieron. Solo estábamos los dos.

No sabría decir quién de los dos fue el valiente que dio el primer paso. Probablemente fui yo, porque Tyler jamás se habría atrevido.

Lo que sí sé es que un segundo después nuestros labios estaban unidos.

Nos dimos allí, rodeados de gente, nuestro primer beso, uno que fue el más especial que me habían dado nunca.

No fue un beso salvaje ni desesperado. Fue un beso tímido, un beso de exploración. Un beso con el que por fin supimos cómo sería besar al otro después de tantos años pensándolo.

Un beso que duró hasta que tuvimos que separarnos por la falta de aire, no porque ninguno quisiera hacerlo.