Informe final: Estoy enamorada Capítulo 25
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Capítulo 25

Otra vez nos levantamos temprano. No al alba, pero sí temprano para las costumbres de otros.

Cuando estábamos inmersos en un caso, siempre nos pasaba lo mismo.

Dormíamos poco, y no solo por las horas que dedicábamos a repasar una y otra vez todos los indicios y pruebas que teníamos, o a patearnos la ciudad hablando con chivatos, contactos y demás gente que siempre estaba dispuesta a colaborar, sino porque nuestra mente estaba siempre alerta y en modo trabajo y no desconectaba ni cuando dormíamos.

Nos levantamos los dos con los ojos pegados por el sueño y, mientras Knox pasaba al baño primero, yo aproveché y pedí dos desayunos completos al servicio de habitaciones.

Ya que no habíamos dormido más de tres horas, qué menos que meternos entre pecho y espalda un desayuno bien completito.

Nos lo merecíamos.

Knox salió del baño con la toalla enroscada en la cintura y se sentó en la cama para empezar a vestirse.

Había sacado de la maleta ropa cómoda, pantalones de deporte y una camiseta, ya que no teníamos intención de salir a ningún sitio, al menos de momento. Queríamos repasar algunas cosas que nos quedaron pendientes el día anterior.

Ya tenía otra cara totalmente diferente a la que traía al entrar en el baño. La ducha le había despejado por completo y ya estaba a medias entre el modo agente y la concentración total. Solo le faltaba llenar el buche.

—Voy a darme una ducha. El desayuno estará al llegar.

—Espero que no hayas pedido solo café y una tostada que ni me llene una muela, porque estoy famélico.

Puse los ojos en blanco.

—Sí, porque ayer ni comiste ni cenaste, tienes que estar a punto del desmayo —dije con ironía.

—Otros desgastan lo que comen haciendo ejercicio físico. A mí me hace desgastarlo la mente de tanto pensar.

Solté una carcajada.

—No se puede tener más geta que tú.

—Eh… que es cierto, pensar desgasta mucho.

—Que sí, hijo, que sí. Lo que tú digas.

—Joder, a ver si acabamos pronto y nos vamos a casa. Necesito alimento de la marca Joy. He descubierto que soy adicto a su comida. Es estar tres días sin comer algo suyo y se me pone mal cuerpo.

El muy capullo se estaba aguantando la risa mientras me decía eso, pero yo no me pude contener.

Tuve que echarme a reír. Cómo se notaba que estaba totalmente espabilado, porque esas chorradas que estaba diciendo a esas horas de la mañana no las podía decir una persona que aún estuviera en modo off .

—Mira, voy a ducharme. Necesito estar igual de despejada que tú para aguantar las tonterías que dices.

Me di la vuelta para entrar en el baño, pero por el reflejo del espejo vi cómo hacía muecas con la cara a modo de burla.

Entré en la ducha y di al grifo. Por las mañanas, para activarme del todo, me gustaba hacerlo con agua fría. No todo el mundo era capaz de aguantar una cosa así, pero yo lo llevaba haciendo tantos años que estaba más que acostumbrada.

Apoyé la cabeza en la pared de azulejos y cerré los ojos.

Dejé la mente en blanco y durante unos minutos disfruté de esa sensación de paz y frescor que necesitaba para empezar el día totalmente activada.

Pero no llevaba ni tres minutos escasos en esa posición cuando un grito desde fuera por parte de Knox me hizo abrir los ojos de golpe y sobresaltarme.

—¡Yelina! ¡Si no estuvieras casada con el tarado y en poco te fueras a divorciar para enganchar al teclista, te pediría matrimonio! ¡Joder, qué desayuno! ¡Te amoooo!

Del ataque de risa que me dio, hasta estuve a punto de resbalarme en la ducha al doblarme sobre mí misma.

Ya sabía antes de entrar que, en cuanto Knox viera la cantidad indecente de comida que había pedido para desayunar, me soltaría alguna de las suyas.

Pero, leches, no me esperaba que me lo soltara justo en mi momento de paz y que casi me diera un chungo del susto que me dio.

—¡Deja de recrearte en el agua o no te espero! ¡Dos cruasanes llevan mi nombre y me están rogando que los coma!

Negué con la cabeza, riéndome todavía, mientras me enroscaba la toalla al cuerpo para salir cuanto antes. Le conocía tan bien que empezar sin mí no iba a hacerlo, pero entrar y sacarme a hombros del baño, eso sí sabía que lo haría si tardaba más de la cuenta.

—Ya estoy aquí, pesado —dije sentándome en la silla libre.

—Pesado, no; hambriento.

—Pues venga, ataca. No quiero que luego, si sufres mareos por la falta de alimento, me eches a mí la culpa.

Me sonrió como si le acabara de decir que era ganador de un premio de lotería y, sin ni siquiera parpadear una vez más, atacó el desayuno.

Mientras desayunábamos, no hablamos de nada del caso. Ese momento era el de los amigos Yelina y Knox y el trabajo se quedaba fuera. Ya al terminar nos pondríamos en modo agentes, pero ese rato quisimos disfrutarlo sin calentarnos la cabeza ni empezar a enfadarnos.

Veinte minutos después y sin pretenderlo, o sí, para qué vamos a engañarnos, entre los dos, porque no voy a cargarle solo a Knox para que quede de ansias, ya que yo también era de buen comer, no dejamos en los platos ni las migas.

—Nos ponemos al lío.

—Vamos a ello. Pero antes voy a mandar un mensaje a Rachel para que sepa que hoy no vamos a aparecer.

Esa decisión la tomamos porque, aparte de no tener apenas preguntas para nadie, queríamos darles unas horas a Sullivan y a Cassian para ver si, a través de sus teléfonos, los que teníamos controlados, se ponían en contacto con Jake.

—A ver si hay suerte y los pájaros pían hoy.

—Eso espero.

Mientras Knox colocaba todo el material que estábamos usando encima de la mesa, yo cogí mi móvil y abrí el chat de Rachel.

Yelina: Buenos días, hermosa.

Esperé unos segundos a ver si me contestaba. Si no era así, le dejaría otro mensaje y ya hablaría con ella cuando me respondiera más tarde.

No tuve que hacerlo, ya que me contestó casi al momento de recibirlo.

Rachel: Buenos días.

Yelina: Rachel, hoy no iremos por allí. No te puedo decir por qué. Si alguien pregunta, tú di que no tienes ni idea de cuándo volveremos.

Rachel: Lo haré, ya sabes que podéis contar con mi ayuda para lo que haga falta. Sé que no me puedes decir nada, pero dime al menos si todo va bien.

Pobrecilla…

El día anterior por la tarde me llamó llorando porque, cuando habló con Andrew, el niño no dejó de preguntarle cuándo podía volver a casa y por qué papá llevaba tantos días sin llamarle.

Estaba desesperada porque no sabía ya qué excusas darle al niño.

Aunque también me contó que Tyler estaba con ella en ese momento y, al verla tan afectada, le quitó el móvil y le dijo a Andrew lo del teclado que le había comprado para que el crío pensara en otra cosa que no fuera en su padre y en volver.

Yelina: Todo va bien, en menos de lo que piensas, Jake volverá.

Rachel: ¿De verdad?

Yelina: De verdad, quédate tranquila.

Rachel: Yelina, no hemos podido hablar estos días, pero cuando todo acabe tengo que decirte algo importante.

Yelina: Joder, dímelo ya, no me dejes así o me preocuparé mucho.

Rachel: No es nada malo, tranquila. Pero he decidido, si es que Jake no me lo pone muy difícil cuando le diga que quiero el divorcio, que Andrew y yo nos iremos a vivir a Washington. Mis padres están de acuerdo y también vendrían.

Yelina: ¡Qué alegría, tía! Jo, no sabes lo feliz que me hace saberlo. Será estupendo estar cerca.

Rachel: Lo he pensado mucho y alejarnos de aquí y de todo, como hiciste tú, es lo mejor para el niño y para mí.

Yelina: Ya… y también que cierto agente al que miras con ojillos viva en la ciudad a la que te vas a ir es un punto más a favor, ¿no?

Tardó unos segundos de más en contestar.

No me hacía falta verle la cara para saber que se había puesto nerviosa y seguramente roja como un tomate. Rachel no era de las que podían ocultar sus reacciones, al menos no conmigo.

Rachel: No sé de qué hablas, yo no miro a nadie de ninguna manera.

Yelina: No cuela, guapa. Pero esta conversación, que tiene mucho de lo que tirar, prefiero tenerla cara a cara.

Rachel: No hay nada de lo que hablar. No estoy para pensar en hombres. Además, no estoy yo sola, él tendría que decir algo, vamos, digo yo.

Yelina: Rachel, te mereces ser feliz y estar con alguien que te cuide y te quiera bien.

Rachel: Consejos vendo que para mí no tengo. Aplícate el cuento, maja.

Yelina: Me lo aplicaré.

Rachel: ¿En serio? ¿En serio me estás diciendo que Tyler…?

Yelina: Tenemos mucho de lo que hablar; las cosas están complicadas y puede que se compliquen más. Así que ya veremos cómo acaba todo.

Rachel: Ojalá la vida nos sonría, Yeli…

Yelina: Ojalá…

Yelina: Te tengo que dejar. Tenemos mucho trabajo y poco tiempo.

Rachel: Yo también te dejo. Sarah y Tyler me esperan para desayunar. No sé dónde se tiene que ir él, pero nos ha dicho que va con prisas, así que no quiero hacerlos esperar.

Yo sí sabía dónde iría el teclista, pero si él no había querido decirle nada a nadie, no sería yo la que lo hiciera. A recoger su título universitario en su graduación, ahí es donde tenía que ir.

Yelina: Nos vemos mañana. Te quiero, amiga.

Rachel: Yo también te quiero. Hasta mañana.

Las siguientes dos horas nos pusimos a repasar todo lo que nos quedaba del día anterior, además de mirar otra vez algunas cosas que, aunque ya lo habíamos hecho el día anterior, quisimos revisar más a fondo.

—¿No piensas ir a verle graduarse?

—¿Qué?

—A Tyler, que si no vas a ir a verle graduarse.

—Knox, estamos trabajando.

—Aquí poco nos queda ya por mirar. Puedo hacerlo solo.

—No se lo ha dicho a nadie.

—Por eso mismo. ¿No crees que es triste que esté allí él solo?

Pues sí, sí que lo había pensado.

—Sí.

—Pues levanta el culo de esa silla, quítate esa camiseta piojosa, péinate y vete a ver a tu futuro chico cómo se gradúa.

—Mandas más que una madre, ¿sabes? —dije levantándome de la silla.

—Y tú te haces mucho de rogar.

—Cuando vuelva, tenemos que decidir qué hacer.

—Lo haremos. Una idea se está fraguando en mi cabeza. Cuando vuelvas, que espero que sea al anochecer, ya la tendré madura del todo.

—No pienso tardar tanto —dije mientras sacaba un jersey de la maleta.

—Serías tonta si no aprovecharas el día. Ve y haz lo que te pida el cuerpo.