Capítulo 23
Nada más terminar de hablar con Sarah y Jenny, nos marchamos de la casa.
Necesitábamos, primero, despejarnos; segundo, poner en conocimiento del otro todo lo que habíamos averiguado; y tercero, yo por mi parte, contarle a Knox lo que estaba pasando con Cassian.
Nos montamos en el coche y Knox arrancó, pero antes de salir se giró hacia mí y pensó dos segundos.
—Necesito aire un rato. No quiero meterme en la habitación del hotel. ¿Dónde podemos ir?
—Yo necesito lo mismo.
—Pues guíame, neoyorquina, que estoy seguro de que conoces el sitio perfecto para que estemos bien, comamos algo rico al aire libre y podamos hablar tranquilos.
Pensé unos segundos dónde podríamos ir.
Tenía que ser un sitio que no estuviera muy lejos, que cerca hubiera algún lugar donde pudiéramos comprar comida para llevar y que no estuviera muy concurrido de gente.
Sonreí porque no necesité ni cinco segundos para saber cuál era el sitio ideal.
Mi antiguo barrio. Ese en el que me crie desde que nací hasta que acabé mudándome, tiempo después de casarme, a la casa actual de Cassian.
Alargué la mano y metí en el navegador mi antigua dirección.
—¿Qué sitio es?
—Un sitio de recuerdos, paz y donde está el bar en el que hacen las mejores hamburguesas de Nueva York.
—Joder, tú sí que sabes. Una hamburguesa… justo lo que necesitaba para que el mal cuerpo que tengo se me recupere.
—¿Te ha dicho Sullivan muchas mentiras?
—Pregúntame mejor si me ha dicho alguna verdad. Tardo menos en contestarte porque la respuesta es ninguna.
—Pues cuando te cuente lo de Cassian, como no estés sentado, te vas a caer de culo.
—¿Tan mal ha ido?
—Mal no sería la palabra que yo escogería. Pero, cuando lo sepas todo, te dejo elegir si quieres seguir usando esa o buscar otra.
—¿Y con Tyler?
Resoplé.
—Eso ha sido todavía peor.
—Pues estamos de cojones.
—No lo sabes bien —dije mientras giraba la cara hacia la ventanilla para ver el paisaje de Nueva York.
Los siguientes minutos los dos nos quedamos en silencio.
Knox, concentrado en la conducción, mientras seguía el camino que el GPS le marcaba y sorteaba el tráfico odioso que había a esas horas en Nueva York.
Bueno, siendo sincera, el tráfico no era algo puntual de ese momento, sino algo habitual y rutinario que, para los que vivían allí, sobre todo a las horas punta, como lo era en la que estábamos en esos momentos, formaba parte del día a día.
Era la hora en la que los niños salían de los colegios y muchos adultos de sus trabajos.
Así que en cualquier calle te podías meter en un embotellamiento que podía durar cinco minutos, eso con mucha suerte, o una hora si la calle era grande y de las más transitadas.
Mientras Knox resoplaba, paraba varias veces en semáforos, en pasos de cebra que se hacían eternos hasta que la gente pasaba, pitaba y soltaba algún improperio; yo miré por la ventanilla las calles.
Calles que reconocía.
Calles por las que había pasado miles de veces.
Y calles que no había olvidado aun habiendo pasado tantos años desde que me fui.
Reconocí establecimientos, edificios en los que lucían carteles de empresas importantes, parques, bares y muchas más cosas que seguían en mi memoria.
Cuando entramos en el que había sido mi antiguo barrio, la sonrisa me salió sola porque miles de recuerdos de esas calles vinieron a mi mente a toda velocidad.
Todos recuerdos buenos, gracias a Dios.
Bueno, alguno malo también llegó, pero fueron los menos.
—Aparca ahí —dije señalándole un sitio en la puerta de un edificio que yo conocía muy bien.
Aparcó y, sin que hubiera apagado el motor, me bajé a toda leche del coche y, dando varias vueltas sobre mí misma, miré todo lo que había en la calle.
Todo seguía igual.
Todo.
El mismo edificio en el que crecí, aunque, mirándolo bien, estaba mucho mejor de lo que había estado nunca, ya que parecía que la fachada estaba rehabilitada y pintada recientemente.
El local en el que tantas horas los chicos habían pasado ensayando mientras Rachel y yo los escuchábamos embobadas, mientras bebíamos refrescos sentadas en un sofá que se caía a cachos, también seguía allí. Cerrado, pero allí estaba.
El bar de la esquina en el que nos habíamos comido cientos de hamburguesas. La pastelería de la que salía un olor a dulce cada mañana que se olía en toda la calle y te sacaba una sonrisa y un par de babas de la boca al pasar por su escaparate.
El enorme parque al fondo, con cuatro columpios y seis bancos, ni uno más ni uno menos.
Todo seguía allí. Todo tal cual lo tenía grabado en mi memoria.
—¿Es tu casa?
—Era mi casa —contesté sonriendo.
—Tus padres la vendieron.
Asentí.
—Así es. No al principio. Pero hace tres años Rachel nos llamó para decirnos que un tío había ofrecido mucha pasta a los vecinos por los pisos y mis padres, después de pensarlo mucho, a través de abogados la vendieron.
Knox soltó una risita.
—Pues ese tío, al que conoces muy bien, estoy seguro de que pagó de más a todos los vecinos.
—¿Qué?
—Que este edificio estaba en la lista de propiedades de Tyler. Que es suyo.
Le miré con la boca abierta.
Sabía por Knox que Tyler tenía muchos edificios repartidos por toda la ciudad. De mirar eso se encargó él, por eso yo, al no ver la lista, no sabía que la antigua casa de todos era uno de ellos.
—¿Te ha sorprendido?
—Pues sí. Pensé que todos los edificios serían en el centro y en barrios mejores, no en este, tan humilde.
—Y lo son. Todos menos este. Por eso se me quedó en la cabeza la dirección. No me cuadraba este edificio con los demás.
Sonreí.
—Lo compró por nostalgia.
—No. Lo compró por ti.
—¿Qué?
—Que creo que lo compró por ti. Por si algún día volvías y podías entrar en la que había sido tu casa. Estoy seguro de que pagó un precio alto porque otro quería comprarlo y él superó la oferta, aun perdiendo dinero, para quedárselo.
—Joder…
—Aquí tiene sus mejores recuerdos con los chicos antes de que se echaran a perder y, por supuesto, contigo.
Una sensación extraña me recorrió todo el cuerpo porque, si Knox tenía razón, que casi seguro que sí, lo que había hecho Tyler era un gesto precioso.
—Yelina, si eso no es amor, que baje Dios y lo vea.
Solté una risita.
No por lo que dijo, sino por la vocecita melosa con la que lo hizo.
—Es un buen hombre, siempre fue el mejor de todos.
—Pues no creo que haga falta que te diga que esta vez no le dejes escapar, porque como lo hagas, yo mismo te pegaré un tiro.
—Pues creo que deberías ir quitando el seguro porque las cosas no van muy bien.
Frunció el ceño.
—¿Qué coño ha pasado?
—Cassian de nuevo, eso es lo que ha pasado.
—Ya estás cantando. Y no como él, que mira que me gustaba su música, pero después de conocerle hasta se me está atragantando.
—Vamos primero a por las hamburguesas y a buscar el mejor banco del parque, y allí te lo cuento.
—Vamos, sufridora —dijo echándome la mano al hombro antes de empezar a andar calle abajo hasta el bar.
Lo único que había cambiado del bar era que el hombre que atendía no era el mismo. Según me dijo el chico que nos atendió, que por cierto era su hijo, su padre se había jubilado dos años atrás. Por lo demás, todo seguía igual.
Mismas mesas, mismas sillas, misma barra y la misma carta.
Con la comida en una bolsa, fuimos al parque, que en esos momentos, y al ser la hora de comer, estaba desierto, y nos sentamos en el banco con mesa que mejor estaba.
Sacamos todo de las bolsas y lo colocamos.
Una hamburguesa completa con beicon y extra de queso para cada uno, dos refrescos, el de Knox de cola y el mío de naranja, y una ración doble de patatas que pusimos en el centro para compartir.
Esperé a que fuera Knox el primero en hincarle el diente a la hamburguesa para que me diera su veredicto. Y ya cuando le vi cerrar los ojos y soltar un pequeño gemido, sonreí.
—Joder, está cojonuda.
—Te lo dije. Yo nunca te llevo a sitios malos.
—Bueno, eso es discutible. Porque me has metido en una casa que parece un nido de víboras.
—Más bien de parásitos o de bacterias que me hacen ponerme más enferma a cada minuto que pasa y de más cosas nos enteramos.
—Venga, empieza a hablar tú primero. ¿Qué pasa con Cassian?
—Que quiere que volvamos juntos o ha dado por hecho que ya lo estamos. Y que me ha besado.