Capítulo 22
Caminé hasta el mismo sitio en el que había estado minutos antes hablando con Cassian.
El sitio no estaba escogido al azar, sino con toda la intención del mundo.
Desde esos balancines que estaban cerca de la piscina, nadie desde la casa podía verte ni escuchar lo que hablabas, a no ser que se acercaran y, siendo así, tendrían que quedarse al descubierto y yo los vería.
En todo el camino ninguno de los dos dijo nada.
Noté lo tenso que Tyler estaba, como también noté que no tenía ni pizca de ganas de hablar conmigo. Si había accedido a hacerlo, no era porque lo hiciera como un amigo, sino obligado por las circunstancias y atendiendo a mi petición como agente.
Me senté en el balancín y me crucé de piernas.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
—Tyler…
—Yelina, tengo mucho que hacer. Si no te importa, podemos empezar ya con las preguntas, por favor.
Suspiré.
—¿Y a ti te importaría mirarme a la cara mientras hablamos?
Suspiró también, pero accedió a mi petición.
—Ya. Puedes empezar cuando quieras.
—¿Qué es eso que tienes que hacer?
Frunció el ceño porque no entendió mi pregunta.
—¿Qué?
—Has dicho que tienes muchas cosas que hacer. ¿Qué cosas son esas?
—Practicar con el teclado —dijo, retirándome la mirada a un lado.
Sonreí a la vez que negaba con la cabeza.
—Prueba otra vez. Pero esta vez con la verdad. Para mí eres un libro abierto, Tyler, siempre he sabido cuándo mientes.
Soltó una risita.
—¿Un libro abierto? No lo creo.
—Pues créetelo. Pero dejemos eso aparte un momento. ¿Qué tienes que hacer?
—Cosas. Cosas de trabajo.
—¿Cosas del trabajo de teclista o cosas con todos los edificios que tienes alquilados? Porque eso también es un trabajo, ¿no?
Abrió los ojos como platos.
—¿Cómo sabes…?
—Sé muchas cosas.
—Nadie lo sabe.
—Pues yo sí. Sé eso. Sé que te gradúas en dos días. Y muchas cosas más.
Vi dolor en sus ojos, un dolor que no pudo esconder.
—Me has investigado —dijo afirmando.
—A todos. Es mi trabajo.
Soltó una risa seca.
—Crees que tengo algo que ver con lo que le ha pasado a Jake, ¿no es cierto? Tus preguntas no son para ayudarte a encontrarlo, son porque somos sospechosos. No son preguntas, son un interrogatorio.
—Has acertado la mitad.
Se cruzó de brazos y dio un paso más para acercarse.
—Explícate —me pidió.
—No puedo contarte nada del caso, Tyler. Lo único que voy a hacer, y saltándome las normas, cosa que, para desgracia de mi jefe, hago más a menudo de lo que a él le gustaría, es decirte que tú estabas descartado desde el primer momento.
—¿Y eso por qué?
—Porque te conozco.
Volvió a reír con amargura.
—No creas que tanto. Hace muchos años que no nos vemos. Ya no soy aquel chico al que ni le dijiste adiós cuando te fuiste.
Había dolor en sus palabras, mucho dolor. Siempre había sabido que le hice daño dejándole atrás, que le hice daño no poniéndome en contacto con él, pensando, erróneamente, eso lo veía ahora, que era lo mejor.
—Me equivoqué.
—¿En qué?
—En dejarte atrás. En no decirte que me iba. En no ponerme en contacto contigo. En no decirte muchas cosas que callé.
—¿Por qué…?
—Porque pensé que era lo mejor. Porque pensé que te pondrías de mi parte y eso habría hecho peligrar el grupo.
—No me habría puesto de tu parte, Yelina. Ya estaba de tu parte, siempre lo estuve —dijo con amargura.
Cerré los ojos un par de segundos para que las lágrimas que se estaban formando en ellos desaparecieran. No quería llorar, no quería que me viera débil como tantas veces me había visto en el pasado.
—¿Qué pasó?
—Eso ya da igual. Ha pasado mucho tiempo.
—Pues a mí no me da igual. Quiero saber qué fue lo que hizo que perdiera a mi mejor amiga.
—Estaba asqueada de esa vida, lo sabes. Cada día llevaba peor todo. No pude soportarlo más.
—Claro que lo sabía, lo viví contigo cada día. Pero sé que algo gordo pasó el día de tu cumpleaños. Los días anteriores parecía que estabais mejor. Ese día estabas algo más contenta porque ibais a cenar los dos solos. ¿Qué pasó en la cena? ¿Discutisteis?
Me eché a reír y Tyler me miró con una ceja alzada.
—No hubo cena.
—¿Cómo que no hubo cena?
—Pues eso, que no la hubo. Esperé dos horas en el restaurante, pero no se presentó.
Frunció el ceño a la vez que sus ojos se llenaban de enfado.
—¿Y dónde cojones estaba o qué estuvo haciendo para no ir después de haber sido él el que lo preparó?
—En casa. Estaba en casa. En nuestra habitación, drogado, hasta las cejas de alcohol y follando con dos mujeres.
Se me quedó mirando horrorizado unos segundos antes de conseguir hablar.
—No… Dime que no es verdad.
—Lo es. Y tampoco sé por qué te sorprendes tanto. Sabes igual que yo que aquello no fue algo casual, era algo habitual, pero que la tonta de Yelina no supo hasta tiempo después.
Se pasó las manos por el pelo, nervioso, y empezó a caminar delante de mí, arriba y abajo por el jardín.
—Yelina, yo…
No le dejé seguir porque sabía que en ese momento se estaba torturando al saber que yo sabía que él estaba al tanto de las andanzas de Cassian y que nunca me lo dijo.
—No estoy enfadada porque no me lo dijeras. Ni siquiera lo estuve cuando me enteré. Entendí tus motivos.
—Joder…
—Tyler, déjalo, ¿vale? Eso es pasado. Es un pasado muerto y enterrado.
Se paró y me miró fijamente a los ojos y se echó a reír. Pero una risa amarga.
—Y bien enterrado y olvidado que lo tienes. Porque, si no fuera así, no le habrías perdonado. No habrías vuelto con él.
—No…
Ahí fue él el que no me dejó contestar.
—Ahora no seas tú la que mienta. Tú también eres un libro abierto. Y, si no tuviera bastante con lo que he visto en tus ojos y en los suyos, al entrar en el salón, tus pelos y tus labios lo han confirmado.
Había tanta amargura en su voz que se me encogió el corazón. Y tuve que hacer un esfuerzo titánico para no contarle la verdad. Para no decirle que me había dejado besar para descubrir una mentira.
—Tyler.
—¿Qué?
—Quiero pedirte algo.
Era la única manera que tenía de que nuestra puerta no se cerrara del todo. Y no estaba segura de si funcionaría, pero al menos tenía que intentarlo.
—Sabes que puedes pedirme lo que quieras. Nunca pude negarte nada.
—Pues esta vez quiero que lo hagas con más fuerzas y más ganas que nunca.
—¿El qué?
—Confía en mí.
—¿Qué?
—Esa es mi petición. Confía en mí y no en lo que veas y oigas. Solo confía en mí.
—No entiendo nada.
—Cuando llegue el momento, lo entenderás. Pero hasta entonces confía en mí, por favor.
Cerró los ojos y suspiró. Al abrirlos vi que lo haría, o al menos lo intentaría. Solo esperaba que de verdad me hiciera caso y no se fiara de lo que viera u oyera.
—Vale.
—Bien. Pues esta conversación no se acaba aquí, solo vamos a dejarla en pausa hasta que pueda decirte más.
—Vale —repitió.
—Ahora necesito que me cuentes cuál es la rutina que llevan los chicos. No te incluyo porque sé que tú vas aparte. Necesito saber con quién van, con quién vienen y todo lo que puedas contarme.
La siguiente media hora me contó lo que sabía con sinceridad, que realmente no era mucho porque, como bien había dicho, él iba a lo suyo y, aparte de tocar y ensayar, no tenía relación con los demás más allá de eso.
Contestó todo lo que le pedí hasta que nos despedimos con un ya hablaremos.