Informe final: Estoy enamorada Capítulo 20
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Capítulo 20

Salí al jardín con Cassian pisándome los talones, pero mientras caminaba no iba pensando ni en él ni en Jake.

Mi cabeza estaba en Tyler, en la mirada desolada con la que se nos había quedado mirando al vernos marcharnos juntos. Una mirada que ya le había visto demasiadas veces en el pasado, cuando Cassian y yo aún estábamos juntos.

Ya sabía, por lo que me había dicho el día anterior, que daba por hecho que iba a volver con Cassian.

Y sí, como le había confesado a Knox unas horas antes, al verle de nuevo, algo se me removió por dentro. Pero en ese momento, mientras avanzábamos hacia los balancines junto a la piscina, ya tenía clarísimo qué era exactamente lo que había sentido al tenerle delante otra vez.

Lo entendí porque, al verle por segunda vez, todo dentro de mí se colocó de golpe. Todas esas dudas y emociones confusas encajaron con una precisión casi dolorosa, como las últimas piezas de un puzle que por fin termina de completarse.

Había sentido nostalgia por lo que fuimos.

Había sentido cariño por los momentos buenos, porque esos no podía borrarlos. Habían formado parte de nuestra vida durante años.

También rabia. Por cómo dejó que todo se fuera al traste. Por cómo permitió que el amor que nos teníamos quedara relegado al último rincón de su vida, por detrás de los excesos, la fama y el desfase.

Había sentido muchas cosas.

Deseo y atracción también, no iba a negarlo. Porque, joder, Cassian seguía siendo un hombre capaz de quitarle el hipo a cualquiera de lo guapo, atractivo y bueno que estaba.

Pero ese deseo y esa atracción los había sentido también con algunos de los hombres con los que me había acostado durante los últimos años en Washington.

Y eso era todo. Deseo. Atracción. Nada más.

Pero, desde luego, lo que no había sentido al verle era amor.

Ese murió cuando me marché.

O quizá, siendo sincera conmigo misma, había muerto mucho antes, aunque yo, por cabezota, ilusa e inmadura, me hubiera empeñado en aferrarme a la idea de que todavía le quería.

Pero no.

Me había dado cuenta unos minutos antes de que, cuando me marché, ya no le quería. Ya no estaba enamorada de él.

Y no solo por todo lo que me había hecho, matando ese amor poco a poco, sino porque hacía tiempo, aunque me lo quise negar a mí misma, principalmente por miedo, que mi corazón era desde hacía tiempo de otra persona.

De Tyler, concretamente.

No había sido un amor que apareciera de repente ni porque yo estuviera dolida o despechada a todas horas por todo lo que me hacía Cassian, no.

Había sido un amor que llegó poco a poco, que se coció dentro de mí a fuego lento, mientras compartíamos risas, confidencias, lágrimas también, las mías, no las suyas. Mientras compartíamos salidas, cenas y comidas. Vamos, que hacía con él todo lo que debería haber hecho con mi marido.

Pues todo ese tiempo juntos hizo que, de quererle como a un amigo, pasara a verle y a quererle de otra manera.

Sonreí antes de sentarme.

Pero sonreí con amargura.

Porque, si no hubiera estado tan cegada en aquel momento por el daño que me hacía Cassian, quizá las cosas ahora serían muy diferentes. Porque estaba segura de que a Tyler y a mí nos habría ido muy bien juntos.

Pero ya no valía la pena pensar en lo que pudo ser y no fue.

Lo único que podía hacer era conseguir que Jake volviera, cerrar mi capítulo con Cassian y después, solo después, ver si lo mío con Tyler podía tener algún futuro.

—Estás muy pensativa —dijo Cassian sentándose a mi lado.

Cerca. Se sentó cerca.

Demasiado para alguien a quien, el día anterior, al verme, al parecer no le había hecho la más mínima gracia.

—Estaba pensando.

—¿En qué?

—En muchas cosas.

—Yo también estoy pensando. ¿Quieres saber qué pienso en estos momentos?

—Sí, si no hay más remedio —dije poniendo los ojos en blanco.

—Antes no eras así de irónica. Antes no eras tan fuerte ni tan echada para adelante.

—He cambiado.

Giré la cabeza y le miré directamente a los ojos y lo que vi en ellos no me gustó nada de nada.

Lo que vi en ellos lo reconocí perfectamente, porque lo había visto mil veces en el pasado.

Posesión.

Esa posesión hacia mí que siempre había tenido. Esa posesión que tanto Rachel como mis padres me habían repetido infinidad de veces a lo largo de los años que no era sana. Que era una manera de querer, sí, pero no una forma sana de hacerlo.

Pues vas listo si piensas que voy a dejarme manipular otra vez, vas listo si piensas que voy a volver a aferrarme a ti, pensé mientras seguía mirándole, intentando adivinar qué intenciones tenía.

Y lo vi.

Lo vi claramente un segundo después.

Vi el deseo en sus ojos, al igual que vi que haría lo que fuera por volver a tenerme.

Y me dio pena ver eso.

Porque ahí vi claramente lo que nunca había querido ni admitirme a mí misma porque dolía saber la verdad.

Esa verdad demoledora, esa verdad horrible, pero muy reveladora.

Esa verdad que me decía que nunca me había querido, al menos no como yo a él. Que por su parte solo hubo siempre deseo, atracción y posesión, pero no ese amor limpio con el que se quiere a otra persona por encima de todo.

—Pues yo te sigo viendo preciosa. Como siempre.

Y ahí estaba su manera de querer engancharme. Primero con palabras bonitas, después llegarían los gestos y, después, la manipulación para que me hiciera dependiente de él, como me había pasado siendo una cría.

Pero es que eso ya no le iba a funcionar, porque ya no era una cría enamorada que se dejaba engatusar por la labia que tenía, por esos ojos que hipnotizaban y por ese carisma arrollador que siempre había tenido.

—Lo importante no es cómo siga siendo por fuera, sino por dentro, y ahí te aseguro que no soy la misma.

—La esencia de una persona no se pierde. Yo sé que tienes una fachada que te has puesto para protegerte. Pero mi Linny sigue ahí.

Se acercó y me agarró la mano, entrelazando nuestros dedos.

¿Me aparté?

Pues no. Quería saber hasta dónde era capaz de llegar por salirse con la suya. Además, dejarle hacer eso y dejarle creer que me iba a ganar de nuevo me daba una ventaja.

La ventaja de hacerle preguntas sobre lo de Jake es que contestaría sin pararse a pensarlas, arriesgándose a hablar más de la cuenta o a meter la pata por descentrarse y pensar en cómo manipularme.

—Cassian…

—Dime, preciosa.

—Tenemos que hablar de Jake.

Bufó.

—Estoy seguro de que no le han secuestrado; si no, nos habrían pedido un rescate. Como también estoy seguro de que aparecerá pronto. Tiene que aparecer, todos estamos muy preocupados.

¿Preocupado?

Mentira.

Pero una mentira como una casa de grande. No estaba ni un poco preocupado. Una cosa era lo que dijera su boca y otra muy distinta lo que me decían sus ojos.

Esos ojos a los que yo había mirado miles de veces en el pasado y que conocía de sobra cuando mentían. Habían sido tantas las mentiras que me contó que, sin apenas esforzarme, sabía distinguir perfectamente cuándo lo hacía.

Y en esos momentos lo estaba haciendo.

Los siguientes diez minutos le hice algunas preguntas más. Todas, a simple vista, de lo más inofensivas, que contestó como si fuera un robot. Señal de que las respuestas no le salían solas en ese momento, sino de que las tenía pensadas de antes.

Le pregunté si tenía problemas con alguien, bien de dinero o por alguna pelea.

Me contestó que no. Que a Jake le adoraba todo el mundo y que nunca había tenido problemas con nadie. Así como también me dijo que problemas de dinero tampoco tenía, ni con nadie ni él mismo.

Desde luego, no tenía por qué saber cómo trabajábamos en el FBI. No tenía por qué saber que investigábamos muy a fondo en la vida de la víctima, tanto que algunas veces hasta acabábamos sabiendo el día que se le cayó su primer diente.

Pero, joder, qué menos que pensar que, si la cosa se alargaba, podríamos querer saber su situación financiera, por ejemplo, y eso con una autorización en el banco nos lo dirían todo sin poder negarse.

Pues, al parecer, Cassian sabría mucho de letras de canciones, de mentir y de manipular, pero no tenía ni puta idea de hasta dónde podríamos llegar para encontrar a alguien.

Solo necesité esa media hora que estuvimos en el jardín, las respuestas que me dio y leer su lenguaje corporal, ese que me dijo que estaba incómodo contestando, además de intentar retirarme la mirada cuando hablaba, para saber y confirmar que estaba implicado en la desaparición, como Knox y yo habíamos pensado.

—Ya hemos terminado.

—Aún no.

Al decir eso y por cómo me miró, supe lo que iba a hacer y le dejé hacer.

Me agarró la cara y, sin dudar ni un segundo, se lanzó a mis labios.

El beso, por su parte, fue hambriento, fue posesivo, fue como sabía que tenía que ser para que me derritiera en sus brazos, como tantas veces había hecho en el pasado.

Le correspondí como esperaba.

Le correspondí para que no sospechara que era yo la que le tenía donde quería y no al revés, como él pensaba.

Cuando quiso ir más allá, le frené con sutileza. Ni de coña iba a dejar que se metiera entre mis piernas y mucho menos ahí, en el jardín, a la vista de cualquiera.

Yo no era una de sus fulanas, que no tenían decencia.

Así que, manipulándole yo en esa ocasión y diciéndole que más tarde, conseguí que claudicara y volviéramos al salón.