Capítulo 19
Tyler
Intenté evitar mirar cómo Cassian y Yelina se marchaban juntos y sonrientes del salón. Lo intenté, de verdad que sí. Pero no lo conseguí.
Desde el día anterior, desde que ella había vuelto a aparecer, en cuanto entraba en mi campo de visión, me era imposible apartar los ojos de ella.
Aunque había intentado disimular todo lo posible para que nadie se diera cuenta. Eso no me suponía mucha dificultad, ya que lo había hecho tantas veces en el pasado que lo tenía totalmente controlado. O eso creía yo.
Me removí en la silla y me pasé las manos por la cara.
Estaba agotado.
Cassian, Sullivan y las chicas apenas habían dormido.
Pero es que yo lo había hecho mucho menos.
Bueno, ni menos ni nada. Es que directamente no había dormido. Ni siquiera me había acostado, pues mucho menos dormir.
Aunque yo por motivos muy diferentes a los de los demás.
No, yo no había estado de fiesta como ellos. Había estado pensando.
Sí, pensando toda la noche.
Pensé en muchas cosas.
En Yelina, sobre todo. En lo bonita que estaba, en la mujer admirable en la que se había convertido, en lo mucho que la seguía queriendo.
Cosa de la que ni ella ni nadie tenía ni idea.
La quería desde que éramos apenas unos niños. Desde esos años en los que te das cuenta de que lo que sientes por otra persona es distinto a lo que sientes por el resto.
Porque sí, siempre fue distinto a lo que podía sentir por Rachel, por ejemplo, o por alguno de los chicos.
Me di cuenta pronto de que estaba enamorado de ella, al igual que también me di cuenta de que jamás tendría una posibilidad de que ella pudiera llegar a sentir por mí nada que no fuera amistad.
Porque, desde que era una niña, todos vimos claro en quién había posado sus ojos y a quién había entregado su corazón.
Sonreí con tristeza, esa tristeza con la que llevaba conviviendo media vida, mientras me tomaba el último sorbo de café que me quedaba, que me supo tan amargo como me supo el momento, hacía ya siete años, cuando una mañana cualquiera Cassian nos dijo a Sullivan, a Jake y a mí que Yelina se había largado.
Cómo no iba a largarse, pensé mientras nos lo decía.
Harta y con el corazón roto. Así terminó, y era normal que rompiera con todo y se largara para no seguir sufriendo al lado del que era su marido.
Un marido que no la valoraba, uno que la mantenía oculta para el resto del mundo.
Uno que la perdió por dejarse deslumbrar por la fama y perderse él por el camino, dejándose seducir por un mundo que aparentemente lucía muy bien, pero en el que solo había excesos dañinos, hipocresía y amistades falsas que solo querían estar a tu lado por interés.
Era horrible oírla llorar día sí y día también por los desplantes que le hacía Cassian.
Y por las contestaciones dañinas y subidas de tono con las que se dirigía a ella y por lo de lado que la dejaba para todo.
Cómo no iba a dejarla de lado, si a él no le interesaba que supiera nada de lo que hacía.
Los demás lo sabíamos todo y eso era lo que más pesaba: saberlo y no poder contárselo porque Cassian nos amenazaba si le insinuábamos que, si no quería seguir con ella, la dejara, pero que no la tratara así.
Pero él, como el egoísta que era, nunca lo hizo.
Para él era perfecto tener en casa a una mujer que le quería, que se aseguraba de que todo marchara bien y que seguía ahí, esperándole.
Y, por mucho que doliera admitirlo, a esas alturas ya no creo que ni ella misma pudiera ignorar lo evidente: también la quería disponible para acostarse con ella cuando le apetecía, siempre que antes no lo hubiera hecho con la primera cría que se le pusiera a tiro.
Eso fue su rutina durante el último año, hasta que Yelina dijo basta y se marchó.
Cada vez consumía más drogas, bebía sin medida y se acostaba con cualquier mujer que se le acercara.
Llegó un momento en el que le daba igual una que dos, o incluso tres en el mismo día… o a la vez.
En el fondo, cuando se fue, me alegré, aunque yo también la perdí.
Me alegré porque sabía que, con la ayuda de sus padres, allá donde se la llevaran, que ahora sabía que había sido a Washington, conseguiría seguir adelante y ser feliz.
¿Me dolió que a mí también me dejara atrás?
Pues sí, en eso no voy a mentir. Más que dolerme, me destrozó.
Porque pensé que, pese a todo, me consideraba un buen amigo y, si había estado a su lado apoyándola el último año, pensé que podría haber seguido haciéndolo en la distancia.
Esperé días, semanas e incluso meses a que llegara una llamada, un mensaje, un correo, algo con lo que me hiciera saber que al menos estaba bien y que pudiéramos hablar, aunque fuera a espaldas de Cassian si ella así lo quería.
Pero eso nunca llegó y, después del primer año, perdí la esperanza de volver a verla, al igual que de que ella se pusiera en contacto conmigo.
Esperanza que no perdí en vano, porque ahí teníamos el resultado.
No volví a saber nada de ella en los siguientes siete años y, si no fuera porque Jake había desaparecido, estaba más que seguro de que nunca más la habría vuelto a ver.
Con el paso de los años pensé que ese enamoramiento que tenía por ella, al no verla, se me había ido pasando.
Qué idiota e iluso había sido.
Porque nada más verla el día anterior, cuando entró en el salón dejándonos a todos con la boca abierta, solo me hicieron falta dos segundos para darme cuenta de que mis sentimientos por ella seguían intactos.
Cerré los ojos un segundo para que el escozor que tenía por haberme pasado la noche en vela desapareciera. Al abrirlos, nada, ahí seguía.
Pensé que no solo me había pasado toda la noche pensando en Yelina y en cómo había vuelto, y al parecer, aunque nadie lo sospechara todavía, yo sí lo hacía; lo había hecho para quedarse.
Porque había visto muy bien cómo la había mirado Cassian, cómo la miró siempre, como si fuera suya, como si fuera una propiedad y no una persona.
Y esta vez estaba seguro de que haría lo que hiciera falta para retenerla a su lado.
Pero, aparte de todo eso que me destrozó pensarlo durante horas, también había pensado en Jake.
¿En dónde coño estaría?
¿En si le habría pasado algo?
Que, con la vida que llevaba, no sería nada raro. Porque, si Cassian se desfasó y aún lo seguía haciendo, aunque a un ritmo muchísimo más bajo que no tenía nada que ver con el del principio, Jake había sido lo contrario.
El pequeño de los Whitaker estaba en esos momentos totalmente desfasado y perdidísimo.
Había intentado ayudarles a ambos, Dios sabe cuánto lo había intentado, pero es imposible luchar con alguien que no quiere ayuda y que, por más que insistas, no te escucha ni una sola palabra ni acepta ni uno solo de tus consejos.
Así que, como de todo se cansa uno, ya hacía al menos tres años que yo estaba totalmente desvinculado de ellos y de sus mierdas.
Seguía tocando con ellos, sí.
Pero hasta ahí.
Esa era toda la relación que nos unía. Hasta nuestra amistad, que parecía ser irrompible, había desaparecido.
—¿Tyler?
La voz de Rachel me sacó de la burbuja en la que había vuelto a meterme, pensando otra vez en lo mismo que había hecho durante toda la noche. Levanté la vista y vi que nos habíamos quedado los dos solos en el salón.
—Dime.
—Te preguntaba si quieres otro café.
—Sí, por favor. Estoy un poco adormilado todavía.
—Soy yo, ¿vale?
—¿Qué?
—Que no hace falta que me mientas o te excuses. Sé que no has dormido en toda la noche. Mi habitación está pegada a la tuya y te he oído deambular por ella todo el tiempo.
Sonreí. Porque qué remedio me quedaba. Rachel tenía toda la razón y a ella, como había dicho, no le daba excusas.
Al menos no las mismas que al resto.
Rachel y yo siempre nos llevamos bien. No era esa amistad demoledora que tenía con Yelina, pero era una amistad construida con los años y que, además, en los últimos se había vuelto más fuerte porque al parecer éramos los dos que íbamos aparte del resto.
Ella confiaba en mí y yo en ella. Sabía cosas de mí que casi nadie sabía.
Como, por ejemplo, que había estudiado Gestión de Empresas y Economía sin que los chicos lo supieran.
Al igual que yo sabía, por su boca, que ya no podía más y que iba a dejar a Jake. Y bendita la hora en la que por fin había decidido dar el paso porque, joder, si Cassian fue un cabrón con Yelina, Jake lo era mucho más con Rachel.
—Tienes razón, no he pegado ojo. He estado toda la noche dando vueltas a muchas cosas.
Miré el reloj y comprobé que ya había pasado más de media hora desde que Cassian y Yelina se habían ido. Sin poder evitarlo, volví la vista hacia la puerta del jardín con la absurda esperanza de verlos regresar de un momento a otro.
Pero no. No se les veía por ninguna parte y la mesa, que desde donde estábamos sentados se veía perfectamente, seguía vacía.
—En el pasado disimulabas mejor —me dijo antes de soltar una risilla.
—No sé de qué me hablas.
—Sabes de sobra de qué te hablo, Tyler.
—No.
Mentí, sí, lo hice. Porque, por la manera en la que me estaba mirando Rachel, se me estaba encogiendo el estómago al pensar que podía saber lo que sentía por Yelina.
—Lo he sabido siempre.
Mi corazón se aceleró.
No, no, no podía ser cierto, grité en mi cabeza.
—¿El qué? —me atreví a preguntar para salir de dudas.
—Que la quieres. Que llevas enamorado de ella desde que eras un crío.
Pues sí, sí que lo sabía y, total, ya qué más daba. Sabía que ella no le diría nada a Yelina, así que me rendí.
—Da igual.
—No da igual. Quizá las cosas ahora puedan ser diferentes.
Solté una risa amarga.
—¿Diferentes? No, Rachel, nada va a ser diferente. Será igual que siempre.
—¿Qué quieres decir?
—Van a volver a estar juntos.
Ahí fue ella la que se echó a reír.
—Ni de coña va a pasar eso.
—Sí pasará. He visto cómo la mira Cassian. No la dejará marchar y sé que ella aún le quiere. Su amor solo ha estado apartado unos años, pero sigue ahí, al igual que el mío por ella seguirá dentro de mí toda la vida.
Rachel iba a decirme algo más, pero dos risas que los dos conocíamos muy bien nos hicieron girar la cabeza hacia el jardín, que era de donde venían.
Andando uno al lado del otro venían Cassian y Yelina riéndose.
Verlos así fue como un mazazo enorme. Porque daban la razón a las palabras que acababa de decirle a Rachel. Era como verlos juntos diez años atrás, cuando la fama aún no había jodido lo suyo.
Y, si eso fuera poco para confirmar mis pensamientos, los dos nos dimos cuenta de que Yelina venía un poco despeinada y con los labios algo hinchados.
Se habían besado.
—Ahí tienes la confirmación —dije con amargura señalándoles con la cabeza.
—Tyler… —susurró Rachel con la voz llena de pena.
—Tranquila. Siempre he sabido que nunca me miraría. Que yo nunca podría ser nada más que su amigo, si me dejaba. Ahora ni eso soy. Lo tengo asumido. Nunca tuve la esperanza de que algo pasara.
—No puede ser verdad. No puede volver con él… Yo sé que…
Su frase se quedó a medias porque los dos entraron en el salón, partiéndome el alma al verlos otra vez juntos.
—Tyler, vamos fuera, eres el siguiente —me dijo nada más llegar a la mesa.
Me levanté sin decir nada y evitando la mirada de todos para ir al jardín.