Informe final: Estoy enamorada Capítulo 18
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Capítulo 18

En el salón, hablando en voz baja, estaban Tyler, Sarah y Rachel. De los demás, ni rastro.

—Buenos días —dijimos Knox y yo a la vez al entrar.

—Buenos días —contestaron todos.

—Chicos, sentaos. Os pondré algo de desayuno, seguro que venís solo con un café —nos pidió Sarah, levantándose.

—Sarah, tenemos manos. Siéntate, por favor.

—Hay tortitas. Sin que me oiga Jenny, no son como las de tu madre, pero no están mal —dijo Tyler en voz baja cuando me senté a su lado.

—Las tortitas de Joy son insuperables. Y todo lo demás también, tiene unas manos… —le contestó Knox.

—A ti todo te viene bien, hijo, eres un pozo sin fondo. El último día que dormiste en mi casa te desayunaste las seis magdalenas que me dio mi madre —dije quejándome.

Al oírme decir que Knox dormía en mi casa, vi cómo la sonrisa que tenía Tyler en la cara se le borró en el acto, pensando seguramente lo que no era.

No sabía por qué, pero algo dentro de mí necesitaba aclararle que entre Knox y yo no había nada. Pero no era plan de soltarlo así sin más.

Al parecer, la suerte estaba de mi lado porque Sarah preguntó por ello y me dio la opción de dejarlo claro.

—¿Al final habéis acabado siendo pareja?

Tyler se tensó todavía más, esperando nuestra respuesta, y el capullo de Knox, que se había dado cuenta de todo, me miró sonriendo de medio lado.

Le puse los ojos en blanco antes de contestar.

—En la vida podríamos ser pareja.

—¿Por qué? —preguntó Tyler.

—Porque sería incesto. Los dos nos consideramos hermanos de corazón —contestó Knox.

—Pues Yelina tiene mucha suerte. No se encuentran así como así amigos que sean como hermanos. Y ella tiene al menos a tres. Justo los que están sentados en esta mesa.

—Sí, eso somos, o al menos lo éramos en el pasado —dijo Tyler sonriendo.

Pero una sonrisa que no llegó a sus ojos y que hizo que Knox, Rachel y yo cruzáramos una mirada entendiéndonos a la perfección.

Todos, en esa mirada, pensamos lo mismo: que Tyler había sido mi amigo, el mejor, pero siempre quiso ser algo más.

Era mejor no meterse en esos jardines. En esos momentos teníamos cosas más urgentes que resolver, así que cambié de tema de forma radical.

—¿Dónde están los demás?

Rachel gruñó, Tyler hizo lo mismo y Sarah suspiró a la vez que negaba con la cabeza.

—Aquí no se perdona el trasnochar ni aunque no se salga de casa. Los cuatro se montaron en la piscina y en el jardín su fiestita particular —dijo Rachel de mala leche.

—No esperéis que se levanten antes del mediodía; se han acostado casi al amanecer —nos informó Tyler.

—No se lo creen ni ellos. En cinco minutos estarán aquí.

Tyler soltó una risita.

—¿Y qué vas a hacer, levantarlos a tiros?

—No le des ideas, que la tientan demasiado, te lo pido por favor —le dijo Knox.

—¿A Cassian le sigue entusiasmando la música clásica?

Esa pregunta venía a cuento de que a Cassian le horrorizaba la música clásica. Siempre la había odiado y solo con oírla se ponía de los nervios.

Tyler me miró con una ceja alzada y, al ver mis intenciones solo por la sonrisa traviesa que tenía, soltó una carcajada.

—¿No serás capaz?

—Vaya que sí. Espera y verás —dije levantándome de la silla.

Rachel, al entender también lo que iba a hacer, se echó a reír.

—La mañana se va a animar en breve. ¿Puedo grabarlo? —dijo sin dejar de reír.

Knox se inclinó hacia ella y le preguntó, demasiado cerca de la cara, qué era lo que pasaba. Ella se lo explicó en dos frases y Knox se unió a sus risas y a las de Tyler mientras yo me acercaba al equipo de música que había en el salón.

No era el mismo equipo de música que había cuando yo vivía allí, algo lógico teniendo en cuenta los años que habían pasado.

Este era mucho más moderno y carísimo, de esos que solo con verlos ya intimidan.

Aun así, no me costó nada encenderlo y conectar mi móvil para que la canción que ya tenía en mente sonara por los altavoces de toda la casa.

Sonreí de forma diabólica en cuanto la busqué en mi teléfono.

Conocer a Cassian y saber cómo sacarle de sus casillas era un punto extra para mí.

Miré a los cuatro, que seguían sentados en la mesa expectantes, aunque seguramente Tyler y Rachel sabían qué canción iba a elegir, y les guiñé un ojo.

—Que empiece el baile —dije a la vez que pulsaba el botón del equipo de música.

Un segundo después, no solo el salón se llenó de las primeras notas de una canción conocida en el mundo entero y que cualquiera reconocía, aunque no le gustara la música clásica, porque era de uno de los mejores compositores que había existido de todos los tiempos.

Ni las risas altas de todos los que estábamos en el salón se podían oír porque el volumen no lo puse precisamente bajo, sino a todo lo que daba el equipo.

Vamos, que, si me apuraban un poco, lo podrían oír casi mis padres desde Washington.

Conté mentalmente lo que tardó Cassian en aparecer en el salón seguido de Sullivan y sus dos chicas.

Exactamente un minuto y medio.

Ahora, por la salud ocular y mental de los que estábamos en el salón, mejor que hubieran tardado cinco y se hubieran presentado al menos ellas un poco más decentes.

Cassian, con una cara entre sueño y furia, entró corriendo en el salón en calzoncillos, un bóxer muy mono de dibujos animados, por cierto, que me hizo contener la risa.

Sullivan llegó con cara de susto de la misma guisa, pero sus calzoncillos eran un slip negro que me hizo apartar la mirada del asco que me dio.

Desde luego que derrochaba erotismo por los cuatro costados con eso puesto; la panza que parecía que estuviera embarazado de nueve meses y sus patas de alambre eran para poner a tono a cualquiera.

Y las dos «señoritas», por llamarlas de alguna manera, habían llegado con cara de sorpresa, desconcierto y también algo de miedo, pero de una manera que daba pena verlas.

Las dos tenían el pelo que parecía un nido de pájaros, el maquillaje corrido que las hacía parecer que se habían rebozado en betún y, como única prenda, llevaban un tanga, si es que a ese cacho de tela se le podía llamar así.

En definitiva, que venían luciendo tetas sin importarles quién estuviera en la casa. Había que tener poca vergüenza, de verdad.

Y que no lo decía por mí, de verdad que no.

Porque, al fin y al cabo, a mí me daba completamente igual. Después de haber visto varios muertos, o más bien bastantes, en todos los años que llevaba en el FBI, mis ojos y mi mente estaban acostumbrados a ver de todo.

Pero me daba rabia por Sarah, que al verlas entrar así apartó la mirada, apurada, y pasando ella la vergüenza que esas marranas no tenían.

—¡Estás loca! —gritó Cassian acercándose a toda prisa al equipo para apagarlo.

Me puse delante con los brazos cruzados para no dejarle acceder al botón.

—¡Linny, joder, apártate o apaga eso de una puta vez!

—¡Si es preciosa! ¿No te gusta?

—¡Me caguen la puta ! ¡Sabes que la odio, joder!

No me pude aguantar más y estallé en carcajadas, tantas que hasta me tuve que doblar.

Al levantar la cabeza, vi que parte del enfado que tenía al principio se le había pasado y hasta sonreía al verme así.

Pensé que no solo a él, sino que ya nos había castigado a todos bastante con el sonido que retumbaba tan alto que hasta llegaba a hacer daño en los oídos.

Que la canción en sí era bonita, una obra maestra la consideraban muchos, pero para disfrutarla a un volumen normal, claro.

Así que me di la vuelta y apagué el equipo.

Dios… hasta me zumbaban los oídos al hacerse el silencio.

Cassian soltó el aire que estaba conteniendo y murmuró un «gracias» apenas perceptible entre dientes.

—Pensé que con el paso de los años tus gustos musicales se habrían afinado y habrías empezado a amar esa música.

—Muy graciosa.

—Y tú sigues teniendo el mismo mal humor cuando te levantas.

—Es que no tendría que haberme levantado, joder. Apenas hace un par de horas que me he acostado.

—Eso no es mi problema. Sabías de sobra que íbamos a venir a hablar temprano, haberte ido a la cama antes. Yo tampoco he dormido y no vengo a contarte mis penas.

—¿Por qué no has dormido?

—Pues mira, porque hacía tanto que no venía a Nueva York que me he dicho: voy a hacer turismo para ver lo que ha cambiado la ciudad —dije poniendo los ojos en blanco.

Vi por el rabillo del ojo cómo su chica se acercaba a nosotros. También vi cómo Knox me miraba conteniendo la risa porque sabía que la Barbie morena iba a salir escaldada.

—Cassian, cariño, vamos a la cama. Y haz el favor de decirle a esta loca que no moleste y ya de paso que no toque nada de la casa.

Cerré un segundo los ojos para intentar controlarme y no arrastrarla hasta la calle y tirarla, sin despeinarme, no como estaba ella, al contenedor de la basura más cercano.

—Cassian, cariño, dile a tu chica que, si quiere conservar todos los dientes antes de que acabe el día, salga fuera de mi vista —dije poniendo la misma voz de tonta que tenía ella.

Vi cómo la morena se envalentonaba al ver que Cassian se había quedado conteniendo la respiración y se encaró conmigo, poniéndose recta y marcando más esas tetas operadas que tenía.

Verás tú que al final sí que la tengo que arrastrar. Joder, no puede ser que me lo ponga tan fácil, pensé mientras me cruzaba de brazos para poder contenerme un poco más.

—¿Con qué derecho te crees para llamarle cariño?

Acabáramos. Que era eso lo que más le había molestado.

—Pues mira, algo más de derecho que tú sí que tengo, guapa.

—¿Por qué?

Vi cómo Cassian me rogaba con la mirada que no lo hiciera, que no dijera la verdad.

Pues vas a joderte, porque voy a hacerlo, le dije con la mirada, sonriendo.

—Porque soy su mujer.

Cassian se llevó la mano a la cara y se la pasó por ella, nervioso. Sullivan resopló tan alto que, aun estando en la otra punta del salón, lo oí. Como también oí el jadeo de su chica, que estaba a su ladito agarrándose a su brazo.

—Eso no es posible. Cassian no está casado.

—Sí lo está, concretamente desde hace nueve años. Al menos hasta que firmemos el divorcio.

La chica giró la cabeza tan rápido para mirar a Cassian que pensé que se le partiría el cuello.

—¿Es cierto? ¿Es cierto lo que dice?

Cassian seguía mudo, sin saber qué coño contestar.

—Lo es —dijo Rachel, que estaba disfrutando con la escena como si estuviera en el cine. Solo le faltaban las palomitas.

—No me lo puedo creer. Llevamos dos meses juntos y no me has dicho que estás casado.

Solté una carcajada sin poder evitarlo.

Dos meses, había dicho. Dos putos meses llevaba con Cassian y pretendía saber todo de su vida. Pues vas apañada, hija. Ni en dos vidas te contaría ni la mitad de lo que hace ni de lo que ha hecho. Pues no era cuco el mozo como para contarte a ti ni a nadie nada que no le interesara que se supiera.

Negué con la cabeza y no quise seguir oyendo más tonterías. Había mucho que hacer y hacerlo cuanto antes para poder saber dónde narices estaba Jake y poder volverme a mi casa.

—Mira, no tengo tiempo para esta mierda. Como os dije ayer, estoy aquí por un motivo en concreto. Los problemillas de pareja no son mi especialidad, aunque sea psicóloga. Pero, si queréis el número de un colega muy bueno, os lo daré encantada.

—Yelina —dijo Knox y yo asentí.

—¿Con quién empiezas?

—Yo me llevo a Cassian. Tú empieza con Sullivan. Así después los señores pueden volver a la cama hasta mañana si así lo desean.

—¿Empezar con qué?

—Con las clases de baile, no te jode —le contesté a Cassian, que me miraba sin entender.

—¿Qué clases? —preguntó su chica.

Señor, dame paciencia, le rogué mentalmente. Porque, de verdad, estaba al límite de terminar la mía y cuando eso pasaba, pasaban cosas.

Y cosas no muy buenas para los que estaban a mi alrededor.

Como que se tropezaran o se les cayera una teja en la cabeza, por ejemplo.

—Vale, voy a explicar lo que vamos a hacer hoy para que a todos os quede claro y luego no venga nadie a preguntar chorradas.

Cogí aire y les dije que yo hablaría con Cassian en el jardín. Knox lo haría con Sullivan en el despacho que había en la casa. Que al acabar los siguientes serían Tyler conmigo y Rachel con él. Y por último, yo hablaría con Sarah y Knox con Jenny.

—¿Y nosotras? —preguntó la chica de Sullivan.

—Vosotras hoy quedáis exentas de preguntas. Mañana ya veremos. Así que, si queréis, podéis iros a la cama a seguir durmiendo —le respondió Knox.

Sin decir ni una palabra, las dos salieron del salón y, moviendo bien sus generosas curvas, se fueron, supusimos que a la cama.

—Cassian, vamos —le pedí sin esperarle, mientras salía del salón.