Capítulo 17
El sonido de mi móvil nos despertó a los dos a la vez.
E hicimos lo mismo: soltar una queja con una palabrota entre dientes.
—Joder, si hace cinco minutos que he apoyado la cabeza en la almohada. Es imposible que hayan pasado tres horas.
—Pues han pasado —dije mientras me sentaba en la cama con los ojos aún entrecerrados.
—Cuando volvamos a Washington, voy a pedirle a Sterling que las horas de no sueño nos las pague como extras.
La carcajada llenó la habitación.
—Estás tú apañado. Sí que te va a pagar, pero en chapas de chorizo.
—Por intentarlo no pierdo nada.
—Suerte, campeón —dije lanzándole una almohada.
—Joder, qué agresiva. ¿Te has levantado guerrera hoy o qué?
—Me he levantado con ganas de patear un par de culos. Porque, como nuestras sospechas se confirmen hoy y esos gilipollas hayan preparado todo esto, haciéndonos venir hasta aquí a hacernos perder el tiempo, no se van a poder sentar en una buena temporada, eso te lo juro.
—Pues ya puedes ir preparando la pierna porque…
Dejó la frase en el aire porque los dos sabíamos lo que había y teníamos ya bastantes sospechas y algunos indicios de lo que había pasado.
Pensábamos, y por el bien de Cassian, Jake y Sullivan esperaba estar equivocada, que hubieran preparado la desaparición para estar en el ojo del huracán unos días y que todo el mundo hablara de ellos.
Eso podía hacer que las ventas de sus discos subieran, que las entradas de los conciertos se agotaran en cuestión de minutos y que todo el merchandising que tenían a la venta en todo el mundo, tanto en tiendas como de manera online , se disparara.
Vamos, que pensábamos que habían preparado todo eso para que se hablara de ellos, para que su fama subiera, para que sus cuentas bancarias aumentaran y poder así arreglar la cagada que habían hecho administrando su capital.
Ahora solo faltaba pillarles en alguna mentira, hacer que cometieran un renuncio. En definitiva, dejarles con el culo al aire y que acabaran confesando lo que habían preparado.
Iba a ser difícil, muy difícil, porque ya habíamos visto el día anterior que estaban totalmente cerrados en banda.
Habían contestado preguntas, sí. Pero de una manera escueta y evitando decir más de la cuenta.
Sonreí para mis adentros mientras dejaba que el agua de la ducha me cayera por la cabeza y me acabara de despejar del todo, porque ellos no sabían una cosa que yo sí.
Ellos eran buenos, o creían serlo. Se creían buenos mentirosos y manipuladores, que ciertamente lo eran.
Pero lo que no sabían era que, gracias a haber crecido entre ellos y verlos mil veces, sobre todo a Sullivan y a Cassian, mentir y manipular sin medir las consecuencias, sin importarles el resultado mientras se salieran con la suya, sí habían llegado a todo lo alto, eso no lo podía negar.
Pero tampoco sabían que ver ese comportamiento durante años, que no vi claro, no entendí o no quise entender, había hecho en mí algo muy bueno.
Habían hecho que fuera muy buena detectando mentiras, viendo lo que la gente normal no veía y descubriendo, casi sin tener que esforzarme apenas, una mentira de lejos.
Y hasta pensé que, cuando todo terminara, a lo mejor tenía que darles las gracias, porque gracias a haber vivido con ellos esos años, desde que todo se descontroló y empezaron a cambiar y a comportarse como unos cabrones sin escrúpulos, había acabado en un trabajo que me encantaba y que, aunque estuviera mal que yo lo dijera, se me daba de puta madre.
Mientras me secaba y me vestía, no pude evitar pensar en esos años en los que yo veía lo que pasaba y, por lo ciega que estaba con Cassian o por la todavía inocencia que corría por mis venas en aquel entonces, no vi o no quise ver todo lo que pasaba.
Pero, navegando en mis recuerdos y recordando muchas conversaciones, muchas cosas que vieron mis ojos y muchas cosas que hicieron pensando que nadie los observaba o se enteraba de lo que hacían para subir más y más, ahora lo veía todo de otra manera.
Cómo Sullivan había amenazado a los dueños de los locales, no con claridad, pero sí sutilmente, con frases que parecían inocentes, para que les dejaran tocar tal o cual día, que era en el que más gente iba.
O, cómo otras veces, en fiestas o galas, siempre pasaba algo inesperado, algo que hacía que destacaran más que el resto para ser el centro de atención y la portada de las revistas al día siguiente.
Una caída de una mujer y Cassian o Jake de salvadores, cogiéndola al vuelo.
Una caricia a un niño o un abrazo que enternecía el corazón de la gente en un concierto y luego pagar entre bastidores a la madre, con amenaza incluida, para que cerrara la boca por haberles dejado usar a su hijo.
El quitarme a mí del medio, obligándome a alejarme para que las fans pensaran que Cassian estaba disponible y era accesible.
Eso fue algo que decidieron desde el principio. Porque el cantante que empezaba a despuntar no podía decir que estaba casado. Porque eso haría que muchas fans se decepcionaran y significaba menos dinero.
Por eso a mí no me conocía nadie. Siempre fui una novia y una mujer en las sombras y, si por cualquier circunstancia la prensa nos pillaba juntos, siempre declaraban que yo era una amiga de la infancia.
Que eso pasara tenía que admitir, y lo hacía, que fue culpa mía.
Me conformé porque lo quería, me conformé y tragué con ello porque, con palabras bonitas, me convenció de que era lo mejor para todos.
Que era lo mejor para el grupo, para mí y para llevar nuestra relación sin que nadie nos molestara y poder disfrutar de nuestro amor sin que nadie pusiera nada en duda o inventara mentiras.
Además de que a él, como tantas veces me había repetido hasta el cansancio, tenían que conocerlo por Cassian el cantante, no por nada relacionado conmigo, nuestro matrimonio o nada personal.
No debí consentirlo. No debí permitírselo. Debí plantarme, como tantas veces me aconsejaron mi padre y Joy, pero no lo hice y quizá por eso las cosas acabaron como lo hicieron.
Pero ya era tarde para lamentaciones.
El destino, su manera de hacer las cosas y la falta de firmeza de la mía así lo habían querido y ya no había marcha atrás.
Salí a la habitación y allí estaba ya Knox esperándome.
Con cara de sueño, concentración y, por qué no decirlo, un cabreo contenido por la situación que se asemejaba mucho al que yo sentía.
—¿Nos vamos?
—Sí, aunque ya te aviso que, aun sabiendo que vamos, no creo que estén levantados, al menos no todos. Lo suyo no es madrugar.
Gruñó mientras salíamos por la puerta y yo contuve la risa. Porque, si a Knox había algo que le jodía más que nada, era la impuntualidad y tener que esperar por alguien con quien tuviera una cita o hubiera quedado para algo.
—Tranquilo, que algo se me ocurrirá para despertarlos.
Me miró de medio lado y, al ver mi sonrisilla, su cara seria mutó a una sonrisa también.
—Vas a disfrutar haciéndolo, ¿no?
—Ni te imaginas cuánto.
Nos miramos y soltamos una carcajada a la vez.
Llegamos a la casa de Cassian en nada de tiempo y, para no variar, fue Jenny quien nos abrió la puerta.
El día anterior ya nos había contado que no vivía interna, pero poco le faltaba, porque se pasaba allí más horas que un sereno.
Era soltera, no tenía familia y apenas amistades, así que, aunque el trabajo era constante porque la casa casi siempre estaba llena de gente, prefería estar ocupada allí antes que sola en la suya.
—Buenos días, Jenny.
—Buenos días, señores.
—Por favor, ya te dije ayer que no nos llamaras señores.
Sonrió de medio lado.
—Es que no me sale hacerlo de otra manera.
—Pues practica —dijo Knox, haciéndola reír.
—Pasen. Acabo de servir el desayuno en el salón para los que están levantados. ¿A un café al menos no me dirán que no?
—Ni a un desayuno tampoco, venimos con un café aguado en el estómago —dijo Knox poniendo cara de cachorrillo.
—Jenny, si has puesto dulces en ese desayuno, ya le tienes ganado para toda la vida —dije mientras pasábamos al vestíbulo.
—Hice tortitas porque sé que al señor Holloway le encantan y un bizcocho de mármol que le gusta a todos.
Knox soltó una risita mientras se relamía pensando en las tortitas.
—Cada vez me cae mejor Tyler —dijo, haciéndonos reír a las dos.
En eso era en algo que Knox y Tyler se parecían: los dos eran unos golosos a los que les pirraban los dulces.
Sonreí con tristeza por todas las veces que Joy había dicho durante los últimos años cuánto echaba de menos ver a Tyler disfrutar de sus dulces y lo agradecido que era por simple que fuera lo que hacía y que él se comía como si fuera el mejor manjar del mundo.
—Les digo como ayer: si necesitan algo, no duden en pedírmelo.
Asentimos a la vez y contestamos a la vez también.
—Gracias, Jenny.
Ella se fue de camino a la cocina y nosotros hacia el salón.
Como me esperaba y ya le había avisado a Knox, allí en el salón estaban las personas que yo sabía que estarían.
Las responsables y las más sensatas.