Capítulo 12
Knox
La llegada a Nueva York fue rara.
Ya había estado más veces en la ciudad, pero en esta ocasión se sintió totalmente diferente.
Yelina iba sentada a mi lado mirando por la ventanilla con una mezcla de nerviosismo y nostalgia. Y desde luego que no era para menos después de la historia que me había contado.
Historia que me había cabreado como no lo había hecho nunca ninguna cosa en la vida.
Sé que se guardó muchas cosas, sé que no quiso contármelas, bien porque ni ella misma quería recordarlas o pensar en ellas, o porque, como me conocía tan bien como yo a ella, sabía que, si me daba más información y me contaba todos los desprecios que le había hecho el gilipollas de Cassian, cuando lo tuviera delante, mi saludo sería partirle todos los dientes de la hostia que le daría.
Porque sí, fue un gilipollas, entre muchas otras cosas, y seguramente lo seguiría siendo.
Porque había que serlo para cambiar a una mujer como Yelina o dejarla de lado por vivir esa vida de fama que lo único que había hecho era meterle en mierdas de las que después era muy difícil salir.
Nosotros, por nuestro trabajo, lo sabíamos bien. Las drogas y el alcohol cambiaban a la gente y no solo se hacían daño a sí mismas, sino a toda la gente que las rodeaba.
Miré de reojo a Yelina, que seguía observando la ciudad por la ventanilla.
Había momentos en los que suspiraba, otros en los que fruncía el ceño y otros en los que sonreía.
—¿Estás bien?
Giró la cabeza hacia mí y me sonrió.
Fue una sonrisa de verdad y eso me hizo respirar un poco más tranquilo.
El camino había sido duro y tenso, oyéndola contar su historia, verla tensarse y soltar algunas lágrimas.
Pero también vi que, aunque había partes que, al recordarlas, le seguían doliendo, la Yelina en la que se había convertido era fuerte y podría enfrentarse a todos usando ese humor y esa ironía que la caracterizaban, sin callarse nada y plantándole cara a quien hiciera falta sin flaquear.
Y si flaqueaba, aunque estaba seguro de que eso no pasaría, allí estaría yo para sostenerla y enfrentarme por ella a quien hiciera falta.
Ella lo sabía. Igual que yo sabía que nunca me dejaría solo si fuera yo quien la necesitara. Porque nos queríamos. Como si fuéramos familia.
Y, en verdad, lo éramos.
Era cierto que habíamos empezado siendo compañeros, pero solo ser eso había cambiado muy pronto. La conexión que tuvimos desde el primer día fue brutal y, a los pocos días, ya éramos mejores amigos y, en pocos más, como hermanos.
—Knox, estoy bien, de verdad que sí.
—Lo sé. Lo veo en tu mirada.
—Será impactante verlos, eso lo sé. Pero llevo años sabiendo que este día tenía que llegar y no me pilla de nuevas. Me he preparado.
Eso me tranquilizó bastante, porque su voz y sus ojos me dijeron que lo que decía no lo decía por darme coba y para que me quedara más tranquilo, sino totalmente en serio.
—¿Vamos al hotel primero?
—Sí. No sé tú, pero yo necesito una ducha.
—Yo también la necesito.
Yelina metió en dos segundos la ubicación del hotel que ella misma había elegido y reservado en los últimos kilómetros antes de entrar en Nueva York.
Según me dijo, estaba cerca de las casas donde vivían todos los familiares de Jake y eso nos vendría bien para no tener que cruzar la ciudad.
Solo quince minutos después entramos en la habitación.
Como siempre que teníamos que pasar unos días por trabajo en un hotel, solo había cogido una habitación doble. Entre los dos había una absoluta confianza para compartir espacio.
Total, lo solíamos hacer a menudo, como cuando dormíamos juntos después de una salida nocturna o cuando la velada de cena y pelis se alargaba en casa de cualquiera de los dos.
Nunca entre nosotros había habido atracción ni deseo, solo amistad. Una amistad sana y única.
Yelina salió de la ducha con una toalla enroscada en el cuerpo y se fue directamente a su bolsa de viaje a sacar la ropa que se iba a poner. Yo la mía ya la tenía preparada encima de la cama para ponérmela en cuanto saliera de la ducha.
—En lo que te duchas voy a llamar a Rachel. Le pediré que reúna a todos con alguna excusa. Es mejor pillarlos juntos, así veremos sus reacciones a la vez y no les daremos tiempo a que se avisen unos a otros de que estamos aquí.
—Bien, no tardo.
Asentí y, mientras ella se vestía y hacía esa llamada, me metí en el baño para darme una ducha.
Con el agua cayéndome por la cabeza, pensé que en un rato, y más que nunca, tendría que estar muy atento a las reacciones que tendrían todas las personas que nos estarían esperando.
Y eso no solo era por el impacto que iba a causar en ellas ver a Yelina, sino porque, como buen agente y observador que era, y como la experiencia de años nos había enseñado, cuando había un secuestro, los primeros sospechosos siempre eran las personas del entorno de la víctima.
Así que dejaría que fuera Yelina quien llevara la voz cantante y solo intervendría si era necesario. Yo me dedicaría, sobre todo, a observar.
Era lo que siempre hacíamos al empezar un caso: observar a la gente y sus reacciones lo máximo posible.
El lenguaje no verbal, ese que la mayoría de las veces se hace inconscientemente, te decía mucho más de las personas que cualquier cosa que saliera de su boca.
Volví a la habitación ya vestido con ropa limpia, esa que había llevado conmigo al baño antes de entrar, y justo en ese momento Yelina se despedía de Rachel, diciéndole que en nada se verían.
—¿Ya estás listo?
—Lo estoy.
—Pues vámonos.
Me coloqué el arma en el costado, que era lo que me faltaba, y me puse la americana mientras Yelina hacía lo mismo y también cogía su bolso.
—¿Has conseguido que Rachel pueda reunirlos a todos?
Me miró sonriendo de medio lado.
—No ha hecho falta. Cassian ha hecho el trabajo por nosotros. Rachel me ha dicho que les llamó a todos hace una hora y les pidió que, hasta que pase el huracán de la prensa, se queden en su casa. Es la que mejor protegida está y allí estarán fuera de los focos.
—Cojonudo. Pues eso que llevamos hecho.
Nos montamos en el coche y Yelina me dio las indicaciones para llegar a la casa de Cassian.
—¿La casa es la misma que…?
Ni me dejó terminar la pregunta.
—Sí. Es la misma casa, o más bien mansión, en la que viví con él antes de irme.
—¿Estarás bien entrando allí? —pregunté preocupado.
—Knox, deja de preocuparte, ¿vale? De verdad que estoy bien.
—Vale. Pero no te guardes nada, ¿sí? Estoy aquí si necesitas hablar, llorar, chillar o pedirme que le pegue un tiro a alguien.
—No voy a pedirte que pegues un tiro a nadie. No pienso permitir que nadie me quite la satisfacción de hacerlo si es necesario.
Nos miramos y nos echamos a reír.
Llegamos a la, como muy bien había dicho Yelina, mansión, porque ciertamente lo era, en apenas diez minutos.
Era verdad que tenía buena seguridad. En la entrada de la urbanización había una caseta con un vigilante al que tuvimos que enseñar nuestras credenciales.
Aparqué en la misma puerta.
Al bajarnos del coche, recorrí con la mirada la mansión. Ciertamente era enorme y muy ostentosa para mi gusto. Desde luego que la fama y el gastar dinero para dejar claro que había triunfado a Cassian se le habían ido de las manos.
Llegamos a la puerta y, antes de llamar al timbre, cosa que iba a hacer Yelina, la detuve un segundo con la mano.
Me miró con una ceja alzada y yo me contuve la risa.
Saqué mi arma y comprobé que la tenía cargada de munición. Mientras me miraba con la boca abierta, volví a guardármela y sonreí.
—¿Qué coño haces?
—Comprobar que tengo suficientes balas para todos los que estarán ahí dentro.
Yelina soltó una carcajada tan fuerte que me arrastró con ella y me uní a sus risas.
—Eres idiota.
—Pero te he hecho reír y destensarte. Ahora entrarás mejor.
—Gracias.
—De nada, mujer. Siempre a tu servicio.
Seguimos riéndonos mientras Yelina llamaba al timbre.
Nos abrió una mujer del servicio que no tenía cara de buenos amigos. Más bien parecía una borde de cojones, como pudimos comprobar en cuanto abrió la boca.
—No sé cómo han conseguido colarse. Pero lárguense ahora mismo o llamo a la policía. El señor Whitaker no va a hablar con la prensa.
Yelina y yo nos miramos y supimos que la tarde iba a ser movidita.
—Buenas tardes para ti también, simpática —le dijo Yelina.
—No se lo repetiré dos veces. ¡Largo!
—En primer lugar, ni se te ocurra volver a levantarnos la voz si no quieres dormir caliente esta noche. Y, en segundo lugar, atenta a lo que te voy a enseñar.
La mujer, mirándola de muy malas maneras, fue a decir algo más, pero Yelina ni la dejó reaccionar. Sacó su placa del bolso y se la puso delante de los ojos.
Ojos que la mujer abrió como platos al ver que era una agente del FBI.
—Lo siento mucho. Es que desde que el señor Jake desapareció y la prensa se ha enterado, nos tienen locos y aburridos con su insistencia. Pasen, por favor.
Abrió la puerta del todo y nos cedió el paso.
—Están todos en el salón, comiendo o intentándolo. Acompáñenme, por favor.
—No se moleste. Puede seguir a lo suyo. Sé el camino.
—¿Lo sabe? —le preguntó extrañada.
—Así es. No es la primera vez que piso esta casa. Así que no hace falta que nos acompañe ni que nos presente. Ya lo hacemos nosotros.
—Bien. Pues seguiré a lo mío. Al estar todos aquí, tengo mucho que hacer. Si necesitan lo que sea, no duden en pedírmelo. Soy Jenny, por cierto. Y de verdad discúlpenme por el recibimiento.
Me dio hasta pena la mujer. Se la veía totalmente avergonzada por cómo nos había tratado. Y Yelina debió de pensar lo mismo porque rebajó el tono y le contestó sonriendo.
—Encantada, Jenny. Soy la agente Prescott y él es mi compañero, el agente Ashford. No se preocupe por lo de antes, sabemos lo pelmas que son los de la prensa. Siga a lo suyo, por favor. Más tarde seguramente le haremos algunas preguntas.
—Por supuesto. Lo que necesiten, cuenten conmigo.
Cruzamos tres frases más y la mujer se marchó por un pasillo que Yelina me dijo que daba a la cocina.
Nosotros caminamos por ese mismo pasillo en la otra dirección y llegamos hasta la puerta del salón, que estaba entreabierta. De ella salían varias voces, tanto de hombre como de mujer.
—Venga, valiente, haz tu entrada triunfal —le susurré.
Contuvo la risa.
—Atento a todas las miradas.
—No se me escapará ni una, tranquila.
—Pues vamos allá. Que empiece el circo.
Yelina cogió aire. Me miró por última vez mientras ponía la mano en el pomo de la puerta y yo asentí, dándole unos ánimos que, al parecer, no necesitaba.
Estaba en modo agente total. No en modo Yelina.
Y eso era muy bueno, porque las emociones que sabía que sentiría al enfrentarse a su pasado las controlaría muy bien.