Informe final: Estoy enamorada Capítulo 11
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Capítulo 11

Knox paró en un área de descanso y nos bajamos del coche con la bolsa que nos había preparado mi madre.

Saqué dos vasos de plástico que nos había metido y serví dos cafés, que todavía estaban calientes, mientras Knox, sin poder esperar más, le hincó el diente a una de las magdalenas.

—Qué pena que tu madre ya esté casada, te lo juro. Si no fuera por el respeto y el cariño que le tengo a tu padre, la raptaría.

—Eres idiota y un goloso sin remedio —dije riéndome.

—Joder, es que tiene unas manos…

—Eso dice mi padre —dije levantando las cejas.

Me miró y, un segundo después, los dos estallamos en carcajadas.

—Bueno, sigue con tu historia mientras me como otras dos o tres magdalenas. Creo que las voy a necesitar. Porque me da que lo que viene ahora me va a poner de muy mala hostia.

Pues, sabiendo lo que me quería, sí que se iba a poner, sí. Pero preferí no decírselo, ya que lo comprobaría por sí mismo en unos minutos.

—¿Dónde me había quedado?

—En que te casaste con veinte años. ¡Vaya tela! Hay que estar loca o muy enamorada para meterse en un embolado de tal calibre.

—Enamorada estaba y puede que un poco loca también.

—Pues a lo mejor ahora enamorada ya no estás, pero lo de loca no se te ha pasado. Yo diría que ha ido a peor con los años —dijo conteniéndose la risa.

—Sí, soy una loca peligrosa que va armada, así que ojito conmigo, chaval.

—Mira, solo por haberme llamado chaval te perdonaría hasta que me pegaras un tiro.

—Pero ¿qué dices, tonto del culo? Si es verdad que eres un chaval.

—Clarooo —dijo de forma exagerada—. Con treinta y siete años soy un chaval, por supuesto. Mira, Yelina, que necesitas terapia por lo zumbada que estás, lo tengo claro, pero ahora además me acabo de dar cuenta de que también necesitas ir al oftalmólogo.

—Tú sí que necesitas que te revisen la vista de cerca para que te veas bien cuando te miras en el espejo, desastre, que eres un desastre.

—Desastres, guapita. Somos dos desastres, no te excluyas.

—No lo hago. Es algo que tengo asumido.

—Entonces todo perfecto. Si tu padre, Joy y el jefe dicen que somos dos desastres con patas, es que lo somos. No pueden estar los tres equivocados.

—Y tienen toda la razón. Lo somos. Pero no podría estar más feliz de compartir mi vida a diario con mi medio desastre.

—¿Tu medio desastre?

—Claro. Unos la comparten con su media naranja. Otros con su medio limón y yo con mi medio desastre. Lo nuestro es destino.

Knox soltó una carcajada tan grande que hasta se le escapó un trozo de magdalena de la boca, y acabó mirándome fatal por haberle hecho perder, aunque solo fueran unas migas, de su delicioso dulce.

—Venga, voy a terminar con la historia. Vamos a dejar aparte lo desastrosos que somos, al menos por unos minutos.

—Venga, dale, mientras me voy a comer otra magdalena en compensación por el trozo que he perdido por tu culpa.

Después de poner los ojos en blanco ante su comentario y el morro que tenía, seguí con mi historia.

Todo en mi matrimonio con Cassian, al principio, o más bien durante el primer año, fue perfecto. O más que perfecto, fue de ensueño.

Yo iba a la facultad a estudiar Psicología, que era lo que siempre había querido hacer, mientras él se dedicaba a escribir canciones, a cantar y a dar pequeños conciertos con Jake y Tyler, cada vez en sitios más grandes e importantes.

Sullivan se dejó la piel para encontrarles los mejores sitios, los mejores contratos y conseguir que cada vez fueran más conocidos.

Su primer disco, como ya dije, fue un bombazo. Pero el segundo fue el que los hizo subir a todo lo alto y eso fue el principio del fin de lo nuestro.

Siempre habíamos hecho todo juntos. Pero eso dejó de pasar.

No fue de golpe. Fue poco a poco. Pero fue algo que fue en aumento de manera meteórica.

Después de los conciertos siempre había una fiesta aquí o allá que nunca se perdían. A esas fiestas yo dejé de asistir por petición suya. Su excusa fue que era mejor que las fans no lo vieran mucho conmigo y así pensaran que les hacía más caso y no que estaba todo el tiempo pendiente de mí.

Luego llegaron los viajes para dar conciertos fuera de Nueva York, a los que también dejé de ir.

Según él, se concentraba mejor solo que teniendo que estar pendiente de mí. Además, me decía que, con el pastón que estaban pagando mis padres por mis estudios, no podía dejarlos de lado cada dos por tres.

La fama siguió subiendo y subiendo. La gente con la que empezaron a relacionarse era toda de su mundillo, como él decía.

Entre ellos había gente genial, como también gente odiosa. Ya sabéis, como en todo en la vida, había variedad como en botica.

Esa gente, en las fiestas, hacía más cosas que hablar, bailar y disfrutar de los que tenían la misma fama o una parecida. Y en esas fiestas precisamente fue donde entraron en el lado malo que toda la fama y el dinero te dan.

Llegaron las drogas, el alcohol en exceso, y Cassian y Jake cayeron de cabeza.

De Tyler tenía dudas, ya que no parecía estar de acuerdo con lo que hacían los hermanos y nunca le vi tomar nada ni hacer un comentario al respecto.

Pero a saber. Lo mismo era que era más discreto o que solo lo hacía de vez en cuando y no como los hermanos, para quienes se convirtió en una costumbre en su vida.

Con la llegada de las drogas, el alcohol y el desfase, también llegaron las discusiones entre nosotros, los desplantes constantes por parte de Cassian, dejándome aparte de su vida cada vez más porque, según él, yo era una aburrida que no entendía el mundillo.

Claro que lo entendía. Entendía que fuera famoso. Entendía que era joven. Entendía que tenía que atender a las fans. Como también entendía que estaba triunfando y cumpliendo su sueño. ¿Pero a qué precio?

A un precio muy alto, porque consiguió todo eso, sí, pero por el camino me fue perdiendo poco a poco, al igual que se perdió él.

Cassian cambió tanto que, en aquel último año juntos, apenas reconocía en él al niño con el que crecí, al chico del que me enamoré y al hombre con el que me casé.

Cada vez tenía menos espacio en su vida. Para lograr un rato a solas o hacer algo juntos, tenía que insistirle durante días. Y, cuando por fin aceptaba, lo hacía casi siempre de mala gana. Era como si estar conmigo le estorbara.

—¿Por eso te marchaste? Porque te dolía que te hubiera dejado aparte de su nueva vida. Porque pensaste que dejó de quererte.

Suspiré y solté una risa seca mientras negaba con la cabeza.

—No es que pensara que dejó de quererme. Es que dejó de hacerlo. Eso lo comprobé de primera mano.

Knox endureció el gesto, adivinando que llegaba la peor parte de la historia.

—¿Qué te hizo, Yelina?

—Lo peor que te puede hacer la persona a la que amas.

—¿Te pegó?

—¡No! Te aseguro que, si me hubiera puesto una mano encima, a mi padre no le verías en su casa porque estaría en prisión. Si eso hubiera pasado, lo habría matado.

—Y si eso hubiera pasado y no lo hubiera hecho tu padre, entonces lo haría yo ahora.

—Pues quédate tranquilo, que eso no fue lo que pasó. Aunque no hace falta golpear a una persona para hacerle daño, tú lo sabes bien. Lo vemos a diario.

—¿Qué pasó? —preguntó apretando los dientes.

—Las drogas, la presión constante, el tanto salir y no dormir lo cambiaron, le pasaron factura, y yo fui la que pagó toda esa frustración que tenía dentro.

Cogí aire y seguí con la historia. Ya quedaba poco que contar.

Los últimos dos meses solo nos comunicábamos a través de discusiones. Cassian siguió con sus desplantes. Yo amenacé con largarme y ahí, cuando vio que hablaba en serio, fue cuando pareció despertar y ver que la estaba cagando.

Dejó de tomar drogas y de beber tanto, o eso dijo.

Pero fue un espejismo. O eso pensé después, cuando me di cuenta de que no lo había hecho, sino que lo disimulaba mejor.

El detonante para que todo explotara fue justo el día de mi vigesimosegundo cumpleaños.

Era verano. Hacía mucho calor. Aún recuerdo hasta eso de ese día. Era como si lo tuviera grabado a fuego en la cabeza.

Cassian, que llevaba unos días raro, planeó que cenáramos los dos solos en un restaurante y que recuperáramos un poco lo nuestro. Yo estaba muy ilusionada con esa cena y con poder celebrar mi cumpleaños con él y a solas, ya que estar solos los dos era algo casi imposible de conseguir.

Él ese día tenía una comida con el grupo y una mini fiesta después, pero juró que estaría en el restaurante sin falta a la hora en la que habíamos quedado.

Nunca fue.

Esperé casi dos horas sola en la mesa del restaurante. La primera media hora ni siquiera me inmuté. La puntualidad nunca había sido lo suyo.

Pasada una hora, me cabreé y me preocupé a partes iguales.

Y la siguiente hora me la pasé llorando. Llorando al ver que, una vez más, me había dejado la última de su lista.

Salí del restaurante muy dolida y me fui a casa. O a su casa. Porque era suya, solo suya, y así lo decían los papeles. La compró con lo que ganó con la venta del primer disco.

Era un precioso chalé enorme, o más bien gigante, y por lo que tenía entendido era en el que seguía viviendo en la actualidad.

—¿Estaba en casa? —me preguntó Knox mientras me cogía la mano y me abrazaba por los hombros al ver que tenía los ojos aguados.

—Sí, estaba en casa, pero no estaba solo.

Vi cómo Knox contenía la respiración, esperando a que hablara.

Lo hice.

Nada más entrar en casa supe que algo pasaba. Supe que mi vida iba a cambiar. Supe, muy dentro de mí, que no había ido a mi cena de cumpleaños por un motivo que no me iba a gustar nada.

Entré en la cocina. Allí había varias botellas de alcohol vacías y varias cajas de comida a domicilio también vacías.

Ahí entendí que la fiesta en la que habían estado se había trasladado a su casa para continuarla.

Seguí recorriendo la casa. En el salón sonaba música. La suya. No muy alta, pero a mí me pareció en ese momento que me destrozaba los oídos.

En el sofá estaba Sullivan follándose a una mujer, o a una cría, más bien. Y no era el único que hacía eso. Había al menos seis personas más manteniendo sexo.

En la mesa había más alcohol. Cocaína, de esa había muchísima. Y varias bolsas de pastillas.

Todos estaban tan drogados y tan a lo suyo que ni se percataron de que yo estaba allí. Sin pensarlo demasiado, subí hasta la habitación que Cassian y yo compartíamos desde que nos mudamos.

Abrí la puerta y allí mi vida, tal y como la conocía, terminó.

Cassian estaba en nuestra cama. Desnudo. Totalmente drogado y seguramente hasta las cejas de alcohol. Bien lo sabía yo. En los últimos tiempos le había visto muchas veces así.

Y no estaba solo.

Estaba follando como si no hubiera un mañana con dos mujeres. Dos fans, seguramente.

No me vio. Estaban tan enfrascados en lo suyo que ninguno de los tres se dio cuenta de mi presencia.

No hablé. No pude decir nada. Me rompí tanto viéndole allí con ellas que solo reculé. Bajé las escaleras sin ver. Salí de la casa de la misma manera y caminé y caminé hasta la casa de mis padres.

Mi padre, nada más verme, supo que mi mundo se había derrumbado. Lloré en sus brazos y en los de Joy toda la noche. Los dos días siguientes pasaron, pero ni recuerdo cómo.

Lo último que recuerdo de Nueva York es montarme en el coche de mis padres y llegar a Washington unas horas después.

A partir de ahí, y habiendo tocado fondo, solo me quedó hacer lo único que podía hacer.

Subir otra vez. Seguir adelante sin él. Ser como un ave fénix, resurgir de mis cenizas. Y ahí fue donde nació una nueva Yelina.

Knox, al final de mi historia, no dijo nada. No había nada que decir. Solo hizo lo que le salió hacer y lo que sabía que yo necesitaba.

Me abrazó.

Me abrazó muy, muy fuerte.