Capítulo 10
Mi madre, antes de salir, nos dio un termo de café para el camino y, en un recipiente, nos metió también unas magdalenas que había horneado el día anterior.
Knox sonrió como si le hubiera tocado la lotería cuando vio los dulces.
Era un goloso impresionante. No había cosa que llevara azúcar que no le gustara y, si llevaba chocolate, mucho mejor. Así que, con los dulces que hacía Joy, que tengo que decir que eran totalmente impresionantes, disfrutaba como un crío pequeño.
Y no solo los dulces los hacía bien. Es que a Joy cualquier cosa en la cocina le quedaba de lujo.
Nos montamos en el coche y, sin demorarse, Knox arrancó y pusimos rumbo a Nueva York. Nos quedaban unas horas por delante que aprovecharía para contarle esa parte de mi vida que había estado oculta para todos los que ahora me conocían.
—Knox, si quieres que conduzca yo un rato, no me importa. Podemos cambiar cuando quieras.
—Sabes que me gusta conducir. Pero, si me canso, que sabes que eso no pasará, te lo diré y cambiamos.
—Vale.
—¿Entonces la conversación con tus padres ha ido bien?
—Bueno, mi padre al principio ha puesto el grito en el cielo cuando ha sabido que vamos allí. Pero después ha reculado. Sabe que debo hacerlo. Sabe que quiero hacerlo.
Hice una pausa y saqué las gafas de sol para ponérmelas antes de seguir hablando. El sol ya estaba bien alto y me molestaba un poco la claridad, ya que nos daba de cara.
—Como también sabe que es necesario que lo haga. Ya es hora de que me enfrente al pasado y de que arregle lo que dejé a medias.
—Lo de divorciarte, ¿eso es lo que dejaste a medias?
—Sí. Bueno, a medias no, en realidad. Lo dejé entero. Pero, cuando resolvamos el caso y encontremos a Jake, aprovecharé que estamos allí para dejar este tema zanjado de una vez por todas.
—¿Por qué no lo has hecho en todos estos años? Sabes que podrías haberlo hecho a través de abogados y ni siquiera tendrías que haberlo visto.
Solté una risa seca.
—Eso no iba a ser posible. Cassian no lo permitiría. No aceptaría firmar el divorcio sin vernos las caras.
—Estás muy segura.
—Lo estoy. Sé que, pese a todo, le jodió que me marchara. Sé que le dolió. Y no por perderme, sino por abandonarle y quedar como un cabrón delante de todos.
Knox se quedó unos segundos en silencio, mirándome de reojo. Supe que mil preguntas le rondaban la cabeza, pero que no se atrevía a hacerme ninguna.
Bien para no molestarme, para no hacerme daño si hacía la equivocada o porque no sabía hasta dónde yo quería contarle.
Cogí aire y me senté de forma más cómoda en el asiento. La conversación iba a ser para largo y, aunque lo tuviera superado, o eso pensaba yo, habría trozos que me dolería recordar.
Y no por lo que pasó, sino por lo duro que era saber el motivo por el que todo se fue a la mierda.
—Voy a contarte todo.
—Yelina, solo cuéntame lo que quieras.
—Quiero contarte todo. Ya es hora de que lo haga.
—Bien. Te escucho.
—Vale, empezaré por el principio. Así será más fácil que lo entiendas todo.
—Por el principio es por donde empiezan todas las historias, sean malas o buenas.
—Esta tiene de todo. Muy bueno, bueno, regular, malo y muy malo.
—Una historia completa.
—Así es.
—Pues venga, dale. Quiero saber a quién debo tener en mi punto de mira antes de llegar.
Solté una risilla y, después de cerrar los ojos y apoyar la cabeza en el respaldo, empecé a hablar.
Empecé, como había dicho, por el principio, y eso se remontaba casi a mi nacimiento.
Mis padres, Logan y Mary, mi madre biológica, vivían en un barrio humilde de Nueva York, en un bloque de pisos donde todos los vecinos se conocían.
Eran como una pequeña familia. Todos se ayudaban entre ellos. Y a mi padre le ayudaron mucho conmigo cuando mi madre murió.
Así fue como mi amistad con los vecinos de enfrente se volvió más fuerte.
Esos vecinos eran nada más y nada menos que Cassian y Jake Whitaker, dos hermanos a los que yo acabé adorando. Así como también a su madre.
En otro de los pisos del edificio vivía otra familia que tenía un hijo que acabó siendo otro integrante de nuestro grupo de amigos. Ese chico era Tyler Holloway, actual teclista del grupo KayJax.
A nuestro grupo se unió años después Sullivan Whitaker, primo de los chicos, cuando se vino a vivir a su casa con ellos, después de que la vida les diera a todos un palo muy gordo.
En un accidente de autobús muy sonado que hubo en la ciudad, el padre de Cassian y Jake, así como la madre y el padre de Sullivan, murieron el mismo día. Por eso él, al quedarse huérfano, acabó viviendo en su casa.
Y ese grupo de amigos nuestro lo cerraba Rachel, a la que conocí en el colegio y que, al vivir en el edificio contiguo al nuestro, siempre estaba con nosotros también.
Nuestros años de infancia fueron como los de unos niños cualquiera. Con las pérdidas que cada uno llevábamos, que pesaban, sí, pero entre todos, estando juntos, conseguimos llevarlo mejor.
Al llegar a la adolescencia, las cosas empezaron a cambiar.
El primero en destacar fue Jake, desde el día en que, por su decimotercer cumpleaños, su madre, con mucho esfuerzo y ahorrando durante meses, le regaló una guitarra que él llevaba deseando ni sé decir cuánto tiempo.
Nunca fue a clases. Lo suyo era talento natural.
Solo le hacía falta oír la canción que fuera una vez y la tocaba perfecta, sin equivocarse en una sola nota. Era verdad lo que decían de él en los medios. No tocaba. Hacía magia con las cuerdas.
Cassian, que siempre había tenido una voz bonita, cuando pasó de niño a adolescente y su voz se agravó, al cantar enamoraba solo con oírle. Su voz y la pasión con la que cantaba, con tanto sentimiento, ponían los pelos de punta a cualquiera.
Una voz ronca, rasgada, una voz que no solo te cantaba, sino que te acariciaba el alma.
Si a su voz, totalmente especial y única, le unías las canciones que él mismo escribía, era ya para quedarte sin respiración al oírle.
A los dos hermanos, que hacían magia con su voz y sus dedos, se les unió la tercera pieza que les faltaba para ser perfectos.
Ese fue Tyler.
Él, después de pedir hasta el aburrimiento a sus padres un teclado, cuando por fin lo consiguió, demostró que no solo era un capricho por seguir a sus amigos, sino que lo quería porque, al igual que los otros dos, era capaz de hacer magia con él.
Mezclas imposibles, mezclas que se adaptaban sin siquiera haberlas pensado ni un segundo, sino que le salían solas, y que usaba para unirse a la voz de Cassian y a las pasadas de dedos de Jake con la guitarra.
Desde que formaron el grupo, siendo unos críos, por diversión, y tocaban en un local que un vecino les dejó porque lo tenía cerrado, todos los que los oíamos a diario supimos que llegarían lejos.
Y así había sido.
No solo habían llegado lejos, sino a todo lo alto.
Mientras crecíamos entre juegos, letras de canciones, acordes de guitarra y mezclas imposibles, cambiando por el camino y dejando atrás a los niños que éramos, también cambiaron nuestros sentimientos al hacernos mayores.
Con tan solo quince años yo y diecisiete Cassian, ya éramos inseparables. Lo nuestro fue un amor que se coció a fuego lento desde que éramos unos niños y que, entre beso y beso, las primeras veces para los dos en todo y letras escritas con mi nombre en la sombra, se convirtió en algo enorme.
Y exactamente les pasó lo mismo a Rachel y a Jake, que por el camino hacia la edad adulta se enamoraron como locos, al igual que nosotros.
Esos años que estuvimos juntos hicimos mil planes, vivimos cientos de cosas. Unas buenas, otras malas y otras sin mucha importancia.
Todo lo que de la música vino después llegó solo y rodado.
Con dieciocho años tocaron por primera vez en un bar de mala muerte al que solo asistimos a verlos gente del barrio, vecinos, amigos y cuatro borrachos que frecuentaban ese local.
De esas noches hubo muchas.
Muchos bares, muchos pequeños conciertos en la calle, en escuelas, en fiestas privadas… y así podría seguir diciendo sitios.
Pero la suerte estuvo de su parte en una de esas fiestas privadas. O la labia que tenía Sullivan, el que acabó siendo, y aún a día de hoy lo era, su representante, que consiguió que el dueño de una discográfica, que casualmente estaba en esa fiesta, les diera una oportunidad.
Oportunidad que les salió redonda porque solo unos meses después salió a la venta su primer disco, que fue un auténtico bombazo, arrasando en todas partes.
Para resumir un poco y por no contar demasiado, le expliqué a Knox que la euforia de ese éxito nos llevó a cometer una locura.
Los dos hermanos, Rachel y yo nos fuimos al juzgado y nos casamos el mismo día, celebrando así, como ellos dijeron, los dos mejores triunfos de su vida.
Poder vivir de su música y casarse con las mujeres de su vida.
Y así fue como acabé casada con el que pensé que era el amor de mi vida con tan solo veinte años.
Hice una pausa y cogí aire.
—Hasta aquí, todo muy bonito. Esa es la parte buena, ¿no? Ahora se va a torcer.
—Así es. Triunfar en la música fue el pistoletazo de salida para tener una vida soñada por muchos. Pero también fue lo que les hizo perderse y joder todo lo bueno que tenían a su alrededor.
—Gilipollas —murmuró Knox, apretando el volante con fuerza.
—¿Paramos a tomar un café y una magdalena y te acabo de contar la historia?
—Perfecto. Llevo dos horas soñando con esas magdalenas —dijo, haciéndome reír.