Capítulo 9
Cogí aire en la puerta de la casa de mis padres y conté hasta diez antes de llamar al timbre.
La conversación que se me venía encima sería rara, dura e inesperada, pero, por las circunstancias, totalmente necesaria.
Mi padre fue el que abrió la puerta y, solo con cruzar la mirada con él, supe que ya sabía lo que pasaba, al menos una parte de ello. Tenía el semblante lleno de preocupación. Pues estaba segura de que eso se agravaría cuando le contara que sería yo la que iría a Nueva York.
—Yelina…
—Papá…
No dijo, por el momento, nada más. Hizo lo que sabía que necesitaba en ese momento. Abrazarme.
—Logan, ¿quién es?
Joy se asomó por detrás de él mientras preguntaba y, al verme, no dudó ni un segundo. Se unió al abrazo.
Así estuvimos el tiempo necesario.
—Pasa, anda.
Los tres fuimos directamente a la cocina. Mi padre y yo nos sentamos en la isla y, mientras tanto, Joy se apresuró a preparar tres cafés.
La conversación no empezó hasta que estuvimos los tres sentados, con las tazas en la mano. Dejé que fueran ellos los que hablaran primero. Sabía que tendrían muchas preguntas.
—Lo hemos visto en la tele —dijo al fin mi padre.
No hacía falta que dijera qué habían visto. Los tres lo sabíamos.
—La noticia ha saltado hace nada. Pensábamos que tardarían más, pero los buitres se han dado prisa. Jake es muy famoso y lo que está pasando despierta morbo.
—¿Tú lo has visto en la tele?
Negué.
—¿En la radio?
Volví a negar.
—Entonces, ¿cómo lo sabes? ¿Te ha llamado Rachel?
—Sí que me ha llamado. Pero ya lo sabía cuando lo ha hecho. He hablado con ella de camino hacia aquí, cuando me ha traído Knox.
—Pobre chica. Estará de los nervios. Y Andrew… pobre criatura —dijo Joy, negando con la cabeza, disgustada.
Tanto ella como mi padre querían mucho a Rachel y al niño. Los conocían desde que ella era una niña y a él desde que nació. Y también solían hablar con ella a menudo.
—Estaba histérica, sí. Y Andrew no sabe nada, y van a intentar que así siga siendo. Sus padres iban a llevárselo con ellos a la casa de la playa. Allí estará fuera de los focos y lo más ajeno posible a lo que está pasando.
—Es lo mejor. Allí estará bien —dijo mi padre, conforme.
—Has dicho que ya lo sabías antes de que ella te llamara. Si no lo has visto en las noticias, ¿cómo te has enterado?
Suspiré y di un sorbo al café antes de contestar.
—En la oficina.
—¿Knox estaba contigo?
—Sí.
—¿Le has…?
No dejé a mi padre terminar la pregunta. Me adelanté.
—Sabe poco. Se lo contaré todo más tarde. Solo le he dicho lo más importante: que Cassian es mi marido.
Mi padre bufó.
—Eso tendríamos que haberlo solucionado hace años.
—Pues quizá ha llegado el momento de hacerlo. Ahora podré hacerlo. Lo haré.
Joy me miró y alzó una ceja. Pensó unos segundos y, al darse cuenta del trasfondo de mis palabras, se llevó las manos al pecho y soltó un jadeo.
—Dime que no —me rogó.
—¿Qué no qué? —preguntó mi padre, mirándonos por turnos a ambas.
—Que va a ir a Nueva York —le contestó Joy.
—¿Qué? Ni hablar.
—Papá…
—¡Papá, mis cojones! No puedes ir. No dejaré que vayas. Ese cabrón ya te hizo mucho daño; no permitiré que te lo vuelva a hacer.
—Papá… —repetí.
—Que no. Ni hablar. Que no y que no.
—¡Papá!
—¡¿Qué?!
—Me han asignado el caso —dije, dejándolos con la boca abierta.
—¿Será broma? —preguntó indignado.
—No lo es. Sterling nos lo ha dado antes de saber nada.
—¿Te habrás negado?
—No. Tengo que ir, papá. Tengo que ir por Rachel, por Sarah, por Jake, por todos…
Los dos se quedaron en silencio. Me miraron. Procesaron mis palabras y vi el momento exacto en el que se rindieron, o más bien entendieron qué era lo que tenía que hacer. Lo que debía hacer y lo que quería hacer.
—Yelina… —dijeron los dos.
—Estaré bien, ¿vale? Ha pasado mucho tiempo. Las cosas ya no son iguales. Yo ya no soy la misma.
—Eso no lo podemos negar —le dijo Joy a mi padre—. Es más fuerte. No dejará que le hagan daño.
Mi padre suspiró y negó con la cabeza.
Sabía que estaba preocupado. Sabía que tenía miedo. Pero también sabía que él pensaba igual que Joy.
No solo porque ella lo dijera o porque yo se lo acabara de decir, sino porque me había visto durante todos estos años. Y sabía de sobra que la Yelina que llegó a Washington hacía siete años, siendo una niña con el corazón roto, ya no estaba.
Sabía que me había convertido en una mujer fuerte, en una mujer que no dejaba que nadie la manipulara, en una mujer que sabía poner a quien fuera en su sitio sin despeinarse.
Y eso no solo lo había conseguido por el trabajo tan difícil que tenía, sino porque juntos trabajamos mucho para que mis heridas curaran y cicatrizaran.
Les estaría eternamente agradecida por lo que habían hecho.
Muy agradecida por sacarme de allí. Por alejarme de lo que me hacía daño. Por tener el valor de romper con todo. Ese valor que a mí, en esos momentos, me faltó.
—Papá, de verdad que estaré bien.
Sonrió. Por primera vez desde que había llegado, sonrió.
—Lo sé. Sé que estarás bien. Lo veo en tu mirada. Y también sé que, si hace falta, patearás algún culo si alguno de ellos se resbala un poco.
Joy soltó una risita. Los dos la miramos.
—¿Knox va contigo?
—Pues claro, mujer. La soga no va nunca a ningún sitio sin el caldero.
—Perfecto, porque tengo que pedirle una cosa.
Mi padre y yo la miramos, intrigados, y esperamos a ver qué era lo que iba a decir. Que, por la sonrisilla que estaba poniendo, era alguna idea traviesa o descabellada.
—Quiero que grabe en el móvil y luego me mande las caras de gilipollas que se les van a quedar a todos cuando te presentes allí como una agente del FBI.
Mi padre soltó una carcajada. Y yo no pude por menos que hacer lo mismo.
—Sobre todo la de Cassian. Pagaría lo que fuera por ver la cara de idiota que se le va a quedar —dijo mi padre.
—Alucinar sí que van a alucinar un poco, sí.
—Yelina, un poco no, hija. Se van a caer de puto culo.
Nos echamos a reír los tres y, mientras lo hacíamos, sonó el timbre.
Miré el reloj. Veinte minutos habían pasado desde que Knox me había dejado allí. Pues sí que se había dado prisa. Y eso estaba segura de que era por la preocupación que llevaba dentro.
Mi padre fue a abrir la puerta. Y dos minutos después, Knox entró en la cocina.
Sus ojos fueron a los míos de inmediato para preguntarme, sin hablar, si todo iba bien.
Asentí, sonriendo, y respiró tranquilo.
—Knox, ¿un café?
—Sí, gracias, Joy.
—Chico, ¿llevas el arma cargada?
—Papá… —protesté.
—Sí, Logan, siempre la llevo, ya lo sabes. Pero, para que te quedes más tranquilo, te diré que he cogido una caja de munición extra.
Puse los ojos en blanco al ver a mi padre darle una palmada en la espalda, a modo de felicitación por ello.
—¿Os vais hoy?
—Sí, en cuanto terminemos el café.
—Knox, tengo que pedirte algo —dijo Joy, aguantándose la risa.
—Dime.
—Mamá, ya te vale, eh…
Mi madre se echó a reír a la vez que le decía a Knox lo que nos había dicho unos minutos antes: que quería una grabación de las caras de todos.
—No te prometo que sea de buena calidad ni que salgan todos. Pero haré lo que pueda.
—Knox —me quejé—, no le sigas el juego.
—No es un juego. Yo también quiero verlo después varias veces. Va a ser un bombazo cuando te vean. Será como ver a un fantasma volver de la otra vida.
—No puedo con vosotros, lo juro —dije, poniendo los ojos en blanco.
—Tú, sobre todo, graba la cara del cabrón de Cassian. Esa es la que más quiero ver —añadió mi padre.
Siguieron bromeando con la grabación. O no. Porque no tuve claro si era una broma, hasta que cinco minutos después nos marchamos.