Informe final: Estoy enamorada Capítulo 7
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Capítulo 7

No sabría decir si pasaron segundos, minutos u horas desde que Knox dijo el nombre del desaparecido hasta que mi mente lo procesó.

Porque eso no era posible.

Porque no podía ser cierto.

Porque esperaba que se hubiera equivocado al decir el nombre. Porque, si eso era verdad, mi vida, tal y como la tenía en esos momentos, no podría seguir siendo la misma.

—¿Yelina?

Oí mi nombre, pero seguía tan en shock que no era capaz ni de contestar, ni de hablar, ni casi de respirar. Solo podía oír el zumbido de mis oídos, el latir acelerado de mi corazón y cómo mi mente repetía ese nombre una y otra vez.

—¡Yelina, joder, reacciona!

El grito de Knox a mi lado y el meneo que me metió, sacudiéndome por los hombros, fue lo que me hizo volver en mí.

Parpadeé una vez… dos… y, por fin, giré la cabeza para mirarle a la cara.

—No… —susurré.

—¿No qué?

—Dime que no es verdad. Dime que has leído mal el nombre. Dime que Jake no es el que ha desaparecido —le rogué.

—Yelina… Sí que lo es —me contestó mientras me miraba preocupado.

—Prescott, ¿qué ocurre?

No pude contestarle porque, en esos momentos, Rachel se me vino a la mente y solo pude pensar en ella.

En cómo estaría. En si había sido ella la que había denunciado la desaparición.

En por qué no me había llamado para decírmelo.

Esas y muchas más preguntas se me pasaron por la cabeza en décimas de segundo.

—Tengo que llamar a Rachel —dije de pronto, sin hacer caso a las caras de preocupación con las que los dos me estaban mirando.

—¿Rachel? ¿Tu Rachel? ¿Qué tiene ella que ver con esto? —me preguntó Knox, confundido.

Él no conocía a Rachel en persona. Más que nada porque nuestra amistad seguía siendo la de siempre, pero no nos habíamos visto cara a cara en los últimos siete años.

Toda nuestra relación había sido por teléfono.

Aun así, Knox sí sabía de su existencia porque me había oído hablar con ella cientos de veces.

Sabía que era mi amiga de Nueva York, que la quería un montón y que pertenecía a mi vida pasada.

Esa vida que él no conocía.

Esa vida que yo decidí dejar atrás y de la que no había hablado con nadie en Washington nunca, ni siquiera con él.

Eso fue algo que, al principio de conocernos, le dije en una de nuestras primeras conversaciones. Le dejé claro que no quería hablar de mi pasado. Y Knox, al ver el dolor en mis ojos cuando se lo dije, lo respetó y nunca volvió a preguntarme por ello.

Yo tampoco se lo había contado con el paso de los años. No porque no confiara en él, porque confiaba al cien por cien y le confiaría mi vida si hiciera falta. Simplemente, no se lo conté. Pero en ese momento supe que eso iba a cambiar, porque tendría que hacerlo.

—Mi Rachel es la mujer de Jake —le contesté en voz baja.

Knox abrió los ojos como platos y la boca casi de la misma forma.

—No entiendo nada —dijo Grayson, mirándonos primero a uno y luego al otro.

Negué con la cabeza.

—Mi mejor amiga es la mujer de Jake Whitaker. El desaparecido —le expliqué.

—Hostias… —dijo, pasándose las manos por la cara, nervioso.

Knox me miró. Dudó. Carraspeó. Cogió aire. Y por fin habló.

—Entonces también le conoces a él —dijo, afirmándolo más que preguntándolo.

Asentí.

—No me jodas, Yelina. Conoces al mejor guitarrista de todos los tiempos, al que dicen que no toca, sino que hace magia con los dedos, y no me has dicho nada.

Volví a asentir.

—¿Conoces a todos los integrantes de los KayJax? —me preguntó el jefe.

Vaya que si los conocía. Y muy bien. Más, mucho más de lo que ellos se podrían imaginar.

Los dos me miraron esperando a que contestara. Dudé varios segundos, pero las dudas sobre si contar la verdad o no desaparecieron de mi cabeza al darme cuenta de que no podía hacer otra cosa que hablar y confiar en ellos.

—Todo lo que hablemos aquí es confidencial, ¿verdad?

—Eso lo sabes de sobra. Lo que se habla en este despacho nunca sale de estas cuatro paredes —me contestó Grayson muy serio.

Knox se inclinó hacia delante y me agarró de la mano. Con ese gesto me hizo saber que estaba conmigo. Que, pasara lo que pasara, estaría para mí.

Levanté la mirada y, al ver su cara de preocupación por el estado de nervios en el que me encontraba, noté cómo se me aguaban los ojos.

—Joder, Yelina. Me estoy poniendo de los nervios. ¿Qué coño te pasa? ¿Qué pasa con los KayJax?

Cogí aire y lo solté de golpe. Ya no podía demorarlo más. Ellos necesitaban una explicación de por qué estaba en ese estado, y yo necesitaba soltarlo ya.

—Cassian Whitaker es mi marido —susurré mientras le apretaba la mano.

—Dios mío… —dijo Grayson.

Knox no fue capaz de decir nada durante unos segundos. Unos segundos que se me hicieron eternos, porque necesitaba que mi mejor amigo hiciera algo, lo que fuera. Que me gritara. Que se enfadara por haberle ocultado una cosa así. Que me insultara. Que me diera una hostia. No sé. Que hiciera algo.

—No. Dime que no es verdad. Dime que es una puta broma —dijo al fin, pero no enfadado, sino totalmente alucinado.

—Knox…

Solo con susurrar su nombre y mirarlo a los ojos vio la verdad en ellos. Supo que no era una broma. Supo que esa era la parte de mi pasado de la que yo nunca hablaba.

—¿Estás casada con Cassian Whitaker? ¿Con uno de los cantantes más conocidos del mundo? ¿Con ese Cassian que llena estadios? ¿Con ese que tiene mil premios?

»¿Ese que, junto a su grupo, tiene récord mundial de ventas? ¿Con ese que tiene a medio planeta enamorado de sus letras y a millones de fans?

Joder, pues sí que estaba enterado de todo lo relacionado con el grupo, pensé mientras negaba con la cabeza.

No es que yo no lo estuviera, y no porque quisiera.

Había evitado saber nada que tuviera que ver con ellos.

Pero lo que acababa de decir era de dominio público y cualquiera al que le gustara el grupo y lo oyera en la radio sabría eso y muchas cosas más, porque lo repetían a todas horas.

Aunque yo lo sabía por otra razón: porque estuve en sus inicios, porque lo vi y porque tuve claro que no solo triunfarían, sino que arrasarían.

Y también sabía que a Knox le gustaban, porque me lo había dicho muchas veces. Sobre todo, esas veces que sonaba una canción suya cuando iba con él en el coche y yo apagaba la radio.

Sí, siempre la apagaba porque escucharlos dolía. Dolía porque oír su voz y su música me transportaba a un pasado. Al bueno y al malo. Y tanto dolía pensar en uno como en el otro.

—Sí. Cassian es mi marido.

—¿Desde cuándo?

Cerré los ojos y cogí aire antes de contestar.

—Desde hace nueve años. Nos casamos cuando yo tenía veinte y él veintidós.

—Dios del cielo… —susurró Grayson.

—Pero tú llevas aquí siete años —dijo Knox, confuso.

—Sí. Y esos son los años que llevamos sin vernos. Esos son los años que ellos llevan sin verme y sin saber de mí. No saben dónde estoy ni en lo que trabajo. No saben nada de nada.

—En tu expediente, cuando entraste, ponía que estabas casada. Pero como nunca hablaste de un marido ni de una pareja, supuse que ya te habrías divorciado. Supuse que lo llevabas con discreción.

—Pues no estoy divorciada, jefe. Sigo casada.

—La madre que la parió. Mira que, en todos los años que hace que te conozco, me has sorprendido muchas veces. Pero esto… esto es para hacerte un monumento, te lo juro.

La manera en la que Grayson me dijo eso me hizo soltar una risa nerviosa.

Los tres nos quedamos en silencio unos segundos. Yo pensaba en todos ellos y en cómo estarían con esa situación. Knox, en cambio, estaba haciéndose mil preguntas sobre mi historia; eso lo supe porque así me lo decía su mirada. Y el jefe, ni idea de en qué estaba pensando.

—Bien, voy a llamar a los de arriba para decirles que mandaré a otros agentes.

—¿Qué? No. Eso sí que no.

Tendría un pasado en el que no quería pensar y también miedo a enfrentarme a todos, pero sabía que era yo la que tenía que estar allí.

Tenía que estar por Rachel, por Andrew, su hijo y el de Jake, por Sarah, la madre de los chicos, que seguramente estaría destrozada pensando en dónde estaría su hijo y en si le habría pasado algo horrible.

Y también sabía que tenía que estar por Cassian, porque sería un cabrón y conmigo había hecho las cosas como el culo, pero era su hermano el que había desaparecido y sabía de sobra que estaría como loco, porque le adoraba.

Por esos motivos, y por alguno más, supe que tenía que dejar de lado lo que pasó y hacer mi trabajo para encontrar a Jake.

Sería duro volver, sí. Sería impactante, sí. Pero también sería necesario. Porque, aunque pasó lo que pasó, todos ellos habían formado parte de mi vida y una vez fueron mi familia. Y, legalmente, aún lo eran.

Y en los momentos malos se dejan aparte el dolor, el rencor y todo lo demás para ayudar.

Así que eso haría: ayudarles.

—No llame. Iremos nosotros.

Knox me miró todavía más preocupado. Me conocía demasiado bien y sabía de sobra, por todo lo que acababa de contarles, que algo muy feo tuvo que pasar en Nueva York para que me largara y dejara atrás toda mi vida y a todos ellos.

Claro que había pasado algo muy feo y doloroso.

Y se lo contaría. Le contaría todo lo que no le había contado.

Con mi mirada fue eso lo que le dije, que más tarde hablaríamos, y él asintió. Así, sin más.

—¿Estás segura, Yelina? Si te va a suponer un problema, les daré el caso a otros. No quiero que volver allí te cause problemas.

Y no me los causaría. De eso era de lo único que estaba segura. Porque habían pasado siete años y porque la Yelina que se marchó de Nueva York rota ya no estaba.

La nueva Yelina en la que me había convertido durante esos años era fuerte, dura y no se dejaba impresionar por nada.

Ya no era esa Yelina débil y callada que aguantaba y aguantaba sin decir nada.

Esa Yelina a la que el que creía que era el amor de su vida le rompió el corazón porque la fama lo echó a perder.

—Estoy segura. Tengo que ir. Por Rachel y por los demás. No habrá problemas.

—Eso, conociéndote, lo dudo mucho.

Solté una risita.

—Prometo no pegar un tiro a nadie que no se lo merezca.

—Fíjate que eso no me consuela. Porque no sé por qué me da, y tranquila que no voy a preguntártelo, ya me lo contarás un día si quieres, que allí hay mucha gente que se merece un tiro.

—Alguno hay, sí.

—Lo suponía.

—Tranquilo, jefe, que no la dejaré disparar. Al menos si hay testigos.

El comentario de Knox me hizo reír. Sabía que bromeaba, pero también sabía que, llegado el caso de verme en una situación así, no solo no me impediría disparar, sino que seguramente se me adelantaría y lo haría él por mí.

—Está bien. Id y haced vuestra magia. Eso sí, como este caso es un poco especial, quiero un informe diario por teléfono.

Knox y yo asentimos y, a la vez, nos levantamos de la silla.

—En la carpeta tenéis los datos que sabemos, que la verdad son pocos.

Volvimos a asentir.

—Y Yelina, si no estás bien, no dudes en decírmelo. Haré un cambio rápido.

—Gracias, jefe. Pero estoy segura de que no será necesario —le contesté antes de marcharnos a cumplir con nuestro deber.