Capítulo 6
El lunes pasó casi sin que me diera cuenta.
Por la mañana me levanté temprano y totalmente recuperada. Cómo para no estarlo si, el día anterior, nada más que Knox me dejó en casa, me tiré literalmente en la cama y dormí doce horas seguidas.
Doce horas que me supieron a gloria bendita.
Por la mañana limpié la casa, puse una lavadora y bajé al súper a hacer la compra. Pequeña, pero la hice.
No solía tener mucha comida en el frigorífico. Siempre compraba lo justo, y el motivo no era otro que, al principio de entrar en el FBI, aprendí por las malas que la comida se me acababa caducando porque la mayoría de los días ni comía ni cenaba en casa.
No siempre por trabajo.
Unos sí, porque nos pillaba con un caso que íbamos a contrarreloj y comíamos lo que podíamos cuando podíamos.
Pero otros, porque lo hacía con Knox por elección propia, en algún restaurante, o con unas pizzas improvisadas en su casa o en la mía. Y otras veces, porque íbamos los dos a casa de mis padres.
Así que, por ese motivo, compraba lo justo: café, leche, pan de molde, que solía acabar lleno de moho en el cubo de la basura, productos de limpieza, de higiene y poco más.
Eso fue lo que hice por la mañana. Por la tarde, Knox y yo, en plan tranquilo, nos fuimos hasta Sandy Point.
Allí paseamos por la arena y nos tomamos una cerveza mientras disfrutábamos del paisaje de la costa.
Las temperaturas no estaban como para bañarse, ya que el otoño había llegado hacía apenas unos días, pero solo con estar allí, descansar, desconectar y hacer algo distinto nos vino de perlas a los dos.
De vuelta a casa no nos separamos.
Era gracioso vernos a los dos juntos. Parecíamos una pareja, pero sin serlo.
Hacíamos la mayoría de las cosas que ellas hacen. Creo que, pensándolo bien, el sexo, o mejor dicho, la falta de él entre nosotros, era lo único que nos diferenciaba del resto.
Llegamos a mi casa, pedimos pizzas y vimos dos películas que teníamos pendientes.
Era tarde cuando terminaron, así que, como muchas otras veces había pasado, Knox se quedó a dormir en mi casa.
Y en mi cama, sí.
Porque en la caja de cerillas en la que yo vivía solo había una habitación y, por consiguiente, una cama, además de un baño diminuto, una cocina abierta al salón y poco más. Y, sinceramente, para el tiempo que pasaba en él, mi apartamento era más que suficiente.
Cuando llegamos a Washington siete años atrás, los dos primeros años viví con mis padres. Pero, en cuanto tuve la oportunidad, me independicé.
No porque estuviera mal con ellos. Eso nunca.
Sino porque, después del esfuerzo que habían hecho cambiando su vida por mí, pensé que se merecían vivir solos y tranquilos, sin tener que estar pendientes ni preocuparse cuando, a lo mejor, tenía que salir a toda prisa a las tres de la mañana o no pasaba por casa en dos días.
Ojos que no ven, corazón que no siente, dicen. Pues eso, que prefería que no lo vieran para que no se preocuparan en exceso.
El sonido del teléfono de Knox, que había dejado en la mesilla de noche, una manía que ambos compartíamos nos despertó a los dos a las… Miré el reloj que tenía colgado en la pared de la habitación, entrecerrando los ojos. Las siete de la mañana.
—Pregunta quién es y dímelo. Le pegaré un tiro más tarde por despertarnos a las siete de la mañana, a quien sea que quiera jodernos nuestro último día de descanso —dije, quejándome y haciéndole reír.
—Ashford.
Me quedé mirando de reojo, sin moverme de la cama, cómo Knox escuchaba a quien fuera que estuviera al otro lado de la línea.
—No la llame, está conmigo.
Con esa respuesta ya supe que era del trabajo. Porque estaba claro que el del otro lado había dicho mi nombre. Por eso Knox le había soltado que estaba conmigo.
—En media hora estamos allí.
Colgó, miró el teléfono unos segundos y resopló.
—Dime que no era Sterling —le pedí, bufando, sabiendo de antemano cuál sería su respuesta.
—Entonces no te lo digo.
—¿Qué coño quiere? Nos dio tres días. Nos queda el de hoy —dije, enfadada.
—Hay un caso importante.
—Todos lo son.
—Pues este debe de serlo más, porque se le notaba nervioso y ansioso por que vayamos.
—Eso es que los de arriba le han llamado.
Los dos nos quedamos unos segundos en silencio.
Porque sí, estábamos seguros de que eso era lo que había pasado. No era la primera vez, aunque sí era cierto que no solía ocurrir, que los jefazos le llamaban apretándole las tuercas porque un caso requería más atención por diferentes motivos.
Que podían ser porque la víctima era un personaje público, pues tenía mucha repercusión mediática, o por varias razones más.
—Venga, anda, vamos a ducharnos. Cuanto antes vayamos, antes nos enteraremos de qué es lo que el jefe nos tiene preparado.
Resoplé, pero me levanté con rapidez de la cama.
Que me había fastidiado que nos llamara en nuestro último día libre, pues sí. Que me había jodido que me despertara el teléfono, pues también.
Pero que ya estaba en modo agente, por supuesto.
Si alguien necesitaba nuestra ayuda, allí estaríamos nosotros.
Entramos en el baño por turnos. La ducha fue rápida. O más que rápida, fue un visto y no visto. Al igual que la velocidad a la que nos vestimos.
Media hora después, los dos nos bajábamos del coche de Knox en la puerta de la oficina. Antes de subir al despacho de Sterling, o más bien de camino a él, cogimos dos cafés, o un intento de ellos, en la máquina del pasillo.
En esa ocasión fue Knox el que llamó.
—Adelante.
Los dos pasamos y, como hacíamos siempre, nos sentamos en las sillas vacías sin esperar a que Grayson nos diera permiso.
No era falta de educación, era la confianza de años.
Una confianza que él no daba a cualquiera. Esa nos la habíamos ganado con creces. Siempre cumpliendo, siempre implicándonos y siempre dispuestos a hacer lo que hiciera falta.
¿Que nos saltábamos las normas?
Pues sí, pero tampoco era algo que se saliera de madre y, a nuestro modo de ver, era por un bien mayor.
—Prescott, Ashford. Gracias por venir tan rápido y en vuestro último día libre. Pero hay un caso que requiere que vosotros hagáis la magia que hacéis siempre.
Bueno, por lo menos tenía la consideración de darnos las gracias y pedir disculpas, a su manera, por jodernos el día libre que nos quedaba, pensé mientras daba un sorbo al café y arrugaba el morro.
Joder, qué malo estaba. Parecía meado de gato teñido de negro.
Dejé el vaso en la mesa para tirarlo después y esperé a que el jefe hablara.
Cogió una carpeta que tenía encima de la mesa y se la pasó a Knox. No era que a él lo considerara más que a mí, porque no era así. Lo que pasaba era que, desde que empezamos a trabajar juntos, al ser yo la novata, lo hizo así al principio y después había seguido haciéndolo por costumbre.
A mí no me molestaba en absoluto. Si, total, me iba a enterar igual de lo que pasaba en cuanto empezara a hablar y Knox a leer lo que ponía en los informes que nos había entregado.
—¿Qué tenemos? —pregunté.
—Una desaparición, o puede que sea un secuestro. Todavía no está claro. Eso es lo primero que tendréis que averiguar.
—¿Un menor?
—No. En este caso es un hombre adulto.
Lo sentía por el hombre sin saber siquiera quién era, pero, en el fondo, me alegré de que no fuera un menor.
Ya bastante habíamos tenido unos días antes con la niña atada a la cama y necesitaba respirar un poco y no pasarme las veinticuatro horas del día pensando en lo que le estarían haciendo a una pobre criatura que no podía ni defenderse.
—Los de arriba quieren que os ocupéis vosotros. Quieren en el caso a los mejores.
Eso significaba que o era una persona importante, o muy conocida, o que se iba a liar una muy gorda en cuanto la prensa se enterara, por los motivos que fueran.
—¿Persona pública? —pregunté.
—Así es. Muy conocida. La prensa se va a volver loca en cuanto la noticia salte a los medios —dijo con hastío.
Mierda…
Eso no era nada bueno. Porque era cierto que la prensa ayudaba en algunas ocasiones, pero en la mayoría de ellas nos solía dificultar el trabajo.
Bien porque hablaban sin saber, porque daban información que no sabíamos de dónde narices sacaban y nos jodían los planes alertando a los sospechosos, o porque acosaban a preguntas a los testigos.
—Cojonudo. Prensa, presión y carrera contrarreloj que todos observarán con lupa. Nuestra especialidad, Knox, ¿a que sí? —dije con ironía.
Knox soltó una risita y Grayson no lo hizo, pero vi claramente cómo se quedaba con las ganas.
—Se va a liar muy gorda. Eso ya os lo adelanto.
—Cómo me gustan los ánimos que nos das, jefe. Creo que sin ellos me sentiría vacía.
Mientras yo hablaba, Knox había abierto la carpeta y estaba leyendo lo que ponía o, más bien, alucinando con ello, porque tenía los ojos abiertos como platos. Eso despertó mi curiosidad y también me preocupó, porque Knox pocas veces se sorprendía por algo.
—¿Quién es el desaparecido? —pregunté, ansiosa.
—Jake Whitaker. El guitarrista de los KayJax.
No, no, no y no.
Mi cabeza solo repetía esa palabra mientras el mundo pareció derrumbarse a mi alrededor.