Informe final: Estoy enamorada Capítulo 5
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Capítulo 5

Sonó el teléfono y me quise morir en ese momento.

Sin abrir los ojos, alargué la mano y tanteé la mesilla hasta que lo encontré. Sin moverme y en la misma posición en la que estaba, me llevé el teléfono a la cara y contesté.

—Prescott.

—Yelina, estoy saliendo de casa. Te recojo en diez minutos.

Resoplé, gruñí y puse los ojos en blanco, todo a la vez.

—Knox, ni puedo abrir los ojos del sueño que tengo, y me duelen hasta los pelos que no tengo, joder.

La carcajada que soltó me taladró los oídos y tuve que retirar el teléfono de la cara.

—No te rías, cabrón. ¿Cómo puedes estar tan fresco?

—Pues porque bebí, pero menos que tú. Y porque también follé, y eso a mí no me deja el cuerpo doblado como a ti.

Separé el teléfono un poco para ver la hora. La una y media de la tarde. Mierda… Solo había dormido cuatro horas.

El día anterior, como habíamos quedado, fuimos a comer al restaurante italiano. Pero la cosa no se quedó ahí. Sabiendo que teníamos tres días de descanso por delante, quisimos disfrutarlos a tope.

Después de la comida fuimos a pasear por la ciudad.

Luego al cine, que hacía mil años que no pisábamos una sala y teníamos esa espinita clavada.

De ahí nos fuimos a cenar unas hamburguesas a uno de esos bares que solo la gente que se conoce la ciudad de cabo a rabo sabe que existen, escondido en una calle de un barrio poco recomendable.

Eran, sin duda, las mejores hamburguesas de la ciudad, aunque el local parecía que se caía a cachos.

Ya que estábamos metidos en faena, de ahí acabamos en el pub de un conocido para, como dijimos en un principio, tomar una copa. Los cojones, una copa. Después de una vino la segunda… y luego la tercera, y en la sexta dejé de llevar la cuenta.

Bailamos, reímos y también ligamos.

Knox con una morena que ni se molestó en disimular lo que quería. Ni cinco minutos tardó, después de conocerlo, en meterle la lengua hasta la campanilla, y diez minutos después se largaron del pub .

Yo, en cambio, ligué con un mulato que, Dios del cielo, se movía en la cama mejor de lo que lo hacía en la pista bailando.

Así estaba yo, claro, que me dolían músculos que seguramente ni eran míos.

Del pub nos fuimos a un hotel cercano y allí lo dimos todo. Bueno, siendo sincera, él más que yo. Porque era de los que mandaban y me dio pal pelo.

Del hotel había salido sin dormir ni cinco minutos, a las nueve menos cuarto de la mañana, y me había ido a casa en taxi. Reventada de cansancio, pero satisfecha al menos para una temporadita.

—Knox, ¿qué quieres? ¿Para qué vienes a buscarme? No hicimos planes ayer. Quieroooo… No, necesito dormir.

Otra carcajada. Capullo. Verás que, como sigas riéndote, te cuelgo, pensé mientras intentaba, con muchísimo esfuerzo, darme la vuelta en la cama para mirar por lo menos el techo.

—Pues eso no va a poder ser. Levanta ese bonito culo que tienes y métete en la ducha. Te quedan ocho minutos, porque te recuerdo que sí que tenemos planes.

—¿Qué planes? Ayer no quedamos en nada.

—Parrillada, cerveza y tarta. ¿Te suena?

—Mierda… Hoy es domingo —dije, lamentándome porque ni cuenta me había dado de que era cuando íbamos a ir a comer a casa de mis padres.

—Exacto. Es domingo todo el día. Justamente lo será hasta las doce de la noche —dijo, riéndose.

—Te sentó bien follar ayer, ¿no? Porque estás hoy con el gracioso subido.

—Me sentó de maravilla. Con decirte que solo he pasado por casa a ducharme y cambiarme de ropa. No he dormido ni cinco minutos.

—Eres un cabrón. ¿Ni cinco minutos? ¿Y estás así de bien? ¿Por qué? ¿Con quién has hecho un pacto? ¿Con el diablo? Le has prometido darle a tu primogénito a cambio de tener más aguante que el resto de los mortales, ¿a que sí?

Apoyé el teléfono en la almohada y pulsé la tecla del altavoz. Arrastrando mi dolorido cuerpo, conseguí sentarme en la cama mientras oía a Knox descojonarse de la risa.

—¿Cómo es posible que digas tantas chorradas cuando tienes todavía los ojos llenos de legañas?

—No sé si tengo legañas porque ni he podido abrirlos todavía —me quejé.

—Yelina.

—¿Qué?

—Ve a ducharte de una vez. Me quedan cinco minutos para llegar a tu casa.

—¿Traes churros?

—Solo uno.

—¿Uno?

—El mío.

Cuando mi espesa mente procesó lo que había dicho, resoplé tan fuerte que los pelos del flequillo se me levantaron.

—Eres gilipollas.

—Pero me quieres igual, ¿a que sí, desastre?

—Qué remedio me queda.

—Pues el mismo que a mí.

Iba a contestarle, pero el timbre de la puerta me lo impidió. Me levanté de la cama con un esfuerzo grandísimo.

—Knox, han llamado al timbre. Espera un momento.

—Vale.

Con pasos lentos, recorrí el pasillo de mi enano apartamento y llegué hasta la puerta. El timbre volvió a sonar justo cuando abrí.

Recorrí a la persona que estaba frente a mí desde los pies hasta la cara y os juro que me tuve que contener para no darle un puñetazo. Se libró porque no tenía fuerzas ni para levantar los brazos.

—¿Por qué coño me dices que vale si eras tú el que estaba llamando al timbre?

Se echó a reír mientras entraba en mi casa sin esperar a que le diera permiso.

—Porque, si te hubiera dicho que era yo, no me habrías abierto.

—Qué bien me conoces. Te habría dejado en la puñetera calle por vacilarme con lo del churro.

—Lo sé —dijo, riéndose.

—Knox, estoy fatal. Me duele hasta el iris.

—¿Qué iris?

—El color de los ojos.

—¿Eso duele?

—Pues al parecer sí. Yo lo he descubierto hoy.

Se tuvo que agarrar hasta el estómago de la risa que le entró al verme mover los ojos en círculos.

—Venga, desastre. Ducha. Ropa. Café. Una pastilla y día familiar.

—Que conste que me levanto porque vamos donde mis padres. Si no, ni aunque me hubieras apuntado con tu arma lo habrías conseguido.

Vi cómo asentía mientras me arrastraba literalmente por el pasillo para llegar al baño y meterme debajo del agua helada, a ver si me despejaba y me activaba los músculos que tenía doloridos y agarrotados por culpa del ejercicio nocturno.

Media hora después, los dos salimos de mi casa.

No es que estuviera al cien por cien, porque no era verdad, pero el tazón, porque fue un tazón y no una taza, de café que Knox me hizo mientras me duchaba, los dos ibuprofenos y los diez minutos de agua helada cayéndome por la cabeza me despejaron lo suficiente para ser, al menos, media persona.

Al abrirnos la puerta, mi padre, nada más vernos, se echó a reír.

—¿Qué es tan gracioso?

—La cara de resaca que llevas.

Puse los ojos en blanco.

—Buenos días para ti también, papá.

—Buenas tardes, hija. Porque, a las horas que son, ya no se puede decir buenos días.

Solté un gruñido.

—No le hagas mucho caso, Logan. Está resacosa y dolorida. La niña se nos hace mayor y no aguanta ni salir una noche.

Los dos se echaron a reír y no me molesté en contestarles. Allí los dejé y me fui directamente a la cocina a buscar a Joy.

—Mamá —la saludé desde la puerta.

—Hija mía, vaya cara que me traes. Tú estás mejor trabajando; salir te sienta mal —dijo, riéndose.

—Estoy ringlada —dije mientras me sentaba en un taburete y apoyaba la cabeza en la isla de la cocina.

Joy se echó a reír a la vez que se acercaba a acariciarme el pelo.

—Verás que con la parrillada y la tarta te recuperas enseguida.

Y vaya si me recuperé.

Pero no solo fue por la comida. Fue por la tarde tan buena que pasamos los cuatro, comiendo, hablando y, sobre todo, riendo.

Riéndose casi todo el tiempo de mí o conmigo. Pero no me importó. Esos momentos en familia valían oro. Eran, sin duda, los que te hacían ver que la vida, esa que Knox y yo veíamos a diario, no era tan mierda como parecía.

A última hora de la tarde nos marchamos, no sin antes prometer que volveríamos pronto. A cenar esa semana sin falta, el día que tuviéramos menos trabajo.

En el coche, de camino a casa, los dos íbamos en silencio mientras escuchábamos música y pensábamos en el buen día que habíamos pasado.

Una canción terminó dando paso a otra que, solo con oír la primera estrofa, o más bien la voz del hombre que la cantaba, hizo que me removiera en el asiento, molesta.

Alargué la mano y apagué la radio.

—Eh, ¿por qué lo apagas? Ese tío me gusta.

—A mí no.

—Pues no entiendo por qué. Es muy bueno.

—Si tú lo dices —contesté, desviando la mirada hacia la ventanilla.

—Claro que lo digo yo. Y tú lo dirías igual si le dieras una oportunidad. Siempre que sale él cantando, apagas la radio.

—No me gusta —repetí.

—No puedes decir que no te gusta si no lo has oído.

Pero es que sí que lo he oído. Mucho más de lo que tú te piensas. Mucho más de lo que quisiera. Mucho más de lo que nadie, al menos en Washington, podía imaginar.

Eso quise contestarle. Pero callé.

Callé porque no quería hablar de ello. No quería pensar en ello. No quería remover el pasado. Ese pasado que, como decidí con el apoyo de mis padres y de Rachel, se quedaría en eso, en el pasado.

Pero qué equivocada estaba en ese momento.

Porque no tenía ni idea, allí sentada en el coche de Knox, de que ese pasado del que llevaba siete años huyendo iba a volver para poner mi vida patas arriba.