Capítulo 4
Ante la puerta de Grayson Sterling, nuestro jefe, Knox y yo nos miramos y cogimos aire. Sabiendo lo que nos esperaba, yo, siendo la más valiente o descerebrada, llamé a la puerta.
—Adelante.
Entramos y, sin que nos dijera nada, nos sentamos en las dos sillas que tenía al otro lado de la mesa, donde Grayson estaba sentado. Nos miró, nos estudió y frunció el ceño.
Lo sabía… Mierda y más mierda.
—¿Qué ha pasado?
—Hemos detenido al sospechoso. La niña estaba allí, atada al cabecero de la cama, en una habitación.
—Repito: ¿qué ha pasado?
Puse los ojos en blanco sin que me viera.
—Se lo acaba de decir, jefe —dijo Knox.
—Sabes de sobra que no estoy preguntando por el caso, Ashford.
Knox se encogió de hombros.
—Pues explíquese mejor, porque no sabemos de qué está hablando —dije, haciéndome la tonta.
Me fulminó con la mirada.
—¿En serio no sabes de qué hablo, Prescott?
—No, señor. No tengo ni idea. Nosotros hemos ido, hemos sacado a la niña, hemos detenido al sospechoso y, al salir de la casa, se lo han llevado los policías que habían ido a darnos apoyo.
Silencio.
Un segundo, dos y tres… Y ahí vino la primera voz.
—¿Me tomas por tonto?
—¿Yo? No osaría hacer tal cosa, jefe.
—Tiene cojones. Encima me vacila —dijo, negando con la cabeza.
—¿Yo vacilar? Eso jamás, señor.
Soltó una carcajada seca.
—Yelina, ¿en serio crees, a estas alturas, que hacerte la tonta conmigo te funciona? ¿Lo crees de verdad?
Me encogí de hombros mientras miraba de reojo a Knox, que el muy capullo estaba aguantándose la risa.
—Explícame por qué cojones al detenido han tenido que llevarlo al hospital para ponerle la nariz derecha antes de trasladarlo a comisaría.
—Se tropezó.
—¿Se tropezó?
—Sí.
—¿Con qué? ¿Con tu mano? ¿Con tu pierna?
—Con el suelo, jefe. Allí había mucha mierda. Ni se imagina cuánta. Y el detenido era torpe. Eso hizo que se tropezara y se golpeara.
Grayson se llevó la mano a la cara y con dos dedos se apretó el puente de la nariz, mientras seguramente contaba hasta diez para no dejarme sorda con sus gritos.
—Ashford.
—¿Sí?
—¿Se tropezó?
—Así es.
—Me agotáis. De verdad que sí.
—Necesita vacaciones, jefe. Lo veo estresado.
Knox tosió, tapándose la boca, evitando así soltar una carcajada.
—Necesito que mis dos mejores agentes no les pateen el culo, o la cara en este caso, a los detenidos y luego tenga que ser yo el que dé la cara por ellos. Eso es lo que necesito.
—Nosotros nun…
No me dejó terminar.
—Noooo, vosotros nunca. Claro que no. Mirad, vamos a hacer un repaso rápido, así con lo primero que se me venga a la cabeza en este momento.
Knox y yo nos miramos, luego volvimos a mirarlo a él y nos encogimos de hombros. Resopló y nosotros, allí, como dos niños buenos, esperamos a que siguiera con el discurso o con lo que fuera a decirnos.
—Hace tres meses…
Lo corté.
—¿Quién se acuerda de lo de hace tres meses? Eso ya pasó a la historia. Pues anda que no ha llovido desde entonces.
No me fulminó con la mirada. Directamente me taladró.
—Hace tres meses, un detenido acabó con doce puntos en la cabeza. Según vosotros, se le cayó una teja.
—Y se le cayó. Mire que es mala suerte, con la de gente que estábamos allí y le tocó a él —contesté.
Otro resoplido.
—Hace mes y medio, otro detenido acabó con un brazo roto. También según vosotros, porque él mismo, de tanto tirar para quitarse los grilletes, acabó partiéndoselo.
—Era gilipollas, y mire que le dijimos que no tirara, pero él nada. Ni caso nos hizo. Tiró y tiró hasta hacerse daño.
—Increíble —dijo, negando con la cabeza.
—Increíble, pero cierto.
—¿Sigo?
—Si no hay más remedio —le dijo Knox.
—Hace un mes escaso, otro detenido acabó sin ocho dientes. Porque también se tropezó con un bordillo que estaba mal colocado.
—Y lo estaba. Desde luego, esta ciudad necesita una revisión del asfaltado. Si vemos al alcalde, habrá que decírselo.
A esas alturas, y con mis contestaciones, Knox tenía la mano en la boca, aguantándose la risa sin apenas conseguirlo. Y nuestro pobre jefe estaba a puntito de perder la paciencia y quitarnos la placa y la pistola. O ponernos a hacer papeleo hasta que las ranas criaran pelo.
No estaba segura de cuál de las dos opciones era peor.
Porque quedarme sin placa y sin pistola era como quitarme la ropa en plena calle. Me sentiría desnuda y desprotegida. Pero estar enterrada horas y horas entre papeleo era mortal.
—Ashford, no le rías las gracias encima, joder.
—No se las río, señor, de verdad que no. Prescott ha dicho las cosas tal cual pasaron.
—Claro que sí. Y yo voy a hacerme cura —dijo con ironía.
—¿Se va a ordenar sacerdote? Con la buena planta que usted tiene, menuda pérdida. Muchas mujeres van a llorar si hace eso. Piénselo bien, hombre.
Hasta ahí duró su contención.
Que era normal.
Porque los tres sabíamos de sobra que todos esos detenidos habían tenido encontronazos con mis manos, mis piernas o, en otras ocasiones, con las de Knox, aunque tengo que decir que eran las menos.
Casi siempre era yo la que, con la paciencia agotada por los monstruos a los que deteníamos y las cosas que decían al detenerlos, acababa dándoles una de las muchas hostias que se merecían.
El jefe había dicho cómo acabaron ellos de dañados por mí, y joder, estaba mal, porque yo no tenía que tomarme la justicia por mi mano.
Eso lo sabía de sobra. Pero había que estar allí y tenerlos delante, sabiendo lo que habían hecho, e intentar controlarse.
Estaba segura de que poca gente, después de saberlo, sería capaz de hacerlo.
Al de la brecha lo habíamos detenido porque había violado a dos niñas, vecinas suyas, de diez y doce años. Poco le hice, la verdad. ¿Una brecha? La cabeza entera tendría que haberle abierto.
El del brazo roto había secuestrado a la hija de una vecina de cuatro años porque esta no quería firmar un permiso para que pusieran ascensor en su edificio.
La había tenido diez días en un motel de carretera a pan y agua.
La pobre criatura estaba totalmente desnutrida cuando la encontramos.
Otro al que le partí un brazo, porque tiré con fuerza teniéndolo ya esposado; poco me parecía también para lo que se merecía.
Y el último, el de los dientes, era un cabrón que había abusado de ocho niñas en el colegio en el que trabajaba como conserje.
Ocho dientes a cambio de destrozar la vida de ocho niñas y de sus familias, pocos me parecían.
La lengua tendría que haberle arrancado de un tirón y luego habérsela hecho tragar.
Entre todos esos, en los últimos meses, habíamos detenido a unos cuantos delincuentes más, pero Grayson solo nombraba esos porque fueron los que salieron mal parados. Y, como habéis comprobado, todos habían dañado a niños.
Los niños son intocables.
Y el jefe sabía que yo llevaba muy mal ese tema. Que no siempre les hacía algo, eso era cierto; tampoco vayáis a pensar que era yo aquí la justiciera de la noche. Pero esos que había nombrado se habían llevado un recuerdo mío porque, encima de hacer daño a niñas inocentes, se vanagloriaron de ello.
Y eso era algo con lo que no podía.
Grayson nos miró a los dos sabiendo que éramos, como decía mi padre, dos desastres con patas.
Pero sus dos mejores desastres.
Porque éramos muy buenos en lo nuestro y, como él mismo había dicho, sus dos mejores agentes. Por eso nos echaba la bronca, más obligado a hacerlo por ser el jefe que porque quisiera.
Porque estaba segura de que, si él hubiera estado en los momentos de las detenciones con esos malnacidos, se nos habría adelantado y él mismo les habría dado unas buenas hostias.
—Tres días.
—¿Tres días qué? —le preguntó Knox.
—No quiero veros en tres días. Largaos ahora mismo a casa, al Caribe o donde coño queráis. Pero no quiero ver vuestras caras hasta el miércoles.
—¿En serio? ¿Tres días de descanso? —pregunté yo tan contenta, porque hacía meses que no cogíamos más de un día libre, y si era posible, a la semana.
—Tres días de descanso, sí. A ver si, cuando volváis, es posible que en los siguientes casos sujetéis más las manos.
—No cuente con ello —murmuré.
—¿Decías algo, Prescott?
—Sí, que muchas gracias, señor.
—Largo de aquí ya —dijo, apuntando la puerta del despacho con el dedo.
Knox y yo nos levantamos a la vez y salimos a toda prisa de allí, no fuera a ser que se arrepintiera y nos quedáramos sin esos tres días que nos vendrían de maravilla para recargar las pilas.
—Otra vez que nos libramos.
—En el fondo nos entiende y él mismo, como ha reconocido en alguna ocasión, también se iría de las manos.
—Lo sé. Ser el jefe es lo malo que tiene, que tienes que echar broncas por lo que está mal, aunque la razón y el corazón te digan otra cosa.
Salimos directamente al aparcamiento y, antes de despedirnos para ir cada uno a su casa a dormir un rato, ya que aún era pronto, quedamos en vernos a las dos y media de la tarde en el restaurante italiano, ese al que habíamos dicho antes que iríamos.
Salí del aparcamiento quemando rueda y veinte minutos después me desplomé en la cama.