Informe final: Estoy enamorada Capítulo 3
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Capítulo 3

Knox se montó en su coche, en el que solíamos ir cuando los dos salíamos juntos desde la central para ir donde tocara. Pero, si cada uno estaba en su casa, como había sido el caso, él iba en coche y yo en mi moto.

Me puse el casco, me monté y arranqué.

—No corras mucho —me dijo desde la ventanilla.

—Ahora, lo justo.

—Sí, ya —contestó, riendo mientras negaba con la cabeza, como si me diera por imposible.

—Allí te espero, Ashford —dije, riendo antes de acelerar y dejarlo allí con la palabra en la boca.

Por el camino a la central, pensé en la suerte que había tenido con el compañero que me había tocado desde que entré en la oficina, ya hacía unos cuantos años.

Nunca imaginé, cuando empecé la carrera de Psicología, que acabaría como agente del FBI, pero las cosas se habían dado así y la verdad era que estaba encantada.

El motivo por el que tuve mi primer contacto con la oficina fue lo encantado que quedó conmigo y la confianza que depositó en mí uno de los profesores que tuve el último año de carrera.

Empecé Psicología en Nueva York. Allí cursé tres años, pero pasó algo que no tenía ganas de recordar en esos momentos y que provocó que me mudara a Washington para hacer allí el último año.

Aquel profesor, que casualmente era hermano de mi superior, le habló de mí y mi nombre acabó despertando su curiosidad. Algo debió de ver cuando me conoció, porque, incluso antes de acabar la carrera, ya estaba trabajando en la oficina como analista.

Durante ese periodo, me dediqué a analizar perfiles de criminales y a estar en los interrogatorios que hacían mis compañeros, porque, como todos comprobaron, tenía muy buen ojo para pillar mentiras, comportamientos inusuales y encontrar o preguntar cosas que a los demás no se les ocurrían y que solían ser claves.

Un año después, me preparé para ser agente. Y, con veinticinco años, lo conseguí.

Y eso era lo que llevaba siendo los últimos tres años, ya que ahora tenía veintiocho, de la mano de Knox. Encantada con él, como ya he dicho.

Knox Ashford. Soltero. Treinta y siete. Guapo a rabiar y con una mala hostia mal disimulada que contenía mejor que yo.

Él no solo era mi compañero, era mi mentor, el que me había enseñado lo que era estar en la calle y enfrentarme al día a día, mi mejor amigo, el que me cubría las espaldas, como yo a él, y mi mayor defensor y protector.

Nos adorábamos mutuamente.

Entre nosotros nunca había habido nada sexual, ni atracción o deseo siquiera. Era imposible que eso pasara porque nuestra relación estaba por encima de eso. Lo nuestro era amistad de la buena, de la que está por encima de todo lo demás.

Sonreí mientras aparcaba la moto en la puerta de la oficina, todavía pensando en mi compañero y amigo. Me quité el casco y lo guardé en la maleta.

Me apoyé en la moto para esperar a Knox. Saqué el móvil, que mientras conducía había notado vibrar en mi pecho, ya que lo llevaba en el bolsillo interior de mi chaqueta.

Miré la pantalla y vi que tenía mensajes de dos personas distintas.

Mi padre, Logan Prescott. Y mi mejor amiga, Rachel.

Decidí abrir primero el de mi padre. Sabía que sería breve y conciso en lo que quisiera decirme. Y que la conversación también sería breve.

En cambio, cuando contestara a Rachel, con el drama que tenía por vida, la conversación sería larga. Así que esa la dejaría para después de hablar con el jefe, para hacerlo tranquila y con tiempo.

Rachel era mi amiga desde que éramos dos niñas de tres años. Nos conocíamos desde el primer día de colegio y, desde entonces, se creó un vínculo entre nosotras que hacía que nos consideráramos más hermanas que amigas.

Ni la distancia había roto esa amistad y daba gracias por eso todos los días.

Ella seguía en Nueva York, de donde yo me marché. Fue duro. Pero entendió mis motivos, los respetó y me apoyó en mi decisión.

En la actualidad, ella, junto con otra persona, aunque con esa algo menos, era de las únicas con las que tenía contacto de la gente que había formado parte de mi vida en el pasado. Y así tenía que seguir siendo. Por mi bien, por mi salud mental y por la protección de mi corazón.

Sacudí la cabeza y me centré en el mensaje de mi padre. No quería ni debía pensar en nada que tuviera que ver con mi vida en Nueva York.

Abrí el chat y se me escapó una risa al leer.

Papá: Yelina, mañana es domingo. Porque lo es. Aunque tu trabajo no respete ni los días en los que la mayoría de la gente descansa. Te comunico que Joy va a hacer una parrillada de marisco y cuenta, sin discusión ni excusas posibles, contigo y con Knox para que os comáis al menos la mitad.

Tecleé todavía riéndome. Mi padre era un graciosillo de cuidado y Joy, su mujer, otra que no se quedaba atrás.

Los adoraba. No había otra manera de decirlo.

Joy no era mi madre. Pero como si lo fuera. La mía murió en un accidente de tráfico en Nueva York cuando yo tenía un año.

Cuando cumplí tres, mi padre encontró el amor de nuevo en Joy y, dos años después, se casaron. Así que llevaba en mi vida la tira de años.

Yo la trataba como a una madre, incluso la llamaba así, y ella me quería como a una hija. Me lo repetía a menudo: decía que, aunque me hubiera llevado en su vientre, dudaba que pudiera quererme más de lo que lo hacía.

Yelina: Si los astros lo permiten, allí estaremos sin falta. Y si se tuercen, en cuanto Knox sepa que mamá hará parrillada, si hace falta, les pega un tiro para volver a ponerlos en línea.

Papá: Ja, ja, ja. No esperaba menos de ese muchacho. Dile que también habrá cerveza de la que os gusta y tarta de chocolate.

Yelina: Dios… Quieres que no durmamos hoy pensando en ello.

Papá: ¡Viva mi hija la exagerada!

Knox acababa de bajarse del coche a dos metros de mí y me miró con la ceja alzada cuando me oyó soltar una carcajada.

Yelina: No es exageración. Es realidad.

Papá: Pues ni se os ocurra perderos esa realidad.

Yelina: Allí estaremos. Lo prometo.

Papá: Bien. Cuidaos. Mañana nos vemos, par de desastres con patas.

Otra carcajada.

Yelina: Hasta mañana, padre de uno de los desastres. Dale un beso a mamá y otro para ti, celosón. Entramos en la oficina. Chao.

Todavía riéndome, me acerqué a Knox, que me estaba esperando apoyado en su coche para subir a ver al jefe.

—¿Tu padre o tu madre?

—El primero.

—¿Qué le pasa al señor Prescott que te hace reír a carcajadas?

—Sabes que, como te oiga llamarlo señor Prescott, te quitará el arma y te pegará un tiro, ¿verdad?

Se echó a reír y yo con él.

—Sí, sé que es muy capaz. Por eso solo lo hago cuando no me oye.

Mis padres querían a Knox como si fuera su hijo. Desde el momento en que lo conocieron, a la semana de empezar juntos como compañeros, y supieron que no tenía familia, lo acogieron bajo su ala. Desde ese día formaba parte de la nuestra como uno más.

Y él quería a mis padres de la misma manera que ellos a él.

—Mira lo que me dice.

Le pasé el móvil mientras entrábamos en la central para que leyera los mensajes.

—Parrillada… —dijo casi salivando, haciéndome reír.

—Y cerveza y tarta.

—Joder, ¿no podemos adelantar el reloj y que ya sea mañana? —se quejó.

—Me temo que no.

—Pues mal, muy mal. Hay que investigar cómo podemos conseguir eso.

—Bueno, hasta que lo hagamos, nos tendremos que conformar con vivir día a día, como hacen el resto de los mortales. Pero hoy, por lo bien que lo hemos hecho y como premio por haber detenido a otro mierda, te invito a comer a ese italiano que tanto te gusta.

—Desayuno, comida… Solo falta que esta noche cenemos hamburguesas, salgamos a tomar una copa y follemos. Entonces sí que sería un día redondo.

—Pues sí, estaría bien. Sobre todo, lo último. Porque hace tanto de la última vez que creo que se me ha olvidado hasta cómo se hace.

—Pues hace el mismo tiempo que no mojas que yo. Te recuerdo que ligamos juntos el último día y de eso hace ya tres meses.

—¿Tres meses?

—Sí —dijo, negando con la cabeza—. Tres largos meses de sequía llevamos.

Nos miramos y nos echamos a reír. Mi padre tenía razón: éramos dos desastres con patas.

Knox, al igual que yo, no quería relaciones. No quería implicarse con nadie. Él porque decía que, con el trabajo que teníamos, era difícil mantener una relación y más difícil todavía encontrar a alguien que la entendiera.

Que entendiera que no solíamos tener horarios, que había días en los que ni aparecíamos por casa, que nos jugábamos el pellejo a diario y que teníamos días en los que no nos aguantábamos ni nosotros mismos por el cabreo, la frustración o la tristeza que arrastrábamos por la mierda que nos tocaba ver.

Yo, en cambio, no quería relaciones por otros motivos distintos. Para no sufrir otra vez por amor, básicamente.

Por eso, los dos, pensando lo mismo, salíamos y, si había suerte y ligábamos, pasábamos una buena noche con esa persona y hasta ahí.

Ni repetíamos, ni dábamos teléfonos, ni contábamos dónde trabajábamos ni nada personal. Vamos, que íbamos al asunto y ya.

Y nos iba bien así. Al menos de momento.

—¿Entonces tenemos plan para hoy?

—Lo tenemos.

—De puta madre. Ahora vamos a ver al jefe y a escuchar sus voces. Que sabes que las habrá si ya se ha enterado de que el detenido se ha ido con la nariz rota y sangrando como un cerdo.

Bufé, negando con la cabeza, porque sabía que tenía razón. Con el jefe iba a haber bronca.