Informe final: Estoy enamorada Capítulo 2
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Capítulo 2

Nos preparamos con rapidez para entrar y, dos minutos después, Knox y yo, sin hacer ruido y con algunos truquillos que solíamos usar, entramos en la casa.

Con las armas en la mano, fuimos recorriendo las estancias. Abrimos la puerta de una habitación y apreté los dientes y el arma con fuerza mientras cerraba los ojos unos segundos para digerir lo que nos encontramos.

Encima de un colchón mugriento estaba la niña, acurrucada y dormida.

Tenía las manos juntas, atadas con una cuerda al cabecero de la cama, y a simple vista se veía que había intentado soltarse porque tenía las muñecas en carne viva.

O quizá las heridas se las había hecho al tirar mientras ese monstruo le hacía vete a saber tú qué atrocidades.

Enfundé el arma y me acerqué a la cama. Pasé una mano por su pelo y se despertó sobresaltada. Abrió los ojos como platos al verme, y le pedí, llevándome dos dedos a la boca, que guardara silencio.

Asintió. Saqué una pequeña navaja que siempre llevaba en la cazadora y corté las cuerdas. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el dolor cuando retiré los trozos de sus muñecas.

Maldije al cabrón de su padrastro unas cuantas veces mientras la cogía en brazos y, en la puerta, se la pasaba a uno de mis compañeros para que la sacara de allí y la llevara directamente con el personal sanitario, para que recibiera atención inmediata.

Ya sabía que sus heridas físicas no eran graves y que en poco tiempo estarían curadas, pero las psicológicas…

esas ya eran otro cantar. Necesitaría mucha terapia para superar lo que le había pasado y, aun así, quizá no lo superaría en la vida.

Simplemente, si tenía suerte, aprendería a vivir con ello.

Knox me interrogó con la mirada, preguntándome si estaba bien para seguir. Asentí.

No, no estaba bien. Había que tener el corazón de piedra para estar bien después de haber encontrado a la niña en esas condiciones. Pero estaba entrenada para dejar mis emociones y mis sentimientos a un lado, cumplir con mi deber y hacer lo que tenía que hacer.

Detener al hijo de mala madre que había cometido un crimen tan atroz contra una niña inocente. Esa era la prioridad. Ya después, en frío, si tenía que llorar, gritar o maldecir, lo haría.

Seguimos los dos andando con sigilo, arma en mano, por el pasillo de la casa. Nos quedaban cuatro puertas más.

Primera puerta. Knox la abrió cubriéndome y yo me asomé. Di un barrido visual. Era la cocina. Estaba vacía. Y también daba muchísimo asco. Estaba muy sucia, llena de platos con restos de comida y basura por el suelo.

Negué con la cabeza.

Seguimos hasta la siguiente con la misma manera de proceder. Era el baño. Contuve la arcada que se me subió por la garganta cuando me asomé y un olor totalmente nauseabundo, mezcla de orín, suciedad y humedad, me llegó hasta las fosas nasales. También estaba vacío.

Tercera puerta. Estaba entreabierta. Nos colocamos uno a cada lado del marco y yo misma la empujé con el pie, con suavidad. Nos asomamos a la vez.

Otra estancia que daba asco verla. Ropa tirada por encima del sofá. Un cenicero lleno de colillas, tantas que la mayoría se caían encima de la mesa. En el suelo te quedabas pegada al andar por la mierda reseca que tenía.

Los dos resoplamos y negamos al mismo tiempo, antes de girarnos para salir, porque allí tampoco había nadie.

Nos miramos al llegar a la cuarta y última puerta, y asentimos hablándonos con la mirada. Llevábamos tanto tiempo trabajando juntos que la mayoría de las veces, por lo bien que nos conocíamos y la conexión que teníamos desde el principio, no necesitábamos hablar para entendernos.

Sabíamos que detrás de esa puerta estaba nuestro objetivo, así que nos dijimos, sin decir nada, que había llegado la hora de terminar con aquello.

Nos colocamos en posición. Knox abrió lentamente la puerta. Asomé la cabeza y asentí para confirmarle que sí, que allí estaba el hombre. Pasamos los dos con el arma preparada.

Nos miramos y negamos con la cabeza. Mientras tanto, un asco y una rabia impresionantes me recorrieron todo el cuerpo al ver el estado en el que estaba el muy cerdo.

Tumbado en la cama, en calzoncillos y camiseta de tirantes. Totalmente dormido o inconsciente. Eso no estaba claro, porque podía ser cualquiera de las dos cosas.

¿El motivo?

Las al menos diez botellas de alcohol que estaban vacías y esparcidas por encima de la cama y el suelo.

Knox y yo arrugamos la nariz a la vez. No teníamos claro si daba más asco el tío ese o el olor que había dentro de la habitación. A sudor, alcohol y rancio.

—¿Quieres hacer los honores?

—Lo estoy deseando.

—Pues todo tuyo.

Sonreí y me acerqué a la cama. Puse una rodilla en el asqueroso colchón, maldiciendo al cerdo porque seguramente me tocaría tirar después los vaqueros que llevaba puestos si se me quedaba ese olor impregnado.

Bajé el arma y, cuando abrió la boca para soltar uno de los ronquidos que estaba dando, se la metí dentro y presioné con fuerza contra el paladar.

Pues no estaba inconsciente, solo dormido. Porque al notar el arma, y seguramente el dolor que le estaba produciendo el metal en la boca, abrió los ojos de repente.

—¡Sorpresa, cabrón!

Se revolvió en la cama para intentar escapar.

Claro que sí, campeón. Después de lo que has hecho, voy yo y te dejo ir tan campante. Sigue soñando, le dije mentalmente.

Lo que pasó el siguiente minuto fue todo a la velocidad de la luz. Yo era rápida y eficiente, y él un gilipollas que no tenía reflejos por los restos de alcohol que llevaba en el cuerpo y también por el exceso de peso. Por eso se movía tan lento.

En ese minuto, enfundé el arma. Con una llave perfecta, le di la vuelta y hundí su miserable cara contra el colchón. Apreté fuerte, privándolo de aire unos segundos, y mientras tanto le engrilleté las manos a la espalda.

Knox se acercó, lo levantó de la cama sujetándolo por las esposas y tiró de él con fuerza para que caminara hasta la puerta.

—No he hecho nada malo. No podéis detenerme.

Knox y yo nos miramos con las cejas alzadas.

¿Cómo podía tener semejante poca vergüenza para decir que no había hecho nada malo? Es que de verdad era para pegarle un puto tiro y librar al mundo de semejante despojo humano, pensé mientras me contenía para no hacerlo.

—¿No has hecho nada? ¿Y la niña? ¿Se ha atado sola? ¿Se ha agredido sola? —preguntó Knox, apretando los dientes.

—No le he hecho nada que no se mereciera. Necesitaba educación.

—¿Educación de qué, gilipollas?

El muy hijo de puta se echó a reír antes de soltar por la boca tal atrocidad que fue lo que me hizo explotar.

—Necesitaba aprender cuál era la mejor manera de comerme la polla. Nunca lo hacía como a mí me gustaba.

Él no lo vio venir. Knox no se sorprendió porque ya me conocía. Sabía de sobra que no me iba a contener en cuanto el muy malnacido dijera esas palabras.

Lo agarré por el pelo, tiré un poco de su asquerosa cabeza hacia atrás y, con bastante fuerza, no toda la que era capaz de usar para no matarlo, lo golpeé contra el marco de la puerta.

El «crac» que hizo el hueso de su nariz al romperse se oyó con claridad.

Y que diera gracias de que solo le hubiera roto la nariz, porque lo que se merecía era que le partiera, uno a uno, todos los huesos del cuerpo, además de cortarle con mi navaja eso que le colgaba entre las piernas.

Y tentada estuve, os lo juro.

Porque una cosa era saber lo que podía haberle hecho a la niña, pues nos lo podíamos imaginar, y otra muy distinta era oírselo decir y encima hacerlo riéndose.

—Zorra, me has roto la nariz. Te voy a denunciar.

Me eché a reír.

—¿A mí me vas a denunciar? No sé por qué —dije, encogiéndome de hombros—. Yo no te he tocado. Te has tropezado con la mierda que hay en el suelo.

Me miró con odio.

Bien, mírame como quieras, so mierda, pero con la nariz rota te quedas, le dije mentalmente mientras me cruzaba de brazos delante de él de manera desafiante.

Solo necesitaba un motivo. Una frase más y le tocaría comer con pajita los próximos meses en la cárcel, porque, de la hostia que le iba a dar, le iban a saltar todos los dientes.

—Te buscaré cuando salga, te lo juro.

Me eché a reír.

—No vas a salir —dije muy segura.

—Claro que sí. Y te buscaré.

—No vas a salir —repetí.

—Sí, lo voy a hacer.

—Bueno, en algo sí que tienes razón. Sí vas a salir de prisión, pero no como tú piensas. Lo harás en una bolsa directa al depósito.

Abrió los ojos como platos al oír mis palabras, muy sorprendido.

—¿Te sorprendes? No lo hagas. Solo te he adelantado lo que va a pasar, para que sepas lo que te espera.

Fue a decir algo, pero no lo dejé hablar.

—En la cárcel, como en todos los sitios, hay códigos, respeto, rangos y cosas que no se permiten de ninguna de las maneras y a nadie. Y una de ellas, la que más poder tiene, es que a los niños no se les toca.

Cogí aire mientras él me miraba cada vez con más miedo.

—Tú has hecho algo horrible y, en cuanto los cabecillas se enteren, estarás muerto. Si no te matan ellos, tú mismo te quitarás la vida porque no serás capaz de soportar todo lo que van a hacerte. Así que ve preparando tu culo, porque ni sentarte vas a poder de todo lo que te van a meter por él.

Mientras hablábamos, habíamos ido andando y, al terminar mis últimas palabras, salimos a la calle.

Al vernos salir, dos de los agentes con los que Knox había hablado antes de que yo llegara se acercaron con rapidez.

—Todo vuestro, chicos —dijo Knox, soltándolo de un empujón.

—Joder, nos va a poner el coche perdido de sangre —se quejó uno.

Mientras se lo llevaban, vi un miedo enorme reflejado en su mirada por lo que le había dicho que le iba a pasar. Ninguna mentira. Era cierto que los que abusaban de niños, los violaban o los mataban acababan como le había dicho.

—¿Te has quedado a gusto con la hostia que le has dado? —me preguntó Knox.

—No, ya lo sabes. Si hubiera podido… Si por mí fuera…

—Lo sé. Yo haría lo mismo.

—Vamos a la central, el jefe querrá un informe de primera mano. Pero primero, un buen desayuno —propuse.

—Uno con café de verdad, dosis altas de grasas y azúcar. Nos lo hemos ganado —dijo Knox, sonriendo.

Y yo asentí, estando completamente de acuerdo.