Informe final: Estoy enamorada
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Capítulo 1
Abrí los ojos de golpe al primer tono del teléfono.
Teléfono que, como siempre, tenía en la mesilla de noche. A mi alcance. Siempre cerca. Porque mi vida era así. Tenía que estar localizable, disponible y alerta las veinticuatro horas del día, los trescientos sesenta y cinco días del año, me tocara trabajar ese día o no.
Alargué la mano con rapidez y descolgué sin mirar quién era. El tono que había sonado ya me había dicho que era trabajo, así que seguramente sería mi compañero o mi superior.
—Prescott —dije al contestar, mientras me levantaba de la cama.
—Yelina, le tenemos.
—Mándame la ubicación.
—Hecho. Allí nos vemos.
Colgamos.
No hacía falta decir más. Para hablar ya tendríamos tiempo después. En ese momento, lo prioritario era llegar hasta donde estaba el hijo de su madre, al que llevábamos días buscando.
Dejé el teléfono encima de la cama mientras, a toda prisa, me ponía unos vaqueros, una camiseta de manga larga y me calzaba las botas. Abrí el cajón de la mesilla con rapidez, saqué el arnés y mi arma, me los coloqué y, encima, me puse mi chupa de cuero.
Agarré el teléfono y salí de la habitación.
En el recibidor, cogí el casco de la moto, que tenía aparcada en la calle.
No siempre la dejaba ahí, pero, cuando había llegado hacía apenas cinco horas para darme una ducha y descansar un poco, la había dejado ahí intencionadamente por si pasaba justo lo que acababa de pasar: que me llamaran y me tocara salir zumbando.
Bajé medio corriendo los tres pisos de escaleras desde mi apartamento hasta la calle, mientras miraba en el teléfono la ubicación que me había mandado Knox, mi compañero.
—Perfecto, está cerca —dije antes de ponerme el casco.
Me subí a la moto, arranqué y salí quemando rueda.
La ubicación que me había mandado era la de una casa a las afueras de Washington, que era donde vivía. Cuando la vi desde mi apartamento, calculé mentalmente que el trayecto sería de unos veinte minutos. Yo lo haría en menos de diez.
La moto me daba la facilidad de esquivar mejor el tráfico.
Bueno, eso y que pisaría el acelerador más de la cuenta, siempre con todos los sentidos alerta, por supuesto, para llegar lo antes posible.
También, siendo sincera, me saltaría algunas normas de tráfico.
Pero eso no me preocupaba. Por ser quien era, o más bien por el trabajo que tenía, era algo normal que a veces los agentes hacíamos.
Y yo, como agente del FBI que era, solía saltarme las normas, y no solo esas, bastante a menudo.
Mientras recorría las calles esquivando coches que, gracias al cielo, no eran muchos a esas horas, ya que la gente todavía estaría despertando en sus casas para empezar la rutina de un nuevo día, pensé en el desgraciado al que por fin habíamos encontrado.
A Knox y a mí nos habían asignado el caso una semana atrás y habíamos removido cielo y tierra para encontrar a la niña desaparecida.
Todos los casos eran importantes. En todos nos implicábamos al cien por cien y dábamos lo mejor de nosotros mismos, pero, cuando había niños de por medio, como en este caso, dábamos el doscientos.
Si teníamos que dejar de comer, de dormir o buscar hasta debajo de las piedras, lo hacíamos.
Porque los niños, bajo mi punto de vista, deberían ser intocables.
Nunca, y cuando digo nunca es nunca, deberían verse implicados en delitos.
Ni en secuestros, ni en agresiones, ni en abusos, ni, por supuesto, en delitos de sangre. En ninguno, ya puestos.
Pero había mucho hijo de puta suelto que eso no lo respetaba.
Que no es que las demás personas que no fueran niños sí se merecieran verse en situaciones así, porque no. Nadie tendría que pasar por eso. Pero los niños, mucho menos.
Pensé en la cara de la niña a la que llevábamos una semana buscando, desde que una vecina alertó a las autoridades diciéndoles que había visto cómo su padrastro la sacaba de su casa a rastras una madrugada.
Tenía una cara dulce, llena de pecas, y en la foto que había visto al menos una centena de veces esos días, en su mirada todavía primaba esa inocencia que aún tenía a sus once años.
Aceleré más de la cuenta y se me tensó la mandíbula al recordar el momento en el que interrogamos a la madre.
Desgraciada…
Sí, era una completa desgraciada y una… Mejor me ahorraba los calificativos que podría decirle, porque no había uno lo suficientemente fuerte y grande para describirla.
Cuando la interrogamos en su casa, la mujer estaba tranquila.
Demasiado. Y eso fue la primera señal de alerta.
Ninguna madre a la que le ha desaparecido una hija, y menos de la manera que había desaparecido la suya, podría estar tranquila.
Desquiciada, llorando a mares, totalmente ida o desesperada, sí. Pero tranquila, no.
Los años de experiencia que llevaba en mi trabajo viendo casos similares y lo buena que era en lo mío, que no lo decía yo, no iba a pecar de vanidosa, sino mi superior, mi compañero y las altas esferas, me dijeron nada más ver su tranquilidad que o estaba implicada o sabía de sobra por qué se la había llevado su marido.
Le apreté las tuercas, que era mi especialidad, hasta que conseguí que hablara.
Ella sabía que su marido, que no era el padre de la niña, llevaba tiempo abusando de ella y que, en un acto de valentía, desesperación o hartazgo, la niña se rebeló y quiso llamar a su abuela para que la sacara de esa casa.
En ese momento empezaron los gritos que la vecina nos dijo que había oído antes de ver cómo su padrastro se la llevaba.
A la última pregunta que le hizo Knox, dónde y por qué se la había llevado, la muy…
le contestó que el sitio no lo sabía, pero que el motivo era darle un buen castigo.
Un castigo que, según ella, se merecía por rebelarse y no hacer lo que le mandaban.
¿Un castigo por rebelarse contra algo que le estaba haciendo un hombre que jamás debería habérselo hecho, ni ella consentirlo? ¿Pero estaba tonta, loca o simplemente no tenía alma ni corazón?, me pregunté mientras me contenía para no pegarle una paliza o un tiro.
Salimos de esa casa con ella detenida, y así seguiría hasta que se celebrara el juicio. Desde ese momento, nos habíamos dejado la piel buscando a la cría, que a saber lo que el monstruo ese le estaba haciendo.
Tiramos de contactos, hicimos llamadas, recurrimos a soplones y removimos todo lo que pudimos sobre la vida del hombre.
Buscamos propiedades a su nombre, alquileres, herencias y cualquier lugar en el que pudiera esconderse con la niña.
También revisamos los moteles cercanos, aunque era una opción menos probable: allí podía verlo u oírlo demasiada gente.
A última hora de la tarde anterior, uno de nuestros compañeros, experto en informática, encontró un hilo del que tirar. Al parecer, el hombre había usado otro nombre en el pasado y era posible que tuviera alguna casa, piso o apartamento registrado con esa antigua identidad.
Esa fue la pista que nuestro compañero se quedó investigando unas horas antes, cuando Knox y yo nos fuimos, totalmente exhaustos, a descansar un rato.
Quedó en avisarnos si encontraba algo y, al parecer, había cumplido: si Knox me había llamado, era porque estaban seguros al cien por cien de que el hombre y la niña estaban en la dirección que me había enviado.
Miré el reloj en el marcador de la moto. Ocho minutos habían pasado desde que había salido de casa. Perfecto, porque estaba a punto de llegar, pensé mientras aceleraba un poco más.
Llegué a la ubicación que Knox me había mandado y, ya antes de frenar, pude ver que compañeros de la policía estaban allí, fuera de los coches, para darnos apoyo si lo necesitábamos.
Paré la moto al lado de uno de los coches y me bajé con destreza y rapidez.
Me quité el casco y lo dejé apoyado en el asiento.
Giré la cabeza y revisé con ojo clínico todo lo que me alcanzaba la vista: los coches patrulla, los policías, Knox hablando con uno de ellos, dos compañeros más de los nuestros, un equipo de sanitarios fuera de la ambulancia y la casa.
Era vieja, o eso parecía por el mal estado en el que estaba la fachada. No había luces encendidas dentro, aunque eso era normal por las horas que eran. Apenas estaba amaneciendo.
Con pasos ligeros, me acerqué hasta donde estaba Knox, que no me había visto porque estaba de espaldas a mí, mirando la casa.
—Knox.
Giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Yelina.
—Ponme en situación —le pedí.
En apenas dos minutos, me explicó que nuestro compañero había encontrado esa casa, que estaba registrada como propiedad del hombre al que buscábamos, pero con el nombre que tenía antes de cambiárselo.
—¿Estamos seguros de que están dentro, tanto él como la niña?
Uno de los policías que estaba hablando con Knox cuando llegué fue el que me contestó.
—He preguntado a algunos vecinos que han salido de sus casas para ir a trabajar y a una pareja que corría. Ambos me han confirmado que en la casa lleva días habiendo movimiento.
—Tienen que ser ellos.
—No hay más posibilidades. Según los vecinos, la casa llevaba vacía muchos años.
—¿Entramos ya? —le pregunté a Knox, impaciente.
—Sí. Tú y yo entraremos primero. Los compañeros nos cubrirán y la policía asegurará el perímetro. No creo que esté armado ni que tengamos problemas para detenerlo, pero hay que estar preparados para cualquier cosa.
—Pues vamos allá. Tengo ganas de verle la cara a ese cabrón.