Infinito Por Infinito UNA ÚLTIMA CLASE #2
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UNA ÚLTIMA CLASE #2

No estaban a punto de entrar en un instituto, estaban a punto de volver al lugar donde una parte de quienes eran había empezado a existir.

Y, por primera vez desde que Gabriela encontró el sobre, sintió que el verdadero reencuentro no iba a ser con Abel.

Iba a ser con ellos mismos.

Permanecieron unos segundos inmóviles frente a la verja.

No era miedo sino respeto.

Hay lugares que dejan de ser edificios para convertirse en una parte de quienes fuimos.

Y aquel era uno de ellos.

Fue Greta quien dio el primer paso.

—Como esperemos un poco más, alguien va a pensar que somos los padres de un alumno.

Vicente sonrió.

—Conociéndote, pensarán que eres una alumna castigada.

—Gracias por el cariño.

Gabriela rio.

Qué extraño.

Diez años podían cambiar una vida pero Greta seguía teniendo el extraño don de hacer que todo pareciera un poco más sencillo.

Empujaron la verja.

El mismo chirrido metálico, el mismo eco.

Gabriela cerró los ojos un instante. Recordó las mañanas de invierno.

Los lunes interminables. Los viernes en los que todos salían corriendo pensando que la felicidad empezaba al sonar el timbre.

Ahora sabía que la felicidad nunca había esperado fuera, había estado también allí dentro, solo que entonces no habían sabido reconocerla.

El patio estaba lleno de alumnos. Algunos corrían. Otros hablaban apoyados en las columnas. Una chica leía sentada en un banco. Dos profesores cruzaban el patio conversando.

Nadie reparó en ellos y aquello le pareció hermoso.

La vida seguía. Como debía seguir .

Aquel instituto no pertenecía a sus recuerdos. Pertenecía también a quienes estaban construyendo los suyos.

Mientras caminaban, Gabriela levantó la vista hacia las ventanas del segundo piso. La tercera empezando por la izquierda. Su antigua aula.

Las persianas estaban subidas y la ventana entreabierta.

Una cortina se movía ligeramente con el viento.

Sintió un vuelco en el estómago y durante un segundo creyó distinguir una silueta junto a la pizarra.

Parpadeó.

Había desaparecido.

Sonrió para sí.

La memoria tenía una forma muy peculiar de jugar con nosotros.

—¿Estás bien?, preguntó Vicente.

Gabriela asintió.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Solo estaba recordando.

Vicente siguió su mirada.

—Yo también.

Subieron la escalera despacio.

Cada peldaño parecía guardar una conversación olvidada, una discusión absurda, un examen, una carrera para llegar antes de que sonara el timbre.

Greta pasó la mano por la barandilla.

—¿Sabéis qué es lo más raro?

—¿Qué?

—Que entonces nos parecía eterno.

Miró el pasillo.

—Y ahora daría cualquier cosa por volver a vivir solo una mañana de aquellas.

Nadie respondió pues todos pensaron exactamente lo mismo.

Al llegar al segundo piso se detuvieron.

El pasillo estaba vacío.

Solo se escuchaba, amortiguado, el murmullo de otras clases.

Gabriela sintió un ligero temblor en las manos .

La puerta del aula seguía al final del corredor, la misma puerta verde con pequeñas marcas en la pintura y la placa dorada ligeramente torcida.

El tiempo había pasado por las personas, no por aquel lugar.

Entonces Greta exclamó

—Esperad...

Señaló hacia la puerta.

—¿Eso estaba antes?

Dirigieron entonces la mirada al mismo punto donde sujetado con una cinta de tela azul había un pequeño cartel de cartulina blanca.

Solo contenía una frase escrita con la inconfundible letra de Abel.

" Si habéis llegado hasta aquí, ya habéis recorrido la parte más difícil del camino. "

Debajo había otra línea más pequeña.

" Entrad cuando estéis preparados."

Gabriela sintió un escalofrío.

Aquello no podía ser una casualidad.

Abel sabía que volverían.

Precisamente ellos.

Vicente respiró hondo.

Greta dejó de sonreír por primera vez desde que había llegado y, sin que ninguno tuviera que decirlo, comprendieron que aquella puerta no iba a conducirlos solo a un aula, iba a abrir algo que llevaba diez años esperando al otro lado.

Gabriela apoyó la mano sobre el pomo.

No lo giró.

Todavía no.

Miró a Vicente.

Después a Greta.

Después a Laia

Los tres intercambiaron una mirada silenciosa que decía mucho más que cualquier promesa.

Y entonces...

Gabriela abrió la puerta.

La puerta apenas hizo ruido .

Gabriela siempre había pensado que chirriaba pero esa tarde se abrió con una suavidad casi irreal, como si también ella hubiera estado aguardando.

El aula estaba vacía o al menos eso parecía.

Las persianas estaban medio subidas y la luz entraba inclinada sobre las mesas.

Miles de diminutas partículas de polvo flotaban en el aire.

Giraban lentamente como pequeños recuerdos suspendidos en el tiempo.

Nadie habló. No hacía falta.

Había lugares donde el silencio también tenía voz.

Gabriela dio dos pasos hacia dentro para reconocer inmediatamente su antigua mesa.

La tercera fila.

Junto a la ventana.

Sonrió.

Todavía podía imaginar a Greta girándose constantemente para hablar cuando Abel escribía en la pizarra y a Vicente observando el cielo mientras fingía prestar atención.

—Es increíble..., murmuró Greta.

Su voz apenas fue un susurro.

—Todo parece más pequeño.

Abel se lo había dicho una vez.

"Las cosas no empequeñecen con los años. Somos nosotros quienes dejamos de mirarlas con los ojos de un adolescente."

Gabriela nunca había entendido del todo aquella frase hasta ese momento.

Vicente caminó lentamente hasta el fondo del aula, apoyó una mano sobre la estantería donde antes descansaban los libros.

Seguía allí. Incluso había algunos ejemplares nuevos. Pero, entre ellos, permanecía el mismo volumen desgastado de El Principito.

Lo tomó entre las manos, lo abrió al azar y encontró una frase subrayada con lápiz.

"Lo esencial es invisible a los ojos."

Vicente sonrió .

—Nunca dejó de utilizar este libro.

—Ni dejará.

Todos se giraron al mismo tiempo.

No era Abel.

Era el conserje.

Mucho más mayor.

El cabello completamente blanco  pero la misma expresión amable.

Los observó durante unos segundos y entonces sonrió.

—Así que habéis vuelto.

Gabriela sintió un escalofrío.

—¿Nos recuerda?

El hombre soltó una pequeña risa.

—No.

Hizo una pausa.

—Os esperaba.

Los tres intercambiaron una mirada.

Greta fue la primera en reaccionar.

—¿Cómo que nos esperaba?

El conserje metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una pequeña llave antigua y la dejó sobre la mesa del profesor.

—Abel me pidió que os la entregara.

Vicente la observó.

Era una llave sencilla de latón gastada por el uso que llevaba atada una etiqueta de cartón.

Solo había una palabra escrita.

Archivo.

—¿Archivo?, preguntó Gabriela.

El hombre asintió.

Abel dejó allí algunas cosas. No me explicó que eran. Solo me dijo una frase.

Volvió a mirarles como intentando recordarla exactamente.

—" Hay historias que no terminan cuando se cuentan.

Terminan cuando alguien decide volver a vivirlas ."

El aula volvió a quedarse en silencio.

—¿Dónde está él?, preguntó Vicente .

El conserje sonrió.

Aquella sonrisa tenía algo extraño. Como si conociera un secreto precioso.

—Llegará. Siempre llega.

Pero antes quiere que encontréis algo.

Dicho aquello, caminó hacia la puerta.

Antes de salir se volvió una última vez.

—Por cierto...

Todos levantaron la vista.

—Me pidió que os dijera otra cosa.

Esperó unos segundos.

—Que no tengáis prisa.

Las cosas importantes nunca aparecen antes de tiempo.

La puerta volvió a cerrarse.

Esta vez sí hizo aquel pequeño chirrido que Gabriela recordaba.

Y, curiosamente.....ese sonido consiguió emocionarla más que cualquier discurso.

Greta tomó la llave, la hizo girar entre los dedos.

—Bueno...

Miró a Gabriela.

Después a Vicente.

Una sonrisa traviesa empezó a dibujarse en su cara.

—Creo que Abel acaba de conseguir que gente ya adulta vuelva a sentirse como si estuvieran a punto de cometer una travesura.

Vicente soltó una carcajada.

Gabriela negó con la cabeza.

—No ha cambiado nada.

Greta la corrigió.

—No.

Sonrió mientras levantaba la llave.

—Ha cambiado todo.

Y precisamente por eso...ha preparado una última aventura.

Salieron del aula.

La llave tintineaba suavemente en la mano de Greta.

Al fondo se escuchaba el rumor lejano de una clase .

Un profesor explicando, un alumno riendo, el sonido de una silla arrastrándose. La vida seguía ocurriendo a pocos metros de ellos y sin embargo, sentían que estaban completamente fuera del tiempo.

—¿Os dais cuenta?,  murmuró Gabriela.

Vicente la miró.

—¿De qué?

—Hace diez años éramos nosotros los que hacíamos ese ruido.

Greta sonrió.

—Y seguramente molestábamos mucho más.

Rieron.

Era una risa tranquila sin  necesidad de demostrar nada.

Como si los años hubieran convertido la amistad en un lugar donde descansar.

Al fondo del pasillo, una estrecha escalera descendía hacia una puerta que ninguno de ellos recordaba haber abierto nunca.

Sobre ella, una pequeña placa metálica.

ARCHIVO

Gabriela sintió que el corazón comenzaba a latir un poco más deprisa.

No sabía qué iban a encontrar al otro lado pero, por primera vez desde que había vuelto al instituto, comprendió que Abel no les había pedido que regresaran para recordar el pasado.

Les había pedido que regresaran para descubrir algo que todavía no sabían de sí mismos.

Durante unos segundos ninguno se movió.

La pequeña llave descansaba sobre la palma de la mano de Greta.

Era una llave corriente, tanto que resultaba extraño sentir que pudiera abrir algo importante.

Quizá Abel tenía razón.

Las cosas verdaderamente importantes casi nunca llamaban la atención.

Con sutil delicadeza y en una puerta que parecía olvidada por todos, excepto por Abel, Greta introdujo la llave.

El mecanismo ofreció una ligera resistencia.

Después cedió .

Un clic seco.

Pequeño, casi imperceptible, pero les pareció el sonido más importante del mundo.

La puerta se abrió.

Un aire fresco salió desde el interior.

No olía a humedad.

Olía a papel.

A madera.

A libros antiguos.

A tiempo.

Encendieron la luz.

Era una estancia mucho mayor de lo que esperaban.

Había estanterías repletas de archivadores, cajas perfectamente etiquetadas, mapas enrollados, viejos pupitres, globos terráqueos, proyectores de diapositivas, objetos que pertenecían a generaciones enteras de alumnos.