UNA ÚLTIMA CLASE #3
Como si aquel lugar hubiera ido guardando pequeños fragmentos de miles de vidas.
Gabriela caminó despacio. Le impresionó pensar que, mientras ellos crecían, aquel cuarto había permanecido allí silencioso esperando.
Entonces Greta se detuvo.
—Venid.
Su voz apenas era un susurro.
Señalaba una mesa de madera situada al fondo.
Sobre ella no había polvo.
Como si alguien hubiera estado allí muy recientemente.
En el centro descansaba una caja pequeña de nogal pulida con cuidado.
Encima solo había una nota escrita, una vez más, con la letra de Abel.
" No todo recuerdo merece conservarse pero hay algunos que merecen seguir cambiando vidas."
Gabriela tragó saliva.
Vicente acarició la tapa de la caja con la yema de los dedos.
—¿La abrimos ?
Ninguno respondió porque, de pronto, sintieron el mismo respeto.
No era miedo a descubrir lo que había dentro, era miedo a que, al abrirla, terminara para siempre la espera de diez años.
Finalmente fue Gabriela quien levantó lentamente la tapa.
Dentro no había fotografías, ni cartas, ni objetos.
Solo doce cuadernos negros exactamente iguales.
En el lomo de cada uno aparecía un nombre.
Gabriela. Vicente. Greta. Laia
Y el resto de compañeros de aquella clase.
Los doce.
Cada cuaderno parecía haber sido utilizado durante años.
Había esquinas dobladas, marcas de uso, páginas señaladas con pequeños papeles de colores. Como si Abel hubiera vuelto a ellos una y otra vez.
Gabriela tomó el suyo y lo abrió con cuidado.
La primera página estaba fechada diez años atrás.
Solo contenía una frase.
Una frase que hizo que el mundo pareciera detenerse.
" Hoy ha empezado una historia.
Ellos todavía no lo saben ."
Las manos comenzaron a temblarle.
Pasó la página.
Debajo había otra anotación.
"Mi trabajo no consiste en enseñarles a pensar como yo.
Consiste en conseguir que un día descubran quiénes son cuando nadie les dice quién deben ser."
Gabriela sintió un nudo en la garganta.
Aquello no era un diario, era el cuaderno personal de Abel.
Sus dudas.
Sus esperanzas.
Todo aquello que nunca había dicho en voz alta.
Vicente levantó lentamente la vista con los ojos humedecidos.
—No escribió sobre sí mismo...
Murmuró.
Greta hojeaba su cuaderno en silencio .
—Escribió sobre nosotros.
El cuarto volvió a quedarse completamente inmóvil y Gabriela comprendió algo que jamás había imaginado.
Durante aquel año ellos habían pensado que Abel los observaba para enseñarles.
La verdad era mucho más hermosa.
Abel había aprendido a quererlos en silencio y había ido escribiendo, página a página, la historia de cómo doce adolescentes cambiaban, sin saberlo, también la vida de su profesor.
En ese instante, desde algún lugar del piso superior, sonó el timbre que anunciaba el inicio de una clase.
Los tres levantaron la cabeza, se miraron.
Y Gabriela sonrió.
—Creo...
Dijo muy despacio.
—Creo que Abel acaba de decirnos que la última clase está a punto de empezar.
Ninguno de los tres habló.
El sonido del timbre todavía parecía vibrar aún en las paredes del archivo.
Gabriela seguía sosteniendo el cuaderno entre las manos.
No era un diario, no exactamente, era algo mucho más íntimo, era la forma en que un profesor había aprendido a mirar a sus alumnos.
Y, quizá, también a quererse un poco más a sí mismo.
Greta rompió el silencio.
—Creo que no deberíamos seguir leyendo.
Gabriela levantó la vista.
Vicente también.
—¿Por qué?
Preguntó.
Greta pasó despacio la mano por la cubierta negra de su cuaderno.
—Porque esto no lo escribió para que lo leyéramos solos.
Miró alrededor.
—Lo conozco.
Nos está preparando otra de las suyas .
Vicente sonrió.
Aquella frase tenía sentido.
Abel nunca daba una respuesta cuando podía provocar una conversación. Nunca entregaba una conclusión cuando una pregunta podía acompañarte durante años.
Gabriela volvió a guardar el cuaderno dentro de la caja.
Uno tras otro hicieron lo mismo.
Los doce cuadernos quedaron exactamente igual que antes.
Esperando.
Como si todavía no hubiera llegado el momento de abrirlos.
Entonces descubrieron otra nota que había quedado oculta bajo la caja.
Era apenas un pequeño papel doblado.
Gabriela lo abrió.
Solo contenía una línea.
"Si habéis resistido la tentación de leerlos, ya habéis aprendido más de lo que imagináis."
Todos sonrieron.
—Nos sigue conociendo demasiado bien.
Murmuró Vicente.
Debajo había otra frase más pequeña, casi escondida.
" Subid ."
Nada más.
Greta levantó las manos.
—¿Veis?
Os dije que esto era una aventura.
Regresaron al pasillo.
Al cerrar la puerta del archivo, Gabriela tuvo la extraña sensación de que acababan de cerrar una parte de su adolescencia.
Cuando ya habían llegado a su antigua aula, la puerta se abrió lentamente.
Todos dejaron de hablar.
No salió Abel.
Salió una profesora joven que ninguno conocía.
Los observó con curiosidad .
Después sonrió.
—¿Sois la clase de Abel?
Nadie respondió inmediatamente.
La pregunta era sencilla pero la respuesta no.
Finalmente fue Gabriela quien habló.
—Sí, lo somos.
La profesora sonrió todavía más.
—Entonces podéis pasar, os está esperando.
El corazón de Gabriela dio un vuelco.
Por primera vez desde que había encontrado el sobre comprendió que el siguiente paso ya no pertenecía al recuerdo, pertenecía al presente.
Miró a Vicente.
Él respiró hondo.
Greta dejó de sonreír.
Los doce permanecieron inmóviles frente a la puerta.
Al otro lado....estaba Abel.
Esperándolos exactamente igual que les había prometido diez años atrás.
Durante unos segundos nadie se movió.
La puerta permanecía abierta.
El aula, en silencio.
Y, sin embargo, ninguno dio el primer paso.
No porque dudaran sino porque comprendían que algunas puertas solo pueden cruzarse una vez.
Fue Abel quien rompió el momento.
Su voz llegó desde el interior.
Serena.
Con la misma calma de siempre.
—Os prometo que no hay examen.
Greta soltó una carcajada.
Aquella risa deshizo de inmediato toda la tensión.
—Pues menos mal porque llevo diez años sin estudiar.
Abel apareció entonces en la puerta.
No había cambiado tanto como Gabriela había imaginado .
Sí, tenía algunas canas, algunas arrugas nuevas alrededor de los ojos pero seguía gesticulando igual, despacio, como si nunca necesitara adelantarse al tiempo y seguía sonriendo de la misma manera, como si cada persona que tenía delante fuera exactamente donde deseaba estar.
No hubo discursos, No hubo abrazos inmediatos.
Abel los miró uno por uno con calma. Con una atención tan absoluta que cada uno tuvo la sensación de que, durante unos segundos, eran los únicos que existían en el mundo.
Después dijo simplemente:
—Habéis venido.
Nadie respondió.
Aquella frase contenía mucho más de lo que parecía.
No significaba «habéis llegado».
Significaba «habéis cumplido vuestra promesa».
Abel fue acercándose lentamente.
Abrazó a todos uno por uno.
No había prisa.
Cada abrazo era distinto como si recordara exactamente que necesitaba cada uno.
Cuando llegó a Vicente, permanecieron unos segundos en silencio.
Abel apoyó una mano sobre su hombro.
Miró hacia la ventana.
—Nunca dejó de acompañarte, dijo en voz baja.
Vicente tragó saliva.
No preguntó de quién hablaba.
No hacía falta.
Solo asintió.
Y sintió que podía pronunciar el nombre de Lucía sin que el dolor ocupara toda la habitación.
Después llegó hasta Greta.
Ella abrió los brazos exageradamente.
—Espero un abrazo proporcional a diez años de espera.
Abel sonrió.
—Eso será difícil.
—Inténtalo .
La abrazó.
Y Greta, por primera vez desde que había llegado al instituto, dejó de bromear.
—Gracias, susurró.
Solo esa palabra.
Abel comprendió todo lo demás.
Finalmente se detuvo frente a Gabriela.
El tiempo pareció ralentizarse.
Ninguno habló.
Ella recordó a la chica de dieciséis años que entró por primera vez en aquella clase convencida de que nunca volvería a ser feliz.
Él pareció recordarla también.
Sonrió con una mezcla de orgullo y ternura.
—Hola, Gabi
Ella notó que la voz se le rompía.
—Hola, Abel.
No hicieron falta más palabras.
Se abrazaron.
Fue un abrazo tranquilo. Sin desesperación. Sin tristeza.
El abrazo de dos personas que sabían exactamente cuánto habían significado la una para la otra.
Cuando se separaron, Abel la observó unos segundos.
—Tu padre estaría orgulloso.
Gabriela cerró los ojos.
Aquella frase ya no le dolía. Le daba paz.
—Eso espero, respondió.
Abel negó suavemente con la cabeza.
—No.
Sonrió.
—No lo esperes.
Créelo.
Después miró al grupo entero.
Sus antiguos alumnos.
Ya no adolescentes.
Ya no niños .
Personas.
Respiró hondo y señaló el interior del aula.
Las mesas habían desaparecido. Solo quedaban doce sillas formando un círculo.
En el centro había una mesa pequeña sobre la descansaban doce sobres todavía cerrados y una caja de madera.
Abel esperó a que todos ocuparan su sitio.
Solo entonces habló.
—Hace diez años pensé que esa sería la clase más difícil que daría nunca.
Sonrió ligeramente.
—Me equivoqué.
Miró a cada uno de ellos.
—La más difícil era ésta.
Porque ya no vengo a enseñaros nada.
Vengo a descubrir si la vida os ha enseñado aquello que yo nunca pude explicar.
El silencio volvió a llenar el aula y nadie apartó la mirada.
Por primera vez desde que habían regresado al instituto, comprendieron que la última clase acababa de empezar.
Abel dejó que el silencio permaneciera unos segundos más.
No era un recurso.
Era una costumbre.
Había aprendido hacía mucho tiempo que las palabras importantes necesitan un lugar donde posarse y ese lugar casi siempre es el silencio.
No ocupó el centro del círculo.
Se colocó a un lado.
Como si quisiera recordarles, una vez más, que aquella historia nunca había girado alrededor de él.
Había girado alrededor de ellos.
—Antes de empezar...quiero haceros una pregunta.
Greta levantó la mano automáticamente.
Toda la clase sonrió.
Abel también.
—Todavía no la he hecho .
—Ya, pero me conozco.
Las risas recorrieron el aula.
Abel negó con la cabeza.
—Eso es precisamente lo que quiero saber.
Miró a todos.
—¿Os conocéis de verdad?
La sonrisa fue desapareciendo poco a poco.
Nadie respondió.