Infinito Por Infinito CAPÍTULO QUINCE #4
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CAPÍTULO QUINCE #4

El hospital olía a lo mismo que recordaba. Desinfectante. Espera. Nervios. Y esperanza. Siempre esperanza.

Porque incluso en los lugares donde más miedo existe…..la esperanza se niega a marcharse.

Gabriela caminó por el pasillo junto a Arantxa sin hablar porque ninguna sabía exactamente qué decir.

El abuelo estaba despierto y aquello ya era una victoria. Pequeña pero inmensa.

Cuando entraron en la habitación sonrió de manera cansada pero auténtica.

—Vaya, murmuró.

—Siempre quise una entrada dramática.

Gabriela soltó una carcajada entre lágrimas y lo abrazó con muchísimo cuidado porque de repente había comprendido algo.

Las personas parecen indestructibles hasta que un día descubres que no lo son.

Y entonces empiezas a quererlas de una forma distinta, más consciente, más urgente, más verdadera.

Cuando se separaron, el abuelo señaló la silla.

—Siéntate.

La forma en que lo dijo hizo que Gabriela comprendiera inmediatamente.

No quería hablar de lo sucedido.

Quería hablar de otra cosa. De algo importante. Muy importante.

Arantxa también lo entendió porque permaneció en silencio esperando.

Finalmente el abuelo habló.

—Encontré algo .

El corazón de Gabriela se aceleró porque ya conocía esa frase demasiado bien.

Las historias importantes siempre empezaban así. Con alguien encontrando algo.

El abuelo señaló una pequeña bolsa de tela sobre la mesilla.

—Estaba en el desván.

—¿Qué es?

El abuelo sonrió.

—Esa es exactamente la pregunta que yo también me hago

Gabriela tomó la bolsa y sintió algo dentro.

Algo pequeño.

Metálico.

La abrió lentamente.

Y encontró una llave.

Nada más.

Solo una llave.

Antigua.

Pesada.

Con una pequeña etiqueta amarillenta.

La letra estaba casi borrada pero aún podía leerse.

"Para cuando estés preparada."

El corazón dejó de latir por un instante porque reconoció inmediatamente la frase.

La misma.

La libreta de Abel.

La caja.

Las cartas.

Aquella expresión aparecía otra vez.

Como un eco.

Como una pista.

Como si alguien hubiera estado construyendo un puente a través del tiempo.

—¿Es de papá?, preguntó.

El abuelo asintió muy despacio.

—La escondió cuando tenía veintitantos .

Silencio.

—¿Cómo lo sabes?

El abuelo sonrió y señaló la etiqueta.

—Porque esa letra no ha cambiado nunca.

Gabriela observó nuevamente la llave y sintió un escalofrío porque aquello ya no parecía un recuerdo. Parecía una intención. Algo preparado.

Algo dejado atrás deliberadamente.

—¿Abre qué?

La pregunta salió sola. Instintivamente.

El abuelo negó.

—No lo sé.

—¿Nada?

—Nada.

Una pausa. Pequeña. Importante.

—Pero encontré esto junto a ella.

Metió la mano bajo la almohada y sacó una fotografía antigua.

Mucho más antigua de lo que Gabriela esperaba.

En ella aparecía un Alejandro muy joven sonriendo junto a tres personas desconocidas. Dos chicos y una chica.

Todos frente a un edificio de piedra.

Sobre la imagen alguien había escrito una única frase.

"El lugar donde empezó todo."

Gabriela sintió cómo el corazón comenzaba a latir más deprisa intuyendo lo que estaba ocurriendo.

No era una carta. No era una confesión. Era una búsqueda. Otra más.

Y precisamente por eso resultaba tan familiar.

—Hay algo más, dijo el abuelo.

Gabriela levantó la vista.

—¿Qué?

El anciano respiró hondo y pareció profundamente emocionado.

—Creo que Alejandro nunca llegó a completar esto .

Silencio.

Porque aquella posibilidad lo cambiaba todo.

Las cartas habían sido un legado.

Las asignaturas una enseñanza.

Pero aquello......

Aquello parecía un sueño inacabado.

Una historia interrumpida.

Una puerta que nadie había cruzado.

Y entonces el abuelo dijo algo que hizo que Gabriela comprendiera la magnitud real de lo que acababa de encontrar.

—Creo que no estaba escondiéndolo de los demás.

—¿Entonces?

—Creo que lo estaba guardando para ti.

El mundo se volvió extrañamente silencioso porque de repente la llave pesaba más.

La fotografía significaba más.

Y el pasado parecía mucho más vivo de lo que debería.

Gabriela observó la imagen.

El joven Alejandro.

Los desconocidos.

La sonrisa.

El misterio.

Y una certeza comenzó a crecer dentro de ella.

No podía ignorarlo. No quería ignorarlo.

Porque algunas historias no aparecen para ser observadas.

Aparecen para ser continuadas.

Y mientras guardaba cuidadosamente la llave en el bolsillo comprendió algo.

Canadá.

El proyecto.

El futuro.

Todo seguía allí.

Pero acababa de aparecer un nuevo camino.

Uno que nacía directamente del pasado .

Y por primera vez tuvo la sensación de que ambas cosas estaban conectadas de una manera que todavía no podía comprender pero que estaba a punto de descubrir.

La fotografía permaneció sobre la mesa durante dos días enteros porque Gabriela no sabía por dónde empezar.

Algunas preguntas son tan grandes que necesitas acostumbrarte a ellas antes de intentar responderlas.

La llave descansaba enigmática y paciente junto a la imagen como si llevara años esperando exactamente aquel momento.

Y quizá era cierto.

El lunes por la tarde los cuatro volvieron a reunirse esta vez en casa de Gabriela con la fotografía extendida sobre la mesa y la sensación compartida de que estaban a punto de abrir otra puerta.

—Vale, dijo Greta.

—Primera observación.

—Adelante.

—Tu padre tenía un corte de pelo terrible.

Gabriela soltó una carcajada.

—Greta.

—¿Qué?

—Estamos investigando un misterio.

—Precisamente.

Señaló la foto.

—Todo misterio necesita objetividad.

Laia cerró los ojos.

—Algún día escribirán estudios sobre ti.

—Y serán fascinantes.

A pesar de las bromas, todos observaban atentamente la fotografía.

Alejandro, dos chicos y una chica.

Y detrás de ellos aquel edificio de piedra.

Un edificio que parecía muy antiguo.

Vicente acercó la imagen a la luz y entonces vio algo.

—Esperad.

Todos se inclinaron hacia delante.

—¿Qué pasa?, preguntó Gabriela .

Vicente señaló una esquina.

Casi invisible podía percibirse una placa. Pequeña. Desgastada. Pero aún legible. Apenas.

—Creo que pone algo.

Greta sacó una lupa.

Nadie preguntó por qué Greta la tenía pues ya habían aprendido a no hacerlo.

Después de varios segundos consiguió leerlo y levantó lentamente la vista.

—No me lo puedo creer.

—¿Qué?, dijeron los tres al mismo tiempo.

Greta tragó saliva.

—Es una estación.

—¿Una estación?

—Sí.

Miró nuevamente la foto.

—Una estación de tren abandonada.

El corazón de Gabriela comenzó a acelerarse porque aquello ya era algo. Por fin era algo. Una pista real. No una intuición. No una teoría. Era una pista.

Dos horas después habían encontrado el nombre.

La estación existía o había existido.

Era en un pequeño pueblo de montaña a tres horas de distancia de Blanes.

Hacía décadas que fue abandonada y casi olvidada por todo el mundo.

Casi.

Porque Alejandro no la había olvidado y aquello significaba algo.

—¿Vamos?,  preguntó Greta.

La pregunta era absurda porque todos conocían la respuesta.

Por supuesto que iban.

La verdadera pregunta era otra.

¿Por qué Alejandro había escondido una llave relacionada con aquel lugar?

Y esa nadie podía responderla todavía .

La mañana siguiente partieron temprano. El trayecto atravesaba montañas, bosques, carreteras secundarias y cuanto más avanzaban, más sentía Gabriela aquella emoción familiar. La misma. La que aparecía cada vez que una historia  importante estaba a punto de revelar algo.

Expectación.

Pura expectación.

Llegaron poco después del mediodía.

La estación seguía allí. Solitaria. Silenciosa. Resistiendo heroica al tiempo. Parecía un recuerdo convertido en edificio.

Las ventanas estaban rotas, la pintura desaparecida, la naturaleza reclamaba lentamente cada rincón…..y aun así.....seguía siendo hermosa de una forma extraña, melancólica casi humana.

Gabriela observó la fotografía, después el edificio y comprendió inmediatamente que era el mismo lugar. Exactamente el mismo.

Alejandro había estado allí sonriendo, soñando, viviendo una parte de su vida que ella jamás había conocido hasta ahora.

Entraron.

El interior estaba cubierto de polvo y de silencio. Muchísimo silencio.

Durante casi una hora exploraron cada rincón sin encontrar nada.

Ni una cerradura. Ni una caja. Ni una pista. Nada.

Hasta que Laia señaló una pared.

—¿Eso estaba en la fotografía?

Todos se acercaron.

Y allí estaba.

Un mural antiguo. Medio destruido. Pero visible.

Exactamente igual que en la imagen.

Entonces Greta golpeó accidentalmente una tabla del suelo y el sonido cambió. Sonó hueco. Completamente hueco.

El silencio cayó sobre el grupo. Lento.

El corazón de Gabriela comenzó a latir con fuerza pues todos estaban pensando lo mismo.

Greta se agachó, retiró cuidadosamente la tabla y debajo apareció algo. Era una pequeña caja metálica y oxidada que había permanecido allí años esperando .

Esperando exactamente aquel momento.

Gabriela sacó la misma llave que Alejandro había escondido.

La observó durante unos segundos y sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo porque lo sabía.

Sabía que encajaría.

Sabía que aquel era el lugar.

Sabía que estaba a punto de descubrir algo que llevaba décadas esperando ser encontrado.

Y mientras acercaba lentamente la llave a la cerradura comprendió algo. A veces el pasado no deja pistas para ser recordado.

Las deja para que alguien termine la historia.

La llave encajó perfectamente.

Como si nunca hubiera esperado otra mano.

Como si hubiera sido fabricada para aquel instante.

Gabriela permaneció inmóvil.

Los dedos sobre el metal y el corazón golpeando tan fuerte que apenas escuchaba nada más.

Ni el viento.

Ni las respiraciones.

Ni siquiera sus propios pensamientos.

Solo una certeza.

Aquello era importante.

Muy importante.

Giró la llave y el mecanismo respondió con un clic seco.

Pequeño. Pero definitivo.

Y durante unos segundos nadie se movió porque abrir una caja es fácil. Lo difícil es aceptar que lo que hay dentro puede cambiarlo todo.

Finalmente levantó la tapa y el tiempo pareció detenerse.

No había dinero, ni joyas, ni documentos secretos.

Solo tres cosas.

Una libreta. Un sobre. Y una cinta de tela azul.

Nada más.