Infinito Por Infinito CAPÍTULO QUINCE #5
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CAPÍTULO QUINCE #5

Y, sin embargo, Gabriela sintió inmediatamente que aquello valía más que cualquier tesoro porque reconoció algo .

La libreta. Era idéntica. Exactamente idéntica a la que Abel había utilizado años después. Las mismas tapas. El mismo formato. La misma sencillez. Como si todo hubiera comenzado allí. Como si aquella fuera la versión original.

La primera. La auténtica.

La abrió lentamente y encontró una frase escrita en la primera página con la letra joven de Alejandro. Una letra menos firme y madura.

Pero inconfundible.

"Proyecto Horizonte Humano."

Silencio absoluto.

Porque todos reconocieron el nombre.

Horizonte.

El mismo nombre.

El mismo que Montreal.

El mismo que el programa internacional.

Y de repente una conexión imposible comenzó a formarse.

Gabriela siguió leyendo.

"La mayoría de personas aprende matemáticas."

"Historia."

"Idiomas."

"Ciencias."

"Pero casi nadie enseña las asignaturas que más determinan una vida."

El corazón comenzó a acelerarse porque conocía aquellas palabras.

No exactamente pero sí su espíritu.

Como una semilla que décadas después se había convertido en árbol.

La siguiente página contenía una lista. Una lista enorme. Decenas de títulos. Decenas.

"Cómo superar una pérdida."

"Cómo pedir perdón."

"Cómo elegir una vida propia."

"Cómo amar sin poseer."

"Cómo fracasar sin rendirse."

"Cómo decir adiós."

Las lágrimas aparecieron inmediatamente .

Allí estaba.

Todo.

Las cartas.

Abel.

Las asignaturas.

El proyecto.

Todo nacía de aquella libreta.

Todo.

Vicente observó las páginas y comprendió antes que nadie.

—Él empezó esto.

Gabriela asintió sin poder hablar.

La emoción era demasiado grande. Demasiado.

Entonces abrió el sobre.

Dentro había una carta.

Una sola hoja escrita muchos años después.

Cuando Alejandro ya era adulto.

Cuando ya había vivido.

Cuando ya sabía cosas que el joven de la libreta todavía ignoraba.

Comenzó a leer.

"Si  encuentras esto..."

"significa que yo no terminé el proyecto."

El silencio se volvió absoluto porque aquella frase tenía algo extraño.

Algo profético. Algo dolorosamente hermoso.

"Durante años pensé que algún día tendría tiempo."

"Tiempo para desarrollarlo."

"Tiempo para compartirlo."

"Tiempo para convertirlo en algo real."

Gabriela sintió un nudo en la garganta porque ya conocía aquella lección.

La más peligrosa de todas.

Creer que siempre habrá tiempo.

La carta continuaba.

"Pero la vida ocurrió."

"Y descubrí algo importante. "

"Los sueños también envejecen."

"Y si los dejas demasiado tiempo encerrados... terminan convirtiéndose en arrepentimientos."

Nadie respiró.

Nadie.

Porque aquellas palabras parecían escritas directamente para ellos.

Para Montreal.

Para Canadá.

Para todas las decisiones que estaban evitando.

Y entonces llegó la última parte.

La que lo cambió todo.

"Si has llegado hasta aquí..."

"No quiero que termines mi proyecto."

Gabriela se sorprendió porque esperaba exactamente lo contrario.

La carta continuaba.

" Quiero que lo superes."

Silencio total.

"Hazlo más grande."

"Hazlo mejor."

"Hazlo diferente."

"Pero no lo conviertas en un monumento al pasado."

"Conviértelo en un regalo para el futuro."

Las lágrimas descendían libremente.

Porque comprendía.

Por fin comprendía.

Alejandro nunca quiso que vivieran mirando hacia atrás.

Nunca.

Las cartas.

Las asignaturas.

La libreta .

Todo apuntaba en la misma dirección.

Hacia delante.

Siempre hacia delante.

Y entonces encontró la última línea.

La definitiva.

La línea que conectaba absolutamente todo.

"Si alguna vez encuentras una oportunidad llamada Horizonte..."

"No tengas miedo de cruzarla."

El mundo se detuvo. Aquello era imposible.

Absolutamente imposible.

Y por primera vez Gabriela sintió una certeza tan intensa que resultaba casi física.

Aquello no era una coincidencia.

Era una invitación.

Una invitación que había tardado décadas en llegar a su destino.

Y mientras cerraba lentamente la carta comprendió algo.

La decisión sobre Montreal ya no trataba de Canadá.

Ni de distancia.

Ni siquiera del proyecto.

Trataba de una pregunta mucho más sencilla.

La misma pregunta que había atravesado toda su vida.

¿Qué harás con el tiempo que te queda?

La vuelta desde la estación abandonada fue silenciosa.

No porque faltaran palabras sino porque sobraban pensamientos.

La libreta descansaba sobre las piernas de Gabriela.

La carta de Alejandro permanecía cuidadosamente doblada en su mochila.

Y la frase seguía resonando dentro de ella.

"Si alguna vez encuentras una oportunidad llamada Horizonte... "

"no tengas miedo de cruzarla."

No era posible.

No podía ser posible.

Y, sin embargo, allí estaba.

Esperándola.

Aquella noche nadie durmió demasiado.

Todos comprendían que habían llegado a un cruce de caminos.

Uno de verdad.

No un ejercicio. No una asignatura. No una simulación.

La vida real.

A la mañana siguiente Gabriela pidió que se reunieran en el viejo banco frente al mar.

Su lugar. El primero. El de siempre.

El lugar donde tantas cosas habían comenzado.

Llegó antes que los demás y observó el horizonte.

El mismo horizonte que Alejandro había observado.

El mismo que Abel.

El mismo que ella.

Y entonces comprendió algo que llevaba meses intentando entender.

Ninguno de ellos había querido dejarle respuestas.

Porque las respuestas envejecen.

Las preguntas no.

Las preguntas siguen creciendo contigo.

Y quizá ésa había sido siempre la verdadera herencia.

Cuando llegaron los demás, nadie habló inmediatamente porque todos sabían que Gabriela había tomado una decisión.

Lo veían en la forma de caminar, en la forma de respirar, en la serenidad.

No la serenidad de quien tiene garantías. La serenidad de quien ha aceptado la incertidumbre.

Y aun así avanza.

Finalmente fue Vicente quien rompió el silencio.

—¿Ya lo sabes ?

Gabriela asintió muy despacio.

—Sí.

El corazón de todos se aceleró.

Algunas respuestas cambian vidas y aquélla era una de ellas.

Gabriela miró a todos a los ojos con decisión a la vez que ilusión.

Exactamente como deben ser las sonrisas importantes.

—Creo que tenemos que ir.

El viento pareció detenerse en ese instante.

—¿A Montreal?,  preguntó Greta.

Gabriela asintió.

—Sí.

Las lágrimas aparecieron inmediatamente en los ojos de Vicente porque llevaba semanas esperando escuchar aquello y una parte de él todavía no se atrevía a creer que fuera posible.

Laia bajó la mirada con incertidumbre.

—Me da muchísimo miedo, reconoció.

—A mí también, confesó Gabriela.

—Muchísimo.

Greta se echó hacia atrás.

Y soltó una carcajada.

—Perfecto.

—¿Perfecto?, preguntó Vicente.

—Claro.

Greta señaló la libreta.

—Las mejores asignaturas siempre daban miedo.

Y por primera vez nadie discutió porque era profundamente verdad.

Gabriela sacó entonces la carta de Alejandro.

La última.

La del proyecto.

Y la colocó sobre el banco entre los cuatro.

Como si perteneciera a todos porque ya pertenecía a todos.

—He entendido algo, dijo.

Los demás escucharon con atención .

—Durante mucho tiempo pensé que toda esta historia iba sobre Alejandro.

Una pausa.

—Después pensé que iba sobre Abel.

Otra pausa.

—Y después pensé que iba sobre nosotros.

El mar golpeó suavemente la orilla.

Como una respiración.

Como un recuerdo.

—Pero me equivocaba.

Silencio.

—¿Entonces sobre qué iba?, preguntó Laia.

Gabriela sonrió y por primera vez sintió que tenía la respuesta.

La auténtica.

—Siempre ha ido sobre la siguiente persona.

Nadie habló.

Porque todos comprendieron inmediatamente.

El alumno que todavía no conocen.

La chica que cree que está sola.

El chico que tiene miedo.

La persona que ha perdido a alguien.

La persona que necesita una pregunta.

Una historia.

Una oportunidad.

Como la necesitaron ellos.

Y de repente todo encajó.

Horizonte no era una historia para conservar.

Era una historia para compartir y precisamente por eso merecía crecer.

El sol comenzaba a teñir el mar de oro como aquel primer día. Como si el tiempo hubiera decidido cerrar un círculo.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Algo sencillo.

Algo perfecto.

Gabriela imaginó a Alejandro .

Joven.

Sonriendo frente a una estación abandonada con una libreta entre las manos soñando algo que nunca llegó a terminar.

Y después imaginó a Abel con su sonrisa tranquila, con sus preguntas imposibles, con sus asignaturas.

Y no sintió tristeza.

Ni nostalgia.

Ni pérdida.

Sintió gratitud como otras veces pero de una manera diferente.

Una gratitud inmensa.

Las personas importantes nunca terminan realmente sus historias.

Las dejan en manos de otros y eso es exactamente lo que las hace eternas.

Mientras el sol iluminaba sus sueños, los cuatro permanecieron allí.

Juntos.

Mirando hacia delante.

Por primera vez sin miedo al futuro.

Porque habían comprendido la última lección.

El futuro nunca está garantizado.

Pero eso no es un problema.

Es un regalo.

Porque significa que todavía queda espacio para sorprenderse. Todavía queda espacio para crecer. Todavía queda espacio para vivir.

Y mientras oían romper a las olas del mar, Gabriela sonrió porque la siguiente aventura ya había empezado y esta vez no estaba siguiendo las huellas de nadie.

Esta vez estaba creando las suyas.

" Los sueños no están hechos para cumplirse exactamente como los imaginaste."

" Están hechos para llevarte a lugares que nunca habrías imaginado."

— Alejandro

"Y cuando llegues allí, deja la puerta abierta para el siguiente."

— Abel Alonso