Infinito Por Infinito CAPÍTULO QUINCE #3
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CAPÍTULO QUINCE #3

Greta caminó aproximadamente siete kilómetros dentro del edificio.

Laia leyó el mismo párrafo dieciocho veces.

Vicente permaneció extrañamente tranquilo.

Y Gabriela descubrió que el tiempo puede moverse increíblemente despacio cuando espera una respuesta.

Finalmente los llamaron.

La misma mujer de antes los recibió sonriendo lo cual parecía buena señal o una excelente estrategia de manipulación.

—Tenemos una decisión .

Los cuatro contuvieron la respiración.

—¿Y?

La mujer sonrió.

—Tenemos dos noticias para vosotros.

Silencio, confusión y después sorpresa.

No entiendo, dijo Gabriela.

La mujer asintió, respiró hondo y entonces pronunció las palabras que cambiarían todo.

—La primera decisión es que queremos financiar el proyecto.

El mundo explotó.

No literalmente.

Pero emocionalmente sí porque ninguno estaba preparado.

Greta se quedó inmóvil. Laia dejó de respirar. Vicente cerró los ojos. Y Gabriela sintió lágrimas inmediatas porque aquello era imposible pero real. Las dos cosas al mismo tiempo.

Pero la mujer aún no había terminado.

—Y la segunda noticia......

Hizo una pausa que pareció durar una vida entera.

—Es que queremos que el proyecto piloto se desarrolle aquí.

—¿Aquí?,  preguntó Vicente.

—En Montreal.

El tiempo se detuvo completamente porque de repente Canadá ya no era solo Canadá.

Era el proyecto. Era el futuro. Era la oportunidad.

Todo mezclado.

Y mientras los cuatro intentaban comprender lo que acababan de escuchar, Gabriela tuvo una sensación extraña.

La sensación de que el universo acababa de mover una pieza enorme y ninguna de sus vidas volvería a ser la misma.

Nadie habló durante casi un minuto porque algunas noticias no se entienden. Se absorben. Lentamente. Como una ola. Como una tormenta. Como una verdad demasiado grande para entrar de golpe.

Montreal.

La palabra seguía allí.

Suspendida. Brillante. Peligrosa. Posible .

La mujer los observó con paciencia como quien ya ha visto aquella reacción otras muchas veces.

—No hace falta que respondáis ahora, dijo.

—Menos mal, murmuró Greta.

—Tendréis un mes para decidir.

Un mes.

Treinta días.

Treinta días para decidir si estaban dispuestos a cambiar sus vidas.

Porque eso era exactamente lo que significaba.

No se trataba de un viaje, una beca o una cuestión de financiación.

Se trataba de una vida diferente y todos lo sabían.

Aquella noche salieron a caminar por Montreal. Ninguno tenía ganas de volver al hotel. Ninguno tenía ganas de pensar solo.

Y, sin embargo, todos necesitaban hacerlo.

Las luces de la ciudad iluminaban las calles, las terrazas lucían abarrotadas, los músicos callejeros tocaban junto al río.

La vida seguía ocurriendo ajena a sus dilemas como siempre.

Fue Laia quien habló primero.

—No puedo hacerlo.

Silencio.

Porque nadie esperaba que fuera tan directa.

—¿Qué quieres decir?, preguntó Gabriela.

Laia respiró hondo pareciendo muy vulnerable.

—Mi familia está aquí.

—En España.

—Mi hermano.

—Mis padres.

—Toda mi vida.

Las palabras salían despacio pero honestamente.

—No sé si quiero empezar de cero en otro país.

Nadie respondió porque no había nada que discutir.

Era una verdad.

Y las verdades no se debaten, se escuchan.

Greta permaneció en silencio varios segundos antes de hablar.

—Yo sí quiero .

Laia levantó la vista.

Vicente también.

Gabriela sintió cómo el corazón se aceleraba.

—¿De verdad?,  preguntó Vicente.

Greta asintió.

—Siempre he querido algo grande.

Una pausa.

Pequeña.

Importante.

—Y creo que esto lo es.

Por primera vez no había bromas.

Ni ironía. Ni escudos. Solo sinceridad.

Y aquella sinceridad resultó conmovedora porque todos comprendieron algo.

Greta también tenía miedo.

Simplemente había aprendido a disfrazarlo mejor.

Después todas las miradas se dirigieron hacia Vicente inevitablemente.

—¿Y tú?, preguntó Gabriela.

Vicente observó la ciudad, la luces, los edificios y después sonrió.

Una sonrisa tranquila.

—Creo que iría igualmente. Intentaré compatibilizar el proyecto "Horizonte" con el curso en Canadá con clases on line.

Silencio.

Porque la respuesta era lógica. Canadá ya formaba parte de su vida de una forma u otra.

Y entonces ocurrió.

Las tres personas giraron la cabeza hacia Gabriela al mismo tiempo esperando porque sabían que la respuesta más importante era la suya.

No porque liderara el proyecto sino porque, de algún modo extraño, todo había comenzado con ella.

Con Alejandro.

Con una lista.

Con una carta.

Con una pregunta .

Gabriela de repente revivió en su cabeza todo lo vivido hasta llegar allí.

"Ya hemos esperado suficiente."

Sintió un escalofrío porque comprendió algo terrible y maravilloso.

No existía una decisión perfecta. Nunca había existido. Elegir significaba renunciar.

Y crecer consistía precisamente en aceptar esa realidad.

El problema era que nadie te lo explicaba porque todos prefieren hablar de sueños y muy pocos hablan del precio a pagar para conseguirlos.

Y los sueños siempre tienen un precio.

Gabriela permaneció callada mucho tiempo hasta que finalmente habló.

—No lo sé.

Nadie pareció sorprendido porque era la única respuesta honesta.

—Pero sé una cosa, añadió.

—¿Cuál?,  Preguntó Greta.

Gabriela observó el cielo de Montreal y sonrió llena de vértigo y de vida.

—Hace un año habría dicho que no.

El silencio fue inmediato porque todos comprendieron exactamente lo que significaba.

No era una respuesta.

Todavía no.

Pero era una dirección.

Y a veces eso basta.

Porque las grandes decisiones rara vez empiezan con una certeza.

Empiezan con una posibilidad.

Y mientras caminaban junto al río, ninguno de ellos lo sabía todavía pero aquella noche marcaría el verdadero final de su adolescencia porque por primera vez estaban tomando unas decisiones cuyas consecuencias durarían años.

No semanas. No meses.

Años.

Y eso cambia a una persona .

La llamada llegó a las tres y diecisiete de la madrugada.

Una hora absurda. Una de esas horas que solo traen dos tipos de noticias. Las extraordinarias y las terribles.

Gabriela se despertó sobresaltada por la vibración del móvil sobre la mesita y durante una fracción de segundo pensó en no contestar hasta que vio el nombre.

Arantxa, su madre.

Y el corazón comenzó a acelerarse.

—¿Mamá?

Su propia voz sonó extraña. Entre dormida y asustada.

Al otro lado hubo solo respiración.

—Gabriela.

La voz de Arantxa temblaba.

—¿Qué pasa?

Otra pausa, antes de las palabras.

—El abuelo ha tenido un infarto.

El mundo desapareció. No explotó. No se rompió. Simplemente desapareció durante un segundo.

—¿Qué?

—Está vivo, respondió Arantxa inmediatamente como si hubiera anticipado la pregunta.

—Está vivo.

Repitió.

Gabriela cerró los ojos y el aire regresó a sus pulmones pero sólo parcialmente.

Porque la frase no había terminado.

—Pero está en el hospital.

Silencio.

Porque algunas noticias cambian instantáneamente la jerarquía de todas tus preocupaciones.

Canadá.

El proyecto.

Montreal.

Los sueños.

Todo desapareció de golpe y sólo quedó una cosa .

Familia.

—Voy para allá, dijo Gabriela.

Ni siquiera tuvo que pensarlo.

—Lo sé, respondió Arantxa.

Y  Gabriela escuchó algo más en su voz.

Miedo.

Un miedo profundo.

El miedo de quien revive fantasmas del pasado.

Colgó y permaneció inmóvil en la oscuridad.

Podo después alguien llamó a la puerta.

Vicente. Después Greta. Después Laia.

Porque algunas amistades no esperan más explicaciones. Simplemente aparecen.

Entraron en silencio.

Gabriela los observó y comprendió algo.

Aquellas personas se habían convertido en hogar.

Un hogar distinto.

Pero hogar igualmente.

—Tengo que volver, dijo finalmente.

—      Tenemos que volver, corrigió Greta.

Todos asintieron sin discusión. Sin preguntas. Sin condiciones.

Como si la decisión ya estuviera tomada desde antes de formularse.

Porque algunas prioridades no necesitan votarse.

La mañana siguiente fue un caos. Billetes. Maletas. Llamadas. Aeropuertos. Carreras.

Y durante todo el proceso Gabriela sintió una sensación extraña, la misma que había tenido otras veces, la de que la vida acababa de recordarle quién mandaba.

Porque uno puede hacer planes, diseñar estrategias, construir futuros pero la vida siempre conserva el derecho a interrumpirte.

Y casi nunca pide permiso.

Durante el vuelo nadie habló demasiado.

Greta intentó hacer bromas.

Tres .

Ninguna funcionó, lo cual resultaba preocupante.

Vicente observaba las nubes.

Laia fingía leer.

Y Gabriela miraba por la ventana pensando en su abuelo. Recordando conversaciones. Comidas familiares. Consejos. Historias. Momentos que había dado por garantizados como hacemos siempre.

Porque el ser humano tiene una habilidad extraordinaria, la capacidad de olvidar que todo es temporal.

Y precisamente por eso cada pérdida resulta tan sorprendente.

Cuando aterrizaron, Arantxa los esperaba.

Y al verla, Gabriela comprendió inmediatamente que la situación era más complicada de lo que había imaginado.

No parecía devastada pero tampoco tranquila.

Parecía profundamente cansada. Como si hubiera envejecido varios años en muy poco tiempo.

Se abrazaron fuerte y entonces Arantxa dijo algo inesperado.

Algo que nadie estaba preparado para escuchar.

—Hay otra cosa.

Gabriela sintió cómo el estómago se cerraba porque las peores frases del mundo suelen empezar así.

—¿Qué ocurre?

Arantxa bajó la mirada pareciendo durante unos segundos buscar las palabras. Las correctas. Las imposibles.

Finalmente habló.

—El abuelo estaba ordenando cosas antiguas cuando ocurrió.

Silencio.

—¿Y?, preguntó Gabriela.

Arantxa tragó saliva y entonces pronunció una frase que cambió completamente el significado de todo.

—Encontró algo relacionado con Alejandro.

El tiempo se detuvo.

Porque incluso después de tantos meses.

Incluso después de tantas cartas.

Incluso después de tantas respuestas.

El nombre de su padre seguía teniendo ese poder .

El poder de cambiar el aire de una habitación.

El poder de cambiar una vida.

Y mientras el coche avanzaba hacia el hospital, Gabriela tuvo una intuición imposible, la sensación de que el pasado todavía no había terminado de hablar y de que la siguiente lección estaba a punto de comenzar.